CAPÍTULO ÚNICO
Ya habían pasado algunos meses, no... Años mejor dicho desde que mi madre me había pedido una y mil veces que revisara todas mis cajas llenas de papeles que aún permanecían en su casa. La verdad no entiendo cual es su urgencia de que fuera precisamente hoy a limpiar todo, si al parecer no le quitaba ningún espacio... Pero en fin.
Al llegar a lo que fue mi antigua casa, mi madre me recibe con un cálido beso y más efusiva de lo normal, eso sí... Seguido de una buena reprimenda por no hacer lo que me piden a tiempo.
Clásico de ella...
Ya con mi taza de café recién hecho, voy a mi viejo cuarto que ahora se ha transformado en una especie de estancia infantil para nietos y sobrinos. No pude evitar dar un exagerado bufido al ver en lo que se ha convirtido mi antiguo y preciado santuario. Ahora creo que puedo entender un poco su urgencia para que saque de una vez por todas mis pertenencias.
Sin cama, ni un asiento decente, no me queda más remedio que sentarme en una esas pequeñas sillas infantiles plegables, esas en las cuales das un movimiento en falso y vas a dar de culo al suelo en un abrir y cerrar de ojos.
Bien... Aquí vamos.
Tomo la primera caja atiborrada de papeles y comienzo a revisar hoja por hoja, e inmediatamente miles de recuerdos llegan de manera automática, al grado que por un momento agradezco estar sentado.
Casi de manera inconsciente, me encuentro sonriendo al leer mis idioteces de juventud, esas que en su momento llegué a pensar que eran lo más importante del mundo, y ahora no son más que un bonche de papeles llenos de tinta multicolor.
He perdido la cuenta de cuánto tiempo llevo en ésta incomoda silla, miró a mi alrededor y me siento satisfecho al ver que me he deshecho de dos enormes bolsas negras de basura en un santiamén, estoy muy cansado y a punto de tirar la toalla. Mis ojos parecen no dar para más, están terriblemente agotados de revisar tanto papeleo. Pero sólo me bastó mover una hoja para que mi corazón se detuviera al instante.
Ahí estaba entre mis manos...
La última tarjeta que recibí de su parte escrita con una excelente y pulcra caligrafía para ser un médico, a decir verdad. No había sido consciente que estaba reteniendo el aire, mientras mis manos sujetaban con fuerza el pedazo de papel que con tanto cariño había guardado.
No sé en qué momento mis ojos empezaron a cristalizarse al leer su contenido, sólo sé que mi corazón empezó a latir con la misma fuerza, justo cómo la primera vez que la leí, y una sonrisa involuntaria se instaló en mis labios al leer el dorso del sobre:
"Pará ti... De mí"
Así de único y maravilloso cómo siempre, con su peculiar sentido del humor, que sin importar las circunstancias, siempre lograba sacarme una sonrisa casi por arte de magia.
¿Cómo pude ser tan idiota?
Me he hecho la misma pregunta una infinidad de veces. Para ser precisos, siempre que pienso en él. Una lluvia de recuerdos llegan de golpe uno tras otro sin darme tiempo de asimilarlo.
Una infinidad de recuerdos que tuvimos juntos me abruman de sobremanera, en especial cómo hizo para salvarme en todos los sentidos, y no sólo por su amada vocación de médico. Sino porque hábilmente se las ingenió para traerme de vuelta de un mundo perdido, en dónde me encontraba totalmente vacío y destrozado.
La forma en cómo nos conocimos puede que no haya sido la mejor, ni la más tradicional. Pero aún puedo recordar ese día con claridad...
Era mediados de Julio y hacía un calor espantoso, yo estaba junto a mi abuela quién se recuperaba de una delicada cirugía, por lo que no dudé en ofrecerme a cuidarla tratando de despejar un poco mi mente.
Durante esos días mi humor era de los mil demonios, porque mientras mi abuela se debatía entre la vida y la muerte a causa de una trombosis que terminó por obstruirle el intestino, yo no podía pensar en otra cosa que no fuera en su pronta recuperación.
Tal vez el estar enfocado en ello me hizo descuidar a mi pareja. Así que mientras yo me la vivía en el hospital, mi prometido y con quién me casaría en menos de seis meses, se revolcaba a gusto con otro.
Después de que mi abuela pidió hablar con él en una evidente despedida, tal vez le pudo el gran remordimiento, porque esa misma noche llegó a mi casa en estado de ebriedad, desolado y pidiéndome perdón después de haber confesando lo que hacía a mis espaldas, admitir que su traición me dolió fue poco, pero en el fondo agradezco haberme liberado de una mala persona a tiempo.
