Sillage <<Kookmin>> by drippy at Inkitt
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SILLAGE <<KOOKMIN>>

Summary

Jungkook está obsesionado con el olor de Jimin, y Jimin descubre que quizá él también. NEW! OS KOOKMIN BOYPUSSY ADVERTENCIA: CONTENIDO SEXUAL OLFATOFOLIA‼️ Recomendada solo a mayores de 18 años. JIMIN NO ES TRANSEXUAL, es un hombre con VAGINA, en algunas partes del os se le tratara con pronombres femeninos. cerii: no recomiendo q se realicen ninguna d las conductas q se mostraran aqui, se recomienda discreción. estas en todo tu derecho de que no te guste el boypussy asi que si esto no es de tu agrado t puedes retirar, SIN REPORTAR PORQUE HACER ESTO LLEVA MUCHÍSIMO TIEMPO, gracias.!! BY CERII

Genre
Erotica
Author
drippy
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter

La primera vez que Jungkook lo hizo, Jimin pensó que era una casualidad. 

Un roce en el pasillo de la universidad, su nariz rozando la nuca de Jimin mientras pasaba, una inhalación profunda y casi imperceptible. 

El rubio lo volteó a ver, sobresaltado, pero sólo vio su espalda alejándose, la chaqueta de cuero negra que siempre llevaba.

La segunda vez fue en la biblioteca. 

Jimin estaba concentrado en un libro de anatomía, la luz de la lámpara del escritorio iluminando su perfil. 

Sintió una presencia a su espalda antes de olerlo: una mezcla de jabón de sándalo y algo más oscuro, terroso. 

Él pasó junto a su silla, su mano rozando el respaldo y cuando Jimin alzó la vista, sus ojos se encontraron. 

Jungkook no sonrió. 

Sólo lo miró, sus fosas nasales dilatándose levemente, como si estuviera capturando algo en el aire entre ellos. 

Luego se fue.

La tercera vez, Jimin supo que no era casualidad.

Era tarde y el gimnasio del campus estaba casi vacío. El había terminado su rutina de cardio y estaba recogiendo sus cosas del casillero cuando la puerta del vestuario femenino se abrió. 

No había nadie más. 

Sólo el sonido del agua goteando de una regadera y el eco de sus propios pasos.

Y entonces, lo sintió. 

Esa presencia.

Jungkook estaba parado en el umbral, apoyado contra el marco de la puerta. 

No había razón para que él estuviera allí. Los vestuarios estaban claramente marcados.

—Te perdiste —dijo Jimin tratando de que su voz sonara firme. Sólo llevaba una toalla envuelta alrededor del cuerpo y otra alrededor del pelo.

—No —respondió él, su voz grave resonando en el espacio de concreto. —Vine por ti.

Sus ojos bajaron desde su rostro hasta la línea donde la toalla se ajustaba bajo sus pechos. 

La piel de Jimin estaba aún brillante por el sudor, enrojecida por el calor de la ducha. 

El aire olía a champú de coco y a vapor, pero por debajo, más profundo, estaba su aroma: salado, dulce. A él.

—¿Por qué me sigues? —preguntó Jimin apretando la toalla contra su cuerpo. 

No gritó. 

No salió corriendo. 

Había algo en la intensidad de su mirada que lo paralizaba, y secretamente lo excitaba.

Jungkook se separó de la puerta y avanzó. 

Sus pasos fueron lentos, deliberados.

—Porque hueles diferente —dijo como si eso explicara todo. —No como los otros. No como el perfume que te pones los jueves, o la loción de vainilla que usas los lunes. Hueles a… ti de verdad.

Jimin retrocedió hasta que sus talones chocaron con los casilleros metálicos. 

El frío del metal traspasó la toalla. —¿Verdad?

—A piel —susurró Jungkook, ya a sólo un paso de distancia. —A sudor cuando te concentras. A sueño cuando despiertas. A miedo, ahora mismo. Y debajo del miedo… a curiosidad.

Jungkook alzó una mano. 

Jimin contuvo la respiración, esperando un toque, un agarrón. 

Pero Jungkook sólo pasó su mano por el aire cerca de su hombro, como atrapando el vapor que se elevaba de su piel. 

Luego se llevó la palma a la nariz y respiró hondo, cerrando los ojos. 

Una expresión de éxtasis absoluto cruzó su rostro.

Jimin sintió una punzada eléctrica en el vientre bajo. 

Debería haber sentido violación, invasión. 

En cambio, sintió… visto. 

De una manera retorcida, inimaginable, pero visto. 

