Capítulo 1
El padre Jeon Jungkook era el sacerdote más joven que había tenido la parroquia de San Pascualito y también el más problemáticamente guapo.
Jungkook supo que estaba perdido el día que Jimin regresó de la universidad, habían sido vecinos desde que tenían memoria. Dos casas separadas por una reja blanca que nunca cumplió su función porque Jimin la saltaba cada tarde.
—¡Kook! —gritaba de niño, con las rodillas raspadas y una sonrisa imposible—. Tu mamá hizo pastel, ¿verdad?
Jungkook siempre fingía fastidio y siempre lo dejaba pasar ya que crecieron juntos, compartieron tareas, secretos, sueños, Jimin lloró en su hombro cuando su primer amor lo rechazó en secundaria, Jungkook apretó los dientes esa noche, odiando a alguien que ni siquiera conocía, porque ya entonces lo sabía, lo quería más de lo que debía, pero no entendía qué significaba eso, hasta que lo entendió y ya era demasiado tarde.
Jungkook había hecho voto de castidad, para así evitar los sentimientos que tenía por ese rubio diabólico, no fue vocación, ni fue llamado divino, fue por huida de una sonrisa que lo desarmaba, de unas manos pequeñas que siempre buscaban las suyas, del único amor que había conocido.
Pero el problema del amor verdadero es que no desaparece con votos, solo se vuelve más peligroso y cuando años después el padre Jeon Jungkook regresó al barrio con el alzacuello ajustado y la mirada más seria, Jimin había hecho voto de molestarlo hasta que perdiera la cordura.
Jimin se volvió algo peligroso, más bajo que él, sí, pero con esa mirada que ya no era infantil, con esa risa suave que se quedaba vibrando en el pecho de Jungkook y para hacer caer al padre Jeon Jimin se hizo el encargado del coro ya que desde niño cantaba como un ángel y tenía una lengua más filosa que el incienso del domingo y cada ensayo era un campo de batalla.
Así los días en la iglesia se convertían peligrosamente en un caos y el problema no era que Jimin cantara como un ángel, si no que parecía uno pero se comportaba como demonio personal asignado exclusivamente al padre Jeon Jungkook.
—Desde el compás tres, por favor —ordenó Jungkook, intentando sonar firme mientras sostenía la partitura como si fuera un escudo.
Jimin levantó la mano con inocencia exagerada.
—Padre, ¿puede marcar el ritmo otra vez? Me distraigo cuando habla tan profundo.
Las señoras del coro intercambiaron miradas escandalizadas, Jungkook inhaló y exhaló mientras contaba mentalmente hasta diez para no perder la cordura por esa voz que lo hacía tener pensamientos pecaminosos.
—Mi voz es normal, Jimin.
—Claro que no —respondió el rubio con una sonrisa peligrosa—. Me hace vibrar.
Las señoras del coro fingieron toser, Jimin había perfeccionado el arte de la provocación santa, se inclinaba sobre el piano cuando cantaba, dejando que la luz de las ventanas delineara su silueta, se acercaba demasiado cuando necesitaba corregir una nota.
—¿Estoy afinado, Kook o debo acercarme más?—No padre, no Jeon solo Kook…..
Y Jungkook, pobre hombre de fe, apretaba el rosario dentro del bolsillo como si fuera salvavidas.
Moria del deseo de tomar al pequeño demonio y voltearlo para azotarlo por estar perturbando su paz, ellos tenían una historia, recordar al niño que saltaba la reja blanca, era recordar cómo esa misma boca había pronunciado su nombre con risa infantil y ahora solo quería esa boca estuviera en otras partes de su cuerpo y eso era lo verdaderamente peligroso.
El desastre ocurrió un sábado por la tarde durante el ensayo para la misa especial del domingo, la lluvia estaba golpeando los vitrales de la iglesia, las señoras del coro se fueron temprano por el clima, se quedaron a solas, error estratégico Jimin cerró la puerta con suavidad.
—Se fueron todas.
—Lo veo —respondió Jungkook, sin levantar la mirada de los papeles.
Jimin se ofreció como buen samaritano a ayudarle a Jungkook a acomodar la iglesia y dejarla lista para la misa del domingo tendrían que hacer muchas cosas y esa era su oportunidad para tentar a Jungkook.