Ignorando sus súplicas añorando un perdón que jamás llegaría, decidí dar por terminado mi fallido compromiso, y con ello mi vida sentimental, mi salud física, pero sobre todo... Mi estabilidad emocional colgaban peligrosamente de un hilo.
Con dificultad tuve que reprimir mis emociones, no podía tirarme a llorar por un tipo al cual nunca le importe, y tampoco quería que mi familia me mirase con lástima, pero sobre todo porque había prioridades. Así que toda mi atención se enfocó en ese ser que se debatía entre la vida y la muerte, y sólo por ella yo debía mantenerme en pie.
Todavía recuerdo, era catorce de julio, el calor era abrasador, mi vestimenta no era la más bonita para lucir en un hospital, dónde prácticamente estaba metido más de seis horas diarias, y para rematar con broche de oro... Gracias al calor, llevaba mi cara recién lavada, dejando todas mis imperfecciones a la vista.
Todo el piso estaba en completo silencio, de pronto la puerta se abrió abruptamente apareciendo un séquito de médicos en la habitación. Inmediatamente comprendí que eras un médico residente, lo supe en cuánto el jefe de médicos empezó a explicar el caso de mi abuela y les hacía un sin fin de preguntas, mientras que yo miraba en silencio cómo un oyente más.
Estaba tan sumergido prestando atención, que no me di cuenta que me mirabas de soslayo, sólo lo supe por que mis mejillas se empezaron a teñir de un color carmesí, fue hasta entonces que mis ojos giraron de manera inconsciente hacía tu dirección y en ese pequeño instante, tú mirada y la mía simplemente se conectaron.
En ese momento mi corazón volvió a latir con fuerza...
Tu primera reacción fue sonreír con dulzura e involuntariamente hice lo mismo, sabía que estaba mal, porque mi abuela estaba a un lado recuperándose de una peligrosa cirugía, mientras yo le sonreía cómo un bobo al guapo médico residente, del cual no tenía ni la menor idea de cómo se llamaba.
A los días siguientes, apareciste de nueva cuenta, sólo que ahora no había ningún jefe medico, y tampoco había un séquito de al menos diez residentes, sólo eras tú con un kit para curación, luciendo tan atractivo y jovial, justo tal y cómo te recordaba.
Tu presencia me hizo tragar en seco, creo que te diste de cuenta de mi reacción al esbozar esa sutil sonrisa, porque tu atractivo rostro adquirió un tenue rubor rosáceo, logrando que ambos sonrieramos con timidez.
Respiraste con profundidad, me imagino para tratar de recuperar un poco la compostura, y por fin te presentaste al tiempo que una gran y hermosa sonrisa hizo su aparición, casi al mismo tiempo que tus enormes y expresivos ojos negros adquirían un brillo especial, extendiste la mano y dijiste :
—Hasta que por fin coincidimos, me llamo Jeon Jungkook
—Park Jimin - respondí a la brevedad sorprendido por tus palabras tan directas.
Ni siquiera dude en estrechar tu mano, todavía puedo recordarlo perfectamente... Era una mano grande, y cálida, con la fuerza idónea que acunaba la mía a la perfección y era increíble cómo un ligero contacto había logrado transmirme tanta confianza.
Porque logré sentir que ya te conocía de toda una vida.
Durante el mes que mi abuela estuvo internada, tus visitas diarias no podían faltar, confieso que las esperaba con ansias. Ya habíamos dejado atrás esa línea médico - paciente. Porque cuándo menos nos dimos cuenta, ya éramos dos buenos amigos que se estaban conociendo y que definitivamente disfrutaban la compañía el uno del otro. En dónde las salidas nocturnas empezaron a ser constantes, al igual que las llamadas diarias y los cientos de mensajes a todas horas no podían faltar.
Pero a veces las cosas no siempre pueden ser cómo realmente deseamos...
Porque mientras tú llegabas a mi vida cómo un completo huracán para alegrarme la existencia, yo hacía un esfuerzo descomunal tratando de no desmoronarme en el intento.
Había situaciones que aún no me había permitido sanar. Estaban fuera de mi alcance, y algunas de ellas empezaron a superarme, y a causar estragos no sólo en mi estado de ánimo.
