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Summary

Jimin creyó que alejar a Jungkook era la única forma de no perderlo, pero descubrió demasiado tarde que el deseo también sabe enviar mensajes. NEW! OS KOOKMIN BOYPUSSY ADVERTENCIA: CONTENIDO SEXUAL Recomendada solo a mayores de 18 años. JIMIN NO ES TRANSEXUAL, es un hombre con VAGINA, en algunas partes del os se le tratara con pronombres femeninos. cerii: no recomiendo q se realicen ninguna d las conductas q se mostraran aqui, se recomienda discreción. estas en todo tu derecho de que no te guste el boypussy asi que si esto no es de tu agrado t puedes retirar, SIN REPORTAR PORQUE HACER ESTO LLEVA MUCHÍSIMO TIEMPO, gracias.!! BY CERII

Genre
Erotica
Author
drippy
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter

Jimin y Jungkook habían sido mejores amigos desde la secundaria.

Jimin con su risa que sonaba como campanitas y su eterna lucha por abrocharse los jeans; Jungkook, con sus hombros anchos y su paciencia infinita para escucharlo quejarse de cada muchacho que no valía la pena.

Eran Mimi y Kook, un paquete de dos.

Hasta que todo se arruinó.

Fue después de la fiesta de graduación de la universidad, en el balcón de su apartamento.

Jungkook, con el valor que le habia dado el champagne, le había confesado con una voz tan seria que lo asustó: —Jimin, esto de ser solo tu amigo me está matando. Te amo. De verdad. No como a un amigo.

Jimin se había sentido como si el mundo se detuviera.

No era que no lo amara. Lo amaba con locura.

Pero de esa manera, era perderlo.

Era arruinar lo más seguro que tenía.

Así que, con el corazón hecho trizas, le dijo las palabras que más le costaron: —Kook, no puedo corresponderte. Y… creo que necesitamos distancia.

La “distancia” se convirtió en un mes de silencio absoluto.

Un mes donde Jimin se sentía como un fantasma, donde cada chiste tonto quería compartírselo y cada canción de amor le partía el alma.

Pero también era un mes donde, en la soledad de su habitación, algo oscuro, húmedo y urgente crecía dentro de él.

Jimin era virgen. Siempre lo había sido.

El miedo, la expectativa, la idea de entregar su cuerpo a alguien, lo aterraban.

Pero su cuerpo, especialmente desde aquella confesión, se había rebelado.

Se había vuelto hiperconsciente de cada curva: sus caderas anchas, sus muslos gorditos, sus tetas grandes que parecían doler con solo pensar en las manos de su mejor amigo. Y su coño siempre húmedo, siempre hambriento, latiendo con un deseo que no entendía.

Y una noche, borracho de soledad y de una necesidad que le quemaba las entrañas, hizo algo irreversible.

Grabó un video.


Noche 1: El primer video

Eran las 2:17 a.m. En la pantalla del teléfono de Jungkook, muerto desde hacía semanas, apareció una notificación de Jimin.

Era un video.

Al abrirlo, la cámara temblaba un poco. Aparecía la habitación de Jimin, la misma que Jungkook conocía tan bien: las luces rosadas, el desorden de ropa en la silla.

Luego, Jimin entró en cuadro. Llevaba solo una camiseta grande, blanca, que apenas le cubría los muslos gruesos. Estaba descalzo.

No decía nada al principio. Solo miraba a la cámara, sus ojos oscuros cargados de vergüenza y un desafío tembloroso.

Luego, lentamente, agarró el dobladillo de la camiseta y comenzó a levantarla. La tela subió, revelando la cintura diminuta que siempre contrastaba con sus caderas, la piel suave de su vientre, el borde de encaje negro de unas bragas diminutas.

Jimin se mordió el labio.

La camiseta voló por los aires. Quedó solo en braga. Su cuerpo era una sinfonía de curvas: tetas grandes con pezones duros y rosados asomando por el encaje, cintura pequeña que hacía que sus caderas parecieran aún más grandes, muslos gorditos y pálidos que se juntaban.

Sus dedos, con uñas pintadas de rojo, se engancharon en los costados de la braga. Con un movimiento agonizantemente lento, se la bajó, dejando al descubierto su coño gordito, hinchado de deseo, con los labios carnosos y brillantes de humedad.

Jungkook, al otro lado de la ciudad, dejó escapar un jadeo seco.

Su mejor amigo. Su Jimin. Desnudo. Un dios de carne y curvas. Y completamente empapado.

Jimin dio media vuelta. Ahora la cámara captaba su espalda, la profunda curva de su cintura que se abría a unas nalgas redondas, grandes y perfectamente formadas, con hoyuelos en la espalda baja. Un lunar pequeño decoraba la nalga derecha.

Jimin levantó una mano. Azote.

El sonido fue seco, claro. Su nalga derecha se sonrojó al instante, la carne palpitando.

