Prologue: Un cambio/Un sello roto.
El cielo estaba completamente oscuro cuando abrió los ojos, y en menos de un instante sintió la diferencia en el entorno. Con dudas y un atisbo de esperanza decidió acercarse a su balcón. La tenue luz de la luna iluminó los rasgos de la mujer mientras se levantaba de la cama y caminaba hacia la ventana. Su pijama hizo ruidos suaves mientras lo hacía. A los ojos del tonto, la noche parecía pacífica, libre de malicia y tranquila.
Sin embargo, ella no era tonta, no, era muy inteligente y perceptiva. Podía ver a los animales nocturnos escondiéndose, corriendo y retorciéndose lejos de él, huyendo de la fría furia que Lord Aziz debía de tener.
Finalmente, después de años de haber sido sellado, años en los cuales su gloria, su reputación y su apellido fueron empañados y transformados en un espectáculo de comedia, una sombra del pasado glorioso, una burla a su persona.
Finalmente es libre de vagar por Atis y traer gloria a todos los tipos de magia. Su señor Aziz era libre después de 100 años de estar encerrado y sellado por el poder de los dioses.
Ella estaba más que lista para darle la bienvenida a su señor. Su cuerpo temblaba de energía y emoción, como el de un infante la noche anterior a ”El día de Caione“. Su magia respondía a sus emociones, creando pequeñas ondas de energía a su alrededor, demostrando lo emocionada que estaba.
—Bienvenido de nuevo, mi señor.— Le susurró a la noche, deseando que su susurro se lo llevara el viento hasta donde su señor estaba, dondequiera que esté ella lo esperaría como lo había hecho todos estos años, con paciencia y lealtad.
Regresó a su habitación, sintiendo una sensación de felicidad que olvidó era posible. Por fin se permitió una sonrisa en su rostro. Pues Lord Aziz fue la única persona que en algún momento la hizo sentir segura y feliz.
Sus rasgos finalmente se vieron cuando encendió las velas en su habitación, la cálida luz de las velas hacía que sus rasgos se vieran más delicados, creando una ilusión de delicadeza.
Tenía el cabello largo, ondulado y pelirrojo, similar al color de las Rouges*, con un tono de piel casi melocotón, largas pestañas que se rizaban hacia arriba de manera delicada sobre ojos marrones claros, pecas en su rostro como las estrellas en el cielo, sus labios eran gruesos, de un bonito color.
Algunos se atreverían a decir que era una belleza, otros dirían que era debido a su magia que sus facciones eran más exóticas, pues no era un secreto que todo ser mágico era más bello que los que no tenían magia. Sin embargo, eran sus ojos lo que la hacía más bella, pues había en ellos un fuego antiguo que la hacía más hermosa que la mayoría de las mujeres.
El nombre de esta hermosa mujer es Astra Vlahos ” La Rouge Madame”. Una de las pocas brujas que sobrevivió después de que Lord Aziz fuera sellado. Por desgracia la mayor parte de su aquelarre estaba muerto o había traicionado a su señor, poniéndose del lado del enemigo y sus aquelarres.
Astra fue una de las pocas que lucharon en la guerra hace tantos años y se mantuvo leal hasta el final. En aquel entonces, ella no era más que una niña por ley mágica, y sin embargo duró más que la mayoría de los superiores en ese entonces.
Recordando por qué estaba tan emocionada Astra sonrió y sus ojos tomaron la forma de lunas crecientes. Finalmente, volvería a ver a su señor después de tantos años, pero esta vez Astra se asegurará de que su señor reine sobre Atis, tal como se suponía que debía ser hace tantos años.
Encendió algunas velas en su altar tratando de olvidar a esa mujer, las llamas se elevaban en una peligrosa danza cada vez que las prendía, sus deidades la observaban en ese momento. Sin dejar de sonreír, envió una señal a los leales seguidores para que esperaban a su señor.
Los Coure* volaban en el cielo, dejando sus suaves cantos acariciar la fría noche. Eran los únicos animales que no tenían miedo de la energía de Lord Aziz. Eran criaturas tan hermosas como peligrosas, con plumas que podrían cortarte la garganta si no tienes cuidado, pero que brillan como la joya más deslumbrante en todo Atis.