Alguien no sólo deseaba su cuerpo, sino su esencia misma, la huella que dejaba en el mundo.

—Estás enfermo —dijo, pero su voz no sonaba convencida.

—Probablemente —asintió Jungkook, abriendo los ojos. —Pero tú también, Jimin. Porque no has gritado. No me has golpeado. Te quedas aquí, temblando, y dejas que te huela.

Él tenía razón. 

Y esa verdad era más aterradora que su presencia.

—¿Qué quieres? —la voz de Jimin era apenas un susurro.

Jungkook bajó la mirada a sus labios, luego a la línea de su clavícula, donde una gota de sudor trazaba un camino lento hacia sus pechos. —Quiero un día, un día entero contigo. Sin que te bañes. Sin que te pongas perfume. Quiero oler cada cambio, cada capa. Y al final del día… quiero beberme tu olor.

Las palabras eran grotescas. 

Vulgares. 

Sin embargo, Jimin sintió cómo la humedad se acumulaba entre sus piernas, empapando el borde de la toalla. 

Su cuerpo estaba traicionándolo, respondiendo a una perversión que su mente apenas podía comprender.

—¿Y si digo que no?

Jungkook sonrió por primera vez, una sonrisa triste y torcida. 

—Entonces me iré y nunca más te molestaré. Pero tú… —se inclinó, hasta que sus labios estuvieron a un centímetro de su oído— …tú te preguntarás por el resto de tu vida cómo se habría sentido. Qué habrías descubierto sobre ti mismo.

Jimin cerró los ojos. 

El sonido de su propia respiración resonaba en sus oídos. 

Podía ordenarle que se fuera. 

Podía denunciarlo. 

Podía volver a una vida normal.

Abrió los ojos.

—Mañana —dijo, y la decisión en su voz lo sorprendió tanto como a Jungkook. —Empieza a las seis de la mañana. Termina a las seis de la mañana del día siguiente. Veinticuatro horas.

La sorpresa en los ojos de Jungkook fue reemplazada al instante por una voracidad tan intensa que Jimin sintió que las piernas le fallaban.

—¿Tus condiciones? —preguntó Jungkook, con su voz ronca.

—Que no me lastimes —dijo Jimin. —Que no sea sólo tu espectador. Que… que yo también pueda olerte.

Una chispa brilló en la mirada de Jungkook. 

Asintió una vez.

—De acuerdo.




A las 5:55 de la mañana siguiente, Jimin estaba sentado en el borde de su cama, vistiendo sólo un camisón de algodón fino. 

Había dormido mal, su cuerpo nervioso en anticipación. 

No se había duchado desde la noche anterior, siguiendo sus instrucciones. 

Su piel conservaba el ligero olor a sueño y a sábanas.

A las 6:00 en punto, sonó un golpe suave en la puerta. Jimin se levantó, sentia las piernas temblorosas. Abrió.

Jungkook estaba allí. 

Vestía ropa simple, unos jeans oscuros y una camiseta negra. Llevaba una mochila. 

Pero sus ojos… sus ojos parecian arder. 

Sin decir palabra, entró y cerró la puerta tras de sí.

El primer movimiento fue de Jimin. 

Se acercó a él, alzó la mano y la posó en su pecho. 

Respiró hondo. Jabón de sándalo. Sudor limpio. Y debajo, ese olor terroso y masculino que era sólo de él.

—Tu turno —dijo, su voz temblorosa.

Jungkook cerró los ojos y se inclinó hacia su cuello. Su nariz rozó la línea de su mandíbula, luego se hundió en el hueco donde el cuello se encuentra con el hombro. 

Inhaló, larga y profundamente. 

Un temblor recorrió todo su cuerpo.

—Día uno —murmuró contra su piel. —Capa base. Sueño y algodón. Un toque de ansiedad. Dulce. Agridulce.

Sus palabras, susurradas contra su piel, eran como versos de un poema. 

Jimin sintió cómo sus pezones se endurecían bajo el camisón.

El día avanzó en una serie de rituales olfativos. 

Jungkook no lo tocó, no al principio. 

Sólo lo olía.

Lo olió mientras preparaba café, capturando el aroma a granos tostados mezclándose con su sudor matutino. 

Lo olió después de que el rubio hiciera yoga en la sala de estar, su cuerpo flexionándose mientras él se arrodillaba detrás, inhalando el calor que emanaba de su espalda. 

Lo olió mientras leía, su nariz enterrada en su pelo, respirando el olor del shampoo que quedaba en su cabello y a cuero cabelludo.

Jimin, por su parte, empezó a hacer lo mismo. 

Olía su muñeca después de que él pasara cerca. 

