Payasitas Justicieras by V.A. Hdez at Inkitt
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PAYASITAS JUSTICIERAS

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Summary

En una mansión de la alta sociedad, siete payasitas llegan a una fiesta infantil, evento especial del día. Cuando los adultos despiertan atados, las payasitas ya no ríen. Han venido a jugar un juego de justicia. Vienen por el monstruo y no se irán hasta que pague por todos sus delitos. Copyright © Todos los Derechos Reservados

Genre
Horror
Author
V.A. Hdez
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El sol se había puesto hacía más de una hora sobre Colinas de los Naranjos, pero la mansión victoriana número doce seguía ardiendo en luz. Luces de neón rosadas y azules recorrían el perímetro del jardín semejantes a serpientes luminosas que se desplegaba por la fachada del lugar. Globos de todos los colores flotaban atados a las sillas de hierro forradas con una tela blanca cual santidad y una docena de mesas redondas lucían manteles de encaje, casi del mismo color, sobre los que descansaban centros de mesa con flores frescas que habían costado más que el salario mensual de cualquiera de los trabajadores de servicio que esa noche corrían de un lado a otro.

La música infantil estridente salía de cuatro parlantes escondidos entre las buganvillas. Era ese tipo de melodía pegajosa, diseñada para mantenerse en la cabeza como una chicharra y que, los adultos, odiaban en secreto mientras sonreían con la boca apretada.

—¡Que pasen, que pasen! —la voz de Martina Whitley cortaba el aire con la autoridad de quien está acostumbrada a que todos obedezcan—. ¡Se han hecho esperar!

La mujer caminaba delante de las cinco payasitas con tacones que clavaban pequeños agujeros en el césped artificial. Su vestido blanco de lino, recién planchado, se movía con la cadencia de quien sabe que cada mirada está puesta en ella. Tenía el cabello recogido en un moño bajo, demasiado perfecto, hecho a medida sin ninguna hebra fuera de su lugar. Detrás de ella, las cinco mujeres de colores avanzaban en fila, cargando bolsas de plástico negras de las que asomaban pelucas amarillos, rosa, azul…, y narices de goma espuma.

—El inflable va allí —señaló Martina sin girarse, alzando la voz por encima de la música—. Al fondo, donde están los niños. No quiero que obstruyan la vista de los adultos. Los padres necesitan ver a sus hijos en todo momento, ¿me entienden?

La payasita de amarillo asintió con una sonrisa exagerada que no llegaba a sus ojos.

—Por supuesto, señora —respondió Lulu con una voz que imitaba una perfecta alegría de alguien que necesita la propina—. Nosotras nos encargamos de todo.

—Y los juegos —continuó Martina, deteniéndose frente a una mesa de aperitivos donde un hombre de traje gris bebía algo que parecía whisky, pero era demasiado claro para serlo—. Quiero que los niños se diviertan, pero sin alboroto. Nada de carreras peligrosas, nada de brincos desmedidos. Mi hijo Marc es sensible y no quiero que se lastime.

La payasita de amarillo volvió a asentir.

—No se preocupe, señora. Nosotras somos profesionales y haremos que los niños se diviertan como nunca.

Martina entrecerró los ojos un segundo, como si algo en esa palabra —profesionales— le hubiera rozado el subconsciente de manera incómoda, pero el instinto pasó, arrastrado por la urgencia de controlar la siguiente docena de detalles que reclamaban su atención. Ya estaba girando sobre sus talones, señalando hacia la cocina, hacia el bar, hacia la señora de servicio que llevaba una bandeja con copas vacías.

—Helena, trae más hielo, ¿no ves que los invitados se están quedando sin bebida? ¡Rápido!

Las payasitas continuaron hacia el fondo, donde los niños corrían y gritaban alrededor de un castillo inflable que aún no había sido instalado. Había unos doce pequeños, todos con ropa de marca, todos con los rostros sonrosados por el azúcar y la emoción. Una niña de unos seis años, de cabello castaño claro recogido en dos coletas simétricas, observaba a las payasitas con una mezcla de curiosidad y miedo. Era Estela, la hija menor de Martina.

—¡Mami, mami, las payas! —gritó, tirando del brazo de una mujer que hablaba con otra cerca de las escaleras del patio.

—Sí, mi amor, ya las veo —respondió la mujer, que no era Martina sino Lucía, una psicóloga de sonrisa serena y ojos demasiado observadores—. Vas a divertirte mucho.

