Capitulo 1
El comienzo:
Rosalie
—No puedo creer que Alexander pagara por todo el restaurante solo para conocerme —protesté, cruzándome de brazos mientras miraba a mi alrededor—. Te lo dije, madre: quiere impresionarme, pero no lo logrará. Me hubiese gustado algo más sencillo, algo más... familiar. Si es que asà nos podemos llamar ahora.
Mi madre suspiró, acomodándose el vestido con un nerviosismo evidente.
—Hija, sabes que Alexander es de todo menos humilde. Ha trabajado muy duro para lograr lo que tiene y lo único que quiere es que tú lo aceptes, para que por fin podamos tener la familia que nos merecemos. Quiero que todo salga excelente esta noche. Mi matrimonio con él es importante, asà que necesito que todo sea perfecto.
Una sonrisa amarga se dibujĂł en mis labios.
—Madre, la perfección no existe. Y mucho menos viniendo de un Munich, cuando son dueños de la mitad de Alemania. Me parece tan sospechoso que un hombre de ese calibre quiera casarse con la encargada de una de sus empresas... ¿Qué pensará su familia de esto? Entiendo que no somos pobres, pero tampoco estamos bañadas en oro.
Rosalie no seas tan negativa
—Alexander me ama y sé que podrás aceptarlo —insistió mi madre, mirándome con ojos suplicantes—. Después de todo, será tu padrastro dentro de un mes.
—Lo sé... —murmuré para mis adentros—. De verdad espero que nos llevemos bien para llevar la fiesta en paz.
Eso era lo que pensaba en teorĂa, pero la realidad me golpeĂł en el segundo en que las puertas del restaurante se abrieron.
No me imaginaba que el hombre que cruzarĂa el umbral fuera tan jodidamente hermoso. Las revistas de moda no mentĂan; tenĂan toda la razĂłn al catalogarlo como uno de los hombres más atractivos del mundo. Emanaba un aura de elegancia absoluta, pero con un toque peligroso. Su cabello, su porte, su presencia... Dios, era perfecto. Mis ojos no podĂan dar crĂ©dito a lo que estaban viendo.
—Cariño, llegaste al fin —exclamĂł mi madre, levantándose de inmediato con una sonrisa radiante—. PensĂ© que saldrĂas temprano hoy de la empresa.
Alexander se acercĂł a ella, pero sus ojos ya recorrĂan el lugar.
—¿Temprano? Creo que no sé qué significa esa palabra en mi vida, a menos que sea para llegar a la oficina por la mañana —respondió él.
Su voz era profunda, magnĂ©tica, como el susurro de un demonio. TenĂa ese tono arrastrado de chico malo de universidad que, para la edad que tenĂa, le sentaba peligrosamente bien—. Lo siento, cariño. Mucho trabajo; las empresas me tienen absorbido.
Entonces, su atenciĂłn cambiĂł. Al voltear, su mirada se clavĂł directamente en mĂ, fija, frĂa y calculadora.
—Ah, Rosalie. Un gusto verte al fin. Tu madre me ha hablado mucho de ti.
Alexander recorriĂł todo mi rostro con una lentitud calculada. La expresiĂłn en sus facciones me hizo entender de inmediato lo que era para Ă©l: una pequeña pelusa en su carĂsimo traje. Algo insignificante.
—Disculpa la demora. Mi nombre es Alexander Munich, un placer conocerte.
Al levantar la vista, sus ojos conectaron con los mĂos. Creo que jamás en la vida habĂa experimentado lo que mi pecho sintiĂł en ese instante: una violenta descarga de adrenalina. Alexander tenĂa los ojos más azules que hubiera visto jamás; era como asomarse al fondo cristalino de una piscina profunda. Me sentĂa completamente intimidada, algo que nunca me habĂa pasado con un hombre. Siempre he sido una chica firme, de las que no se deja llevar por cualquiera que le hable bonito, pero Alexander tenĂa un magnetismo peligroso.
Tomamos asiento. El aire en el restaurante de pronto se volviĂł denso; sentĂa que no podĂa respirar bien bajo el peso de su mirada juzgadora.
Por suerte, mi madre lo mantenĂa distraĂdo hablando de los preparativos de la boda y del viaje que harĂamos. HabĂan decidido casarse en Hawái en lugar de aquĂ, en Alemania, asĂ que nos irĂamos un mes antes de la ceremonia. ÂżEl motivo oficial? Que Alexander tenĂa negocios que atender con unas cadenas hoteleras allá. Para mĂ, la excusa de Hawái era solo una estrategia para que Ă©l solucionara sus asuntos de trabajo mientras mi madre pensaba que lo hacĂa por amor a la playa. Ilusa.
