Arco de Robinole (Enero): Capitulo 1
Aparcó en el último espacio de la fila del estacionamiento destinado a empleados del centro financiero del prestigioso “Commercial Bank”. Eran las 7:30 a.m. y Emma Lissette Loto Aguilar suspiró con resignación. Retiró la llave del auto y la guardó en la cartera; buscó en el caos de su bolso su polvera y se cercioró de que su maquillaje estuviera impecable. En el reflejo de aquel espejo circular se admiraron a sí mismos un par de ojos cafés claros bajo una sombra celeste.
Revisó si sus labios tenían el tono rojizo perfecto que las normas del banco aprobaban para sus cajeras y corrigió los cabellos que se salían de su lugar. Emma se sentía bonita, no bella; bella era su hermana menor, Laura Elizabeth, que, dicho sea de paso, también trabajaba en el mismo banco, pero en una agencia distinta. Era más alta, de ojos egipcios y un tono de piel canela claro. Emma era blanca; lo que compartían era el color de cabello: negro ébano.
Meditó un par de segundos. Era su primer día en el centro financiero. Si bien llevaba más de un año trabajando para “Commercial Bank”, había estado en una agencia pequeña; es más, no era una agencia como tal, sino una de dos ventanillas que estaban en un centro comercial de alto tráfico. Para ella fue una sorpresa muy grande cuando el sábado anterior llegó a su correo institucional el memo con las indicaciones de que debía limpiar su casillero, pues iba para la central bancaria, la agencia élite. Hoy estaba ahí. Atrás quedó esa ventanilla donde lo único que hacía era cambiar cheques y cobrar servicios como agua, electricidad, gas, cable y colegiaturas.
—Ahora estoy a un nivel más alto... a la altura de Laura.
Lo dijo sin que fuera un comentario competitivo, pues no consideraba a su hermana una rival; eran hermanas, eran compañeras. Al bajar de su auto sedán de marca japonesa color celeste cielo —cuatro puertas de vidrios polarizados que le sirvieron como espejos para verificar que su chaqueta estuviera tallando perfectamente su estética figura—, un escalofrío la recorrió.
—El primer día siempre es difícil... —se dijo a sí misma.
El parqueo destinado a los empleados estaba al costado norte del edificio de ocho pisos, a diferencia del asignado a gerentes y a clientes a la izquierda y al frente del inmueble. Este no estaba techado, por lo que Emma esquivó con sus ojos el sol matinal que anunciaba un día de enero de cielo despejado, retiró femeninamente un par de cabellos de su rostro y entró al centro financiero del “Commercial Bank”, conocido o apodado como El Búnker, pues parecía un refugio nuclear militar por sus escasas ventanas en las paredes de sus cuatro lados visibles, donde resaltaban las iniciales “C” y “B” con tipografía estilizada de un encendido color rojo sobre un círculo blanco.
La agencia ocupaba dos terceras partes del primer piso. Era un inmenso salón delimitado por diez ventanillas destinadas para trámites de caja (retiros, abonos, pagos, cambios de cheque, etc.), cinco escritorios para trámites de cuentas (apertura y cierre de cuentas de ahorro y seguros) y cinco cubículos para negocios bancarios (créditos, tarjetas, atención a PYMES); cerrando el salón, la amplia y visible oficina del gerente de sucursal. Para llegar hasta ahí, Emma entró por el acceso de empleados, pasó por los casilleros a una sala de convivios donde unas mesas formaban un comedor, tenían microondas además de un oasis con agua, café y azúcar ofrecido por el banco y, contiguo a eso, unas máquinas dispensadoras de pan y refrescos. Todas esas comodidades que aquella ventanilla en el centro comercial no tenía. Era temprano; aun así, si bien el guardia de seguridad no dudó en dejarla pasar, ella debió esperar ante una puerta antes de ingresar a la agencia, justo frente a las bodegas de papelería y de artículos promocionales. Entre puerta y puerta de ambas bodegas estaba el mural informativo, donde se colocaban los boletines de información institucional y, sobre este, casi tocando el techo, “El Cuadro de Honor”: doce retratos bajo los títulos de “Empleado del mes de Enero”, Febrero, Marzo y así hasta Diciembre. Llamó la atención de Emma que, a excepción de mayo, en todos los meses era el mismo sujeto: un tipo blanco, de nariz aguileña, anteojos pequeños, cabello negro y muy bien peinado. Le pareció guapo, pero no un fuera de serie. En los primeros tres meses, en las fotografías el sujeto aparecía serio; luego, a medida que avanzaban las fotos y los meses, algo cambiaba, como si ganase confianza con la cámara: una sonrisa de seguridad en sí mismo, una mirada de indiferencia, otra pícara, en otra sacudiendo su hombro y en la de diciembre mostraba su amplia dentadura perfecta mientras con los dedos de su mano derecha formaba la letra “V” de victoria.
