Prologo
Prólogo — "La ciudad nunca duerme"
La ciudad brillaba.
Luces de neón reflejadas sobre el asfalto mojado, música escapando de bares y discotecas, patrullas cruzando avenidas y personas caminando como si aún fueran las seis de la tarde.
Pero las ciudades tenían una curiosa costumbre.
Mientras unos vivían...
Otros hacían negocios.
Y algunos...
Simplemente desaparecían.
...
Un sedán negro se detuvo frente a un viejo almacén industrial.
No había letreros.
No había cámaras visibles.
Solo una enorme puerta metálica.
Dos hombres descendieron del vehículo.
Uno llevaba un maletín.
El otro... una expresión que delataba nerviosismo.
La puerta se abrió lentamente.
Del otro lado los esperaban varias personas perfectamente vestidas.
Trajes oscuros.
Corbatas impecables.
Ni una palabra.
Solo observaron.
—Trajimos el dinero.
Silencio.
El hombre del maletín dio un paso adelante.
—Está completo.
Otro silencio.
Entonces...
Una voz tranquila rompió la tensión.
—¿Lo contaste?
Todos giraron la cabeza.
Un hombre descendía lentamente por unas escaleras metálicas.
Zapatos perfectamente lustrados.
Traje gris oscuro.
Guantes negros.
Ni una arruga en la ropa.
Su expresión era serena.
Demasiado serena.
—Sí... señor.
—Bien.
El hombre tomó el maletín.
Lo abrió.
Ni siquiera miró los billetes.
Lo cerró otra vez.
—No vine por el dinero.
El ambiente cambió.
El joven que sostenía el maletín tragó saliva.
—¿Señor...?
El hombre sonrió apenas.
Una sonrisa elegante.
Educada.
Pero completamente vacía.
—Vine porque alguien me mintió.
Nadie habló.
Podía escucharse el goteo de una tubería oxidada.
—Yo... no...
—¿No?
El hombre dio un paso.
No levantó la voz.
No hizo un gesto brusco.
Solo observó fijamente al muchacho.
—Curioso.
Porque yo sí recuerdo haberte dado una oportunidad.
El joven retrocedió.
—¡Espere...!
—Las oportunidades...
El hombre acomodó el puño de su guante.
—...no suelen repetirse.
Un estruendo rompió el silencio.
Las palomas que descansaban sobre el techo salieron volando.
Nadie gritó.
Nadie corrió.
Los presentes permanecieron inmóviles.
Como si aquello fuera... rutina.
El hombre volvió a cerrar el maletín.
—Limpien esto.
Se dio la vuelta.
Antes de subir las escaleras se detuvo un instante.
—Y envíen flores a su madre.
Después de todo...
No hizo un mal trabajo.
Continuó caminando.
Las luces del almacén comenzaron a apagarse una por una.
Hasta que únicamente quedó encendida una.
La que iluminaba el charco que empezaba a extenderse sobre el suelo de concreto.
La ciudad seguía despierta.
Las risas seguían escuchándose.
La música continuaba sonando.
Y, a unos cuantos kilómetros de allí...
Un estudiante de medicina dormía tranquilamente en el pequeño departamento que sus abuelos le habían dejado.
Sin saber...
Que muy pronto, su vida y la de aquel hombre elegante terminarían cruzándose.
Y cuando eso ocurriera...
Ninguno de los dos volvería a tener una vida normal.