—Padre, ¿podría ayudarme a acomodar estas flores? —preguntaba Jimin, subiendo a una escalera innecesariamente inestable
Jungkook, obviamente, tenía que sostenerlo, sus manos firmes en la cintura pequeña, el cuerpo de Jimin inclinándose accidentalmente hacia atrás.
—Cuidado —murmuraba Jungkook, tenso.
—¿Con qué, padre? —susurraba Jimin, girando el rostro lo suficiente para que sus labios casi rozaran su mejilla.
—Te puedes caer.— dijo Jungkook con su voz temblando.
—¿Tiene miedo, padre?
—No.
—Entonces míreme.
La iglesia vacía parecía observarlos, Jungkook levantó la vista y cometió el peor error posible, porque Jimin no estaba sonriendo y no estaba bromeando, lo estaba mirando como cuando tenía diecisiete años bajo la lluvia.
—Jimin…
—Te hiciste sacerdote para huir de mí.
—No huyo de ti.
—Entonces mírame y dime que no sentías nada.— Jimin se acercó más a Jungkook hasta que la sotana rozó su pecho, hasta que el alzacuello dejó de parecer una barrera y se volvió una provocación.—Dímelo, padre.
—No juegues con esto.—La respiración de Jungkook se volvió pesada.
—No estoy jugando.
Jimin apoyó una mano en su pecho y fue como encender fuego sobre gasolina, porque Jungkook siempre había sido fuerte, disciplinado, pero jamás había dejado de amarlo. La mano de
—Esto es demasiado —confesó con voz ronca—.
—Entonces deja de huir.—Los ojos de Jimin brillaron.
El aire se volvió denso, la distancia desapareció sin que ninguno lo notara, sus frentes casi tocándose y las respiraciones mezcladas, Jimin subió la mano en el pecho de Jungkook lentamente hasta el borde del alzacuello.
—Esto —murmuró Jimin— no borra lo que sientes.
Jungkook cerró los ojos, el voto, la iglesia, la culpa no lo dejaban pensar, pero frente a él el niño que saltaba la reja blanca, mirándolo como si fuera elección, no pecado, el primer roce fue inevitable, un beso suave, tembloroso, como si ambos estuvieran probando algo prohibido por primera vez.
Pero la suavidad duró poco, los años de contención no desaparecen con delicadeza, las manos de Jungkook se deslizaron a la cintura de Jimin, atrayéndolo más cerca, la espalda del rubio chocó contra el piano una nota grave vibró accidentalmente y ambos se separaron apenas para respirar.
—Estamos en una iglesia —murmuró Jungkook, pero no se movió.
—Lo sé.
—Esto está mal.
—Entonces deténgase.
Jungkook no lo hizo y volvió a besarlo, más profundo, más desesperado, pero cuando las manos comenzaron a explorar con urgencia real, Jungkook se detuvo bruscamente, apoyó la frente contra la de Jimin, con la respiración agitada y empezó a negar.
La intensidad dejó de ser fuego descontrolado se volvió algo más serio, más peligroso, porque ahora no era tentación, la lluvia seguía golpeando los vitrales, el rosario seguía en el bolsillo y el padre Jeon Jungkook estaba a un paso de romper no solo un voto por un diablillo caprichoso, con cuerpo de tentación y rostro angelical.
Las provocaciones no pararían Jimin tenía como meta conseguir al padre Kook todos los encuentros fueron organizados por Jimin haría que Jungkook abandonara la sotana por él, lo haría profanar la iglesia en todos los rincones.
El Domingo al acabar la misa, el incienso aún flotaba en el aire denso de la sacristía, Jungkook, se estaba despojando de la sotana con manos temblorosas, su autocontrol pendiendo de un hilo de seda.
Jimin estaba apoyado contra la pesada mesa de madera de roble, su respiración era un coro de súplicas silenciosas.
—Padre... —susurró Jimin, su voz rompiéndose—. Vengo por una penitencia, necesito que me absuelva de verdad.
Jungkook se detuvo, con la camisa clerical entreabierta, revelando la piel canela y los músculos tensos que ningún voto de castidad debería ocultar, sus ojos, normalmente pacíficos, brillaban con un rojo carmesí depredador.