—Oh, el año pasado... —dijo el tipo de las fotos, que ahora estaba al lado de Emma, quien no se enteró en qué momento entró y se paró justo a su lado. Era alto, de 1.90 m estimó ella, que se sintió “enana” con su 1.58 m. La voz de él era profunda y clara como de locutor de radio—. Si tan solo en mayo no me hubiese ido de vacaciones, me habría ganado el premio a la Excelencia —sonrió.
Emma sabía del premio a la Excelencia; era el reconocimiento que institucionalmente entregaba el banco al empleado que hiciera los méritos para ser reconocido como el mejor del año: un viaje con todo pagado para dos personas a Cartagena, Colombia, en un hotel cinco estrellas, algo que a ella le era indiferente pues se consideraba una más del promedio.
—Mejor suerte este año —respondió tímidamente Emma.
—La suerte no existe... pero gracias por tus deseos... —La miró a los ojos—. Tú debes ser la que reemplazará a Paty. Mi nombre es Pedro Oswaldo Pérez Iglesias, soy el supervisor de trámites bancarios —señaló su propio pecho mostrando una placa plástica que llevaba su nombre y cargo.
—Mucho gusto... mi nombre es Emma Lissette...
—Bien, Emma, permíteme abrirte la puerta de la que será tu segunda casa.
Él tomó en sus manos la tarjeta electrónica y el gafete que llevaba colgando de su cuello y, al pasarlo frente al sensor contiguo a la puerta, se escuchó un pitido electrónico y la cerradura cedió. Él empujó la puerta y la agencia bancaria quedó expuesta a la vista de Emma. Todo estaba pulcro, reluciente; el piso de mármol beige brillaba ante la luz artificial que se desprendía del techo blanco, resaltando el emblema del banco en el propio centro de la sala. Tras las ventanillas de las cajas se leía el nombre en relieve del banco, “Commercial Bank”, en letras rojas; el mismo tono de rojo de todas las cortinas agamuzadas que había en el salón. Emma se sintió parte de todo ese elegante y fino paisaje. Su falda beige ajustada, la chaqueta roja sobre la blusa blanca y el moño rojo en el cuello hacían juego con todo el lugar.
—La oficina del gerente es esa —Pedro señaló una pared de vidrio que rodeaba una amplia habitación.
—Gracias —contestó Emma.
—Él suele venir temprano, no ha de tardar, deberías esperarlo dentro.
—Ok. —Ella le regaló una sonrisa de agradecimiento.
Dentro de la oficina se dio cuenta de que todas las bases de trabajo quedaban a la vista. Los minutos avanzaron y poco a poco vio cómo cobraba vida la agencia: chicas uniformadas como ella llegaron y se posicionaban en las ventanillas de las cajas mientras conversaban entre sí.
—Todas son bonitas... —musitó Emma.
También llegaron sus compañeros, todos de pantalón beige, camisa manga larga blanca y con corbata roja.
—Se ven guapos... —pensó sonriendo.
No tardó en llegar Benjamín Obdulio Salazar Segura, un cuarentón blanco de canas prematuras, sonrisa perfecta, cara redonda y ojos cafés, vestido de traje azul y corbata roja, exhibiendo un pin “CB” metálico en el pecho. Llevaba una taza de café y, al ver a Emma en la oficina, le sonrió desde antes de entrar.
—Buenos días. ¿Ema o Emma?
—Buenos días... es Emma.
—Ok, y... ¿qué tal? ¿Nerviosa?
—...Un poco...
—Tranquila, te va a gustar este lugar... somos una familia eficiente.
—Espero llenar el cupo...
—Si estás aquí es porque tu rendimiento habla por ti. Esta sucursal solo tiene a los mejores y, a Heriberto...
—¿Heriberto?
—Jeje, olvídalo, un mal pensamiento llegó a mi mente. Tu supervisor, Félix, vendrá un poco tarde, así que le pediré a Louise que te guíe.
—¿Félix? —dijo suavemente Emma.
—¿Dijiste algo?
—No, nada...
—No te daré el típico sermón, solo la bienvenida. Cinco minutos antes de abrir al público te presentaré con todo elteam, considérate una más de esta familia.
—¡Gracias!
Él hizo un gesto con la mano a una chica muy guapa que, al verlo, se dirigió a la oficina. Emma viajó mucho tiempo atrás al escuchar el nombre “Félix”, específicamente a sexto grado, donde se enamoró del que a sus ojos era el ser perfecto. Él nunca lo supo; es más, solo cruzaron un par de palabras en el último año de bachillerato. Desde entonces no había vuelto a escuchar ese nombre.
Louise le pidió a Emma que la acompañara y la condujo al área de los casilleros. Louise Odalys Vásquez Estrada era una chica de piel clara, escasa nariz, ojos negros y de labios coquetos, cabello castaño y voz melodiosa; medía 1.65 m y, sin duda, lo que más la identificaba era que la naturaleza fue generosa con su busto, el cual ella lucía con orgullo. Emma puso su cartera dentro de un casillero del cual retiró el nombre de “Paty” y puso el suyo, “Emma”. Louise le explicó que, una vez abierta la agencia, disponía de un receso en la mañana y otro en la tarde de quince minutos cuando Félix, su supervisor, se lo indicara. Con el almuerzo, cinco cajeras almorzaban a las 12:00 m. y a su regreso, a las 12:45 p.m., salían las otras cinco para regresar a la 1:30 p.m. También le explicó que no tenía una ventanilla fija, sino que debían rotarse correlativamente; al ser Emma la nueva, era la número diez. Ese listado estaba en el mural informativo, donde ella, de su puño y letra, anexó su nombre.
