Capítulo 1
Tan pronto sonó la chicharra, llegó el momento de guardar los útiles y libros en la mochila. Como era usual, todos se amontonaron en una fila afuera del salón para avanzar en orden hacia la salida de colegio. Era fastidioso, pero en el camino había momentos interesantes por preservarse en la memoria, como ver que la maestra de Química, sonrojada, daba un golpecito travieso al profesor de Educación Física; admirar a los chicos del último grado, sentir pena por el intendente regañado por la directora, en fin, la escuela.
Una vez que logré salir de entre tantos compañeros, me dirigí a la plaza continua para sentarme en el lugar de siempre: una banca de madera al lado de un puesto de frutas. Distinguí un olor dulzón en el aire que no logré reconocer, tal vez, la combinación del mango y las flores de temporada que con estos climas solían desprenderse y volar por ahí, libre. Pensaba que este verano sería más caluroso que el pasado cuando escuché a lo lejos mi nombre.
—¡Eli!
Y ahí venía Javi y Ángela. A ella la conocí desde secundaria y a él en el taller de música. Solíamos acompañarnos a todas partes y sobrellevar los momentos que atravesamos como casi adultos.
—¡Qué calor! Muero de sed. Será mejor que nos vayamos pronto —dijo Javi.
Ángela entrelazó su brazo con el mío y caminamos. Una de las cosas que teníamos los tres en común es que vivíamos del lado norte de la ciudad. Tomábamos el mismo tren.
—Oye, Ángela. ¿Qué te regaló tu novio por tu cumpleaños? —pregunté.
—Es algo muy bonito —presumió el collar de piedrecillas verdes al alzar su cuello—. Turmalina. Dice que ayuda a la salud y transformar cosas. Es de ese tipo de pensamiento. A mí sólo me gusta el color.
—Ya tendrás algún día novio, Eli. —Dijo Javi a modo de burla.
—No la molestes. Lo que pasó el año pasado no puede definir tu vida a amorosa.
No le doy ya importancia, pero no tengo mucha suerte en el amor. Ángela siempre defendía esa parte de mí.
—Pongámonos serios, chicos. ¿Escucharon las noticias? La ruta 26 está en reparación, por lo que no habrá tren que nos lleve a casa por el camino de siempre.
—Oh, no me digas. ¡Qué pesadez! Eso significa que debemos tomar la ruta marítima —Javi lloriqueó—. Tengo mucha tarea por hacer.
—Adelanta algo en el transcurso.
Al llegar a la estación nos dimos cuenta que las filas largas estaban a espera de la ruta marítima. Al parecer, la mayoría eran personas tomando alternativas. Ángela y Javi discutieron con la taquillera para conseguir pronto sus boletos. La taquillera advirtió que el tren llegaría en pocos minutos.
Al arribar colocamos cada boleto para que fuera marcado. Tuve una sensación de repentina nostalgia la ver cómo lo perforaban con dos agujeritos, no supe de dónde vino el escalofrío. Era tan simple, un papelito blanco con el nombre de la estación, la ruta, letras en negritas con fecha, hora y la firma del presidente del departamento de transportes. Ángela me empujó a los asientos disponibles. Por suerte alcanzamos una mesa.
Los trenes de esta ciudad eran nuevos, hacía tres años que los pusieron en movimiento pues el sistema de transportes era obsoleto.Cambiaron los aburridos en incómodos asientos de metal a sectores amueblados, colocados frente a frente con una mesa en medio para leer o consumir alimentos, además de agregar una biblioteca interna y máquinas expendedoras de golosinas. Resultaba cómoda para los que viajarían por largo rato, como nosotros. Los tres compramos botellas de soda.
El tren comenzó su ruta.
Javi y yo abrimos nuestras libretas de tareas para ver qué podíamos adelantar, qué agobiante tener tantos pendientes, masajeé mis cienes.
—Creo que fue una mala idea entrar al taller de matemáticas, no soportaré mucho —en seguida desvié la atención del cuaderno hacia el boleto que dejé en la mesa y lo guardé en mi bolsillo del suéter.
—¿Todavía haces eso? Ya está marcado, es basura.
—Es para mi colección de recuerdos. Este será para el día que tuvimos que esperas más de una hora y media para regresar a nuestros hogares.
Una melodía, al parecer un vals proveniente de las bocinas del vagón, me provocó otro escalofrío acompañado de un déjà vu. Sabía que Ángela daría un golpe en el hombro de Javi al defender mi interés por coleccionar cositas, sucedió. También que una niña cercana a nosotros gritaría caprichosa por el dulce que le había quitado su hermano. Odiaba tener esta clase de sensaciones fugaces y repentinas.
—Qué hermosa melodía —dije para distraerme.
—Vals No. 2 de Dmitri Shostakóvich. ¿Verdad que da una sensación fuera de este mundo? —contestó Javi para cambiando el tema.
En efecto. Me sentí fuera de este mundo al ver hacia la ventana. Justo cruzábamos el puente marítimo. No existía línea divisora entre los gigantes de este mundo. Ambos celes se fusionaron para confundir derecho y revés, nada de nubes, espuma ni aves que nos diera indicio de agua o cielo. El largo camino recién iniciaba.