Lucía miró a las payasitas con un interés que duró menos de un segundo. Luego volvió a su conversación, que era sobre el colegio de los niños, sobre las vacaciones planeadas, sobre cualquier cosa que no fuera lo suficientemente importante para recordarla al día siguiente.

Las payasitas comenzaron a desplegar el inflable. La de color rosa, la más bajita y delgada, parecía especialmente nerviosa. Se llamaba Babá. Tenía las manos temblorosas mientras sacaba las correas de nailon de una de las bolsas negras. La de color amarillo, Lulú, se acercó a ella sin que nadie más lo notara.

—Tranquila —susurró Lulú, casi sin mover los labios pintados de rojo intenso—. Es ahora o nunca. ¿Viste los vasos?

Babá tragó saliva y asintió.

—Diseño blanco. No se ve el interior.

—Perfecto.

Babá respiró hondo y continuó trabajando, pero sus dedos no dejaban de temblar. Cada vez que algún adulto se acercaba, su corazón se aceleraba. Cada vez que un niño reía, sentía un nudo en el estómago que le recordaba por qué estaba allí. No era por diversión. Nunca lo había sido.

—Necesito ir al baño —dijo Babá de repente, alzando la voz lo suficiente para que Martina, que aún vigilaba el bar desde la distancia, la escuchara.

Martina la miró con fastidio.

—¿Ahora?

—Por favor, señora —Babá se llevó una mano al estómago, forzando una sonrisa tímida—. Es que el viaje fue largo y...

—Está bien, está bien —Martina hizo un gesto a una de las señoras de servicio, una mujer de rasgos cansados y uniforme blanco que pasaba cerca con una bandeja de canapés—. Helena, llévala al baño de servicio. El de abajo, no quiero que ande por los baños de los invitados.

Helena asintió sin decir palabra. Dejó la bandeja sobre una mesa y guio a Babá hacia el interior de la mansión.

El contraste era brutal. Afuera, la música estridente, las risas, los colores chillones. Adentro, el silencio era tan denso que apenas se podía masticar. Las paredes de la mansión victoriana estaban cubiertas de papel tapiz con dibujos de flores marchitas y el piso de mármol reflejaba las sombras como espejos sucios. Babá caminaba detrás de Helena, sus zapatos planos haciendo un leve roce contra las baldosas.

—Por aquí —dijo Helena, señalando un pasillo estrecho que conducía a la parte trasera de la cocina.

Babá asintió, pero sus ojos no seguían a Helena. Recorrían cada rincón, cada puerta, cada ventana. Contaba los pasos. Medía las distancias. Memorizaba las salidas.

—El baño está ahí —Helena señaló una puerta de madera blanca con un pequeño cartel que decía “SERVICIO”—. Avíseme cuando termine.

—Gracias —susurró Babá cerrando la puerta tras de sí.

El baño era pequeño, de porcelana blanca ligeramente manchada por el uso constante. Había un jabón líquido genérico sobre el lavabo y una toalla de tela áspera colgando de un gancho. Babá se apoyó en el lavabo con ambas manos y miró su reflejo en el espejo.

Una payasita la miraba de vuelta.

Tenía la cara pintada de rosa claro, con lunares negros en las mejillas y una sonrisa roja que parecía pintada con molde. Sus ojos, sin embargo, no sonreían. Eran dos pozos oscuros, cansados, asustados.

—Tranquila —se dijo a sí misma, con voz tan baja que apenas sus labios se movieron—. Ella no puede aparecer. No ahora. Tienes que mantener el control.

Se mojó las manos con agua fría y se las pasó por la nuca, sin arruinar el maquillaje. Cerró los ojos. Respiró hondo. Otra vez.

Cuando los abrió, algo en su mirada había cambiado. El miedo seguía ahí, pero debajo de él había algo más duro. Algo que no temblaba.

Salió del baño y, antes de regresar al jardín, se detuvo en la cocina. Helena y otra sirvienta —Janny, de nombre, aunque Babá ya lo sabía— estaban llenando bandejas con vasos de diseño blanco. Eran hermosos, de porcelana fina, con un patrón de hojas que impedía ver el interior del líquido.

—¿Necesita algo, señorita? —preguntó Janny, alzando la vista.

Babá negó con la cabeza.

—Solo miraba. Son muy bonitos.

