Encuesta Erotica (MewGulf)

Summary

Los planes nunca salían como uno esperaba… a veces salían mucho mejor Gulf Brown siempre se había enorgullecido de hacer todo bien, por eso estaba tan frustrado por haber obtenido sólo un18% en un test sobre sexo. Pero no iba a quedarse de brazos cruzados, así que puso en marcha su plan y le pidió a Mile Slater, el donjuán del barrio, que le diera algunas lecciones para mejorar su vida sexual. Lo que no había previsto era que fuera otro vecino, el bueno y guapo Mew Peterson, el que encendiera su pasión…

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
4.0 1 review
Age Rating
18+

CAPÍTULO I

—¡Dieciocho por ciento!


Oí mi voz haciendo eco en las paredes de la lavandería.


—Sacar un dieciocho por ciento es de monjas y de niñas pequeñas. Un

dieciocho por ciento no es propio de un chico de veintisiete años soltero que vive en Los Ángeles.


Win abrió la secadora y metió su ropa interior, de un sospechoso color azul,

en una cesta de mimbre. Hacía una hora, sus calzoncillos eran blancos de verdad, pero esas cosas solían sucederle:


—No me creo que estés tan enfadado porque hayas sacado ese resultado en un test de Internet —me dijo mirándome como diciéndome que no se podía creer que hubiera hecho una estupidez así.


Eso sí que era una estupidez por su parte porque me conocía desde la

guardería. Yo me llamo Gulf Brown y el se llama Win Browning. El destino nos tenía reservado que nos sentáramos juntos en casi todas las clases hasta la

graduación.


En un alarde de increíble pragmatismo, supusimos que podíamos elegir entre

ser mejores amigos o terribles enemigos. Optamos por la ruta de la amistad.

En aquel momento, nos pareció la opción más prudente.


Supongo que aquel día Win se lo estaría pensando mejor.


—Eres tan bueno como cuando estábamos en el colegio, sólo que ahora no tienes a Up para fastidiarte.


Up es mi hermanastro. La verdad es que lo de «astro» nunca ha significado

nada para ninguno de los dos. Ambos teníamos tres años cuando nuestros padres se casaron y, para lo bueno, para lo malo o para lo que tenga que ser, es mi hermano.


Como nos llevamos solamente cuatro meses, el es el mayor, crecimos

compartiendo ropa, codiciando al novio del otro y haciendo todo lo posible para sobrepasar académica, social y de todas las maneras posibles al otro.


Lo quiero mucho, pero lo cierto es que nunca he parado de intentar ser mejor

que el. Y, aunque me cueste reconocerlo, lo cierto es que, normalmente, me gana el a mí. En todo, desde los novios hasta la nota media del bachillerato aunque la

verdad es que eso fue porque sacó medio punto más que yo en el último semestre y me arrebató la gloria en el último momento.


Como veréis, no me quita el sueño. No, qué va.


—Desde luego, mi intención no es convertirme en el chico más atrevido de la ciudad.


Lo cierto es que el test ése me importa un bledo. Para que lo sepas, hice otro

test y me salió que mi trabajo perfecto era dedicarme a analizar tablas actuariales.


Estupendo, ¿eh? Para te que fíes.


—Desde luego —contestó Win horrorizado—. Si no es por el test, ¿por qué es?


Me encogí de hombros.


—Supongo que por haberme dado cuenta de ciertas cosas —contesté haciendo una pausa para dar énfasis a mis siguientes palabras—. Mi vida sexual es de lo más aburrida.


Win enarcó las cejas.


—Yo creía que tu vida sexual era inexistente.


—Sí, bueno, tienes razón. Quiero decir que mi vida sexual era aburrida. Cuando

estaba con Sack, era terrible y, ahora que no tengo pareja, ya no es aburrida, es

simplemente inexistente.


Sack me había dejado cuatro meses atrás después de estar dos años juntos, lo que me había hecho creer que terminaríamos casándonos y adoptando dos niños y medio y un gato.


—Sí, es cierto que nuestra vida sexual y el resto de nuestra relación, la verdad,

había entrado en barrena hacía tiempo, pero los dos estábamos cómodos.

Por lo menos, yo creía que así era.


¿Y qué era lo que más me molestaba?


Lo cierto era que me pilló por sorpresa

que me dejara.


Tendría que haber sido yo el que lo hubiera dejado a él. Al dejarme él

a mí, me quedé petrificado.


Suspiré dramáticamente, saqué mis calzoncillos de la secadora y arrugué el ceño deseando que la cesta de mimbre estuviera llena de calzoncillos de raso rojo y de encaje negro, que fuera ropa interior con un motivo más provocativo que sencillamente mantener mis partes íntimas ocultas por si acaso tenía un accidente catastrófico en la

autopista.


