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Latidos Locos

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Summary

"¿Por qué no fingimos que somos novios?" Esa pregunta puede ser la clave para el desastre. O eso es lo que piensa Emma Stevenson, cuando Jason McGuire su ex-vecino y amigo de la infancia le hace esa propuesta.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Diez, nueve...

Tu puedes Emma.

Ocho, siete...

Es sencillo, solo tienes que decir las palabras que te aprendiste

Seis, cinco...

Delante de cientos de personas y mas de una decena de cámaras. Totalmente sencillo

Cuatro, tres...

Mierda, no debí pensar en eso.

Dos, uno...

-¿Estás lista Emma?-alzo la vista y veo a Alice.

Me niego a hablar, no porque tema tartamudear, sino porque temo quedarme en blanco y no decir nada cuando sea necesario. En cambio, solo asiento con rapidez. Es claro que los nervios se notan en mi rostro cuando la amable sonrisa de ella y me invita a caminar tras de ella. El aullido de las gradas es ensordecedor, aunque este se queda silenciado ante los latidos locos de mi corazón.

Mis palmas están congeladas, no sé si es por el pánico o por el frío que azota. Y por primera vez en mis 23 años no me he detenido a pensar en lo mucho que lo odio.

Por encima de mis latidos puedo escucharlo a él. Sus dulces palabras, su risa tan contagiosa. Pienso en su calidez, en lo segura que me siento con él. En la manera en que la no necesito hablar porque él sabe leer mi mirada, y eso significa el mundo para mi. Recuerdo la fuerza que me da solo con tomar mi mano, la forma en me invita a hablar a no tener miedo. A mostrar como en verdad soy, mis verdaderos colores.

Por encima del ruido pienso en ese niño que se quedaba a mi lado. Ese niño que cada día a mi lado iba armando nuestro propio rompecabezas, nuestro propio mundo.

¿Por que no lo viste antes Emma?

Porque sabía que siempre iba a estar a mi lado, y ahor tengo miedo de perderlo

L

o amo

Con esa convicción, camino decidida a declarar mi amor en la final de la Liga de Universidades de Rugby.

Para nada estoy nerviosa.

Cinco añosatrás

El silencio entre estas paredes es algo tranquilo aunque en ocasiones es abrumador. Es una contradicción constante, no sé si disfruto de la soledad o esta se burla de mi incapacidad para librarme de ella. Tal vez sea la segunda.

Creo que es esa.

Gracias a la ligera luz que se filtraba por las ventanas de cristal del segundo piso se podía dislumbrar una hilera de motas de polvo que solo eran pertubadas cuando alguien caminaba atraves de ellas. El calor que se colaba por las paredes y superaba el fresco del aire acondiciado obliga a los visitantes a murmurar en protesta. En cambio, yo me siento cómoda. Soy de las pocas personas que disfrutan del verano y odian el invierno. No conozco a muchos que piensen como yo.

Aunque no tengo a nadie para saberlo.

Muevo un mechón de mi cabello castaño oscuro que entorpece la vista de la portada que tengo en mis manos y la coloco en su sitio como llevo haciendo desde una hora. Miro el carrito delante de mí viendo la otra docena de libros que esperan por mi. Aunque puede verse agotador, eso solo me hace sentir aliviada. En cambio, solo de pensar en la recepción cuando miro por encima de mi hombro mi pecho se aprieta.

Por suerte, cuando postulé para el trabajo de la biblioteca esa vacante ya estaba llena. Aunque quisiera, el solo pensar en estar ahí es una pesadilla. Lo peor hubiera sido si la vacante hubiera existido y yo la rechazaba, y de paso que no me dejaran trabajar aquí. Algo que sería un enorme decepción. Desde hace dos años estoy trabajando en la biblioteca Anythink del condado de Adams, Colorado. En una de las siete sucursales, especificamente en Thornton.

A 16 km del Capitolio del Estado de Colorado en Denver, Thornton es un con autonomía local ubicado en los condados de Adams y Weld. Una ciudad lo suficientemente grande como para vivir todo tipo de experiencias y al mismo tiempo tranquila para pasar desapercibida. Aunque no nací aquí, soy originaria de Nueva Jersey al igual que toda mi familia, mis padres se mudaron para la ciudad cuando yo tenía un año de nacida, así que puedo decir con certeza de que mis raices son de Thornton.

Me concentro en el ligero sonido del carrito cuando es empujado acompañado del murmullo lejano de las personas y se siente como una especie de terapia. Una dulce tranquilidad que me hace sentir segura, pero que me recuerda que no me encuentro sola.