—Nunca había viajado por la ruta marítima —dijo Ángela.
Y como siempre, Javi arruinó el momento comentando sin sentido, sólo para demostrar que él no se asombraba por cosas intangibles.
—Seguro tus padres nunca te sacan de casa.
—Los tuyos nunca están contigo —Ángela apretó el puño.
Se me fueron los ojos al cerebro. Recargué la cabeza en el respaldo, preferí mirar el vaivén de los pasajeros que caminaban de vagón en vagón, me entretuve en las puertas con sus novedosos sensores y letreros que anunciaban la ruta y el nombre, todo para evitar escuchar la discusión de ambos.
De pronto el tren frenó.
Sé que hubo un tiempo que se me perdió y, en el siguiente, Javi ayudaba a levantar a una señora que había caído junto a nosotros. Ángela estaba recargada en el asiento mirando la herida que se hizo con un tubo que casi le aplasta el cráneo. Aun no reconocía lo que había sucedido, mientras me estiraba para alcanzar la botella de mi soda que había caído debajo de la mesa, oí cómo la gente gritaba por ayuda, pedía espacio para reanimar a otra gente, y muchos llamando a emergencias. Casi alcanzaba la tapa cerca de los zapatos de Ángela cuando noté que sus pies se desvanecían. Me tallé los ojos sin poder creerlo y miré a Javi para comprobar que no estaba perdiendo la cabeza, pero vi lo mismo. Mi amigo se volvía transparente como la mujer a la que ayudaba.
—¡Eli! —gritó Ángela —. ¿Qué sucede? ¡Desapareces!
—¿Qué?
Ella extendió la mano para que pudiera tocarla pero antes de siquiera alcanzarme desapareció, como un fantasma que decid ocultar su presencia. En los ojos de Javi se desbordaba el terror. De su boca salían palabras que no escuché. Me aferré al asiento sin comprender y con el corazón palpitando hasta en mi garganta. Cada persona salía de mi visón, borrándose por completo de aquella escena mientras los violines del vals subían cada vez más de tono. Hasta que la música enmudeció.
Me quedé sola.
Resultaba inquietante respirar. Temía que a cada inhalación algo se acercara desde la nada o la nada fuera a comerme. Sin intentar moverme repasé lo sucedido en mis pensamientos. Ángela y Javi desaparecieron. Ante mis ojos se volvieron transparentes, mudos, mi amiga dijo que yo desaparecía. ¡Imposible! Yo estaba aquí, carne y hueso. Pellizqué mi piel y dolió, vi la textura y el color blancuzco de mis manos.
Otro movimiento brusco me sacudió. El tren avanzaba. ¿Hacia dónde?
Los paisajes se ocultaban bajo la oscuridad del mar permitiéndome ver sólo algunes pececillos nadando en grupo contra corriente. No entendía la existencia de una vía submarina.
Dentro del delirio pensé que no era la única en este lugar, debía haber alguien, por lo que me armé de valor y me moví. Nadie en mi pasillo. Crucé la puerta al siguiente vagón. Era un desastre. Mochilas, bolsos, papeles por doquier, como si los pasajeros intentaran huir dejándolo todo; juguetes, crayolas rotas, libros…
La puerta del siguiente vagón se abrió sacándome un susto. Las puertas funcionaban con sensores de calor, si al parecer yo era la única, ¿quién cruzó?
—¿Hay alguien aquí? —pregunté en voz alta esperando respuesta. Nadie contestó.
Caminé hacia allá cruzando la puerta con prisa y continué. Cada vagón era peor. Sangre en las paredes, asientos y escombros obstruyendo el camino, las puertas abriéndose cada tanto. Un accidente terrible había ocurrido.
El tren aceleró.
Seguro el conductor estaba vivo. Avancé con los nervios jugándome ilusiones de sombras alrededor. Al llegar toqué, pero nadie abrió. Así que tiré la palanca para encontrar una cabina vacía y una radio con estática. Cedí al llanto desesperada.
Entonces la voz la voz mecánica del conmutador, casi como la de un ángel, anunció: Próxima parada, Isla Eterna. Próxima parada, Isla Eterna. Enjugué mis lágrimas y con dificultad me levanté. Los ojos hinchados y nublosos no me permitieron ver a tiempo la enorme roca que se avecinaba. El tren, desafiando la gravedad, subió cual montaña rusa por un riel hasta la superficie. Apenas pude sostenerme del asiento del copiloto.
Luz. Mucha luz.
Y la bocina repitiendo: Última estación, Isla Eterna.
Abandoné la cabina al escuchar que las puertas exteriores se abrieron. Miré dudosa el letrero electrónico que parpadeaba la misma palabra de una parada que no conocía.
Afuera el aire era cálido y húmedo, el olor que percibí era el de la sal.
Había una pequeña estación solitaria, la verdad no veía rastro de los trabajadores por ninguna parte.
Tras de mí el tren se sumergió nuevamente.
Ahora me encontraba abandonada en aquel paraíso tropical.








