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La doble vida de Kon Kent.

Summary

-Tim, necesito que hagas algo por mí. -¿Es ilegal? -No. -¿Es peligroso? -Tampoco. -Entonces, ¿qué es? -Quiero que abras un OnlyFans conmigo.

Status
3d ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Sinopsis



Tengo veintidós años.

Veintidós. No dieciséis, no dieciocho. Veintidós malditos años, y Superman todavía parece convencido de que necesito su autorización para tomar cualquier decisión importante de mi vida.

Así que, después de una discusión monumental que probablemente escucharon hasta en la Atalaya, hago las maletas, cojo mis ahorros y me largo.

Porque soy una mujer adulta, independiente y perfectamente capaz de cuidar de sí misma.

O eso creo.

Mi primera misión como mujer emancipada consiste en encontrar un piso que no cueste lo mismo que una pequeña nación europea. Paso días mirando anuncios, descartando apartamentos con humedades, habitaciones que parecen armarios y estudios cuyos propietarios tienen la desfachatez de describir como «acogedores» cuando apenas cabe una cama.

Hasta que lo encuentro.

Un piso de unos cuarenta metros cuadrados, en la tercera planta de un edificio bastante antiguo. Tiene un dormitorio, un baño pequeño, una cocina abierta al salón y dos ventanas enormes por las que entra muchísima luz. El suelo es de madera clara, las paredes son blancas y el armario de la habitación tiene una puerta que se atasca.

La cocina es tan pequeña que, si abro el frigorífico, prácticamente bloqueo la entrada.

¿Y sabéis qué?

Me encanta.

No es la granja de los Kent ni tiene las comodidades de la casa de Clark, pero es mío. Bueno, técnicamente es del casero y tengo que pagarle todos los meses para que me permita seguir viviendo allí, pero no pienso dejar que un pequeño detalle legal arruine mi momento.

Firmo el contrato con una sonrisa tan grande que el agente inmobiliario debe de pensar que nunca he visto una vivienda en mi vida.

Y entonces llega el día de la mudanza.

Cassie aparece con una caja llena de productos de limpieza, Bart trae comida suficiente para alimentar a un ejército, Logan se presenta con una caja de herramientas y Tim llega con una carpeta.

Una carpeta.

Con un presupuesto.

Porque, aparentemente, mi mejor amigo considera que mudarse sin calcular los gastos es una forma de suicidio financiero.

-Kon, ¿has tenido en cuenta la fianza, los suministros y los gastos de comunidad?

-Tim, por favor. Estoy viviendo uno de los momentos más importantes de mi vida.

-Eso no responde a mi pregunta.

-¡Mira qué bonitas son las ventanas!

Decido ignorarlo.

Entre los cinco empezamos a convertir aquel apartamento vacío en un hogar. Cassie me ayuda a elegir unas cortinas de color crema y una alfombra mullida para el salón. Bart monta una estantería a una velocidad absurda, aunque tenemos que desmontarla cuando descubrimos que ha colocado tres baldas del revés. Logan se encarga de instalar las lámparas y Tim comprueba que los muebles que he elegido realmente caben en el piso.

Yo me ocupo de la decoración.

Quiero que mi casa tenga personalidad. Que no parezca una habitación prestada ni un sitio en el que estoy de paso.

Compro un sofá gris de segunda mano, una mesita de madera, cojines de colores y varias plantas que Cassie insiste en que son fáciles de cuidar. También cuelgo fotografías de mis amigos, coloco mis libros favoritos en la estantería y lleno el dormitorio de pequeñas luces cálidas.

Mi cama ocupa casi toda la habitación, pero consigo meter una cómoda blanca, un espejo de cuerpo entero y una pequeña mesa junto a la ventana.

Tim me ayuda a colocar las últimas fotografías.

-¿Estás segura de que quieres poner esta aquí?

Me enseña una foto de los dos haciendo el idiota durante una fiesta.

-Por supuesto.

-Salgo fatal.

-Sales precioso, Timothy.

-Kon.

-A la pared.

Cuando terminamos, pedimos pizza y nos sentamos en el suelo del salón porque todavía no tengo mesa de comedor.

Bart se come cuatro porciones antes de que consiga abrir mi caja. Cassie amenaza con matarlo, Logan se ríe y Tim sigue intentando explicarme por qué debería reservar parte de mis ahorros para emergencias.

Pero yo apenas los escucho.

Estoy mirando a mi alrededor.

