Rabia

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Summary

En cuestión de segundos la Rabia se apoderó de las personas y la sed de muerte los consumió hasta la locura, desatando el caos y tiñendo las calles de rojo. Hella y Reed, dos completos desconocidos, se ven sumergidos en un bucle de rabia y muerte del que parece imposible escapar. Ser aliados es la mejor opción para lograr sobrevivir un día más e incluso para evitar sucumbir a la locura que ahoga la ciudad. Pero ¿hasta donde serán capaces de llegar para salvar sus vidas? TW/ Violencia Explícita/ Asesinatos/ Lenguaje mal sonante

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18+

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El día que todo comenzó fue uno como cualquier otro, no hubo ninguna señal que nos alertara de lo que estaba llegando a la ciudad, aquello que la convertiría en un campo de batalla, en un infierno en la Tierra, no creo que hubiera importado, que aunque hubiéramos estado anunciados de lo que se nos venía encima, no hubiéramos podido hacer nada al respecto, lo que pasó estaba muy encima de todos nosotros.

Yo estaba sentada tranquilamente en el autobús volviendo a casa de la universidad cuando la Rabia comenzó. El primer indicio que tuve fue el chirrido de unos frenos, un sonido tan fuerte y agudo que se hizo audible por encima de la música que sonaba en mis auriculares. Luego vino el impacto, metal contra metal, cristales haciéndose añicos, seguido de una explosión que iluminó nuestros rostros de anaranjado, acompañado de un coro de gritos que resonaron en el reducido espacio.

Me levanté de mi sitio de un salto, el teléfono quedando olvidado en el asiento donde estaba segundos atrás, me acerqué a la parte delantera, viendo el amasijo de hierros frente a nosotros a través de la luna delantera, dos coche habían chocado de frente, la parte delantera de ambos se había replegado hacia atrás, formado un macabro acordeón metálico, había una persona ardiendo de pie junto a los autos destrozados, permanecía tan quieta que era casi como si no se hubiera dado cuenta de que estaba en llamas y solo fuera un espectador más del caos que había enfrente, desde donde estaba, podía ver su piel quemarse y consumirse, volverse negra como el carbón.

La gente a mi alrededor gritaba frenética mientras yo estaba demasiado conmocionada como para emitir sonido alguno, volví a mi lugar para llamar a emergencia, por si todos estaban demasiado conmocionados para hacerlo por su cuenta, justo en ese momento el suelo bajo mi pies se movió bruscamente, el conductor había acelerado de repente, llevándose por delante los coches siniestrados y a varios de los presentes que habían acudido para ayudar o curiosear, tuve el tiempo justo para agárrame al respaldar del asiento y frenar un poco la caída, aun así, mi cabeza rebotó contra el suelo con tanta fuerza que todo sonido quedó amortiguado por unos minutos, siendo sustituido por un pitido que perforaba mis oídos, mis sentidos se aletargaron y me sumergí en una confusa bruma de la que no parecía posible poder escapar.

Me quedé allí tumbada durante unos minutos, aturdida, no descarto que realmente pasara más tiempo que eso, o incluso menos, para cuando mi magullado cuerpo me permitió levantarme, el resto de los pasajeros ya había enloquecido, ahogados por la Rabia.

Unos asientos atrás había un hombre salpicado de sangre y con los puños hecho trizas golpeando a otro sin parar, había tanta sangre en el rostro inflamado de este, que apenas podía adivinar sus facciones, probablemente ya estaba muerto o lo estaría en segundos si su atacante seguía así. Miré de un lado a otro sin registrar del todo lo que estaba viendo, más adelante una mujer estrangulaba a un niño al que hace rato había visto como le acariciaba la cabellera con cariño, este ya tenía la cara morada mientras trataba de arañar y morder con desesperación a la que creía que era su progenitora, más allá había una chica mordiendo en el cuello al chico al que antes había estado besando, la vi escupir lo que parecía un trozo de carne sanguinolento antes de que apartara la mirada con horror de la grotesca escena.

Allá donde pusiera mis ojos, había sangre, caos y muerte.

Me levanté despacio, haciendo movimiento suaves, evitando hacer cualquier mínimo ruido, suplicando internamente que ningún pasajero me notara, que nadie pusiera sus ojos y su Rabia en mí. Caminé hacia la salida delantera, mis botas chapotearon en un charco de sangre, y mi intento de huida desesperada se vio frustrada por una puerta cerrada que no tenía ni idea de cómo desbloquear ya que el impacto parece haber estropeado el mecanismo de emergencia, así que tuve que dar media vuelta e ir hacia la trasera, esquivando por el camino a gente ocupada en matar a otras o directamente cuerpos maltratados con ojos vidriosos y miradas perdidas, sabía que esta tenía otro botón de emergencia para abrirse y esa era mi mejor oportunidad para salir de ahí, pero antes de que pudiera alcanzarla y salir, alguien me empujó con fuerza contra la pared opuesta.

