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La Sonata del Dragón Vencido

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Summary

En un salón de gala, la música se convierte en testigo de una noche marcada por el poder, el dolor y la redención. Entre candelabros encendidos y un piano que no deja de sonar, las máscaras de la nobleza se quiebran y el destino de todos cambia para siempre. La obra nos conduce por un recorrido barroco y solemne, donde cada nota es un presagio y cada gesto encierra un símbolo. El dragón, emblema de soberbia y dominio, se enfrenta a la fuerza inevitable de la verdad. Más que un relato, es una ceremonia: una sonata que transforma el sufrimiento en arte y revela que incluso en la oscuridad más opulenta puede surgir la luz

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1
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n/a
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18+

La Sonata del Dragón Vencido

La Sonata del Dragón Vencido

El duque, Sir Alaric de Montclair, hallaba placer infinito en hacer lamentarse a su mayordomo. No era deseo lo que lo movía, sino la certeza de que aquel sufrimiento preparaba al anciano para lo único que sabía hacer: tocar el piano como refugio. El pobre Don Emeric Valdren vertía sus penas en las teclas, no las azotaba, sino que dejaba que sus dedos fuesen los gritos que no podía dar, la agonía que no se atrevía a pronunciar en palabras.

Jamás interpretó piezas antiguas: ni Wagner, ni Beethoven, ni Mozart. Su música era nueva, espectacular y sublime, nacida del dolor. El duque, al escucharlo, se transportaba a la gloria más alta, como si las notas dulces lo llevaran a paisajes nevados. Pero aquella dulzura escondía amarga inspiración: cada infortunio del mayordomo abría las puertas de su alma y dejaba al Espíritu sentado frente al piano, transformando el sufrimiento en canción.

Cuando el duque supo por Doña Elsbeth, la ama de llaves, que su esposo tocaba siempre que estaba triste, descubrió el catalizador preciso. La música se volvió embriagante. En sus viajes, la compañía de la duquesa no bastaba para distraerlo: su mente estaba presa del maestro oculto y del dolor que lo alimentaba. Su obsesión creció sin límites. Tras semanas de ausencia, solo deseaba regresar a la mansión. Mató de cansancio a cuatro caballos con tal de llegar a tiempo. Pero… ¿a tiempo para qué?

Al llegar, buscó a Emeric con furia desmedida. No lo halló en la sala de música, sino regando petunias en el balcón. Allí se desató la discusión:

—Las petunias están secas, miserable estorbo.

—Mi señor, las he cuidado con constancia y delicadeza, pues sé que son las preferidas de la duquesa.

—¿Me llamas mentiroso, andrajoso viejo? —rugió Alaric, arrojando la maceta por la ventana, casi a los pies de Lady Isolde de Montclair, que descendía del carruaje destrozado.

Ni la reverencia ni la sumisión bastaron. El duque lo precipitó contra el suelo, rebajándolo a lo más bajo, más sucio que la madera rota.

—Tu sangre supera la mugre que limpias. Te arrojaría ahora mismo de este balcón, pero tus entrañas son más sucias que la tierra de esas flores. No habrá próxima vez. ¡Ve y limpia, anciano!

El noble señor se retiró con lágrimas en los ojos. El duque recogió su camisa y recompuso su postura. Enrolló su miserable mostacho y peinó su cabello ostentoso, semejante a una peluca de rata almizclera. Parecía que había contenido al monstruo, mas no del todo: jamás sin las notas complacientes que tanto ansiaba. Miró con desdén el reloj de bolsillo, quiso destruirlo, pero era un regalo de su padre. El espejo, frágil y cercano, fue su blanco. Sus puños enviciados destrozaron el reflejo y desbordaron el flujo rojo de sus manos. Entonces lo escuchó: el piano tocaba. La habitación se iluminaba. Lloraba el invencible hipócrita, no por arrepentimiento, sino por el dolor que le provocaba el sonido. Poseído por la cordura y la vergüenza, ordenó la estancia: recogió los vidrios rotos, cambió las sábanas, limpió el polvo imaginario. Todo por dejarse llevar por la música que deseaba poseer para siempre.

El duque, Sir Alaric de Montclair, comprendió que, sin dolor, no podía disfrutar de su paz fingida. No recibiría amor en sus oídos cada vez que lo deseara, pues el sufrimiento era el verdadero catalizador de aquella música. Si el dolor se extinguía, temía ahuyentar a su ídolo fijo.

Un día llamó a la ama de llaves, Doña Elsbeth:—Tú, mujer, entiende bien. Si tú y tu esposo deseáis poseer esta vida sublime y rebosante de mi gentileza, deberás corresponder a mis deseos.

La pobre mujer, confundida, malinterpretó sus palabras y comenzó a desvestirse. Venía de un hogar terrible, marcada por cicatrices invisibles, rescatada solo por el mayordomo —su esposo, Don Emeric Valdren—, quien la había salvado en su juventud. Él, ya gastado por la vida, había entregado todo para darle un refugio. Ella, deseosa de asegurarle una buena vida, creyó que debía ofrecer su cuerpo.

—¡No, por Dios! —rugió el duque—. No te comportes como una ramera. Tu cuerpo no me dará lo que deseo. Esa dicha brillante solo tu marido puede darme. Tu esposo será mío, y tú me ayudarás a mantenerlo aquí, para saciar mi deseo puro. Que toque hasta desmayar sobre ese piano.

Si pudiera, con algún pacto impío, robarle el alma y esclavizarla a las teclas, lo haría sin pensarlo. Pero no soy tan malo —añadió con hipocresía—. Soy un ser de luz que encuentra dicha en ser bueno con los menos favorecidos… como vosotros.

