Capítulo 1
El Inicio del Silencio
En el corazón del Imperio de Eldoria, más allá de las montañas de plata y los ríos que cantaban antiguas canciones, reinaba el Emperador Hugo I del Linaje de los Soles. A sus 35 años, Hugo era un líder venerado, de mirada firme y corazón noble, cuya justicia era temida por los corruptos y amada por su pueblo. Sus hombros llevaban el peso de una corona forjada en siglos de gloria y sacrificio, y su palabra era ley, tan firme como el hierro, tan sagrada como el amanecer.
A su lado, como joya de su trono y luz de su vida, estaba la Emperatriz Aveline. De belleza sin igual, era llamada “la Rosa de Marfil”, pues su piel parecía esculpida en porcelana y su voz tenía la dulzura de un laúd en calma. No había noble, ni doncella, ni reina en reino alguno que se le pudiera comparar. Era amada por el pueblo y adorada por su esposo. Entre ambos existía un amor que los bardos cantaban en cada rincón del imperio; una unión que parecía tocada por los mismos dioses.
El matrimonio era feliz. Risas suaves llenaban los jardines imperiales, y en las noches de luna llena, aún se les podía ver paseando tomados de la mano, como si el tiempo no hubiera tocado sus almas. Pero la felicidad en palacio, como en todos los imperios, siempre tiene un precio.
Con los años, una sombra silenciosa comenzó a posarse sobre la corona. En las cámaras privadas, lejos de las miradas del pueblo, los susurros se volvieron inevitables. Los médicos reales, tras años de discretas visitas y plegarias inútiles, trajeron finalmente una verdad que partió el corazón del Emperador: la Emperatriz no podía concebir herederos.
Para muchos, era una simple tragedia política; el Imperio de Eldoria necesitaba un heredero para mantener la paz y la sucesión. Pero para Hugo… era algo mucho más profundo. Él deseaba ser padre. No por el deber, sino por el anhelo. Quería alzar en brazos a un pequeño con sus ojos y el alma de Aveline. Soñaba con enseñarle a montar, a leer los antiguos textos, a gobernar con honor.
Pero ese sueño se desvaneció como niebla al sol.
Esa noche, cuando la verdad se confirmó, Hugo no gritó, ni rompió nada. Solo se quedó sentado en su trono, con la mirada perdida en la oscuridad, mientras las antorchas titilaban como estrellas moribundas. Y en sus ojos se dibujó la primera grieta de lo que sería un imperio de apariencias, donde el amor comenzaría a callar… y el deber, a gritar.









voy a empezar a leerla se ve interesante
Apenas comienza y no quiero dejar de leerla, me encanta!!!