Al igual que cualquier madre normal del planeta, lo primero de lo que se había

preocupado mi madre durante toda la vida era de que llevara calzones limpios.


Le parecía mucho más importante que la pobreza, la guerra nuclear o los niños que se morían de hambre en tantos rincones del planeta.

Para mi desgracia, mi madre me había enseñado bien y no había ni un solo

Calzoncillo frívolo en la cesta.


Nada de raso, nada de encaje, nada pícaro entre mi ropa interior. Ni siquiera alguna prenda de Victoria's Secret.

Nada de nada, sólo calzones de K-Mart.


¡Así era imposible ser un atrevido!


Volví a suspirar de manera dramática y me apoyé en el dispensador de

detergente.


—Mi vida sexual es aburrida. Mi ropa es aburrida. Mi vida es aburrida.


Win frunció el ceño de nuevo al ver que una camiseta blanca había salido

también desteñida.


—¿Quieres una camiseta rosa? —me preguntó.


Lo que yo quería era estrangularlo. Yo con una penosa y dramática crisis personal y el preocupado por su ropa.


—¿Te has enterado de lo que te he dicho?


En aquella ocasión, conseguí que me prestara atención y, la verdad, por cómo

me miró, no estuve muy seguro de haber hecho bien.


—Mira, Gulfi...


—Te lo digo en serio. Lo voy a hacer. Dentro de un año, sacaré la nota más alta de ese estúpido test.


En aquella ocasión, Win enarcó únicamente una ceja, algo que a mí siempre me hubiera gustado saber hacer.


—Te lo digo en serio. Es el deseo que voy a pedir cuando comience el año.


—¿Hay un universo entero de posibilidades ahí fuera y tú vas a desperdiciar el deseo para el nuevo año por un estúpido test sexual?


—¿Por qué no lo dices un poco más alto? Creo que los de la piscina no te han oído —le dije asomando la cabeza por la puerta por si había alguien.


Becky Simmons, la actriz retirada que vivía debajo de mí, estaba tomando el sol en una tumbona, el nuevo inquilino, Mew no-sé-qué, estaba un poco más cerca.


Lo cierto era que era un chico muy simpático, pero también era un pringado en toda regla, de ésos que llevan gafas y trabajan con ordenadores.


Me quedé observándolo y vi cómo se sentaba en una de las sillas de metal, ésas que son tan increíblemente incómodas, cómo se quitaba las sandalias y ponía los pies

sobre la mesa y le daba un trago a la cerveza.


De repente, me di cuenta de que el pringado de mi vecino tenía un cuerpo

estupendo, delgado y fibroso como un nadador.


—¡Mew! —gritó Win—. ¡Oh, Mew! ¡Gulf necesita un novio!


—¡Win! —exclamé yo cerrando la puerta a toda velocidad—. ¿Te has vuelto

loco? ¿Y si te ha oído?


—¿Qué pasa? Es muy mono.


Fruncí el ceño porque, la verdad, era que mi vecino era muy mono. Además,

era simpático. Lo sabía porque la semana anterior lo había ayudado a subir unas cuantas cajas desde el coche y, a cambio, me había invitado a pizza.


Pero Sack también era mono y simpático.


Ser mono y simpático ya no era suficiente. Las palabras «mono» y «simpático» conjuraban una tercera palabra de lo más amenazante que empezaba por «p».


Preparado. Desde luego, yo no estaba preparado para iniciar una relación.


—Yo no quiero un chico mono, yo lo que quiero es un maestro del sexo.


Win me miró alucinado.


—No lo entiendes porque tú tienes sexo de manera regular —le increpé.


—Tú también lo tenías hasta que lo dejaste con Sack.


—Ah, no, hijo, no, no te equivoques. Lo nuestro era sexo normalito y corrientito Win me miró de manera escéptico mientras doblaba unos pantalones.


—A lo mejor me arrepiento de preguntar, pero ¿qué es sexo normalito y

corrientito?


—Ya sabes, sólo los viernes, yo debajo, después de la serie de las seis y antes de la de las ocho.


Rutina, rutina y más rutina, nada espontáneo, nada romántico. Me

daba tiempo de meter las galletas de chocolate al horno y no temer que se quemaran mientras tanto.


—Vaya —comentó mi amigo doblando con cuidado su colada rojiza mientras

yo me sentía de lo más orgulloso por haber tenido una vida sexual tan increíblemente patética como para haber dejado a Win sin palabras.


Ya sé que parece raro, pero hay que verle el lado positivo a todo, ¿no?