—Te advertí, Jimin —la voz de Jungkook era baja—. Te advertí que no entraras aquí ahora, ni el cielo ni yo podemos salvarte de lo que voy a hacerte.
Jungkook acortó la distancia en un solo paso, atrapando las muñecas de Jimin y anclándolas contra la madera fría de la mesa. El contraste entre el calor del cuerpo y el frío de la sacristía hizo que Jimin soltara un gemido agudo, Jungkook enterró el rostro en el cuello de Jimin, no hubo sutileza; hubo un mordisco, una advertencia de lo que vendría
Jimin arqueó la espalda, ofreciéndose por completo, entre el roce de las telas negras y el sonido de las respiraciones entrecortadas, Jungkook despojó a Jimin de su ropa y lo tomó con una urgencia que rayaba en lo divino y lo profano, le chupaba el cuello bajando poco a poco hasta sus pezones, mientras sus manos amasaba las nalgas de Jimin a su antojo uno de sus dedos se deslizó lentamente hasta su entrada haciendo que Jimin gimiera descontrolada mente m cuando vio que Jimin estaba listo, entró en él con una embestida la cual era una oración rota, cada gemido de Jimin era una confesión de que prefería el infierno en los brazos de Jungkook que el paraíso sin él.
—Eres mi pecado más hermoso, Jimin —gruñó Jungkook contra su oído, mientras seguía embistiendo—. Y voy a rezar por tu alma mientras te hago mío una y otra vez.
En la penumbra de la iglesia vacía, el único sonido era el eco de sus cuerpos chocando y el aroma de un lazo que ni Dios se atrevería a romper.
Las semanas fueron pasando y los encuentros fueron más descarados entre ambos ya no respetaban la iglesia ni nada a su alrededor solo querían estar perdidos en la lujuria y el pecado
El sábado en la iglesia el aire en la pequeña cabina del confesionario estaba cargado de un aroma cirio e incienso, pero Jimin, a través de la rejilla de madera, apenas podía distinguir el perfil afilado de Jungkook, el cual se mantenía rígido, con la estola morada descansando sobre sus hombros anchos, una imagen de rectitud que Jimin moría por corromper.
—Padre he pecado —susurró Jimin, su voz arrastrada que empezaba a quemarle las venas se filtró por la madera, golpeando a Jungkook.
Jungkook cerró los ojos con fuerza, sus nudillos blanqueando mientras apretaba su rosario, sabía lo que venía
—Dime tus faltas, hijo mío —respondió Jungkook, aunque su voz sonó ronca aún tenía un consuelo espiritual.
—He tenido pensamientos impuros, con un hombre que le pertenece a Dios, lo imagino quitándose esa sotana, dejando que sus manos me reclamen hasta que no pueda recordar mi propio nombre.
El silencio que siguió fue ensordecedor, Jimin escuchó el crujido de la madera cuando Jungkook se movió, la puerta que dividía ambos compartimentos se abrió lentamente, la luz tenue de la capilla iluminó el rostro de Jungkook
—Entra, Jimin —ordenó Jungkook no era una invitación, era un mandato.
Jimin obedeció, deslizándose hacia el espacio reducido, el calor corporal de Jungkook era sofocante, delicioso, Jimin entendió cuál era su lugar se deslizó hacia el suelo, sus rodillas golpeando la alfombra gastada del confesionario.
Jungkook se echó hacia atrás en el asiento, abriendo las piernas para darle espacio, sus manos grandes se posaron en la cabeza de Jimin, sus dedos enredándose en el cabello rubio con una mezcla de rudeza y devoción.
—Si vas a tentar a un hombre de fe, tienes que estar preparado para las consecuencias —gruñó Jungkook, su voz vibrando en el reducido espacio—. Hazlo y muéstrame qué tan arrepentido estás.
Jimin no necesitó más con manos temblorosas, desabrochó el cinturón del pantalón negro del sacerdote y el contraste de su piel pálida contra la tela clerical era el cuadro más pecaminoso del mundo, cuando liberó el pene de Jungkook, solo sonrio mientras se le hacía agua la boca, Jimin alzó la vista, encontrándose con la mirada oscura de Jungkook tenía la cabeza apoyada en el respaldo, su respiración agitada rompiendo el silencio sagrado de la iglesia y sin dudarlo, Jimin envolvió con sus labios la longitud del Jungkook.