El impactó sacó el aire de mis pulmones, boqueé en busca de oxígeno mientras veía como mi agresor se acercaba, tenía la nariz rota, torcida hacía un lado, la cara bañada en sangre procedente de distintas heridas, al igual que las manos, estaba segura de que mucha de ella no debía de ser suya, y de que sin duda quería convertirme en su próxima víctima. Intenté alejarlo, suplicar, incluso pedir ayuda, pero sus dedos se cerraron como tenazas sobre mi cuello, el aire empezó a faltarme de inmediato, así que no perdí más el tiempo en intentar quitarme sus manos de encima, sino que clavé mis dedos en sus ojos, sabía que era una de las mejores estrategias y más simples para hacer que retrocediera, pero ni siquiera pareció registrarlo, incluso cuando comenzó a sangrar.

Con eso entré en un nuevo nivel de pánico que nunca había conocido, y que, en el futuro superaría con creces. Alejé mis manos de sus ojos sangrantes, probablemente lo había dejado ciego de forma irremediable y a él no parecía importarle en lo más mínimo, seguía obstinado en asfixiarme hasta la muerte. Tanteé desesperada a mi alrededor en busca de cualquier cosa para defenderme antes de que perdiera el conocimiento, sabía que era cuestión de segundos que la oscuridad me atrapase, mi mano, que parecía más pesada de lo usual, encontró el martillo para romper el cristal en caso de emergencia, ni siquiera lo pensé, solo tiré de él, y golpeé.

Una y otra vez.

Esa fue la primera persona a la que maté, solo que en ese momento desconocía que no sería la última, y lo que nunca me esperaría, es que esa muerte, no duraría para siempre.

Usé ese mismo martillo, cubierto de sangre, piel y cabello, que había servido para acabar con la vida de una persona, para romper la ventana de emergencia y escapar por ahí.

Lo que me esperaba fuera no era mucho mejor que lo había dejado atrás.

Corrí por la calle huyendo de cada persona que veía, todas parecían estar tratando de asesinar a tantos como pudieran, mientras lloraba con la cara salpicada de sangre que limpie infructuosamente con la manga de mi chaqueta, avancé sin descansos, mi corazón golpeaba con fuerza contra mi pecho, mis pulmones gritaban por oxígeno y mi garganta ardía tanto que sabía que me costaría hablar cuando lo intentara, ya debía de tener unas feas marcas en el cuello.

Al girar en una esquina choqué con algo, caí al suelo golpeándome el trasero con fuerza, miré al frente donde había un chico en parecidas condiciones, tenía varias heridas abiertas en el rostro y sangre brillaba en su cabello negro, retrocedí usando mis manos, me levanté tan rápido como pude, todo mi cuerpo protestando en el proceso, y hui, giré la cabeza para comprobar que no me seguía, para mi suerte no lo hacía, en su lugar parecía asegurarse de lo mismo mientras él también escapaba de mí.

Seguí mi camino sin volver a mirar atrás, para cuando llegué a mi destino estaba jadeando sonoramente, me llevé el brazo a la frente para sacarme el sudor, dejando un rastro rojo en la manga de la cazadora, examiné con cuidado la zona y confirmé que tenía una herida sangrante en la sien, probablemente por la caída. Entré en casa y llamé a gritos a mis padres, pero no hubo respuesta alguna, busqué por todas partes sin encontrar a nadie, así que salí al pequeño jardín trasero para ir a por Lyla, mi Golden Retriever, que estaba dando vueltas nerviosa por todo el espacio, la llamé para que se acercara e intenté calmarla con caricias, tras lograrlo, volví a entrar, asegurándome de cerrar cada puerta y ventana y correr las cortinas y persianas, las manos me temblaron durante todo el proceso dificultándome cada tarea, no tenía la más mínima idea de lo que estaba pasando, de por qué la personas se mataban unas a otra de repente y sin duda no quería, ni me veía con las fuerzas necesarias, para salir en busca de respuestas.

Estaba curándome las heridas y lavándome por cuádruple vez las manos cuando el primer disparo sonó demasiado cerca, varias personas gritaron, demasiadas para identificar si eran mujeres, hombres o niños y cuántas eran exactamente, luego más estruendos rompieron el aire y cortaron progresivamente los alaridos.

El silencio que lo siguió fue aún más aterrador.

Fui de una habitación a otra repasando las cerraduras pese a que lo había hecho minutos antes, y apagué cada luz que había encendida, dejando toda la casa en penumbras, las pezuñas de Lyla arañaban suavemente el parqué mientras me seguía el paso, me refugié en mi habitación bajo un montón de mantas, abrazando el cuerpo peludo de Lyla. No sé cuánto tiempo pasé ahí debajo, fingiendo que el mundo fuera de esas mantas no existía, o que era el mismo de siempre, que nada había cambiado.

Que ingenua.

Aquello solo acababa de empezar.

Cuando mi habitación se sumió por completo en la oscuridad y Lyla gimoteaba por comida, me arrastré hasta la cocina para alimentarnos a ambas, no probaba bocado desde la mañana, aunque no es como si tuviera apetito precisamente, todo me sabía metálico, como a sangre.

