Prólogo
Frío gélido y cruel, se calaba por sus huesos haciéndole sentir como un bloque de hielo. No podía moverse, no sentía sus piernas ni la fuerza suficiente para intentar ponerse de pie, se sentía desfallecer.
Escuchaba un zumbido persistente en su oído izquierdo, le molestaba, pero no podía hacer nada, sentía como si cientas de agujas de metal fuesen incrustadas en su cráneo, su pecho se oprimía y le costaba respirar. Batallaba por su vida aunque no recordaba cómo había llegado a esa situación.
Con gran esfuerzo logró entreabrir sus ojos, veía el suelo y…fuego. Estaba boca arriba en el asfalto, no sabía dónde se encontraba, logró divisar escombros, todo estaba destruido y siendo engullido por las llamas. Aún con su borrosa visión logró divisar los restos de, ¿un auto?, ¿estaba en una carretera?, ¿cómo había llegado ahí?, no entendía nada, todo era tan confuso, como un agujero negro en su memoria.
Trató de tomar una pequeña bocanada de aire pero jadeó repentinamente al sentir una punzada en su abdomen, primero leve pero repentina, luego insoportable y dolorosa, no podía gritar de dolor, tampoco podía respirar, sentía su garganta cerrarse y como se ahogaba en un líquido espeso que escurría de su boca. Seguía sintiendo frío, el zumbido no se detenía, tampoco el sonido de las llamas quemándolo todo, a esto se le agregó un grito agonizante y ahogado seguido de su respiración forzada, su vida se le escurría entre los dedos.
Escuchó pasos, eran calmados y se escuchaban cada vez más, sea lo que sea que emitía esos pasos se acercaba, movió sus ojos con temor y con la vista sumamente borrosa divizó una silueta, no podía reconocer quién era, solo logró ver dos puntos brillantes de color zafiro donde se supone que estaban sus ojos.
–Sssssshhh, ya pasará, lo lamento tanto– le dijo la silueta desconocida con una voz suave, apagada y llena de dolor; un susurro melodioso y distante, fuera de este mundo.
Su poca fuerza le abandonaba, estaba sufriendo espasmos por la falta de aire y el dolor, se sentía bajo agua helada y cómo se ahogaba en su propia sangre hasta que, dando un último jadeo, un último esfuerzo, un último suspiro, cerró sus ojos, dejándose engullir por la oscuridad y canto sollozante de aquella voz etérea.









Ahora si me voy de viaje para el día de
Kevin ya no se que hacer con la tarea que tienes de la
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