Esa noche estabas de guardia y casualmente fuiste a urgencias justo cuándo me acababan de ingresar a causa de una severa hemorragia, aún puedo recordar el terror que había en tu mirada al ver cómo rápidamente perdía el color al no poderme deter el abundante sangrado que salía por mi nariz y boca.
Creo que esa fue la primera vez en mucho tiempo que por fin me permití llorar, no puedo explicar lo que sentí esa noche, sólo sé que el que me hayas visto en ese estado terminó por romperme en mil pedazos.
¿Sabes que fue lo mejor dentro de lo peor?, que sin importarte nada, siempre estuviste ahí junto a mí, y en ningún momento soltaste mi mano que se aferraba con fuerza a la tuya.
Ni siquiera estabas a cargo del área de urgencias, porque tu guardia nocturna era en el tercer piso, pero eso no te importó, y sin importarte las consecuencias decidiste tomar el control y solicitaste me hicieran estudios urgentes para saber que rayos pasaba conmigo.
Pude ver el dolor en tu hermoso rostro al verme en ese estado tan deplorable, tu angustia constante al descubrir que no estaba bien, que empecé a sentirme culpable de que mi salud estuviera en picada, y tú te sentías culpable al ser médico, y no poder hacer nada para evitarlo, aunque mis palabras tratando de menguar un poco tu inquietud de nada sirvieron, porque tanto tú cómo yo sabíamos que mi enfermedad nada tenía que ver con tu especialidad. Pero eso al parecer no fue impedimento y te dedicaste día y noche a estudiar arduamente para intentar ayudarme.
Tú eras Médico General recién egresado que deseaba con ansías especializarse en pediatría, aunque tus superiores decían que tenías aptitudes para ser un excelente traumatologo, y que ironías de la vida porque te la pasabas estudiando y devorando libros sin parar de Hematología.
No pude evitar odiarme al ver el inigualable dolor en tu preciosa mirada y en cómo la frustración te sobrepasaba por no saber de que manera ayudarme cómo tú realmente deseabas hacerlo.
Si tan sólo las cosas se hubieran quedado ahí, pero los problemas crecieron cómo una enorme bola de nieve al dejar de disfrutar tu vida, para estar al pendiente de la mía, no había día y noche en que las llamadas y reproches se hicieran presentes.
Aún recuerdo las innumerables veces en las que me llamabas histérico porque no dejabas de tener malos presentimientos, y era yo lo primero que venía a tu mente.
Yo y mi precaria salud...
Durante mucho tiempo lloré en silencio tal cómo me habían enseñado, tú excesiva protección empezó a asfixiarme, tal vez porque no estaba acostumbrado a que nadie se preocupara por mí, y lo único que deseaba era desaparecer para así dejar de preocupar a todos mis seres queridos.
Con ese pensamiento de mierda, llegué a la conclusión que no era justo para ninguno de los dos, no podía seguir viendo cómo cada vez sonreías en menor cantidad, y poco a poco ese precioso brillo que había en tu intensa mirada empezaba lentamente a desaparecer.
Por mucho que te quisiera, por mucho que disfrutará estar a tu lado, no podía amarrarte a un ser enfermizo que sólo lograba preocuparte más de la cuenta.
Así que tras pensarlo bien, esa noche cuándo llegaste a mi casa en plan de medico particular en lugar de ser mi pareja, supe que tenía que hacer lo correcto.
Tal cómo era de esperarse...
Nuestro adiós resultó ser más doloroso de lo que jamás imaginé ni en mil años. Aún me persigue tu mirada abatida y desolada, porque con cada palabra que lograba salír de mi boca, resquebrajaba sin piedad tu bondadoso y noble corazón.
Nuevamente me odie por ello...
Tu atractivo rostro no podía dar crédito a mi sorpresiva decisión, puede ser que tal vez me odiaras por querer terminar con eso tan hermoso que tuvimos, y la verdad no te culpo. Porque a pesar de que tenías tantas preguntas del porqué lo estaba haciendo, simplemente bajaste la mirada en señal de derrota al saber que no había poder humano que me hiciera cambiar de opinión.
Pudiera ser que tuvieras leves sospechas de que se acercaba nuestro final, y aún así, me diste una última tarjeta, recuerdo que me pediste que la leyera después de que te hubieras marchado. En un principio me sorprendió, pero después entendí el porqué de tu extraña petición, porque en efecto... Me dejó completamente devastado.