Mi sofá. Mis fotografías. Mis cortinas. Mi pequeño dormitorio al fondo del pasillo.

Mi casa.

Y, por primera vez desde la discusión con Clark, siento que he hecho algo bien.

Quizá no tenga un piso enorme ni muebles carísimos, pero tengo un lugar donde puedo cerrar la puerta y decidir por mí misma. Donde nadie me dice a qué hora tengo que volver, qué decisiones debería tomar o cómo se supone que debo comportarme.

Tengo veintidós años y estoy empezando mi propia vida.

Además, mis amigos están aquí conmigo.

¿Qué más puedo pedir?

Bueno…

Que alguien me explique por qué la factura de la luz cuesta tanto.


🍩🍩🍩🍩🍩🍩🍩🍩🍩🍩🍩🍩🍩🍩🍩🍩

Una semana después de mudarme consigo trabajo en un bar.

¡Y se me da increíblemente bien!

No es que quiera presumir, pero tengo buena memoria, soy rápida, sé preparar cócteles y puedo llevar seis vasos de una sola vez sin derramar una gota. Evidentemente, no le cuento a mi jefe que podría llevar el bar entero sobre los hombros si me lo propusiera.

El trabajo es bastante agradable, quitando los viernes y los fines de semana, cuando aparecen los típicos borrachos que creen que pedir una cerveza les da derecho a comportarse como auténticos imbéciles. Por suerte, mi jefe es una de las mejores personas con las que podría haber acabado trabajando. Nos trata bien, respeta nuestros horarios y, lo más importante, nos deja quedarnos con todas las propinas que conseguimos.

Por eso Mady, una de mis compañeras, se presenta los fines de semana con minifalda y escote. Según ella, una sonrisa bonita y un poco de encanto pueden convertir una noche normal en una bastante rentable.

Al principio me río cuando me lo explica, pero el sábado pasado decido probar su estrategia. Me pongo una falda negra, un top bastante bonito y me recojo el pelo en una coleta alta.

¿El resultado?

Ciento treinta y cinco dólares en propinas.

¡CIENTO TREINTA Y CINCO!

Empiezo a comprender por qué Mady tiene un armario entero dedicado a la ropa de los sábados.

Eso sí, una cosa es sonreírle a un cliente y otra muy distinta permitir que se pase de listo. El sábado tengo que recordárselo a un hombre que insiste en tocarme la cintura cada vez que me acerco a su mesa. Mi jefe termina echándolo después de que Mady le explique lo ocurrido.

Definitivamente, me gusta este trabajo.

El problema es que, por mucho que gane, sigo teniendo que pagar el alquiler, la electricidad, el agua, internet y una cantidad absurda de comida.

Pero bueno, de momento sobrevivo.

Y esta noche no pienso preocuparme por nada de eso.

Estoy en mi sofá, con una manta sobre las piernas, un bol de palomitas apoyado en el regazo y Tim a mi lado.

Bueno, decir que está a mi lado es quedarse bastante corta.

Tengo la cabeza apoyada sobre su pecho, una pierna cruzada por encima de las suyas y su brazo rodeándome los hombros. De vez en cuando, sus dedos se deslizan distraídamente por mi brazo mientras mira la película.

Parecemos una pareja.

Una de esas parejas que llevan años juntas y que ya no necesitan preguntarse si pueden abrazarse, tocarse o invadir el espacio personal del otro.

Pero no lo somos.

Somos ese algo que no es nada, pero lo es todo.

Y, sinceramente, no sé en qué momento hemos llegado a esto.

Tim y yo siempre hemos sido cercanos. Muchísimo. Él es la primera persona a la que llamo cuando tengo un problema, el único que sabe cuándo estoy mintiendo aunque consiga engañar a todo el planeta y el idiota que aparece en mi puerta con comida cuando llevo dos días fingiendo que estoy perfectamente.

También es el hombre con el que comparto sofá, cama y alguna que otra madrugada que ninguno de los dos se molesta en explicar al día siguiente.

No somos novios.

Nunca hemos tenido esa conversación.

A veces él sale con alguien. A veces lo hago yo. Hemos tenido otras relaciones, otras citas y otras personas con las que satisfacer ciertas necesidades. Nunca nos hemos pedido exclusividad ni hemos considerado que tengamos derecho a exigirnos explicaciones.

Sin embargo, siempre ocurre lo mismo.