Azote. Azote.

Golpeó la otra, luego de nuevo la primera.

La piel se estaba poniendo rosa y caliente.

Jimin gimió, un sonido húmedo y ahogado. Luego, se inclinó un poco, separando las nalgas con sus manos para ofrecer una vista obscena de su coño desde atrás, y miró por encima del hombro a la cámara.

Sus labios, brillantes y entreabiertos, se movieron:

“Mira… Estoy preparando mi colita para que seas mi primera vez, ¿no quieres ser su dueño y comértela todita?”

El video se cortó ahí.

Jungkook se quedó sentado en la oscuridad, el teléfono ardiente en su mano, su cuerpo respondiendo con una erección dolorosa.

No respondió. ¿Cómo iba a responder a eso?


Noche 3: El segundo video

Dos días después, llegó otro.

Esta vez, Jimin estaba arrodillado en el centro de su cama.

Ya no había timidez.

Su mirada era directa, desafiante.

Sus senos colgaban pesados y hermosos.

“¿Silencio? Me moja más tu silencio que cualquier palabra, Kook. Me hace gotear.”

Para demostrarlo, pasó dos dedos por entre sus piernas y luego los mostró a la cámara, brillantes y cubiertos de sus jugos.

Luego, se tumbó boca arriba, abriendo las piernas de par en par. Con una mano, comenzó a frotar círculos sobre su clítoris hinchado. Con la otra, se agarró una tetas, apretando y pellizcando el pezón.

“Está tan vacío aquí dentro…” jadeó, su voz quebrada por el placer. “Pero pienso en ti. En lo grande que debes de ser. En lo mucho que va a doler cuando me lo metas todo… y en lo mucho que voy a gritar cuando me llene.”

Metió dos dedos dentro de su coño, empapándose hasta los nudillos.

El sonido húmedo era obsceno.

“¿Vas a dejarme hacer esto solo? ¿Vas a dejar que tu chiquito se prepare solo para ti?”

Justo antes del clímax, con su cuerpo arqueándose y sus muslos temblando, el video se detuvo.

Jungkook, esta vez, escribió y borró diez mensajes. Al final, solo envió uno: «¿Estás bien?»

La respuesta de Jimin fue inmediata: «Estoy vivo. Estoy mojado. Y te necesito. Esto es lo único que tengo para darte.»


Una semana después del primer video, llegó el tercero. Era más corto, más directo.

Jimin estaba de pie frente al espejo. Llevaba un corsé negro que apretaba su cintura y realzaba sus senos, y medias de red. Con un consolador rosado y grueso en la mano, se aplicaba lubricante sobre la punta, y luego, lentamente, comenzaba a empujárselo dentro de su coño ya brillante, mirándose a sí mismo en el espejo con ojos vidriosos.

“Ya casi no duele,” susurró, su voz era un hilo de deseo puro. “He estado practicando. Pensando que eres tú. Pero no es lo mismo. No tiene tu calor… tu piel.”

Se sacó el juguete y se dio la vuelta, mostrando sus nalgas marcadas por la red. “Mi puerta está sin llave. La 4B. Si no vienes a ser mi primera vez… mañana iré a un bar y me dejaré llevar por el primero que me mire. Pero no será mi dueño.”

La amenaza, falsa o no, atravesó a Jungkook como un cuchillo.

Vio el video, miró la hora: 11:45 p.m. Miró su puerta.

No podía más.

Agarró sus llaves y salió disparado.

La confrontación

El viaje fue un torbellino de emociones.

Llamó al timbre de la 4B, su corazón a punto de reventar.

La puerta se abrió.

Jimin estaba allí. Llevaba una bata de seda negra, abierta, que dejaba ver el corsé, las medias y nada más. Olía a vainilla y a deseo. Sus ojos estaban enormes, asustados ahora que la fantasía se materializaba.

—Viniste —dijo, no era una pregunta, era un suspiro de alivio.

Jungkook entró y cerró la puerta de un golpe. El sonido resonó.

—¿En qué demonios estás pensando, Jimin? —su voz sonaba rasgada, llena de una furia que apenas contenía el torrente de lujuria que la vista de Jimin le provocaba.

—En ti —respondió, sin retroceder. Su cuerpo temblaba. —Solo en ti. Desde que te fuiste.

—¡Me mandaste a la mierda! —rugió él, avanzando. —¡Y ahora me envías… estos videos! ¿Estás tratando de volverme loco?

—¡Estoy tratando de ser tuyo! —gritó Jimin, y las lágrimas salieron. —¡No sé cómo pedírtelo de otra manera! ¡Tengo miedo, Kook! ¡Pero te deseo tanto que duele!

El aire se electrizó.

Jungkook lo miró: sus curvas enfundadas en encaje negro, sus muslos temblorosos, sus labios entreabiertos. La rabia se quebró.