Algo contradictorio, pero lo prefiero a estar aislada por completo.

Y no sabría que hacer para dejar de estarlo.

Como ahora mismo el inquietante hecho de que siento unos pasos que se dirigen a mi dirección. Mi cuerpo actúa por puro instinto cuando bajo la cabeza lo más posible mientras finjo que busco algún libro. No quiero moverme por temor de hacerle daño a la persona que se acerca. Imploro porque esa persona siga de largo, pero muy en mi interior pido lo contrario.

¿En serio Emma?

-Hola, tengo una pregunta -siento como cada parte de mi cuerpo se congela por completo-¿Hola?

Mis manos se cierran con fuerza contra el carrito pero no disminuye mi notorio temblor. Abro mi boca con la intención de hablar, de emitir aunque sea un mínimo sonido, pero pasa lo contrario. Me quedo sin aire y no puedo respirar.

Mi pecho se aprieta y el ligero murmullo que antes me tranquilizaba ahora es ahogado por el estrépitoso sonido de mi corazón. Abro y cierro mi boca en un interior intento de hablar, solo logra que mi garganta se cierra.

Estoy teniendo un ataque de pánico.

La desconocida delante de mi sigue hablando pero soy incapaz de escucharla cuando incluso su rostro se vuelve borroso. De repente alguien toma mis hombros y me obliga a moverme. En un segundo tengo los brazos de Adeline rodeando mis hombros mientras boqueo desesperada por aire.

Emma...

Emma...

-¡Emma!

Nuevamente el murmullo las voces al leer llegan a mis oídos y el sonido de mi corazón ya no suena tan aterrador. Doy una fuerte bocanada cuando el aire llega a mis pulmones y hubiera colapsado al piso si no hubiera sido por los brazos que me sostenían. Miro los ojos preocupados de Adeline y nuevamente la culpa me carcome. A pesar de que mis piernas aun carecen de fuerza logro alejarme con delicadeza, mientras veo por encima de su hombro como el señor Steve habla con la persona.

-G-Gracias señora Adeline-por segunda vez mis manos comienzan a temblar por segunda vez mientra camino para alejarme- pídale disculpas al señor Morrison de mi parte por favor.

Echo a correr como estoy acostumbrada en estas situaciones. Me cruzo con alguna personas pero yo soy más rápida cuando llego al baño y me encierro en una de las cabinas. Tomo asiento sobre el sanitario en posición fetal y cubro mi boca con ambas manos para calmar mi respiración así como los latidos erráticos de mi corazón. Los segundos se convierten en minutos, los minutos en horas, y así pasan dos horas encerradas en ese baño.

Cuando me siento mucho más tranquila es cuando tengo tiempo de pensar en todo lo ocurrido y ahora un nudo amargo se asienta en mi garganta cuando las consecuencias caen sobre mis hombros. Mi ceño se frunce cuando las palabras de advertencias se hacen eco en mis oídos. Luchando contra mi misma, me pongo en pie y salgo del baño. Intento no pensar mucho cuando por mi propia cuenta me dirijo a la oficina del señor Morrison.

Me escabullo hacia el tercer piso en donde se encuentra su oficina y reprimo un suspiro cuando veo la puerta entreabierta. Para mi mala suerte esta no es la primera vez que pasa algo como esto y siempre termino en la oficina del señor Morrison, así que es natural que me estén esperando. Solo doy unos toques antes de entrar a la oficina.

Adentrarse entre estas cuatros paredes era ver la historia de la biblioteca Anythink escondido en una elegancia discreta. La paredes con un color madera hacia juego con las tres enormes ventanas de cristal que permitián la entrada de luz tras el escritorio del señor Morrison. En la esquina izquierda había una escalera de caracol que daba a los estantes del segundo que podías admirar desde abajo gracias al pasillo que recorría toda la habitación. En ese mismo piso, sobre la entrada de la oficina estaban los retratos de todos los directores antiguos que tuvo el centro desde su inaguración.

El piso negro permitía lucir la alfombra mullida de color gris y los dos sofás de tres plazas a juego de un color marfil con detalles en marrón con una mesa de cristal en medio de ambos. Bajo las ventanas el escritorio de caoba lucía impotente, de la misma forma que lo hacía su dueño, Steve Morrison. Un hombre de 62 años de piel oscura y su pelo tan blanco como la nieve. Su complexión pequeña no encaja para nada con la severidad de su mirada. A pesar de la seriedad de sus ojos es una persona muy educada y amable, claro, excepto cuando regaña a alguien.