—Bueno —dijo Win dejándome con la sensación de que mi victoria iba a durar

poco. Lo cierto era que quería ayuda, pero no podía soportar su compasión.


—En fin, no estaba tan mal, ¿no? Era sexo al fin y al cabo, ¿no? —añadió con ese tono de voz que uno emplea cuando le tiene que decir a un amigo que, aunque esté sin blanca y se le ha muerto el perro, todo va a salir bien.


Y eso lo decía una mujer cuyo novio era un superhéroe llamado Hombre Erección.

Mitch llegaba del trabajo y, al verla paseándose por la casa con una

camiseta raída y los calcetines del gimnasio, se excitaba tanto que la tumbaba sobre la mesa de la cocina y la poseía allí mismo.


—Vivimos en universos diferentes, Win.


Menos mal que tuvo la decencia de no contestar. Eso evidenciaba que se daba

cuenta de que tenía una vida sexual fabulosa.


Mi amigo era un chico increíblemente guapo, con una cara perfecta, pelo

perfecto, piel perfecta y trabajo perfecto.


No tenía granos ni espinillas ni puntos

negros y, además, era inteligente.


Vamos, uno de esos chicos a los que quieres matar si no fuera tan increíblemente buenos.


—¿Te has parado a pensar cuándo vas a ponerte manos a la obra para llegar a

ese nirvano de maestría sexual?


Puse cara de disgusto porque Win se estaba comportando de manera

típicamente Win y hablando con esa voz de adulto que pone cuando cree que

alguien está actuando como un idiota.


—Eso suponía —comentó—.Venga, Gulf, llevas meses trabajando como una

bestia.

Éste es el primer fin de semana libre que tienes desde hace una eternidad.


Era cierto. Trabajaba en John Layman Productions. Haré aquí un inciso para

advertirte que, si el nombre de la empresa te suena, es porque consumes patéticos programas sobre famosos que ya no le importan a nadie.


Y no lo digo porque quiera criticar el trabajo que mi jefe ha elegido hacer... ejem.


En fin, es un trabajo que me

permite comer pero, la verdad, ¿a quién le importan esos niños que eran famosos cuando tenían seis años y que han desaparecido del mapa hace veinte?


Y al que le importe lo suficiente como para encender la televisión todos los días a las once de la noche es un enfermo que no tiene vida propia.


Aun así, todos los programas de nuestra productora tenían una audiencia

increíble, así que cabían dos posibilidades: que yo estuviera equivocado o que hubiera un montón de gente que no tuviera vida propia.


Lo cierto es que la audiencia era tan alta que la productora había decidido hacer

cinco programas más y eso era lo que había motivado que trabajara sin parar tanto en la empresa como en casa, y el único motivo por el que tenía aquel fin de semana libre era porque el servidor de la empresa se había caído.


Como Jack​ estaba en Río de Janeiro siguiendo a alguna famosa delgaducha con ganas de fiesta, había decidido darnos el fin de semana libre para que los gurús de los ordenadores pudieran hacer su trabajo.


Increíble, pero cierto.


Claro que, por otra parte, le había pedido a nuestro proveedor de muebles que

me mandara a casa una estantería y un armario para que, según sus palabras,

pudiera trabajar de manera más eficiente por las noches durante los fines de semana.


Sí, Jack, yo también te quiero mucho.


En aquellos momentos, tenía cuatro cajas enormes en el salón esperando a que me pusiera manos a la obra y montara mi despacho en casa.


Win también trabaja en la televisión.

Sin embargo, su jefe es Timothy

Pierpoint, un productor que ha ganado Emmys y Oscars y que ha optado por una programación original y provocativa.


¿Qué os había dicho? Win es perfecto y yo, perfectamente desgraciado.


Mientras así se lo decía por enésima vez, me di cuenta de que mi amigo se golpeaba la barbilla con el dedo índice, señal inequívoca de que estaba pensando.


—¿Qué? —le pregunté.


—Estaba pensando que, tal vez, todo ese trabajo podría ser una ventaja —


contestó.


—Explícate, por favor.


—Si no tienes tiempo libre, a ningún hombre se le ocurriría que estuvieras

buscando una relación duradera, seguro que pensaría que es una aventura, porque nadie con tanto trabajo tiene tiempo para nada más.


—Exacto —contesté yo preguntándome adonde quería ir a parar mi amigo con

todo aquello.


Win hablaba con entusiasmo.


—Deberías intentarlo. Sí, deberías intentarlo. Sal y diviértete —me dijo

apoyándose en la lavadora, cruzándose de brazos y sonriendo—.Y se me ocurre que sé cómo deberías empezar.


—¿Cómo? —le pregunté entornando los ojos...