"Cada que escuches la canción Agua de Jarabe de Palo, por favor piensa en mi... "
Esas fueron las últimas palabras escritas al final de la tarjeta en una evidente despedida. No pude evitar poner la canción una y otra vez durante toda la noche, dónde lo único que provocó fue desear arrancarme el corazón para salir corriendo desesperado para ir a buscarte.
Pero no lo hice, cómo el cobarde que soy...
Al final de cuentas, tú dedicación dio resultado, obtuve un buen tratamiento y mi salud mejoró. Pero está de más decir que mi corazón quedó completamente marcado por ti.
Si tan sólo pudiera verte una vez más para darte las gracias por todo lo que hiciste por mi, por haberme salvado en todos los aspectos posibles, y también para pedirte perdón por haber tomado una mala decisión, que sólo dejó dos corazones heridos.
Porque no puedo negar que tú y yo éramos perfectos juntos, con tus histérias y mi enfermedad, pero tristemente coincidimos en un mal momento.
El renunciar a ti ha sido una de las decisiones más difíciles que pude haber tomado, y no hay un sólo instante en que me pregunté ¿Qué hubiera pasado si...?, pero desgraciadamente el hubiera no existe, así cómo tampoco puedo regresar el tiempo.
Sólo deseo de todo corazón que la vida te apremie porque eres un extraordinario hombre y un magnífico médico.
Jamás creí a pesar de los años, el dolor se seguiría sintiendo igual o peor.
—¿Porqué tardas tanto? ¿Qué no piensas salir? - la tranquila voz de mi madre me trae de vuelta al presente.
—Voy...
—¿Qué es eso? - señala curiosa al ver cómo me aferro a ese pedazo de papel.
Un intento de sonrisa se hace presente, al mismo tiempo de unas inmensas ganas de llorar. Joder, lo que me faltaba... En serio estoy empezando a sentirme fatal.
Respiro profundo ante la quisquillosa pregunta de mi madre.
—Es una tarjeta que me regaló Jungkook - respondo en medio de una pausada exhalación
—¿Jeon Jungkook? - pregunta entusiasmada y sólo me limitó en asentir.
Los ojos de mi madre se abren de par en par, y su mirada sé ilumina, sé que ella también lo recuerda con cariño y gratitud por todo lo que hizo.
—Y ¿Qué esperas para llamarle?
—No tengo su número - refutó al instante
—A veces pienso que te gusta hacerte tonto - contesta sin una pizca de vacilación
—No creo que quiera hablar conmigo, no después de todo lo que pasó entre nosotros.
—¿Y tú cómo sabes eso? - vaya... Si que se está poniendo intensa.
Suspiro cansado ¿Acaso debería buscarlo? ¿Qué se supone que le diga después tanto tiempo? ¿Con qué ojos le miraré a la cara?
—Jimin, - mi madre me levanta el mentón — te puedo asegurar que él también se muere por verte - dice con total convicción que hasta me sorprende.
—No sé si pueda hacerlo, además... Él nunca volvió a buscarme - replicó bastante dolido
Mi madre sonríe con demasiada ternura y de pronto me siento protegido por su cálido abrazo, desde que llegué a casa está, ha estado actuando de manera extraña.
—A veces pienso que no eres mi hijo - refunfuña con auténtica exasperación.
—Oye, me ofendes... - protesto
—Jimin, si Jungkook no te buscó fue porque le pediste tiempo, ¿Ya lo olvidaste? - su voz empieza a sonar un poco condescendiente —además... Yo creo que él no deseaba presionarte y puede que tal vez haya pensado que tú lo buscarías cuándo estuvieras listo.
Me separó de golpe...
Le miró atónito, mi corazón late a mil por hora gracias a lo que ha dicho, ni siquiera me atrevo a preguntar cómo es que sabe eso, porque yo no recuerdo haberle mencionado nada.
—¡Quita esa cara, cielo!
Me alegra que mi confusión le resulte tan divertida.
—Buscalo, Jimin... Yo sé lo que te digo.
Muevo la cabeza en negación con rapidez...
—No puedo - mi voz apenas y si es audible.
—Si te animas... Lo encontrarás en el Hospital Ángeles - abro los ojos cómo platos y mi madre sonríe con júbilo —ahora es el jefe de Hematología
Quiero hacerle mil preguntas, pero las palabras sólo forman un nudo en mi garganta y creo que hasta empieza a faltarme el aire.
—Tal vez omití decirte que me lo encontré el viernes pasado, y por cierto... Está más guapo que nunca
Mis mejillas se tiñen de rojo, mi cuerpo empieza a temblar, mil pensamientos cruzan por mi mente, no sé qué hacer... Mucho menos que decir, sólo sé que mi corazón ahora late desbocado.