Pasan las semanas. Pasan los meses. Las otras personas terminan desapareciendo de nuestras vidas y, de alguna manera, Tim y yo volvemos a encontrarnos exactamente donde estamos ahora.

Juntos en un sofá.

Como si nada hubiera cambiado.

Como si no hubiera nadie más.

Lo peor es que ninguno de los dos dice nada.

Y creo que ninguno lo hará jamás.

-¿Estás viendo la película? -pregunta Tim.

Levanto un poquito la cabeza para mirarlo.

-Sí.

-Kon, llevas diez minutos mirando el mismo bol de palomitas.

-Es un bol fascinante.

-Ya.

Sonríe ligeramente y vuelve la atención a la televisión. Aprovecho para acomodarme mejor contra él, hundiendo la cara en su camiseta.

Huele a su colonia habitual, a jabón y a ese olor tan suyo que podría reconocer incluso en medio de una multitud.

-¿Estás cómoda?-pregunta.

-Mucho.

-Me estás aplastando el brazo.

-Soy una kryptoniana. Podría aplastarte el cuerpo entero.

-Qué tranquilizador.

Me río y levanto un poco el peso para dejarle mover el brazo. Tim aprovecha para acomodarlo alrededor de mi cintura y tira suavemente de mí hasta que vuelvo a quedar pegada a su costado.

Es un gesto tan natural que ninguno de los dos parece darle importancia.

Aunque yo sí se la doy.

Últimamente se la doy a demasiadas cosas.

A cómo me mira cuando cree que no estoy prestando atención. A cómo me aparta el pelo de la cara cuando me quedo dormida. A que tenga un cepillo de dientes en mi baño desde la segunda semana de mudarme y a que haya dejado varias camisetas en mi armario.

Incluso tiene una taza favorita.

¡Una taza!

La compramos juntos en una tienda porque tenía dibujado un murciélago horrible y me pareció divertidísimo regalársela.

Ahora la utiliza cada vez que viene.

Y viene muchísimo.

-Por cierto-murmura mientras coge unas palomitas-¿qué tal te fue ayer en el bar?

-Genial. Ciento treinta y cinco dólares en propinas.

Tim baja la mirada hacia mí.

-¿En serio?

-Ajá.

-¿Qué hiciste?

-Ser encantadora.

-Kon.

-¿Qué?

-Te conozco.

Pongo los ojos en blanco.

-Mady me convenció para arreglarme un poquito más. Falda, top, maquillaje… Ya sabes.

-Ya veo.

-¿Qué significa eso?

-Nada.

-Timothy Jackson Drake, ¿estás juzgando mi estrategia empresarial?

-Estoy intentando imaginarte soportando a un montón de borrachos durante ocho horas.

-Pues lo hice estupendamente.

-No lo dudo.

Me observa unos segundos y después me aparta un mechón de pelo de la mejilla.

-Solo ten cuidado, ¿vale?

La manera en que lo dice me provoca una sensación extraña en el estómago.

-Siempre tengo cuidado.

-Lo sé.

Y vuelve a mirar la película.

Así de sencillo.

Como si no acabara de acariciarme la cara con una ternura que debería estar reservada para alguien que lleva el título de novia.

Me quedo observando su perfil unos segundos antes de volver a apoyar la cabeza sobre su pecho.

Podría preguntárselo.

Podría levantarme, mirarlo a los ojos y preguntarle qué demonios somos. Por qué dormimos juntos algunas noches, por qué nos buscamos cuando estamos tristes y por qué siempre terminamos regresando el uno al otro.

Pero me da miedo.

Porque, aunque no tengamos nada oficialmente, lo tengo a él.

Y no quiero arriesgarme a perderlo por intentar ponerle nombre a algo que funciona perfectamente mientras ninguno de los dos haga preguntas.

Tim me besa distraídamente la coronilla.

Cierro los ojos.

Sí.

Definitivamente, estamos jodidos.


🔺🔻🔺🔻🔺🔻🔺🔻🔺🔻🔺🔻🔺🔻🔺🔻


Dos meses.

Llevo dos meses viviendo sola y he llegado a una conclusión bastante preocupante: independizarse es una estafa.

Una estafa preciosa, maravillosa y que recomiendo muchísimo, pero una estafa al fin y al cabo.

No me malinterpretéis. Me encanta mi piso. Me encanta despertarme en mi cama, desayunar en mi pequeña cocina y poder dejar los zapatos tirados en el salón sin que Clark aparezca para recordarme que alguien podría tropezarse con ellos. Me encanta tener mis propias normas, mis horarios y la libertad de invitar a Tim a dormir sin tener que dar explicaciones.