Olía la almohada donde Jungkook había apoyado la cabeza. Descubrió que su olor cambiaba con el estado de ánimo: más ácido cuando estaba el pelinegro estaba concentrado, más dulce cuando lo observaba a el, más pesado y animal cuando su deseo crecía.

Al mediodía, estaban sentados en el sofá. Jimin estaba sudando ligeramente, el calor del día acumulándose en el departamento. 

Jungkook se movió detrás de el y con movimientos lentos, recogió su pelo y lo apartó de su nuca.

—Aquí —dijo, su voz ronca. —Aquí es donde se concentra; donde tu piel se pliega y fermenta.

Su aliento caliente en su nuca hizo que Jimin se estremeciera. 

Y entonces, sintió algo nuevo: la punta de su lengua, plana y caliente, deslizándose por una línea desde la base de su cráneo hasta el inicio de su espalda.

Jimin jadeó, sus manos aferrándose a los cojines del sofá. El contacto fue una descarga, íntimo y húmedo.

Él estaba probándolo. 

Catándolo.

—Salado —murmuró Jungkook, sus labios ahora contra su piel. —Con un subtono a miel. Y algo más… algo metálico. A excitación.

No pudo negarlo. 

Su cuerpo estaba respondiendo violentamente. 

El camisón se le pegaba a la piel sudorosa, y entre sus piernas, una humedad distinta a la del sudor se estaba acumulando.

—Es tu turno —dijo Jungkook, retirándose. —Prueba.

Jimin se volvió. 

Sus ojos se encontraron con los de él, oscuros y llenos de desafío. 

Con un coraje que no sabía que tenía, se acercó a él. Sus manos se posaron en sus muslos, y se inclinó hacia el cuello de su camiseta. 

Allí, en el hueco de la clavícula, la piel estaba brillante de sudor. 

Jimin sacó la lengua y la pasó por esa zona, recogiendo la sal y la esencia de él.

Sabor a hombre. 

A esfuerzo contenido. 

A deseo. Era intoxicante.

—A poder —susurró sorprendido por su propia voz, ronca y segura. —A hambre.

Jungkook emitió un sonido gutural, como si le hubieran golpeado el estómago. 

Sus manos se cerraron alrededor de sus brazos, pero no para detenerlo. Para alentarlo.

—Más —gruñó—. Toma más.

Jimin se volvió más audaz. 

Sus manos subieron por su camiseta, encontrando la piel caliente de su abdomen. 

Se inclinó y pasó la lengua desde su pecho hasta el ombligo, bebiendo el sudor que se acumulaba allí. 

Jungkook jadeó, sus dedos enterrándose en su pelo, no para guiarlo, sino para anclarse.

La tarde se desvaneció en sabores y olores. 

Jimin olía, Jungkook olía. 

Jimin probaba, Jungkook probaba. 

Era un intercambio, un diálogo primitivo que trascendía las palabras. 

Jimin descubrió que podía oler su propio deseo en el aire, y que ese olor hacía que el de Jungkook se volviera más oscuro, más urgente.

Al anochecer, estaban en la cama de Jimin. 

La ropa, empapada de sudor y esencia, yacía en el suelo. 

Jungkook estaba sentado contra la cabecera, y Jimin estaba arrodillado entre sus piernas. 

El aire olía a sexo, a piel caliente, a necesidad cruda.

Jimin miró hacia abajo, a la erección de Jungkook, larga y gruesa, palpitando contra su abdomen. La piel del glande estaba brillante con una humedad que no era sudor. Se inclinó, su nariz rozando la longitud de su pene, y respiró hondo.

El aroma era abrumador. 

Masculino, terroso, salado, con un dulzor subyacente que era pura testosterona. 

Hizo que la boca se le llenara de agua.

—¿Puedo? —preguntó en un susurro.

—Por favor —la voz de Jungkook estaba quebrada, desesperada.

Jimin no necesitó más invitación. 

Con una mano, tomó la base de su pene. Con la otra, acarició sus testículos, oliendo la piel más oscura y arrugada de allí. 

Luego, bajó y extendió la lengua, lamiendo una larga línea desde el escroto hasta la punta.

Jungkook arqueó la espalda, un grito ahogado escapando de sus labios. 

Jimin probó la sal de su piel, la esencia única de él. 

Era adictivo.

Luego, abrió la boca y se lo llevó dentro.

No fue una mamads experta, suave o técnica. Fue voraz, hambrienta. 

Jimin tomó tan profundo la verga como pudo, ahogándose voluntariamente, tratando de saborear cada centímetro.