—Anda ve a cambiarte rápido - da un chasquido de dedos al aire y le miró con el ceño fruncido. —bueno... Puede que también haya omitido que tendrémos invitados a cenar
—¿Eh?
Justo en ese instante suena el timbre y mi madre sale hecha un bólido, dejándome con la cabeza hecha lío y un completo pasojo de emociones en mi interior.
Escucho algunos balbuceos en el recibidor y la risa exagerada de mi madre me hace poner los ojos en blanco.
Después... Silencio total
—Me alegra ver que no has cambiado nada - su grave y suave voz me taladran los oídos, tengo miedo de alzar la vista y ver con quién voy a encontrarme después de tanto tiempo.
—Hola - mi voz apenas sale en un hilo, pero sigo negando verle
—¿Puedo? - pregunta si puede entrar a mi habitación, cómo si no lo hubiera hecho miles de veces en el pasado.
—Claro.
Estoy soñando...
Eso es...
Todo esto no es mas que un sueño, y uno muy bonito por cierto... Me repito mentalmente una y otra vez
—Me da gusto volver a verte, y saber que estás bien - su voz es calmada y tan relajante cómo siempre, que me hace sonreir al instante
—A mí también me da gusto verte... - por fin le miro y hago un esfuerzo sobre humano para no ponerme a llorar.
Mi madre no mentía al decir que estaba más guapo que nunca. Es más... Creo que se ha quedado corta, ahora que lo veo con mis propios ojos.
Su pelo negro azabache está peinado de lado, su precioso rostro ha adquirido madurez, su cuerpo aún es delgado pero con un perfecto tono muscular, ya no tiene esa pinta de ser un chiquillo ansioso por querer leer la biblioteca entera.
Frente a mis ojos está el hombre más perfecto que jamás haya conocido.
El silencio se hace presente...
Por la forma en cómo me mira intuyo que él también está evaluandome y me doy un golpe mental por mi terrible aspecto.
¿Porqué no habla?
¿Porqué yo no puedo decir nada?
¿Porqué no soy capaz de decirle todo eso que he estado deseando decirle por tantos años?
Dos suspiros se hacen presentes
—Yo... - decimos al mismo tiempo
Bajo la vista apenado, en cambio él tiene su mirada brillante y fija sobre mí, los dos estamos a la espera de la reacción del otro.
—¿No te molesta que...? -
—No... No... No... Para nada, - le interrumpo apresurado - al ver su incomodidad.
Suspira con sus manos dentro de su elegante pantalón de vestir.
—Sólo estoy bastante sorprendio, eso es todo - admito y el asiente con la cabeza dando un largo suspiro para después morderse el labio inferior —de hecho mi mamá acababa de decirme que tendríamos invitados para cenar, pero no pensé que fueras tú - confieso con timidez.
—Si, nos encontramos hace un par de meses por casualidad, y desde ahí hemos coincidido en varias ocasiones. - dice apenado al darse cuenta que yo no estaba enterado
—Me da gusto ver que estás bien - comentó en un hilo de voz
—Tal vez sólo lo esté por fuera, porque ojalá pudiera decir lo mismo de aquí dentro - señala su corazón y su confesión me hace mirarle con ojos acuosos.
—Lo lamento tanto - el primer sollozo se hace presente —nunca quise hacerte daño, lo juro - por fin confieso al tiempo que me dejó caer en la sillita infantil.
Espero paciente a que diga algo. Deseo que me grite y me diga lo mucho que me odia por haberle roto el corazón, que he sido un imbécil y un cobarde de mierda por tomar malas decisiones.
Pero... Para mi sorpresa, no dice nada, solo le escucho suspirar, y ese tiempo aprovecho para limpiar mis patéticas lágrimas.
Me quedo incrédulo en cuanto toma la otra sillita que cruje al instante en que toma asiento frente a mí.
—Hola, mi nombre es Jeon Jungkook, tengo treinta y dos años, soy médico hematólogo, y confieso que es un auténtico placer poder coincidir contigo una vez más. - extiende su gran mano a la espera que la acepte.
—Hola Jungkook, mi nombre es Park Jimin, tengo treinta años y soy maestro de un jardín de niños, creeme que el placer de reencontrarme contigo es todo mío - estrecho su mano con firmeza y el sonríe iluminando la habitación.