El primer gemido de Jungkook fue bajo, un sonido que parecía un rezo a la inversa, sus manos apretaron el cabello de Jimin, guiando el ritmo con una urgencia en ese momento no recordaba votos ni de Biblias al ver que Jimin se esforzaba por llegar más profundo, los dedos de Jungkook se hundían en su cuero cabelludo, reclamándolo en la oscuridad del confesionario.
—Eso es... —susurró Jungkook, con la voz rota por el placer—. Bebe cada gota de pecado, Jimin, no dejes que ni una gota se pierda.
Al terminar el acto Jungkook sonrió, levantando a Jimin ya que estuvieron arreglados le dio su penitencia para que fuera a rezar por lo que acababan de hacer en el confesionario.
—Hijo mío, por haber tenido esos pensamientos tan.. detallados, tu penitencia será un padre nuestro y ayuno de voz, no podrás pronunciar una sola palabra durante el resto de la noche, solo podrás comunicarte conmigo mediante el tacto, si hablas, tendré que añadir más horas de castigo. ¿Entendido?
— Como usted ordene padre Jeon.
Como buen samaritano devoto a la iglesia Jimin fue a las bancas y empezó a rezar, Padre nuestro que estás en la parroquia, santificado sea tu pene, venga a nosotros tu cuerpo, hágase tu voluntad tanto en el altar como en mi cama, dame hoy mi leche de cada día, perdona mis pensamientos impuros, así como yo perdono que me dejes sin caminar, no me dejes caer en la abstinencia, y dame mas fuerte... Amén.
Esa semana no solo incrementó la actividad si no también las penitencias un miércoles en misa de la tarde la luz del sol se filtraba a través de los vitrales, bañando la mesa central en tonos carmesí y azul, la iglesia estaba llena, el murmullo de los fieles feligreses cesó en cuanto Jungkook se puso de pie tras el gran altar de mármol, se veía imponente, con su sotana verde y esa expresión de serenidad que solo él podía fingir mientras su mundo se sacudía bajo sus pies o mejor dicho, bajo la mesa ya que escondido por los pesados manteles de lino bordado que caían hasta el suelo, Jimin estaba hecho un ovillo, con pecado contenido apenas por las maderas antiguas del altar.
—El Señor esté con ustedes —dijo Jungkook, su voz resonando con una firmeza que flaqueó apenas un milímetro cuando sintió la primera caricia.
Jimin, con una sonrisa traviesa que nadie podía ver, comenzó a desabrochar el cinturón del sacerdote con la precisión de un experto, sus dedos rozaron la tela del pantalón de Jungkook, el cual tuvo que aferrarse a los bordes del altar con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—Lectura del santo Evangelio —Jungkook hizo una pausa larga, demasiado larga.
Debajo del mantel, Jimin acababa de liberar su falo y el calor de su boca rodeando su virilidad fue como un choque eléctrico, Jungkook cerró los ojos un segundo, inhalando el incienso para no perder el sentido, mientras la lengua de Jimin trazaba una línea húmeda y lenta que lo hizo jadear de forma casi imperceptible para los fieles, pero clara para el micrófono, Jimin no tuvo piedad de él envolviendo su pene por completo, succionando con una determinación que decía, ahora eres mío, no de Dios
—Gloria a ti Señor —logró articular Jungkook, aunque sus piernas temblaron.
El contraste era delicioso y tortuoso, mientras arriba Jungkook mantenía el rostro serio, recitando pasajes sobre la fe, el pecado y el infierno, abajo, Jimin se entregaba a una labor física intensa, sus mejillas hundiéndose rítmicamente, sus manos apretando los muslos firmes de Jungkook para mantener el equilibrio.
A mitad de la misa, el ritmo de Jimin se volvió frenético, sabía que Jungkook estaba llegando a su límite podía sentir la tensión en los músculos de sus piernas y su pene estaba listo para acabar Jungkook bajó la mirada un instante, encontrándose con el vacío del mantel, imaginando los ojos brillantes de Jimin allá abajo, devorándolo.
