Mundo paralelo
“Las abandonaron en el frío, yo les di calor” – Anatoly Moskvin. Aka. El señor de las muñecas.
La señora de las muñecas
Capítulo 1: Mundo paralelo
Llevó las pequeñas manecitas al pecho, tragó saliva y dio pasos dubitativos, cada uno tembloroso, creyó que perdería el equilibrio al sentir que el frío piso de cemento transformarse en vidrio enjabonado. Apretó los dientes, se odió por estirar el cuello, no quería ver lo que sus ojos le mostrarían en cuatro latidos de corazón.
Su rostro no era como el que recordaba, atrás quedó la redondez propia de la juventud. Unas mejillas hundidas fue el anticipo de una piel verduzca, así quedó Maritza tras ser violada y asesinada por el progenitor, un cuerpo yerto en un ataúd barato y que olía a naftalina.
—Mari, Mari, no es justo —sollozó la pequeña Ana, los mocos le salieron por la naricita. Los hipidos se escucharon fuertes, producto del eco en el recinto que olía a humedad terrosa.
Otro aroma, el del orín, penetró por las fosas nasales y al voltear el rostro vio un espantapájaros vestido con una pollera negra: una chola con más arrugas que las maldades acumuladas de beatas solteronas.
—Mi linda Maritza, mi pobre niñita. No podrá saber lo que es el amor, ni lo que es el ser madre o abuela, ¡ya no se casará nunca!
—Señora, ¿por qué le pasó esto a Mari?
—Tú, sí, tú puedes hacerlo. Ven, besa a Maritza. —La vieja agarró la muñeca de Ana y, con una fuerza sorprendente para alguien que parecía a punto de desmoronarse, la acercó al cadáver de la nieta.
—¡No, me hace daño ¡No quiero!
Quiso resistirse, pero sus bracitos fueron inútiles ante el agarre de dedos callosos y palmas flácidas que la tomaron de las trenzas.
No supo que sentimiento la dominó más. Sus ojos se agrandaron al ver la boca entreabierta de la muerta, metió sus labios para que no hicieran contacto con la carne reseca de lo que antes fueran pétalos sonrosados.
Una y otra vez la anciana obligó a Ana a besar el cadáver, una y otra vez se resistía, soltó gemidos de ayuda y las lágrimas bañaron tanto sus mejillas y los de Maritza.
—Listo, estás casada con Maritza, mi pobre nietecita.
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Ana Mosvin tomó el api con llaucha, fue domingo, se dio tal lujo pese a que la billetera no podía permitírselo. Graduarse en Tanatología, Egiptología y Ciencias Ocultas, no fue la opción correcta para llegar a fin de mes y pagar el alquiler.
—Feliz cumpleaños a mí, que los cumplas felices, feliz cumpleaños a mí —canturreó sin ánimos, el api y la llaucha se enfriaron.
Dio un respingo y tras una tarde en la que se quedó leyendo historias de trama homosexual en Inkspired, fue a la cama.
—Hola mi amor, ya vine —fue el saludo acostumbrado cada día en el que turnaba trabajos a falta de un empleo fijo.
Su cálido sentimiento fue dirigido a un hombre recostado que solo visto de cerca uno se podía dar cuenta que era un robot. Tal cuestionable portento de la mente humana en un principio fue puesto a la venta para satisfacer el libido masculino, no obstante, debido a las burlas y la presión social, tal autómata moderno tuvo gran aceptación en las mujeres. ¿Para qué juntarse con un hombre que las podía maltratar, golpear, violar, contagiar con enfermedades venéreas y asesinar? Mejor solo que mal acompañado, aquel era el lema que Ana practicó o al menos, se aferró en los días donde el cuerpo clamaba por un abrazo cálido de brazos que no fueran los suyos.
Satisfecho el deseo carnal con la piel artificial, se recostó y miró la televisión tan llena de programación basura como de costumbre.
Entrecerró los ojos y agrió la expresión, aquella noche el acostumbrado vaso con agua azucarada, no emularía una magra cena.
«Creo que puedo darme el lujo de una hamburguesa, ¿por qué siendo el rey de la comida chatarra, cuesta tanto? Maldito MAS, esos zurdos trajeron la pobreza a todos», pensó y los dedos hurgaron dentro del cierre de la billetera con la esperanza de que los centavos se multiplicaran como el pan y el pescado que repartió Jesucristo.
Se abrigó y frotó las manos apenas salió a la calle.
«Que frío hace, mejor me doy prisa, el barrio no es muy seguro en la noche».
Compró la comida de los pobres, maldiciendo que cada vez costaba más y cada vez le sabía más a cartón sazonado con muchas especias. Un perro ladró a la distancia y unas perras le cortaron el paso en la calle adoquinada.
—Oye, hermana, ¿qué llevas en la bolsa? ¿Nos convidas un poco?
Bajó la mirada, elevó los hombros como si estuviera protegiéndose de la llovizna y apuró el paso, trató de no hacer contacto visual.