Lo que no me encanta es abrir la aplicación del banco y descubrir que mi cuenta corriente parece estar atravesando una enfermedad terminal.

El trabajo en el bar va estupendamente. Mi jefe sigue siendo un encanto, mis compañeros son maravillosos y, quitando a los borrachos que aparecen los fines de semana, no tengo demasiadas quejas. El problema es que las propinas son una lotería. Hay noches en las que vuelvo a casa con más de cien dólares y otras en las que apenas consigo veinte. Y, aunque mi sueldo está bastante bien, tampoco es que me permita vivir como una princesa.

Después de pagar el alquiler, las facturas, la comida y el transporte, me queda lo justo para ahorrar un poquito y darme algún capricho de vez en cuando.

¡Y yo quiero darme caprichos, joder!

Quiero comprarme ropa sin tener que calcular cuántos turnos necesito para pagarla. Quiero poder salir a cenar con Cassie, comprarle un regalo a Tim o cambiar mi maldito sofá por uno que no haga un ruido sospechoso cada vez que alguien se sienta.

Y, sobre todo, quiero tener dinero guardado por si ocurre alguna emergencia.

Porque Tim tiene razón en algo, aunque preferiría arrancarme una muela antes que reconocérselo en voz alta: no puedo gastarme todo lo que gano y confiar en que el mes siguiente será mejor.

Así que una noche, después de llegar del trabajo, me preparo un enorme bol de cereales, me pongo una camiseta vieja y me tumbo en el sofá con el móvil.

Son casi las doce. Tengo los pies doloridos, el pelo recogido en un moño horrible y unas ganas tremendas de no hacer absolutamente nada.

Abro Instagram.

Primer vídeo: un gato cayéndose de una mesa.

Me río.

Segundo vídeo: una chica enseñando cómo ha decorado su apartamento.

Me gusta la lámpara.

Tercer vídeo: una mujer de mi edad, aproximadamente, sentada delante de una cámara mientras explica cómo ha conseguido independizarse gracias a OnlyFans.

Espera.

¿Qué?

La chica cuenta que empezó subiendo contenido desde su habitación, que al principio apenas tenía suscriptores y que, poco a poco, consiguió ganar suficiente dinero para mudarse de casa, pagar sus deudas y vivir exclusivamente de aquello.

Obviamente, también explica que requiere trabajo, constancia y saber promocionarse. Que no todo el mundo gana una fortuna y que sus primeros meses fueron bastante difíciles.

Pero hay algo en su historia que me llama la atención.

No es que ahora tenga un apartamento enorme o que enseñe un bolso que probablemente cuesta más que mi frigorífico.

Es que empezó porque necesitaba dinero.

Como yo.

Entro en su perfil.

Veo varias publicaciones en las que habla de su experiencia, de cómo organiza sus horarios y de las cosas que habría querido saber antes de empezar. También tiene vídeos explicando cómo proteger su identidad y qué precauciones toma para evitar que sus fotografías acaben circulando fuera de la plataforma.

Me incorporo lentamente en el sofá.

Y entonces una pregunta aparece en mi cabeza.

¿Debería?

A ver.

Tengo veintidós años.

Soy una mujer adulta. Puedo decidir qué hacer con mi cuerpo y, sinceramente, no es que me avergüence de él.

Me gusta cómo soy. Me gustan mis piernas, mi cintura, mi pelo negro y mis ojos azules. No voy a fingir que no sé que soy atractiva, porque sería una mentira bastante ridícula.

Además, no tendría por qué enseñar la cara entera.

Podría hacer fotografías desde determinados ángulos, utilizar maquillaje diferente, esconder parte de mi rostro o simplemente evitar cualquier imagen en la que alguien pudiera reconocerme.

Y, por supuesto, utilizaría otro nombre.

Porque una cosa es abrirme un OnlyFans y otra muy distinta es poner en mi biografía: «Hola, soy Kon Kent, hija de Superman. Suscríbete para financiar mi independencia».

Clark sufriría un infarto.

Bueno, probablemente no. Es Superman.

Pero yo sí.

Me quedo mirando el móvil mientras considero la idea.

¿Sería capaz?

No me molesta la posibilidad de enseñar mi cuerpo. He tenido relaciones, he salido con gente y no considero que mi intimidad sea algo de lo que deba avergonzarme.