De nuevo se hace presente el silencio, pero éste ya no es incómodo, ahora mis ojos verdes están fijos en sus hermosos ojos negros, hasta que se escucha que llaman a la puerta.
Mi madre asoma la nariz con una enorme sonrisa llena de satisfacción cómo si estuviera complacida con el resultado.
—La cena está lista, además esperan por ti en la sala - le dice mi madre tranquilamente
—Ya vamos - respondo y con eso sale despavorida del cuarto
Automáticamente él se pone de pie y una vez más lo imitó, su intensa mirada me observa con detenimiento, como si estuviera buscando las palabras idóneas.
—He traído compañía - susurra finalmente —espero que no haya ningún problema - ahora detectó una pizca de inquietud
—De ninguna manera - respondo en automático
¿Qué pasaba por mi mente?, me doy un golpe mental, ¿Acaso en verdad pensaba que él iba a esperarme toda la vida?, Pero... por supuesto que no.
Jungkook no sólo es un hombre muy guapo, también tiene un corazón bueno y puro, además de que es un excelente médico, él es todo lo que se conoce cómo el partido perfecto.
¿Quién en su sano juicio lo rechazaría... ? Me doy una patada en el culo al ser consciente de la repuesta.
—Anda a cenar que mi madre no tardará en venir de nueva cuenta - digo señalando la puerta en cambio él no deja de verme con total confusión por mi bajón anímico.
—¿Estás bien?
—Sip, sólo necesito un minuto - él asiente no muy convencido
No sé si podré salir al comedor y ver la escena que estoy a punto de presenciar, porque sé que será algo muy doloroso de ver, así que en cuánto veo que está a punto de salir de mi habitación me apresuró a hablar.
—Jungkook... - suelta el pomo de la puerta y se gira para verme —gracias por todo lo que hiciste por mí - mis ojos se cristalizan al instante —nunca pude decírtelo, pero si estoy aquí es gracias a ti - mi voz sale entrecortada y me siento de lo peor al ver cómo una lagrima desciende por su mejilla —gracias por haberme salvado y haberme traído de vuelta - por fin después de tanto tiempo pude decirlo.
—No tienes nada que agradecer, porque tú mejor que nadie sabe que hubiera bajado hasta el mismisimo infierno por ti, Jimin - bien... Ahora soy yo quién está llorando a mares.
Doy un largo suspiro y miro al cielo tratando con todas mis fuerzas que mis lágrimas dejen de descender, pensar que hay alguien esperando por él parece dar resultado.
Automáticamente él da una larga y profunda exhalación, mientras se limpia con brusquedad el rostro, cómo si también hubiera estado esperando siglos oír mis palabras.
—Anda ... Ve y disfruten su cena - intento esbozar una sonrisa, pero parece más una mueca.
—¿Qué? ¿No vienes? - pregunta bastante confundido, y me apresuró a negar con la cabeza.
—No - respondo en seco —olvidé que ya tenía un compromiso.
Tomo mis cosas con premura ante su atenta y desconcertante mirada, soy consciente que ha pasado mucho tiempo desde nuestra fallida historia. Sé que él tiene todo el derecho del mundo de rehacer su vida, pero el hecho que lo acepte... No significa que no me duela.
—Se quedan en su casa - le miró con rapidez regalandole una débil sonrisa antes de salir huyendo cómo ya es costumbre.
Pasó por su lado y su cercanía sigue siendo apabullante, el que me vaya de aquí no es un acto de cobardía, se llama sensatez.
—Buenas noches, se quedan en su casa, disfruten su cena - digo con rapidez pasando de largo sin mirar a nadie tratando de llegar a la puerta principal.
Puede ser que esté actuando de manera infantil, y puede que esté siendo bastante grosero al salir corriendo cómo lo estoy haciendo, pero necesito salir de aquí antes de que termine por romper en llanto.
Mi teléfono empieza a sonar y me imagino que será mi madre, no puedo responderle. Primero que nada, necesito calmarme. Todo ésto me ha pegado de golpe cómo un verdadero tsunami.
Por primera vez, agradezco haber dejado el carro lo bastante lejos. Una vez dentro, lanzó todo al asiento del copiloto. Ni siquiera me tomó el tiempo de bajar las ventanas, en cambio agradezco una vez más a los vecinos que ocuparon mi estacionamiento.
No me preocupo en encender el carro, sólo me quedó ahí... Inerte y en silencio total a qué los sentimientos que llevó a flor de piel empiecen a manifestarse.