—Porque suyo es el reino, el poder y la gloria... —susurró Jungkook, su voz rompiéndose finalmente en un gruñido bajo mientras su clímax explotaba, Jimin no se detuvo, asegurándose de que Jungkook sintiera cada espasmo de placer en medio del silencio sepulcral de la iglesia, el sacerdote tuvo que apoyarse pesadamente sobre el altar, con la cabeza gacha, fingiendo una oración profunda cuando en realidad estaba tratando de no colapsar de puro éxtasis.
—Amén —susurró Jimin desde la oscuridad, limpiándose la comisura de los labios con un dedo, sabiendo que acababa de ganar la batalla contra el celibato de Jungkook.
Al terminar la misa y que todos se fueron Jungkook fue hasta Jimin que seguía escondiéndose debajo del altar al llegar lo saco de ahi y lo reprendió tiernamente.
—Dice la Biblia que hay que confesar los pecados en la oscuridad, del confeccionarlo no debajo del altar ahora ve a pedir por tu alma y la mía rezando un salve y credo y si te portas mal, te asonare entendiste.
—Entendido padre Jeon. — Jimin fue a rezar sonriendo.
Dios te salve, Jungkook, lleno eres de gracia y de leche, el deseo es contigo. Bendito eres entre todos los clérigos, y bendito es el fruto de tu pene. Santo Jungkook, Padre de mi perdición, ruega por este pecador ahora, y en la hora de nuestra próxima confesión…. Amén.
Creo en san pene todopoderoso, creo en san pene y sus bendiciones los cuales son concebidos por obra y gracia, creo en san pene y su santidad sabor a leche. Pido perdón por que las bendiciones de hoy no sean desperdiciadas y échamela la leche…Amén
Seis meses después de la Misa en el Altar, la parroquia de San Pascualito tenía un nuevo escándalo, pero esta vez no era un secreto a voces, Jungkook ya no vestía la pesada sotana verde ni la estola morada, ahora, lucía una camisa negra de seda, con los tres primeros botones abiertos, dejando ver una cadena de plata y, más importante aún, marcas de chupetones que brillaba con un rojo intenso en su clavícula, mientras estaba sentado en el último banco de la iglesia, esperando a que la última señora del coro se marchara.
—¿Extrañas el confesionario, Kook? —La voz de Jimin resonó desde la entrada.
Jimin caminaba hacia él con una seguridad, vistiendo unos pantalones de cuero que habrían hecho que el obispo sufriera un infarto, mientras Jungkook se puso de pie, su porte de ahora era más imponente sin las restricciones del celibato, envolvió la cintura de Jimin con un brazo tatuado y lo atrajo hacia sí, justo frente a la estatua de San Judas.
—Extraño la acústica —susurró Jungkook, su voz vibrando contra el oído de Jimin—. Pero prefiero mi nueva religión.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es esa? —preguntó Jimin, enredando sus dedos en el cabello ahora más largo del ex-sacerdote.
Jungkook lo alzó sin esfuerzo, sentándolo sobre el borde de la banca
—Tu eres mi religión, mi altar, mi oración y mi única penitencia —Jungkook bajó la mano hacia el muslo de Jimin, apretando con posesividad—. Aunque debo admitir que el obispo todavía me manda correos preguntando si quiero regresar.
—¿Y qué le respondiste?
Jungkook sonrió con esa chispa de malicia que Jimin tanto amaba.
—Le dije que estoy disfrutando la naturaleza carnal y que, si quería, que volviera tendría que venir a buscarme al departamento donde me tienen encadenado metafóricamente hablando.
Jimin lo besó, un beso que sabía a libertad y a todos los pecados que aún tenían pendientes por cometer, Jungkook lo cargó al estilo nupcial, caminando hacia la salida de la iglesia que una vez fue su hogar y ahora era solo el escenario de sus mejores travesuras, antes de cruzar el umbral, Jungkook se detuvo, miró hacia el altar y se percino.
—Amén……—susurró.
Y mientras las puertas pesadas se cerraban tras ellos, el aroma de inciensos y velas quedó flotando en el aire, como una bendición que ni el cielo mismo se atrevía a negar, aceptando que el pecado habría triunfado, aceptando su penitencia.