Los Coure siempre habían estado pendiente de Lord Aziz, siguiéndolo y amandolo. Tanto así que Lord Aziz adoptó a los Coure como su símbolo y el de su gente. Tenía sentido que en esta maravillosa noche ellos fueran las únicas criaturas dispuestas a aparecer.
Astra regresó a su cama una vez que terminó de encender las velas de su altar. Tomando una respiración profunda, obligó a su cuerpo a relajarse para poder entrar en estado de meditación.
Una vez que entrara en ese estado iría al Jardín Eterno.
El jardín eterno era un lugar donde se podía tener un mejor control de la energía y el alma mortal abandonaba el cuerpo para ser uno con el flujo divino* y contactar a otros mortales o guías espirituales. Algunos suertudos, tales como los altos mandos de las iglesias o aquelarres podían incluso “platicar” con los Dioses.
Su cuerpo comenzó a tener pequeños espasmos, su respiración se hizo más pesada y lenta, su corazón se estaba ralentizando y pronto pudo sentir que estaba flotando fuera de su cuerpo. Había entrado al flujo divino, algo que en teoría suena simple mas no lo es.
El propósito original de meditar es calmar la energía para poder canalizar mejor la magia y ser más centrado. El truco consistía en pensar solo en recuerdos relajantes y felices para proyectar la energía positiva necesaria para controlarse. Si era posible, uno tenía que limpiar todos los sentimientos y pensamientos quedando en un estado de paz y relajación.
Algo que no era fácil la mayoría del tiempo, un claro ejemplo de ello, era Astra en estos momentos. Esta noche el cuerpo y la mente de Astra la traicionaron por completo, trayendo de vuelta esos horribles recuerdos que pensó había olvidado.
Era uno de los peores recuerdos que Astra tenía, uno de los pocos que la dejaba paralizada y con un sin fin de sentimientos encontrados. Podía sentir la energía negativa que siempre acompañaba esos recuerdos, arruinando el propósito de la meditación. Astra se obligó a salir de ese estado, odiando a su mente por mostrarle esa imagen de entre todas las demás.
Su rostro estaba contorsionado en un gruñido, la rabia escrita en todo su rostro, podía recordar vívidamente el rostro de esa mujer, la cual llamaron “Santa Di Vita” años después.
—Traidora— Murmuró Astra con desprecio hacia el recuerdo de esa mujer. Alguien quien se supone debía de apoyar a Lord Aziz más que nadie, lo daño como ninguna otra persona.
Astra decidió que no dormiría más esa noche. No tenía más opción que desvelarse, gracias a ese recuerdo si es que decidía volver a dormir, su sueño estaría lleno de pesadillas. Sin otros planes en marcha, se preparó para el día ocupado que tenía delante.
Tenía ofrendas, libros, y una celebración que preparar en honor a la magia. Lord Aziz había regresado y eso era motivo suficiente para celebrar.
Acacia sintió como la energía a su alrededor cambiaba de manera violenta, algo andaba mal en el flujo divino. Fue un cambio repentino y violento, algo que iba en contra de la orden de Vita.
Con terror Acacia se dio cuenta que su hermana estaría sufriendo debido a que el cambio fue en el flujo mágico. Pronto confirmando sus sospechas, escuchó los gritos y lamentos provenientes del antiguo santuario, donde se encontraba su hermana.
Cuando Acacia encontró a su hermana, Rosaura estaba llorando en el suelo, su energía estaba por todo el santuario enviando poderosas pero impredecibles ráfagas de magia que atacaban todo a su paso. Eran tan fuertes que estaban haciendo que el vidrio de los espejos se rompiera.
—¡Rosa!— Gritó yendo a su lado, su hermana solo gimió como respuesta, incapaz de formar una frase debido al dolor que la atormentaba “Respira hondo amor, trata de calmarte” Pero su hermana seguía llorando, el dolor era demasiado para ella, era incapaz de calmar su magia.
Rosa tenía el don* de estar consciente del flujo divino, incluso el más mínimo cambio ponía a su hermana en una bola de nervios pues ella era capaz de sentirlo en carne propia, un don que venía con un gran costo, el poder sentir el flujo de todos a su alrededor era una belleza de doble filo, que lastimaba más de lo que ayudaba.
Su hermana estaba gritando como si alguien le estuviera arrancando el corazón, causando desesperación en Acacia quien solo podía abrazar a su hermana tratando de calmarla, pero era difícil cuando la magia de su hermana seguía lastimando a Acacia en cada oportunidad que tenía.