—Hija, Âżpor quĂ© no le comentas a Alexander que pronto te vas a graduar de la universidad? —sugiriĂł mi madre, mirándome con insistencia—. Quieres hacer tus pasantĂas en su empresa, ÂżVerdad?
—Madre, te dije que no querĂa hablar de eso esta noche —respondĂ de inmediato, tratando de evadir el tema—. Ustedes tienen demasiadas cosas que planear para su gran dĂa.
En el momento en que mi madre mencionĂł aquello, los ojos de Alexander se clavaron en mĂ.
—Rosalie, sé que tu madre y tú han estado solas por muchos años y que no has tenido una figura paterna a tu lado —comentó él, con una seguridad que me erizó la piel—. Pero sabes que conmigo puedes contar para lo que sea, y mucho más si se trata de tus estudios. Cuéntame un poco más de eso; asà nos vamos conociendo.
Tragué saliva, intentando mantener la compostura bajo su escrutinio.
—Bueno... en un año me gradĂşo y me tocará hacer las pasantĂas en una empresa grande. Mi madre me comentĂł que en la tuya aceptan pasantes, asĂ que me interesarĂa.
—SĂ, claro. En mi empresa recibimos chicas para pasantĂas cada año —respondiĂł Alexander, dibujando una sonrisa enigmática—. Las ubicamos en las mejores áreas para que se acostumbren al ritmo de trabajo para cuando se gradĂşen.
Justamente, mi secretaria se va a retirar en un par de meses y esa vacante quedará libre. Después de la boda, puedes llevar tus documentos a mi oficina y hablaremos del trabajo.
Mi madre soltó un suspiro de adoración, tocándole el brazo.
—¡Ah, cariño, eres tan bueno! Por eso te amo tanto. Gracias.
—Tranquila, mi vida. Ahora somos familia y tenemos que apoyarnos —le aseguró él, pero sus ojos no estaban en ella.
Alexander me lanzĂł una mirada que me intimidĂł por completo. No lograba descifrar si lo hacĂa de buena fe o si solo era una excusa para mantener a mi madre contenta. Desde que empezaron a salir, nunca me pareciĂł buena idea que mi madre se involucrara con su propio jefe. Pero ahora que lo tenĂa frente a mĂ, entendĂa perfectamente la situaciĂłn: con esa cara y ese porte, Alexander era el tipo de hombre al que nadie era capaz de decirle que no.
En ese momento, Alexander levantĂł la mano con un gesto imperioso y, de inmediato, el sumiller se acercĂł a la mesa para servir un vino tinto que, por la etiqueta, supe que costaba más que mi matrĂcula universitaria. Alexander tomĂł su copa de cristal, incitándonos a hacer lo mismo.
—Un brindis —propuso, manteniendo una sonrisa impecable que no llegaba a sus frĂos ojos azules—. Por los nuevos comienzos. Y por las sorpresas que nos depara el futuro.
Mi madre alzĂł su copa, radiante y completamente ajena a la corriente de electricidad que congelaba el ambiente. Yo tardĂ© un segundo en reaccionar. Cuando choquĂ© mi copa con la suya, el tintineo del cristal sonĂł como una advertencia en mis oĂdos.
Alexander no apartĂł la mirada de la mĂa ni por un milisegundo mientras le daba un trago a su vino.
—Estoy seguro de que nos vamos a divertir mucho trabajando juntos, Rosalie —añadió en un susurro arrastrado, con un doble sentido tan evidente que me hizo pasar saliva con dificultad—. Me encanta la gente que sabe seguir el ritmo.
«¿En quĂ© demonios me he metido?», me preguntĂ©, sintiendo un escalofrĂo. «Este hombre va a ser el esposo de mi madre dentro de un mes. Rosalie, por Dios, tienes que calmarte. Solo es un millonario engreĂdo al que le encanta llamar la atenciĂłn».
RespirĂ© hondo, tratando de obligar a mi corazĂłn a recuperar su ritmo normal. TenĂa que hacerlo por ella. Estaba feliz por mi madre; se merecĂa un matrimonio feliz y era evidente que estaba completamente enamorada de Ă©l. No iba a ser yo quien arruinara su burbuja.
—Rosalie, cariño, ¿qué tal te ha parecido la comida? —preguntó mi madre, sacándome de mis pensamientos con una sonrisa cálida.
Forcé mi mejor sonrisa y tomé un sorbo de agua para aclarar mi garganta, tratando de que mi voz no temblara.
—Está exquisita, madre. De verdad, gracias por esta noche —respondĂ, alternando la mirada entre los dos—. Los veo a ambos y... bueno, espero que seamos una familia feliz, despuĂ©s de todo.
Al pronunciar la palabra familia, mis ojos chocaron inevitablemente con los de Alexander. Supe, por la chispa de diversiĂłn en su mirada, que Ă©l sabĂa perfectamente que yo estaba mintiendo.