Janny y Helena intercambiaron una mirada que duró menos de un parpadeo. Luego, Helena sonrió.

—Son los favoritos de la señora. Dice que combinan con todo.

Babá asintió y salió de la cocina. Caminó por el pasillo de regreso al jardín y cuando sus ojos se acostumbraron de nuevo a las luces de neón, buscó a Lulú entre el bullicio.

La payasita amarilla estaba inflando globos para los niños, con una sonrisa enorme y movimientos exagerados que provocaban carcajadas. No obstante, cuando sus ojos se encontraron con los de Babá, la sonrisa no vaciló. Solo hubo un pequeño gesto, casi imperceptible, un leve asentimiento.

Babá asintió también.

La fiesta había comenzado y nada volvería a ser igual.

Afuera, en el jardín, los niños brincaban alrededor del inflable que las payasitas habían terminado de instalar. Marc Rocha, el hijo mayor de Martina y Enzo, se reía a carcajadas mientras empujaba a un amigo hacia la superficie hinchable. Su madre lo observaba desde la mesa de los adultos, con una mezcla de orgullo y vigilancia constante.

—Ese niño es igual a su padre —comentó una mujer de cabello teñido de rubio, sentada junto a Martina.

—Por suerte —respondió Martina, sin apartar la mirada de su hijo—. Enzo es un hombre excepcional.

—¿Y dónde está él hoy? No lo he visto desde que llegué.

—Atendiendo una emergencia —Martina alzó la copa de vino blanco con un movimiento ensayado—, pero vendrá. Dijo que llegaría antes del pastel.

La mujer asintió y cambió de tema, porque en Colinas de los Naranjos nadie preguntaba dos veces por las ausencias de los maridos. Era de mal gusto. Era peligroso. Era, sobre todo, innecesario.

En la cocina, Helena y Janny seguían llenando bandejas. Más, entre vaso y vaso, sus manos se movían con más lentitud, con más cuidado. Cada tanto, una de ellas dejaba caer algo en el fondo de un vaso blanco. Un polvo blanco, fino como la ceniza, que se disolvía antes de llegar al borde.

—¿Cuántos van? —susurró Janny.

—Van veinte —respondió Helena, sin levantar la vista—. Faltan los de los niños.

—Los niños primero —dijo Janny y había algo en su voz que no era maldad, sino una tristeza infinita—. Ellos no deben sufrir. Solo dormir.

Helena asintió y siguieron trabajando.

La noche se había instalado sobre Colinas de los Naranjos con su manto de estrellas falsas, de esas que apenas se ven porque la contaminación lumínica de las mansiones las borra. Lástima que nadie miraba al cielo cuando Helena, Janny y otras mujeres encargadas de atender a los invitados pasaban entregando los vasos, en donde uno a uno los tomaba a fin de esperar el brindis final. Lulu con una excitación que no podía negar, observaba a todos miraban a los niños, a las copas, a los celulares, a cualquier cosa que no ellas y eso, incrementaba de manera más su paroxismo.

En un abrir y cerrar de ojos, las payasitas habían iniciado la animación de la fiesta. Lulú hacía malabares con tres pelotas naranjas. Fifi, la de verde agua, dibujaba mariposas en las mejillas de los niños con pinceles de colores. Rirí, la roja, contaba chistes malos que los pequeños aplaudían con esa crueldad inconsciente que solo los niños tienen, y Babá, ahora sonreía. Una sonrisa enorme, pintada, con una sonrisa sumamente inexplicable. Una sonrisa que decía todo lo que las palabras no podían decir.

Porque dentro de menos de una hora, la música sonaría más alto.

Porque dentro de menos de una hora, los adultos comenzarían a beber los vasos blancos.

Porque dentro de menos de una hora, el sueño los atraparía a todos y entonces, las payasitas dejarían de ser payasitas.

Entonces, la justicia aparecía, así como quien no sabe que viene, pero viene de golpe.

Lulú lanzó una pelota al aire, la atrapó detrás de su espalda y por un instante sus ojos recorrieron el jardín. Contó a los adultos. Treinta y dos. Contó a los niños. Dieciocho. Contó a los trabajadores de servicio. Ocho. Cuarenta y ocho almas en total, cuarenta y ocho personas que esa noche serían testigos de algo que jamás olvidarían, aunque quisieran.

Y entonces, volvió a sonreír.

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