Lo que me preocupa es que alguien descubra quién soy.

Mis amigos.

Mi familia.

No.

No quiero pensar en eso.

Dejo el bol sobre la mesa y abro el navegador para buscar más información.

Durante casi una hora leo experiencias de otras creadoras, consejos de seguridad, explicaciones sobre las comisiones de la plataforma y advertencias sobre lo difícil que puede resultar conseguir suscriptores. También descubro que ocultar la cara no garantiza el anonimato y que cualquier fotografía puede acabar filtrándose.

Eso me hace dudar.

Porque necesito dinero, sí, pero tampoco quiero que una mala decisión termine convirtiéndose en un problema para el resto de mi vida.

Aun así, sigo investigando.

Empiezo a hacer números mentalmente. Si consiguiera una cantidad modesta de suscriptores, podría cubrir parte del alquiler. Si me fuera bien, incluso podría ahorrar suficiente para comprar muebles nuevos o reducir mis horas en el bar.

No necesito hacerme millonaria.

Solo quiero dejar de sentir que cualquier factura inesperada puede mandarme directamente a la ruina.

Abro una página con información sobre cómo crear una cuenta.

Me pide que me registre.

Me quedo mirando la pantalla.

-Esto es una locura -murmuro.

Krypto, que está durmiendo a mis pies, levanta una oreja.

-No me mires así. Tú no pagas alquiler.

Vuelve a dormirse.

Traidor.

Apoyo la cabeza contra el respaldo del sofá y vuelvo a mirar el formulario.

Podría cerrar la página.

Olvidarme de todo.

Seguir trabajando en el bar, ahorrar lo que pueda y esperar que algún día mi cuenta bancaria deje de darme ganas de llorar.

O podría intentarlo.

Sin enseñar la cara.

Sin revelar mi nombre.

Sin contarle nada a nadie.

Muerdo el interior de mi mejilla mientras mi dedo se queda suspendido sobre la pantalla.

-A la mierda.

Pulso el botón de registro.

Total, ¿qué es lo peor que podría pasar?


🌑🌒🌓🌔🌕🌖🌗🌘🌑🌒🌓🌔🌕🌖🌗🌘


El primer selfie que subí fue desde el ángulo más estúpido que se me ocurrió. Encorvada sobre el espejo de cuerpo entero, cámara apuntando hacia abajo, pelo negro cayendo como una cortina sobre la mitad de la cara. Solo se veía mi mandíbula, mi cuello, y el sostén negro que me había comprado en una tienda normalitos porque, seamos honestos, mi presupuesto no daba para Victoria's Secret.

Puse el precio en cinco dólares. Pensé: nadie va a pagar cinco dólares por ver a una chica sin cara.

Me equivoqué.

A las tres horas tenía doce suscriptores. A las seis, veintitrés. Y un mensaje privado que empezaba con "omg tus ojos" y terminaba con una propuesta que ni siquiera sabía que era físicamente posible.

Los tangas fueron idea mía. Bueno, idea de internet. Leí en algún lado que los conjuntos coordinados funcionaban mejor, así que fui a una tienda de fast fashion y compré tres: uno rojo, uno negro, uno azul eléctrico que hacía juego con mis ojos. El rojo me lo puse primero.

Por Dios.

¿Quién diseña estas cosas? Es como tener un hilo dental permanente. Caminé por mi apartamento—mi apartamento, sigo sin creérmelo—durante veinte minutos intentando acostumbrarme a la sensación. Cada dos pasos me lo estaba ajustando. Al final opté por la estrategia de "quedarme quieta y parecer que lo hago adrede".

La foto la tomé desde atrás, mirando por encima del hombro. Cara oculta por el pelo y la sombra. Solo piel, curvas, y ese tanga rojo que brillaba como una señal de advertencia.

La subí con un pie de foto que me costó cuarenta minutos escribir: "Nueva por aquí. ¿Me ayudas a sentirme bienvenida?"

Qué asco. Qué asco y qué efectivo.

Los comentarios llegaron en cascada.

"Esa sonrisa, por favor"

No mostraba la sonrisa. Solo la comisura, medio boca.

"Tienes los ojos más hermosos que he visto"

Eso sí que lo había calculado. La luz de la ventana grande de mi salón, esa que me enamoró del piso, caía justo sobre mis ojos cuando me agachaba de cierta manera. Azul sobre azul.

Y luego estaban los otros comentarios.

"Hola princesa, tengo 47 años y..."