Lyla comenzó a ladrar enfurecida, tanto que por un instante temí que ella también enloqueciera y me atacara, no tardé en vislumbrar las sombras tras las cortinas del salón, estaba casi segura de que una de las siluetas era la de un rifle, sabía con certeza que uno de nuestros vecinos era aficionado a la caza mayor. Golpearon lo puerta, una, dos, tres veces, con fuerza, me quedé congelada aferrando el mármol de la encimera con los dedos entumecidos, luego hubo un disparo, me agaché instintivamente, refugiándome tras la isla de la cocina, me tomé un segundo antes de ojear por encima de esta, la puerta estaba agujerada, y volvían a golpearla, una hoja afilada la travesó por unos segundos para luego retirarse con dificultad.

Tanteé por la superficie de mármol, buscando un cuchillo, agarré el más grande que encontré y hui a gatas hacia arriba, subí las escaleras tropezando varias veces, el pánico y el dolor agarrotando mis músculos, solo cuando llegué arriba me reincorporé para bajar las escaleras del desván, era un panel más del techo, que, si no mirabas para arriba, nunca notarías que estaba ahí, y recé para que así fuera. Cogí a Lyla en brazos y con mucho esfuerzo conseguí subirnos a ambas hasta el desván mientras el sonido de la madera astillándose llegaba desde abajo, cerré la trampilla justo cuando el silencio se asentó, eso solo indicaba una cosa, había conseguido entrar.

Me encogí en un rincón de la estancia llena de cajas con objetos viejos que acumulaban polvo, Lyla se removía inquieta a mi lado, intenté que se quedara quieta, pero era difícil hacerlo sin decir una sola palabra y con miedo a hacer más ruido, estaba segura de que Lyla notaba mi terror y eso no nos ayudaba.

Tras eternos minutos donde escuché objetos cayendo y puertas abrirse y cerrarse con fuerza por toda la casa, oí sus pasos justo debajo, mi corazón golpeaba con fuerza contra mis costillas, tanto que sentía como si en cualquier momento me fuera a atravesar el pecho, solté un suspiro de alivio cuando oí como se alejaba, pero en ese momento Lyla se escapó de mi agarré y comenzó a olisquear una caja, intenté llegar hasta ella, pero fue demasiado tarde, la empujo con el hocico y el tintineante sonido de cristales golpeándose entre sí resonó por el espacio seguido de una pesada caja caer, vislumbré la nube de partículas de polvo que revoloteó en la poca luz que arrojaba la ventana circular del frente.

Agarré a Lyla sabiendo que el intruso debía de haberlo oído, que no tenía tanta suerte como para que estuviera lo suficiente lejos, efectivamente escuché como se acercaba, me arrastré llevándome el polvo y posiblemente telarañas pegadas en la piel y ropa hasta encogerme de nuevo en la esquina más oscura.

La trampilla se abrió, la luz proveniente del pasillo, que antes había estado apagada, se coló en la estancia, me tragué un chillido de pánico, y apreté el cuchillo en mi mano derecha, con la otra sujeté firmemente a Lyla, sabía en el fondo que haberla traído era un error, que me delataría más fácilmente, como había pasado, pero no podía dejarla atrás, no podía perder a lo más parecido a la familia que sabía que estaba viva, o al menos sin que la Rabia la consumiera. La escalera crujió, le vi asomar la cabeza desde mi pobre escondite, no podía ver su rostro, pero estaba casi segura de saber quién era. Terminó de subir, quedando de espaldas a mí, que estaba escondida en el pequeño espacio que había detrás de la entrada.

― ¿Hella? Se que estás aquí ― su locura se filtraba en su voz, podía ver como su figura oscura temblaba de anticipación, rifle en mano, habiendo dejado el machete atrás.

Avanzó un par de pasos, pateando todo lo que se cruzaba por su paso, enganché el collar de Lyla a un clavo que había en la pared, mis manos temblando en todo momento, me puse en pie con cuidado, el cuchillo firmemente agarrado, acorté las distancia que nos separaba, alcé el brazo en alto, dispuesta a acuchillarlo y hacer que todo acabara de una vez, pero no reparé en mi silueta reflejada en la pared, así que cuando se giró para impedírmelo, el cuchillo acabó hundida en su hombro, pude oír como la hoja abría la carne, ver como la sangre empezaba a salir, pero ni siquiera se estremeció.

Solté el arma como si quemara, sin creer del todo que acababa de apuñalar a alguien, le miré atónita, él no perdió el tiempo y me golpeó con la culata en la mejilla, algo crujió, caí al suelo con un quejido de dolor, se inclinó sobre mí, sangre procedente de su hombro goteó en mi rostro, gemí de miedo, sabiendo que era mi fin, Lyla ladraba enfurecida, tratando de soltarse y lo lograría en cualquier momento.

Le vi alcanzar el arma, sonreir y comenzar a apretar el gatillo.

Luego, nada.