Sinopsis
El golpe seco del martillo del juez retumbó en toda la sala.
*¡Bang!*
Fue un sonido breve.
Pero para Liam kang significó el final de su vida.
—Se condena al acusado a cuatro años de prisión.
Las palabras atravesaron su pecho como una bala, cortando si respiración. El aire abandonó sus pulmones y el mundo a su alrededor se volvió un murmullo distante. Ya no escuchaba los sollozos del público ni el incesante tecleo de los periodistas. Solo ese eco... una y otra vez.
*Culpable.*
Las esposas rodearon sus muñecas, frías como una sentencia de muerte.
Cuatro años.
Cuatro años de prisión por una negligencia médica que juraba no haber cometido; una sombra injusta proyectada sobre sus manos, las mismas que antes salvaban vidas. La ironía era un puñal en el corazón, dejó de ser uno de los cirujanos más prestigiosos del país para convertirse en un simple número dentro del sistema penitenciario.
Su destino era una prisión de máxima seguridad en Estados Unidos. Un lugar donde la violencia dictaba las reglas, la corrupción era moneda corriente y la esperanza moría mucho antes que los hombres.
Acostumbrado a los quirófanos impecables, los trajes hechos a medida y el silencio elegante de un penthouse de lujo, Liam estaba a punto de despertar en un mundo donde la sangre se limpiaba con más sangre y la compasión era una debilidad imperdonable.
No sabía pelear.
No sabía matar.
Y, peor aún...
No sabía sobrevivir.
Al cruzar las enormes puertas de acero del penal, comprendió que la condena no había comenzado en el tribunal.
Había comenzado allí.
Los guardias lo condujeron hasta una celda aislada. Mientras los reclusos le gritaban el insultaban. Al abrir la reja, un hombre permanecía sentado sobre la litera inferior, como si llevara horas esperándolo.
Harry Brown
Su nombre bastaba para sembrar el miedo entre los reclusos. Se decía que era un asesino despiadado, el hombre que había convertido la prisión en su propio reino.
Cuando sus miradas se encontraron, Harry sonrió.
Una sonrisa lenta.
Peligrosa.
Se levantó con calma, acortó la distancia entre ambos y sujetó el mentón de kang, obligándolo a mirarlo a los ojos, si respiración era pesada y entre cortada, le heló la sangre al ver en sus pupilas a un asesino despiadado.
—Gracias por cumplir mi petición... Ahora tendré mi puta personal.
Detrás de él, uno de los guardias soltó una risa cómplice.
—Fue un placer. No olvides nuestro trato.
En ese instante, Liam comprendió la verdad más aterradora de todas.
No había sido enviado a esa celda por azar.
Alguien lo había entregado