—Por eso vístete y lleva mi encomienda —ordenó el duque, Sir Alaric de Montclair—. Rechazarás el calor y el afecto de tu esposo, lo acusarás de traición y sembrarás dolor en su corazón, solo para que toque la música que tanto amo. En esta mansión, yo seré el único heredero del afecto puro. Jamás me traiciones, mujer, o sabrás lo que significa pronunciar siquiera su nombre.

La esposa, la triste ama de llaves, Doña Elsbeth, corrió desesperada entre llanto y confusión hacia los brazos de su marido, Don Emeric Valdren, rogando consuelo. Pero como si la sombra del amo se interpusiera, sus deseos se transformaron en supervivencia. Abofeteó el rostro de aquel hombre que jamás había tocado con ira, y lo acusó hasta por los segundos que desperdiciaba en respirar. Viejo, inútil, estorboso: las palabras fueron cuchillos. Los ríos de lágrimas se unieron en un mismo dolor. El esposo sufría, la esposa traicionada se quebraba, y el duque gozaba.

Así fue día tras día. Cuando el monstruo rondaba la casa, el mayordomo dejaba de ser sirviente y se volvía esclavo del piano, tocando eternamente para el deleite del amo. El anciano deseaba la libertad que alguna vez creyó encontrar en aquella dádiva, pero la mansión se había convertido en una cueva de tortura.

El tiempo se volvió eco antiguo en la memoria del desdichado maestro oculto de las partituras. Hasta que, en una gala en la mansión, un noble de buena cuna —el Conde Roderic de Veymar— lo escuchó tocar tristemente el piano. A hurtadillas le ofreció un escape: sería maestro de conciertos, dueño de las salas de música, incomparable en las artes.

Pero entre la multitud, tras una cortina, aguardaba el asesino. Esa misma noche, el duque lo apuñaló repetidas veces. Mientras le arrancaba la vida al conde, miraba a los ojos a su antiguo mayordomo. Con el rostro bañado en sangre y la peluca extraviada, le dijo:

—¿Ves lo que has provocado, maldito traidor? Le he quitado la vida a este hombre, a este ladrón. Vosotros sois mi propiedad, tú y esa miserable mujer. Tocarás y tocarás para mi deleite hasta que uno de los dos muera, hasta que el cielo se derrumbe o la tierra nos trague. Jamás serás libre. Solo la muerte decidirá nuestra unión musical. Nada te apartará de mí, Emeric.

El duque reía desquiciado. No había tregua ni pacto posible. Las vidas, aunque aún respiraban, ya estaban perdidas. Hasta que un candelabro golpeó su cabeza con fuerza desde atrás. Cayó sobre el cuerpo del conde. Intentó levantarse, pero recibió un segundo golpe, y luego un tercero. No murió en ese instante. Alcanzó a darse la vuelta para ver quién le arrebataba su maldita y descarada vida…

Era ella, su fingido amor: Lady Isolde de Montclair, la duquesa. Había cobrado al fin el préstamo marital adeudado por aquel monstruo que jamás le dio amor, sino desprecio, dolor y maltrato durante quince años. El duque, destrozado y moribundo, quiso hablar entre burbujas de sangre, mas la doncella de justicia no se lo permitió: lo derramó con fuerza en su último golpe. No hubo palabras para la víctima, pero sí para el cautivo ahora libre:

—Ve por toda la casa, toma lo que quieras. Tú y tu esposa vivid lo que os queda con la opulencia que aún os pertenece. Que vuestro amor reviva, crezca y renazca en la villa que más os agrade. Esta cárcel no será más vuestro encierro. Os libero de la tortura, pues ya he bautizado al monstruo.

El maestro escapaba con su esposa, explicándole entre los pasillos lo acontecido. Entre sacos y maletas llenas, regresó al salón donde reinaba el escándalo. Allí escuchó a la duquesa explicar cómo el duque y el conde se habían enfrentado por una disputa sin sentido. Entre alaridos y vajillas destrozadas por el pánico, él caminó con calma entre los desconcertados, los locos y los caídos en el suelo.

Se sentó una vez más y, por inspiración, tocó la última sonata en nombre del dragón vencido. La música resonó en toda la mansión. Nadie escuchaba, desde la primera hasta la sexta nota. Y cuando el concierto terminó, el glorioso maestro partió con su amada en el carruaje más nuevo, tirado por caballos cansados bajo el peso de la merecida riqueza que había dejado atrás: la cabeza destrozada del monstruo.

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Good Writing

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Great Character

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Strong Dialog

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author

Hola gracias por tu reseña ❤️🫰🏻
hacer al duque ( el villano) más psicológico e imponente ... de espíritu superior...
Le daría un giro
Escribes tan bien que pensé que era IA ❤️🤭

2 days
author

yo también
uso autocorrector , es legal ...
Escribir es arte
No un Trabajo
viene del espíritu
no de las manos ...💔
y tranqui
No estás decepcionado a nadie
Tuve ansiedad y nunca me detuvo
Estoy casado y tengo una niña
Soy feliz
¿ Aún así ? 😏
Soy incluso peor que tu

🤭🫰🏻
Suerte
Eres grande
Olvida mi reseña
Eres bueno

2 days
author

Dato interesante jjjjj ya estas formado yyyyy tienes material familiar para agregar a tus futuras historias, en mi caso solo tengo perros en casa 10, todos ellos son mestizos.

Pero lo que si tengo bueno son muchos traumas, decepciones, traiciones y anciedad, así que cada vivencia del pasado la uso en medida para crear mis relatos, ojo estoy seguro que SI NO tuviera eso no habría escrito nada aun.

Aún soy nuevo en este espacio no entiendo mucho de la aplicación, por eso no agrego detalles, items o emoticones, así les llamo yo, es que no se como hacerlo y me desespero rápido jjj.... Gracias.

2 days

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