PRÓLOGO:
Raptor.
Hace milenios, cuando los hijos de Adán y Eva aprendieron a hacer sus primeros escritos. Cuando las aguas de la ira de Dios se habían retirado. Antes de las batallas de Gilgamesh y Enkidu. Antes de las pirámides o de las épicas historias griegas. Existíamos la raza odiada, los malignos que renunciamos al mal, los Draconian: Lilith, la madre de la noche y reina de la sangre. Anubis, señor de la muerte y patriarca de los chacales. Y por último... yo, quien nací sin nombre, pero quienes me adoraron me llamaron... Dagón el sabio del mar.
Nuestro rol en la tierra y nuestro pacto con el Dios creador era combatir con seres foráneos. Entes malignos originados de ángeles caídos o de una extrema corrupción de las almas condenadas. Las criaturas habitantes del infierno: los demonios. A cambio podríamos hallar presa en los hombres, bestias y plantas de la tierra. Siempre que lo hagamos respetando el ciclo natural de depredador y presa y no como un acto de destrucción o de odio, digno de las criaturas del averno.
Yo era distinto a mis compañeros. Lilith había creado una raza sedienta de sangre y guerra, eligiendo a algunos humanos destacables alrededor del mundo. En caso de Anubis, fruto de la unión con sus esposas/sacerdotisas nacieron una raza de guerreros mitad hombre mitad bestia. Pero en mi caso...
Compartir mi poder con los mortales era una maldición. La peor de todas. Puesto que no me alimento de sangre ni de carne. Me alimento de almas. No obstante, a diferencia de un demonio, también tengo el poder de purificarlas o, por el contrario, contaminarlas con mi esencia. Condenándolas a una eternidad como cazadores hambrientos de almas. A estar doblemente malditos: por mi condena y por el insoportable anhelo de consumir a una humanidad que están destinados a amar con todo su corazón. A cambio de eso puedo tomar la forma de mis presas.
Estos seres adquieren mis capacidades anfibias, pero no pueden tocar tierra, o un sufrimiento peor que las torturas del infierno los volverá humanos de nuevo. Son los seres inhumanos más tristes de todos. Más allá de la melancolía de los vampiros o de la pasión de los licántropos. Los Dagari, eternos moradores de las profundidades, hermosos y mortales son obligados a matar a cuantos humanos vean y drenar la vitalidad de sus almas. Porque si se niegan, inevitablemente terminaran enamorados de ellos por el arrepentimiento de quienes fueron sus ancestros al perder su humanidad. Y además tienen una debilidad nacida de una de las pocas cosas que puede apenas debilitarme, el alquitrán es un veneno mortal para ellos, los paraliza y les sofoca hasta matarlos al mínimo contacto.
Hastiado de condenar a los necios que osaban seguirme a las profundidades, apostando sus vidas, sedientos en una avaricia insolente de mis conocimientos sobrenaturales. Y luego de crear tantos que me hicieron dar cuenta que no tenía sentido seguir haciéndolo, me aísle del mundo. Hasta que siglos después el mundo me encontró y despertó.
Había sido despertado para enfrentar a mi mayor y más antiguo enemigo por un acto providencial del destino. Con Lilith derrotada y sin rastros de Anubis uní mis fuerzas con sus sucesores para vencer al hijo del diablo, el avatar del hambre infernal, Belcebú de la gula.
Tras su caída tomé el lugar de uno de mis aliados, el príncipe de los vampiros: Demián Drago. Una vez cumplida mi tarea de encubrimiento, planeaba regresar a las profundidades y saber que había sido de mis creaciones. Al mismo tiempo, descubrí la felicidad en mi corazón tras haberme encontrado con mi verdadera identidad, el nombre que los humanos usan para llamar a mi especie ancestral, al hacer eso me habían dado un nuevo motivo para vivir.
Dagón aquel gran sabio del mar que veían en mí había sido olvidado, enterrado para siempre en las arenas del tiempo, y los humanos —al menos una mayoría— ya adoraban al Dios verdadero y no a impostores como yo.
Para mí eso era perfecto, porque yo no soy ningún Dagón. Yo soy... ¡Raptor!
Pero esta no es mi historia. Esta es la historia de mi última creación. La única que no hice por rencor si no por esperanza y cuando yo sea vencido será ella quien tomará mi lugar como la última de los Dagari, la semilla de Dagón.
Diario del Capitán. Elías Karr, Noruega 1870.
Como marino, las historias de sirenas nunca fueron ajenas a mi trabajo. Aun la mayoría las consideramos un mito olvidado, por costumbre o tradición tomamos medidas para no caer bajo su encanto. Nunca estuve más seguro de hacerlo tras escuchar sobre el caso de la “Novia del Muelle”:
Se dice que un joven pescador intentó arrojarse de su embarcación y se necesitó a toda la tripulación para evitarlo. Era fuerte, soltero, tenía toda una vida por delante pero ese incidente terminó arruinando su reputación laboral y jamás fue llamado a la mar otra vez. Aquel muchacho insistía que había visto una sirena. Que era tan hermosa que estaba dispuesto a renunciar a todo por la sola idea de acercarse a ella —Que triste—.
Entonces, tras varios meses de no poder embarcarse, algo paso que recorrió las voces de todo el pueblo. Una mujer, había aparecido caminando desnuda en la playa. Llorando, gritando con una voz melodiosa e imposible. Aquellos alaridos eran tan fuertes como tristes. Como si cada paso fuera como caminar sobre clavos ardientes. Pues dicen los testigos, que aquella mujer era la sirena. Y el dolor era causado por el desprendimiento de las escamas de su piel, dejándola roja, sangrante y el chasquido seco de sus branquias secándose en su propia carne.
Cuando la transformación terminó, una mujer hermosa, pero débil y despojada de sus dones, yacía en el muelle. Ella buscaba al pescador, lo buscó durante días completos sin saber que aquel joven había ido por ella a las profundidades sin poder regresar. La sirena —dicen— lloró hasta que sus lágrimas se fundieron con la espuma del mar. Ella regresó al océano. Pero al renunciar a su naturaleza, no volvió a ser quien era.
Pescadores la encontraron flotando a la deriva y le dieron cristiana sepultura en una tumba apartada del pueblo. La tumba existe. Pero el relato no termina. El joven pescador no había muerto, lo habían contratado. Había navegado hasta aguas españolas y regresado tras más de un año. Lo sé porque como escéptico de esas historias vi potencial en el muchacho y lo llevé en mi barco. Ignorante de la tragedia que le ocasione a mi nuevo primer oficial.