Sus manos se aferraban a sus muslos, sus uñas se clavaban en su piel. 

Olía su propio aroma en la piel de él, mezclado con el de él, creando un perfume nuevo y exclusivo de ellos.

Jungkook gemía, decía groserias y súplicas al aire. Sus manos estaban enterradas en su pelo, tirando sin querer mientras su cuerpo se acercaba al orgasmo.

—Jimin… voy a… —advirtió, pero el no se detuvo. En cambio, se hundió más profundo.

El orgasmo fue violento, Jungkook gritó, su cuerpo convulsionándose mientras vertía su semen en su boca. 

Jimin bebió, tragando cada gota, saboreando el sabor salado, amargo, intensamente masculino. 

Habia llevaba ese fetiche al extremo; no sólo había olido su esencia, la había ingerido.

Cuando terminó, Jimin se retiró, jadeando, su boca y barbilla brillantes. 

Miró a Jungkook, cuyos ojos estaban vidriosos de placer y asombro.

—Mi turno —dijo Jungkook, su voz ronca por los gritos.

Sin darle tiempo a responder, lo tomó por los hombros y lo tumbó sobre la cama. 

Se colocó entre sus piernas, que se abrieron para él de inmediato. 

Allí, en el coño de Jimin, su sexo brillaba con su propia humedad, las paredes internas palpitando.

Jungkook miró, no con lujuria, sino con adoración. Luego, bajó.

Su nariz se enterró primero en su vulva, oliendo profundamente el aroma a algo parecido a mujer, a excitación, a Jimin en su estado más puro. 

Un temblor lo recorrió.

—Dios… —susurró. —Es… es perfecto.

Luego, su lengua salió.

El primer contacto fue eléctrico. 

Jimin gritó, sus manos aferrándose a las sábanas. La lengua de Jungkook era plana y caliente. No lo lamió; lo exploró. 

Recorrió cada pliegue, cada hendidura, bebiendo su esencia directamente de su coño. 

Sus labios se cerraban alrededor de su clítoris, succionando, saboreando.

—Aquí —murmuró él contra sus labios vaginales, su voz vibrando en su piel más sensible. —Aquí es donde cambia, cuando estás cerca.

Jimin no podía hablar. 

Sólo podía gemir, su cuerpo arqueándose bajo la atención en su coño. 

Jungkook no sólo le comía el sexo; lo adoraba con la boca, lo estudiaba con la lengua, lo memorizaba con el paladar.

Su orgasmo llegó rápido, un tsunami que lo sacudió desde los dedos de los pies hasta el cuero cabelludo. 

Gritó, un sonido crudo que no reconocía como propio, mientras el placer lo arrastraba.

Jungkook no se detuvo. 

Siguió bebiendo, lamiendo, hasta que un segundo orgasmo, más suave pero más profundo lo recorrió.

Cuando finalmente se retiró, su rostro estaba brillante con su esencia. 

Respiró profundamente, como si quisiera guardar el aroma en sus pulmones para siempre.

Se arrastró sobre Jimin, su cuerpo sudoroso alineándose con el de él. 

Su erección, ya dura de nuevo, encontró su entrada. 

Lo penetró con una lentitud agonizante, permitiendo que cada centímetro se impregnara del aroma y sabor del otro.

—Ahora —jadeó Jungkook, sus labios contra los de el. —Ahora nuestros olores se mezclan. Se convierten en uno.

Y lo hicieron. 

Mientras sus cuerpos se movían, el aire se llenó de un perfume nuevo, complejo, intoxicante. 

A sudor, a sexo, a piel, a posesión.

Al amanecer, agotados y entrelazados, Jungkook habló contra su hombro.

—Nunca podré dejarte ir —dijo. —Porque ahora, donde quiera que vaya, te oleré en mi propia piel. Estás dentro de mí.

Jimin no respondió. Sólo acercó su muñeca a su nariz y respiró. Allí, en su piel, estaba el olor de Jungkook, mezclado con el de el. 

No era una violación. 

Era una marca. 

Una posesión mutua.

Y en lugar de aterrorizarlo, lo llenó de una paz profunda y perversa. 

Porque finalmente, alguien lo deseaba no por lo que parecía, sino por lo que era. 

En su esencia más cruda, más animal, más real.

Y Jimin, a cambio, deseaba lo mismo de él.

Fuera, el mundo despertaba, limpio y perfumado. 

Pero dentro de esa habitación, dos almas retorcidas habían encontrado un lenguaje propio en los olores de sus cuerpos, y habían firmado un pacto en sudor y saliva que ningún jabón podría borrar jamás.

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