De los dos años que llevo trabajando aquí, esta es la cuarta vez que soy llamada a su oficina, cuatro ataques de pánicos. Y por lo aterrada que estoy, voy en camino para el quinto. De reojo veo a la supervisora Adeline, una amable mujer de 36 años de pelo rojo y ojos verdes, quien ha sido la unica persona que ha tenido paciencia conmigo, y la que ha abogado a mi favor.

Aunque ahora no estoy muy segura de que logre algo.

-Señorita Stevenson ¿Como se encuentra?-solo asiento con la cabeza, y él, acostumbrado a mi falta de palabras entiende la respuesta- Debe de saber porque se encuentra aquí.

-Emma, solo queremos tu bien- interviene Adeline con un suave gesto mientras se acerca a mi.

Pero los tres sabemos lo que esconden sus palabras. No puedo trabajar con el público cuando no soy capaz de respirar cuando estoy frente a una persona y tengo que hablar. Mucho menos cuando, aun sin hablar, el solo estar parada frente a los dos hacen que mi corazón se acelere.

-¿M-Me... V-van a des-despedir? -Realmente fue un milagro que los dos me hayan escuchado, pero sí lo hicieron.

Lo pude comprobar cuando ambos se miraron en silencio y el señor Morrison soltó un suave suspiro.

-Eres una chica muy inteligente Emma, y los jovenes de hoy en día no disfrutan del trabajo en la biblioteca, pero esto es por tu propio bien- se pone en pie sin dejar de mirar, y a pesar de que estoy encogida en mi lugar intento devolverle la mirada- tendrás un año sabático aquí, sé mejor que nadie lo mucho que trabajas para superar tu confianza, tal vez este descanso te ayude sin presión- rodea el escritorio pero no se acerca a mi- incluso si pasa el año no te preocupes, siempre serás bienvenida aquí.

///////////////

Golpeo mi cabeza contra el escritorio cuando no me puedo concentrar. Suspiro con frustración y me levanto de mi lugar cuando estoy segura de mi cerebro no funciona para nada más. Miro los papeles esparcidos por la mesa y al principio agradecí la tarea que la escuela nos pidió para el incio del curso, aunque ahora no estoy muy contenta con ello. Pondré una queja al consejo de profesores de que no hace falta relatar como pasamos las vacaciones, no somos niños.

Claro... La carta será anónima. Porque me niego a pararme frente a los docentes, y como si fuera un burla vuelvo a pensar en lo ocurrido en la biblioteca.

Volteo a ver mi reflejo en el espejo, enfundada en unos jeans anchos de un color azul cielo cubierta por un jersey de manga corta de color negro y mi pelo castaño rizado recogido en un moño desordenado, completando mi imagen desastrosa con mis espejuelos.

No me siento mal, me siento cómoda con mi ropa, es lo que me recuerda cada vez que me miro al espejo.

Si me concentro bien puedo recordar mi ultima conversación con una persona... fue con mi maestro de kinder y yo tenía cinco años, o eso afirman mis padres. Un día de la nada no pude hablar con las personas, y cuando intentaba hacerlo lloraba presa del pánico o mi pecho se cerraba negándome a respirar, ahí empezaron los ataque de pánico junto a mi fobia.

La glosofobia es el miedo irracional y persistente a hablar en público. Esta fobia puede ocurrir incluso antes de que la persona suba al escenario o enfrente a los oyentes. No solo se trata de nerviosismo. La glosofobia puede causar síntomas físicos como sudoración, temblores, náuseas y dificultad para respirar.

A menudo, la persona busca evitar cualquier situación donde deba hablar ante otros. Algunas personas pueden experimentar síntomas leves, mientras que otras presentan angustia extrema. La intensidad varía de una persona a otra. Es considerada una fobia específica, ya que el miedo se dirige hacia una situación clara: hablar delante de un público.

O ese fue el discurso que nos dios el psiquiatra la primera vez que acudí a uno con ocho años. Inciaron un tratamiento de medicamentos, pero cuando este me estaba volviendo una pequeña adicta mis padres desistieron. Así que ahora una vez al mes asisto al psicologo y tanto mis padres como yo negamos todo uso de medicamentos. Aunque la sesiones no ayudan en nada, me han ayudado a volver a la escuela, aunque no han disminuido mis ataques de pánico.