Cerré los ojos. Exhalé. Volví a abrirlos y seguí leyendo.

"Soy mayor que tu padre probablemente pero..."

No pienses en eso, Kon. No pienses en la edad. Piensa en los ciento treinta y cinco dólares que has ganado esta semana. Piensa en que puedes pagar el internet y comprar comida que no sea cereal.

Respondí: "Gracias por el apoyo, guapo 😉"

La palabra "guapo" me supo a mentira, pero el emoji me salió natural. Eso era lo que querían, ¿no? La chica coqueta, accesible, la que les hace sentir especiales por cinco dólares al mes.

Me convertí en ella


👾

Los videos fueron el siguiente nivel.

Un tipo—no recuerdo su nombre de usuario, algo con "dragon"—me pidió que bailara. Específicamente: "Desvístete despacio con algo de pop de los 80. Me encanta el contraste entre lo dulce y lo..."

No terminó la frase. No necesitaba hacerlo.

Elegí "Girls Just Want to Have Fun" de Cyndi Lauper. La ironía no se me escapó.

Puse el móvil en el suelo, apoyado contra una pila de libros. Probé tres ángulos diferentes hasta encontrar uno donde se viera mi cuerpo completo pero mi cara quedara en sombra, iluminada solo desde la nariz hacia abajo. La canción empezó. Con todo eso luego me pondré más borrosa la cara.

Y allí estaba yo.

Desabrochándome el sostén con una mano mientras la otra se perdía en mi pelo. Moviéndome con la torpeza de alguien que nunca ha bailado en público pero que, en la intimidad de su salón, se atreve a ser ridícula. El tanga azul eléctrica esta vez. El contraste que pedía el suscriptor: Cyndi Lauper cantando sobre diversión inocente mientras yo me quitaba la última prenda y quedaba completamente desnuda, girando una vez, dos, dejando que la luz de la tarde pintara sombras sobre mi piel.

Subí el video sin mirarlo dos veces. Si lo revisaba, encontraría alguna imperfección. Alguna pista. Algo que delatara que soy más que una chica cualquiera: la densidad muscular imposible, la simetría perfecta, la piel que nunca tiene imperfecciones porque es piel kryptoniana.

No. Mejor no mirar.

La respuesta fue inmediata.

"Eres increíble"

"La mejor inversión de mi mes"

"Por favor, más contenido así"

Y uno que me hizo pausar: "Pareces una superheroína de esas. Tienes un cuerpo irreal."

Casi me río. Casi le respondo "si supieras".

En cambio escribí: "Tú sí que sabes halagar a una chica 😘 ¿Qué te gustaría ver la próxima vez?"

Me convertí en estratega.

En empresaria.

En actriz.

Cada noche, después de mi turno en el bar—donde seguía sirviendo cervezas con mi cara completa visible, donde Mady me preguntaba por qué estaba tan contenta últimamente—volvía a mi piso y me transformaba.

Kon Kent, la chica del tercer piso, la que discute con Superman y se niega a pedir ayuda.

Desaparecía.

Y en su lugar quedaba...bueno, no tenía nombre todavía. Solo un usuario. Solo una silueta. Solo una chica que respondía comentarios a las dos de la mañana con los dedos pegajosos de comer cereales, que aprendió que si inclinaba la cámara se veía mejor ángulo, que descubrió que los jueves eran los mejores días para subir contenido porque la gente estaba aburrida esperando al fin de semana.

Dos semanas después tenía ciento cuarenta suscriptores.

Había pagado el alquiler con tres días de antelación.

Y tenía un bloc de notas lleno de ideas.

"Video en la ducha—riesgo de reconocimiento alto, ingresos potenciales muy altos"

"Colaboración con otra chica — investigar"

"Colaboración con chico— ¿alguien de confianza?"

Esa última la subrayé tres veces.

Luego cerré el bloc y miré mi teléfono. Tim había enviado un mensaje hacía dos horas:

"¿Cenamos mañana? Te extraño."

Te extraño.

Como si fuera algo normal. Como si no hubiera pasado tres noches seguidas en mi sofá, abrazándome bajo una manta, dándome mimos, dejando que mi mano descansara sobre su pecho sintiendo su corazón latir mientras fingía que no quería más.

Miré el bloc de notas otra vez.

Colaboración con chico.

Tim no tenía ni idea.

Y yo, después de todo, siempre he sido buena en lo que me propongo.

Chapters
1. Sinopsis
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