—Creída, te pregunté que llevas contigo —le dijo la mujer con un vulgar teñido de cabello. Las acompañantes tenían las caras cosidas a costurones.
No les hizo caso, continuó la marcha con rapidez, pero las pandilleras la siguieron y le jalaron de los brazos.
—¡Hijas de puta, déjenme en paz! ¡Voy a llamar a la policía! —fue el vano intento de amenaza, después de todo, a esas horas sería imposible que cualquier uniformado de la ley acudiera a ayudar.
Una le quitó la bolsa y Ana forcejeó para que se la devolvieran.
La jalaron de los cabellos y la golpearon sin mucho acierto, en eso un empujón la tiró fuera de la vereda.
—¡Cuidado! —gritó una ante las luces de un camión que parecieron materializarse en medio de la oscuridad.
El fuerte chirrido de los frenos precedió a un golpe que sonó al de un duro cartón rompiéndose de improviso. Algunos gritos y el sonido de pasos apurados huyendo, fue lo único que se escuchó después de que el motor del camión impulsara la movilidad a perderse en las sombras de la distancia.
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El cielo estrellado fungió de bóveda lejana y triste del desierto rocoso. Unos hombres estuvieron alrededor de un dibujo trazado en la tierra seca, pareció la figura de un árbol estilizado.
Uno de los hombres tosió, vomitó su vida sobre el dibujo que fue cubierto con esencia vital roja, las estrellas que fueron testigos indiferentes de tan extraña ceremonia.
Lo que no fue indiferente fue el dibujo que se desvaneció a causa de un inusual viento que provino del centro mismo de aquel enigma al mismo tiempo que la silueta de alguien se posó sobre el polvoso suelo.
—¡Miren, es una mujer!
—¿Una mujer? Se supone que no invocaríamos a ninguna mujer, algo ha salido mal.
—No es mi culpa, leí las instrucciones a la perfección, yo no fallé, fueron las estúpidas anotaciones del rabino.
—Esperen, se mueve.
La mujer tosió como si la saliva se le escurriera por el sitio equivocado cada vez que dormía de espaldas. Abrió los ojos y en el acto recordó las luces de un camión encandilarla hasta paralizarla como si de un animalito asustado se tratara.
—¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes? —preguntó al no reconocer el paisaje ni a los hombres con vestiduras extrañas.
Le contestaron, pero no pudo comprender palabra alguna.
«¿Es francés?», pensó, un anillo amplio con letras doradas la coronó justo por detrás de la coronilla. La barrera del lenguaje no fue más un inconveniente.
Se sorprendió mucho ante tal hecho y, pese a que quería digerir tales acontecimientos para nada esperados, escuchó las peticiones de los hombres.
Cosas como defenderlos de los aventureros, la iglesia católica, la inquisición y la palabra invocación, solo la hicieron marearse.
Su mano buscó más apoyo y tocó sin querer el cadáver.
—No queríamos invocarte, pero no tenemos otra opción, los aventureros nos expulsaron de la ciudad y de las tierras en los extramuros. No tenemos a donde ir y si nos quedamos vamos a morir, tienes que ayudarnos.
—¡Insensatos! ¡¿Qué han hecho?! —exclamó la voz de un anciano con larga barba blanca que al igual que los demás, vestía con ropas pasadas de moda hace más de mil años.
Un gritó de sorpresa y cólera profirió el viejo al ver muerto al joven. Hubo reclamaciones que fueron y vinieron, pero el grito de Ana, que exigió justa explicación, silenció los ánimos enardecidos de todos los presentes.
—Somos judíos, perdonad, pero no necesitamos vuestra ayuda. Pensamos ir a Polonia donde el Rey Casimiro El Grande, él nos brindará cobijo y protección.
—¿Casimiro El Grande? —dijo Ana, sin reconocer a tal monarca de sus clases de historia.
«¿Estoy en el pasado?, ¿he viajado al pasado?».
—El Rey se ha enamorado de Esther, una mujer de las nuestras, por consiguiente, es favorable a dar a nuestra gente la ayuda necesaria una vez lleguemos a ese lugar. Rápido, ustedes, necios, lleven el cuerpo de su hermano.
—Este, señor, ¿podrían enviarme de vuelta?
—Lo siento mucho, jovencita mora, pero es imposible. Lo mejor será que vengas con nosotros a Polonia, así te librarás de la ira de los Papas de la iglesia.
—¿Perdón? ¿Papas? ¿No que solo hay un Papa?
—Claro que no, jovencita, desde siempre los descendientes de esos a que los católicos llaman San Pablo y San Pedro, han sido dos. Gobiernan con mano de hierro, siempre un par, imitan a los antiguos cónsules del Imperio Romano.
«No, no puede ser. No he viajado al pasado, este es un mundo paralelo, estoy en un mundo paralelo», pensó con alarma y quiso jalarse los cabellos, pero solo se abrazó a sí misma en un acto reflejo de darse calor y al mismo tiempo seguridad.








