El destello en la mirada
Al día siguiente, el despertador interrumpió abruptamente el recuerdo de mi maravilloso sueño. Me vestí apresuradamente con el uniforme para ir al colegio, aún con una extraña sensación de ligereza en el pecho. Sin embargo, al cruzar la entrada de la escuela, noté de inmediato que algo andaba mal. Mis amigos me miraban con fijeza, con una expresión de desconcierto que nunca antes les había visto.
Inquieta, me acerqué a uno de ellos y le pregunté en un susurro por qué todos me observaban de una manera tan extraña.
—Tienes algo diferente en los ojos —me contestó, mirándome de cerca—. Brillan de una forma increíble, como si tuvieras estrellas atrapadas en las pupilas.
El pánico me recorrió el cuerpo. Corrí hacia el baño, empujé la puerta y me planté frente al espejo. Al mirar fijamente mi reflejo, ahogué un grito. Mis ojos ya no eran los mismos: de ellos emanaba un peculiar y suave destello plateado, idéntico al brillo lunar que poseía el ángel de mi sueño. Durante el resto de las clases, mantuve la mirada baja, pegada al pupitre, esquivando cualquier contacto visual para no llamar la atención. Afortunadamente, al caer la tarde, la tranquilidad volvió a mí al saber que pronto estaría en la seguridad de mi hogar. Esperar la noche en casa siempre era mucho más soportable.
Esa noche, el cansancio me venció rápidamente y caí en un profundo sueño. Al abrir los ojos en ese plano onírico, Miguel ya estaba allí, esperándome.
—Eres muy especial, Celine —susurró con una voz que disipaba todos mis temores.
Se acercó lentamente y, repitiendo el dulce ritual que ya empezaba a anhelar, sujetó mi mano con firmeza pero con una delicadeza infinita. Me pidió que cerrara los ojos. Obedecí de inmediato, sintiendo un cosquilleo cálido ascender por mi brazo. Un momento después, su voz me indicó que podía abrirlos.
La sorpresa me robó el aliento. Ya no estábamos en los límites de mi habitación. Nos encontrábamos suspendidos en la mismísima cima de la Torre Eiffel, en París. Debajo de nosotros, la ciudad de las luces se extendía como un tapiz centelleante, mientras la brisa parisina transportaba una melodía suave, como si la noche misma estuviera entonando una canción de cuna para el mundo. La luna, majestuosa y colosal, parecía estar al alcance de nuestras manos.
—Te preguntarás por qué te brillan los ojos —dijo Miguel, rompiendo el silencio mientras contemplábamos el horizonte—. Ese destello es la marca de la luna. Eres una persona sumamente especial. Hasta ahora, en toda la historia de la humanidad, esos ojos solo le habían pertenecido a una persona: la princesa Carmine, en la antigua Roma.
Me giré para mirarlo, cautivada por sus palabras. Miguel continuó, con una sombra de melancolía en su mirada plateada:
—Carmine era hermosa como la luna y poseía un don singular que ella le había concedido debido a la inmensa confianza que le profesaba. Sin embargo, no supo valorarlo; se dejó cegar por la vanidad del mundo humano. Decepcionada, la luna decidió retirarle su bendición y le quitó a su protector, su ángel, para siempre. Tú eres la primera persona en siglos a quien la luna ha elegido para otorgarle un don.
Me quedé sin palabras, abrumada por el peso de su revelación y la magnitud de lo que implicaba. Al notar mi turbación, Miguel volvió a estrechar mi mano, transmitiéndome una calidez que calmó mis dudas. Me aseguró con una sonrisa que no debía tener miedo. Con la misma rapidez con la que habíamos viajado, el viento sopló con fuerza y nos devolvió al sitio donde nos conocimos. Se despidió con una última caricia en mi mejilla, dejándome con una profunda sensación de paz que me acompañó hasta el amanecer.