A pesar de todo Acacia no iba a dejarla sola.
— Rosa por favor, toma pequeñas respiraciones. Pequeñas aunque sea.— Dijo presa del pánico, sintiendo como Rosaura no estaba respirando, su hermana estaba incluso poniéndose algo morada debido a la falta de aire. Acacia se llenó más de pánico —¡No puedes morir por no respirar cuando eres una aprendiz de alta sacerdotisa! ¡Si te atreves a morir, iré a la tierra de Kirena* y te mataré! — Acacia estaba casi al borde de un colapso mental.
Lento, dolorosamente lento, pudo sentir a Rosaura respirar de nuevo, y una ola de alivio se apoderó de Acacia. Su magia también empezó calmarse de una manera tranquila. Después de lo que parecieron horas pero fueron unos quince minutos, Rosaura finalmente habló.
Solo para llamar por alguien que no era Acacia —Por favor Acacia, llama a nuestra gran señora— Le rogó Rosa con una voz apenas más alta que un susurro, Acacia se atrevió a preguntarle a su hermana incluso sabiendo ya la respuesta.
—¿Te refieres a la suma sacerdotisa Lucía?— Su hermana asintió levemente, ojos estaban llenos de determinación. Los celos se apoderaron de su corazón, pero no lo demostró. —Está bien, Rosa— Con cuidado, soltó a su hermana y se dirigió a llamar a Lucia.
Incluso sabiendo que la sacerdotisa Lucía era la mejor opción para llamar ahora, Acacia no pudo evitar la sensación de pesadez en su pecho ante la mención de su nombre. Le dolía como su hermana menor llamaría a Lucía antes incluso de darle las gracias por estar con ella.
Era algo que siempre la había hecho sentir mal. Acacia moriría por Rosa, sin dudar mataría por Rosa, pero a los ojos de su hermana, Lucía siempre sería lo primordial.
Tomando su teléfono, marcó el número de Lucía, pero después de llamarle dos veces sin que contestara, era obvio que Lucia no contestaría. Sintiéndose frustrada, Acacia tiró su teléfono al otro lado de la habitación.
“A la manera antigua será” Se quejó, antes de arrojar un poco de sal de rouges en un tazón, dejando que el conjuro familiar saliera de sus labios, rezando para que la estúpida sacerdotisa estuviera cerca de un cuerpo de agua y contestara el llamado.
Pronto se vio a una bella dama en el agua. Lucía Di Vita, Suma Sacerdotisa del aquelarre VI y directora de la escuela Nuor, tenía una mirada muy preocupada en su hermoso rostro.
Por lo que parecía, Lucía estaba bastante ocupada con lo que fuera que estaba haciendo, pero a Acacia no le importaba. Rosaura la llamó, y que los dioses la ayude si esta linda dama rechaza la petición de su hermana.
Ella no lo hará. Una voz susurró en su oído. Lucía nunca hace eso, tiene una gran debilidad por Rosa.
Ella sabe que las palabras de tu hermana son poderosas. Dijo de nuevo esa vocecita, llenando a Acacia de más odio.
“¿Acacia? Cariño, es una sorpresa que me hayas llamado, no me malinterpretes, estoy encantada, pero hay algo que debo hacer-” Acacia la interrumpió antes de que pudiera terminar su frase.
—Rosaura casi sufre un ataque al corazón gracias al cambio repentino del flujo divino, me dijo que te llamara.— Durante unos cinco buenos segundos hubo un silencio mortal antes de que un grito ahogado saliera de la boca de Lucía.
“Por Vita, esto no puede estar pasando, estaré allí en menos de una hora” Y así Lucía desapareció del encantamiento. dejando a Acacia mirando un cuenco lleno de agua.
Acacia sabía que esto era solo el comienzo de algo mucho más grande. Ver a su hermana todavía sollozando en el suelo, la forma en que Lucía estaba preocupada y asustada, le envió un escalofrío por la espalda.
Algo oscuro se había desatado. Acacia podía sentirlo, las emociones de su hermana pequeña saltaban de una a otra, pero siempre una era la dominante.
Miedo.
Acacia podía sentir el miedo de Rosa. Si el Don de Rosa podía sentir el flujo divino, Acacia podía sentir las emociones de las personas. Lo que sea que se había desatado era peligroso.
Acacia no sabía en qué terminaría todo esto.
Dicccionario.