No pasa mucho para que las ventanas empiecen a empañarse por mi patético llanto y me odio por ser un cobarde y no afrontar la realidad.
En medio de mis desgarradores sollozos escucho que tocan la ventana del carro, me limpio la cara inútilmente, lo que menos quiero es preocupar a mi madre.
Cuándo levanto la mirada, no es mi madre quién entra en mi campo de visión, ahí está él de pie con el ceño fruncido.
—Joder... - exclamó sólo para mí.
—Baja del auto - su tono ahora es severo — tú y yo necesitamos hablar - ya no es una petición, es una orden.
—Vuelve a casa, Jungkook...
—Jimin, juro que si no sales del auto voy a romper la ventana y yo mismo te sacaré de ahí.
Respiro profundo, me limpio la cara, cuando bajó el visor para ver que aspecto tengo, maldigo en silencio.
Tengo la cara hinchada y roja, mis ojos están más pequeños que de costumbre, en verdad doy pena. Pero conozco bien a Jeon Jungkook cuándo se molesta, y no es una versión que desee revivir.
Muy a mi pesar, salgo a regañadientes de mi Jetta rojo y me doy de bruces con su firme torso.
—¿Hasta cuándo va a ser suficiente, Jimin? - pregunta con un gruñido y le miró confuso
No puedo hablar, las palabras no salen, mi boca no se mueve, y al parecer mis labios han decidido sellarse con pegamento de cola.
—¿Hasta cuándo vas a seguir huyendo? - pregunta con gran frustración
Me toma por los hombros en señal de desesperación al ver que no soy capaz de formular palabra alguna.
—¿En serio?¿No piensas decir nada? - me suelta de repente y pasa sus manos por el cabello, lo conozco... Está a punto de darse por vencido.
—¿Qué esperas que te diga? - mi patética voz a penas es audible
—Pienso que haber aceptado la invitación de tu madre ha sido un completo error, es evidente que hace mucho deje de importarte. - está destrozado.
Bajo la mirada abatido ¿Qué dejó de importarme?, de verdad que está completamente ciego.
—Tu acompañante te espera... - esboza una sonrisa y las arrugas se marcan en el contorno de sus ojos
—Dijiste que estabas bien con ello - refuta a modo de reproche, y camina de lado a lado tratando de mantener la cordura.
—Y lo estoy - miento lo mejor que puedo — tienes todo el derecho de rehacer tu vida, y me da gusto que lo hayas hecho. - las palabras me saben a un amargo hiel.
Detiene sus movimientos en seco
Mi respiración se vuelve pesada en cuánto corta la poca distancia que nos separa logrando quedar frente a frente.
—¿Qué yo qué...?
Sus grandes ojos negros se me clavan en la cara en busca de una respuesta lógica a lo que está pasando.
—Llevó ocho malditos años viniendo entre penumbras, Jimin. Ocho años en los que no he dejado de preguntarme que fue lo que hice mal para que salieras huyendo cómo lo hiciste esa noche.
Sus palabras se clavan como dagas en lo profundo de mi corazón que no dejan de doler con cada maldito segundo que pasa.
—Mi único consuelo, era saber que tú al igual que yo también estabas hecho mierda, porqué ninguno de los dos fue capaz de superar lo que teníamos.
—Yo... -
—Para tu información quién está en la sala, esperando es un colega del hospital que estaba conmigo cuándo tu madre me invitó a cenar, y por cortesía también lo invitó.
Me siento terriblemente patético y sumamente apenado por la inmadura escena que me he montado.
—Honestamente... Creo que ocho años ha sido suficiente tiempo para pensar las cosas, no te voy a pedir que retomemos dónde nos quedamos, porque ni tu ni yo somos ese par de jóvenes. Pero si me gustaría que empezaramos de cero.
Le miró pletórico, sigo sin poder gesticular ni media palabra, en cambio me alzó de puntillas y lo beso, han sido ocho largos años desde la última vez que probé sus labios y no puedo dejar pasar más tiempo.
—¿Eso es un si?
—Si - susurro en la comisura de sus delgados labios.
Sorpresivamente me suelta, su mirada se ha vuelto cariñosa y no duda entrelazar su mano con la mía para acariciarla con ternura.
—Empezaremos de cero - afirma —ahora vamos, que tu madre se ha quedado muy preocupada al ver que salías cómo alma en pena.
Suspiro una vez más, pero ahora es gracias a la calidez que me transmite su firme agarre, le miro de soslayo y lo sorprendo mirándome.