—¿De verdad quieres esto? —preguntó, su voz ahora grave, peligrosa. —¿Sabes lo que va a pasar si te toco? No habrá vuelta atrás. No seremos amigos. Voy a follarte hasta que no puedas caminar. Y tú vas a ser mío. Solo mío.

Jimin, en lugar de hablar, dio un paso.

Tomó su mano y la guió bajo la bata, directamente a su coño empapado, colocando su palma sobre la carne caliente y húmeda.

—Ya soy tuyo —susurró, su aliento caliente en su oído. —¿No quieres ser su dueño y comértela todita?

Esa fue la chispa.

Jungkook lo agarró y lo empujó contra la pared.

El beso fue una explosión: dientes, lenguas, un mes de angustia y deseo.

Jimin gimió, aferrándose a él, sus uñas clavándose en su espalda a través de la camisa.

—Arrepiéntete ahora —gruñó Jungkook, sus manos ya en sus nalgas, apretando la carne a través de las medias— o calla para siempre.

—Nunca —jadeó Jimin.

Lo llevó al dormitorio. Lo tumbó sobre la cama, el escenario de sus videos.

Le desató el corsé con dedos expertos, liberando sus tetas que cayeron pesadas y hermosas. Le arrancó las medias.

—¿Practicaste, dijiste? —murmuró, abriendo sus piernas. Allí estaba, completamente expuesto, su coño gordito, hinchado, brillando y palpitando.

—S-sí —tartamudeó Jimin, cubriéndose la cara.

Jungkook le apartó las manos.

—No. Me miras. Me miras mientras tomo lo que es mío.

Se arrodilló entre sus muslos. La vista era indecente. Se inclinó y, sin previo aviso, hundió su boca en su coño.

Jimin gritó, un grito agudo de shock y placer puro. Su lengua era ancha, plana, y lo lamía de arriba a abajo, luego se enfocaba en su clítoris, chupándolo con fuerza. Sus manos agarraban sus nalgas, abriéndolo más.

—¡Kook! ¡Ahí! —gritó Jimin, sus caderas empujando contra su cara.

Después de unos minutos de hacerlo temblar al borde del orgasmo, Jungkook se colocó sobre el. Su verga larga, gruesa y con venas marcadas, presionó contra su entrada.

—Mírame —ordenó. —Y dime que es mío.

—Tuyo —jadeó Jimin, sus ojos llenos de lágrimas y deseo. —Es tuyo, Kook. Por favor…

Jungkook empujó.

El grito de Jimin fue desgarrador, lleno de un dolor agudo y real al desgarrar su himen.

Jungkook se detuvo, completamente hundido en el calor y la estrechez abrumadora. Inclinó la cabeza y besó sus lágrimas.

—Ya pasó, mi amor —susurró. —Ya pasó. Ahora… ahora te voy a dar placer.

Y comenzó a moverse. Lento, permitiendo que su cuerpo se adaptara. Pronto, los gemidos de dolor se mezclaron con otros, más altos, más desesperados.

—¡Ahí! ¡Justo ahí! —gritó Jimin, sus caderas encontrando su ritmo. —¡Más duro!

Jungkook lo agarró de las caderas y lo folló con embestidas profundas y firmes.

El sonido de sus cuerpos chocando, el choque de sus muslos contra sus caderas, los gemidos de Jimin, era la banda sonora de su transformación.

—¿De quién es este coño? —gruñó Jungkook, el sudor cayéndole por la frente.

—¡Tuyo! —gritó Jimin, sus tetas saltando con cada embestida.

—¿Y quién te está follando por primera vez?

—¡Tú! ¡Solo tú!

—¿Y vas a mandarle videos a otro?

—¡Nunca! ¡Siempre para ti!

Esa promesa lo hizo estallar. Lo folló más rápido, más duro, hasta que Jimin gritó con un orgasmo violento que lo hizo contraerse alrededor de él. Jungkook lo siguió, hundiéndose hasta el fondo y soltando un gruñido gutural mientras se vaciaba dentro de su coño, llenándolo, marcándolo.

Se derrumbó sobre Jimin, luego rodó a un lado, llevándolo consigo, enredados, pegados por el sudor y sus fluidos.

El silencio era pesado, dulce.

Jimin, con la cara contra su pecho, habló primero, su voz ronca.

—¿Y ahora? ¿Qué somos?

Jungkook lo apretó, su mano posada en su nalga caliente.

—Ahora —dijo, besando su cabeza—, soy tu dueño. Y tú… eres mi chiquito cachondo. Y mañana, cuando te duela al sentarte, me vas a mandar otro video. Y esta vez, voy a estar aquí para responderte en persona.

Jimin sonrió, una sonrisa cansada, satisfecha y profundamente poseída.

No era el fin.

Era el comienzo de algo salvaje, intenso y completamente suyo.

Había cruzado la línea, y no había vuelta atrás. Y por primera vez en un mes, ambos estaban exactamente donde anhelaban estar.

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