-Emma- me volteo ante la voz de mi madre y la veo asomada por mi puerta- los McGuiere ya están en camino.

Asiento sin mucho que decir y ella con una cariñosa sonrisa me deja sola. Mathew y Stelle Stevenson, mis pacientes y compresivos padres. Mi padre de 45 y mi madre de 40 años siguen tan jóvenes como si estuvieran en plena juventud. Él con una altura de 1.85 y mi madre con 1.60 se ven bastante disparejos, a la vez que lo hacen una pareja perfecta. Algo contradictorio, pero divertido de ver, supongo que por eso me quedé en 1.56. Desde que tengo uso de memoria ambos han trabjado juntos en el ayuntamiento, de esa forma fue que se conocieron.

Según mi padre, mi madre no tenía un carácter facil, según ella, era todo lo contrario. Supongo que por eso se enamoraron. Aunque en ocasiones los veo llevarse la contraria todo el día como si nada, luego me di cuenta que de esa forma se demuestran amor. Desgraciadamente lo escuché una noche que salí al pasillo, quedé con trauma con 14 años. En especial cuando llegó la clase de educación sexual, aun me estremezco.

Gracias al trabajo de ambos le dieron esta casa cuando yo tenía un año y fue cuando nos mudamos desde Nueva Jersey, en donde conocimos a nuestrso vecinos, los McGuire. Esos que también se convertirían en muy buenos amigos de la familia, incluso luego de que ellos se mudaran tres años atrás. Son las únicas personas fuera de mis padres con quienes puedo hablar sin miedo alguno de quedarme en blanco o tener un ataque de pánico. Mi psicologo dijo que luego de mis padres, ellos eran las personas más cercanas y constantes en mi vida desde que tengo uso de razón, lo que mi cerebro traduce a seguridad.

Tiene todo el sentido del mundo, porque es la total verdad. Dos años luego de mudarnos eramos tan cercanos que mis padres no temían dejarme en su casa inlcuso a dormir.

Tomo un baño rápido y me decido por un polo blanco de mangas cortas con un overol de mezclilla corto debido al calor que hace, por esa misma razón me quedo con mi moño desordenado siempre con mis anteojos. Bajaba de mi cuarto cuando siento como tocan la puerta. Gracias a que la escalera del recibidor es la más cerca de la puerta principal, le grito a mis padres que yo abro.

Me reciben las amables sonrisas de John y Anna McGuire, una pareja de 50 años los dos. Ambos médicos de profesión, según su historia se conocieron en primer año de universidad, desde entonces están juntos. Una historia un poco más tranquila que la de mis padres. Tuvieron dos hijos, una mayor que está viajando por el mundo de 30 años, y el menor de 23, al que puedo ver incluso cuando sus padres no han entrado.

El indiscutible Jason McGuire estudiante de Lenguas Inglesas. Poseedor de un cabello castaño con toques dorados, unos ojos avellanas y una sonrisa llamativa en donde sea que entre. Cuerpo atlético y descomunalmente alto, midiendo 1.98, lo que apesta cuando es tu mejor amigo.

Los señores McGuire me saludan cada uno con un beso en la mejilla y veo a Jason mirarme con su típica sonrisa. Ni siquiera me estiro, él se doble y me da su habitual beso en la mejilla, lo empezó a hacer cuando yo tenía seis años, desde entonces nunca ha dejado de hacerlo.

-Hola cerdita, ¿Que tal?

-Hola jirafa, lo normal-me guardo la mueca que quiere nacer en mis labios, pero él me conoce lo suficiente para entederme sin palabras.

-¿Otro ataque de pánico?

Le doy una simple sonrisa que se puede ver como una mueca mientras me encojo de hombros- No te preocupes, luego te digo.

Con un gesto silencioso ambos caminamos hacia el comedor. Luego del recibidor está la sala, en la esquina izquierda hay una entrada que da a la cocina y el comedor. En cambio, en la esquina derecha de la sala se va directo al jardín. Cuando ingresamos al comedor vimos a nuestros padres reir, lo que me hizo sentir una sensación cálida en el pecho llena de alivio.

Aunque mi vida no es nada normal, aunque tengo miedo de cada paso que doy, Este pequeño momento es mío, de nadie más y es perfecto.

Incluso cuando Jason apoya un brazo en mi cabeza como si fuera su maldito bastón.

Hola amores. Ya estoy enamorada de esta novela.

En especial cuando tengo a la adolescente Taylor Switt en mi oído.

Chapters
1. Capítulo 1
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