—¿Qué? - preguntó curioso en medio de la calle.
—Tengo miedo - responde con honestidad
—¿De qué tienes miedo?
Baja su mirada, y tras lo que parece ser una eternidad por fin parece tener la intención de hablar
—De qué esto sea uno más de los tantos sueños que he tenido contigo desde que lo dejamos - admite con profunda tristeza —tengo miedo que suene el odioso despertador, y al despertar me dé cuenta que sólo ha sido un hermoso sueño, uno en el cuál por fin te tenía de vuelta en mi vida.
Dios ¿Qué carajos le he hecho a éste hombre?
—Me pasa lo mismo - confieso —pero ahora es real... Tú y yo en éste momento, aquí y ahora juntos es real - lo repito en mi mente una vez más tratando de convencerme que no es una ilusión mía.
Permanecemos en medio de la calle mirándonos fijamente, sin importarnos el sonido de los carros a su paso, es cómo si de momento sólo fuésemos él y yo, y nadie más. Es cómo si los dos desearamos fervientemente grabar éste instante en lo más profundo de nuestra memoria y conservarlo ahí para siempre.
—Nunca he dejado de amarte, Jimin - susurra juntando su frente con la mía. —nunca ni en mil años podría borrar ésto que siento por ti, juro que no miento cuándo te digo que bajaría al infierno por ti y subiría hasta el cielo con tal de verte sonreír, lamento si mi forma de amarte te hizo correr lejos de mi, pero... -
—Te amo, Jungkook. No hay día que no me arrepienta de haber hecho lo que hice. Te amo tanto que lo menos quería es que estuvieras unido a una persona enfermiza y dejaras de ser tú, porque todo el tiempo estabas preocupado por mi.
—Eres un idiota por pensar de esa manera.
—¿En serio soy un idiota?, por favor, Jeon... ¿Dónde dejaste el sueño de especializarte en pediatría? - frunce el ceño —porque si no más recuerdo ahora eres Hematólogo, y ambos sabemos porqué empezaste a estudiar eso.
Guarda silencio un instante...
—Tal vez esa siempre fue mi verdadera vocación y la descubrí cuándo conocí a un guapo joven que le encantaba tirar su valiosa sangre, a pesar de saber que su tipo sanguíneo es escaso. - me besa la nariz con ternura.
—¿A qué hora piensan entrar a cenar? - la chillona e histérica voz de mi madre resuena por todo lo alto.
—Ven, vamos a cenar antes que tu madre se vuelva loca - sonríe —de paso, nos ponemos de acuerdo para nuestra primera cita la próxima semana - volteó a verle rápido
—¿Hasta la próxima semana?
—Está semana tengo que asistir a un congreso en Seúl, ojalá y pudiera faltar... Pero no puedo, soy el orador principal, así que si... Aunque no me guste la idea, nos veremos hasta la próxima semana.
—¿Es una promesa?
—Es una promesa, cariño.
Sin decir nada más, entramos a la casa de mi madre para disfrutar de la deliciosa cena que seguramente ha preparado con esmero para Jungkook.
Ahora entiendo perfectamente la insistencia de mi madre para que viniera precisamente hoy a la casa con el pretexto que desocupara el resto de mi vieja habitación.
Ella fue quién planeó todo sigilosamente y a hurtadillas para que Jungkook y yo por fin nos volviéramos a encontrar después de tantos años, sabiendo que ninguno de los dos era lo suficientemente valiente para dar el primer paso y admitir nuestros abominables errores que sólo lograron destrozarnos.
Es cierto que ya no somos ese par de jóvenes que soñaba con comerse el mundo de un bocado, han pasado ocho largos años y ninguno de los dos quiere dar un paso en falso.
Es por eso que dejaremos que el tiempo haga su trabajo de manera natural y sin presiones, y que pase lo que tenga que pasar entre nosotros.
Holis, joder vuelvo a leerlo, y de nuevo siento ese enorme nudo en el estómago. Porque lo que ustedes acaban de leer, fue mi fallida historia de amor, pero mi versión no tuvo ese felices por siempre. Porque el día que nos dijimos adiós, no volví a verle.
Solo que quise que en esta historia ellos quedarán juntos, como me hubiera gustado que sucediera.
Anyways. Si éstan leyendo en este punto, no me queda más que decirles mil gracias por la oportunidad. Espero que lo hayan disfrutado mucho. cuídense y nos estamos leyendo pronto.
Les amito muchísimo, Kisses
Dolly ❤️