Cinco minutos antes de abrir al público, Benjamín, el gerente, los reunió a todos en la agencia y presentó a Emma, quien un poco apenada habló dando las gracias por la bienvenida. Según entendió, dos personas del equipo no estaban presentes: Félix, su supervisor, y Heriberto, uno de los ejecutivos de los escritorios de negocios bancarios. De entre todos destacaba una compañera la cual era imposible obviar: una rubia natural de ojos azules, nariz respingada y cuerpo de infarto. Parecía una celebridad de Hollywood, tan irreal que Emma pensó en acercarse y tocarle el rostro para confirmar si en verdad existía o la estaba soñando, pero no lo hizo; Danna Iris era su nombre.
—He de verme como la “Chimultrufia” a la par de ella... —pensó Emma, que volvió a sentirse “enana” cuando esa rubia pasó junto a ella. Calculó que medía 1.80 m, admirando que llevaba zapatillas de tacón bajo.
Benjamín le indicó que subiera al sexto nivel, al Departamento de Informática, para que le proporcionaran su tarjeta electrónica y las contraseñas digitales para ingresar a la red interna del banco. Emma subió de inmediato, fue recibida y su información procesada. Tardaron un poco con su gafete, pero cerca de las diez de la mañana bajaba por el ascensor de empleados con todas las credenciales necesarias. Pasó por la cafetería, donde vio a Louise con dos compañeras más tomando un café; esta la vio y le presentó a Ada y a Carmen, además de decirle que Félix, el supervisor, ya estaba en la agencia y que debía reportarse con él.Emma se dirigió a la agencia y por primera vez utilizó su tarjeta electrónica para abrir la puerta. Cuando esta se abrió y ella la empujó, lo vio: ahí de pie, revisando unos documentos, era él, Félix, su supervisor, el mismo chico del cual se enamoró a sus trece años en sexto grado, su amor platónico. No había cambiado nada desde que ella intercambió un par de palabras con él: cabello negro peinado de lado, ojos negros como pacunes, cejas espesas y pobladas, nariz y perfil de guerrero pipil. Él levantó la vista y, tras un par de segundos de asimilación, habló:
—¿Tú?
En su mente, mil y un nervios la invadían. ¿La reconoció?
—Sí... —respondió por inercia Emma.
—¿Emma?
Ella sintió que colapsaba; pasaba de un estado de tranquilidad a uno en el que su nivel de felicidad explotaba en éxtasis en menos de un segundo. Él la reconocía, recordaba su nombre. Las piernas de Emma temblaban ante el hombre al que tenía seis años de no ver y estaba descubriendo que seguía enamorada de él. Estuvo a punto de correr hacia sus brazos y de no soltarlo jamás, pero sus pies estaban anclados ahí, en la puerta de empleados; estaba petrificada ante el regalo que la Providencia Divina (según ella) le estaba dando. Su vida feliz al lado del hombre de sus sueños estaba a dos metros de distancia. Ella repitió:
—Sí... —como si ante el altar en la iglesia jurara amar y cuidar a ese hombre.
—Mucho gusto, mi nombre es Félix Isaías, soy el supervisor de cajas. Bienvenida, este día te corresponde la ventanilla número diez —dijo sonriendo el sujeto.
—¿Qué?
Félix caminó hacia Emma y señaló el gafete que le colgaba a ella del cuello.
—Emma... es un nombre no muy difícil de recordar... ya verás cómo no lo olvido, aunque no te extrañe si por error te nombro de otra manera.
Emma entró en el limbo de la perplejidad. Félix continuó hablando.
—Tu rostro se me hace conocido. ¿Estuviste en la agencia Reforma?
—No... —respondió seca y tristemente.
¿Qué clase de burla era esa? Algo en la pequeña Emma se quebró por dentro, algo de cristal. Ella escuchó ese sonido en su interior y sintió que de su corazón los pedazos de vidrio, o de algún material muy parecido, iban desprendiéndose y caían sin tocar fondo. Eso dolía... Él había leído su nombre del gafete, él no la recordaba, él no sabía quién era ella y, por ende, su calvario de ver todos los días al hombre que amaba y no tener el valor de decírselo volvía a aparecer. Ese que fue su tormento desde sexto grado hasta bachillerato hoy se extendía hasta su vida laboral... Alguien tras ella habló, dijo algo que ella no entendió, le tocaron el hombro y ella giró en ciento ochenta grados para encontrarse con el abdomen de un altísimo sujeto. Ella levantó la vista y este tipo tenía un rostro serio que la miraba con cierto enojo. Ella rompió a llorar.








