Capítulo1:Ceniza en la memoria
El calor seguía vivo bajo sus párpados. No era un calor que entibiara la piel, sino una garra al rojo vivo que le desgarraba los pulmones y le calcinaba la garganta. En su mente, el tiempo se había congelado en el instante exacto del horror: el olor a brea y carne quemada, el crujido de la madera seca maldiciendo su nombre y los gritos eufóricos de la turba campesina. Lily Starfine recordaba los rostros deformados por el odio puritano, los crucifijos alzados como armas y las antorchas que sellaron su destino en el siglo XX. El dolor de las llamas devorando su carne era una melodía eterna que perforaba sus oídos con una violencia insoportable.
De pronto, un silencio helado sustituyó el rugido de la hoguera. Lily abrió los ojos de golpe, ahogándose con una bocanada de aire húmedo y rancio. No había fuego. No había madera crujiendo. Estaba atrapada bajo el peso asfixiante de la tierra húmeda, enterrada en una oscuridad absoluta que la oprimía como un ataúd de lodo y raíces. La desesperación encendió algo antiguo y salvaje en su pecho. Su corazón, inmóvil durante un siglo, dio un vuelco violento, bombeando una sangre negra y ardiente que comenzó a regenerar los tejidos de su cuerpo destruido.
Con las uñas rotas y una fuerza sobrenatural nacida de la pura furia, Lily empezó a escarbar. La tierra se metía en su boca, en sus ojos, pero no se detuvo. Cada centímetro que avanzaba hacia la superficie era un recordatorio de los verdugos que la condenaron. El dolor de sus dedos desollados no era nada comparado con la sed de venganza que le calcinaba las entrañas.
Cuando su mano rompió la superficie, el aire que inundó sus pulmones no sabía a los campos limpios del pasado. Sabía a metal, a humo químico y a veneno. Al salir por completo del suelo, Lily cayó de rodillas sobre un césped artificial, empapada en barro y sudor frío. Al alzar la vista, el pánico y el asombro la paralizaron. El cielo nocturno ya no estaba gobernado por las estrellas, sino por colosales imperios de cristal que arañaban las nubes, resplandeciendo con una luz artificial de neón rosa y azul que hería sus pupilas. Monstruos de metal con ojos brillantes rugían a lo lejos sobre caminos de asfalto negro, moviéndose a velocidades imposibles. Un siglo entero había pasado mientras ella dormía en la ceniza, pero los símbolos oscuros grabados en su memoria seguían intactos. La magia en sus venas vibró al unísono con la ciudad moderna, sedienta de la sangre de aquellos que creyeron haberla apagado para siempre.