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Ecos del Abismo

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Sinopsis

Alex Ortega tiene ocho años cuando construye algo que ningún humano debería ser capaz de crear: una nave espacial. Un fallo en su primer vuelo lo arroja lejos de la Tierra, a una galaxia gobernada por razas alienígenas y juegos de poder que deciden el destino de mundos enteros. Allí descubre que su planeta no es tan insignificante como cree… y que ya ha sido marcado como objetivo. Atrapado en un conflicto que no entiende del todo, Alex deberá enfrentarse a una decisión imposible para alguien de su edad: luchar por la Tierra o condenarla sin siquiera saberlo. Cuando logra regresar, nada vuelve a ser igual. Porque lo que vio más allá de las estrellas no ha desaparecido… y alguien tendrá que preparar a la humanidad para lo que viene. Esta es la historia del niño que se convirtió en el primer defensor de la Tierra. [Nota del autor (Ucronía): Esta historia es una ucronía de ciencia ficción. Explora una realidad alternativa donde la historia tal como la conocemos fue sutilmente alterada a partir de 1982, tras el primer contacto con presencias no humanas y el surgimiento de la Unión Terrestre. Los eventos históricos, geopolíticos y las tramas personales de esta época (como la década de 1980 en plena Guerra Fría) se entrelazan con tecnología avanzada y conspiraciones ocultas que operan bajo el umbral de la historia oficial.]

Genero:
Scifi
Autor/a:
Elian Vescard
Estado:
hace un día
Capítulos:
35
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1

La puerta del cuarto se entreabrió con un crujido apenas perceptible.

Una mujer asomó la cabeza y estudió la penumbra un instante antes de entrar del todo.

—¿Está dormido? —preguntó un hombre desde el pasillo, sin atreverse a cruzar el umbral.

—Sí, está roque —susurró ella, y cerró la puerta con el cuidado de quien camina sobre cristales.

Cuando el pestillo encajó en su sitio, Alex abrió los ojos.

—Iris —indicó el niño—. Escanea la casa. Indícame si mis padres están ya en su cama.

—Iniciando el escaneo —respondió una voz femenina y metálica—. Afirmativo. Tus padres están en su cama.

—Bien, vamos —ordenó el niño mientras se levantaba.

Alex encendió la luz de la mesita de noche de su habitación.

—¿Está todo preparado? —le preguntó a Iris.

—Sí, excepto una cosa... —Hubo un pequeño silencio.

—¿El qué? —preguntó Alex, frunciendo el ceño.

—Vas a probar la Quimera, ¿verdad? —preguntó Iris.

—Sí, ¿qué pasa con eso?

Iris no habló durante unos segundos.

—La misión es un viaje de prueba desde la Tierra a Alfa Centauri.

—Sí, ¿y?

—¿Y si algo falla? ¿Y si en vez de la noche de la prueba sucede algo y tardamos más tiempo en volver? ¿Cómo explicarás tu ausencia durante días?

—Mierda —exclamó Alex.

Se llevó las manos a la cara: con las ganas de la prueba, aquel detalle se le había escapado por completo.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó Iris.

Alex no respondió. Su cabeza no hacía más que cavilar buscando una solución.

—¡Ya lo tengo! —exclamó.

Se agachó y miró debajo de su cama. Sacó un pequeño baúl que depositó sobre la mesita.

Lo abrió, metió la mano y extrajo una bola metálica dorada.

La dejó encima de la cama y presionó un botón.

Durante unos segundos no ocurrió nada. Luego, la bola comenzó a transformarse.

La superficie dorada vibró y se separó en miles de placas nanométricas que levitaron en el aire, emitiendo un zumbido magnético.

Las piezas se expandieron formando un esqueleto de luz líquida que se reorganizó a la velocidad del rayo.

El metal adoptó volumen, proyectando fibras sintéticas que simularon músculos, piel y tela, hasta moldear cada facción de la cara de Alex, el desorden de su cabello e incluso el estampado de su pijama.

En un par de segundos, el destello dorado se apagó y sobre la cama quedó recostada una copia exacta de sí mismo, respirando con una simulación perfecta de sueño profundo.

—Ya está —precisó Alex, tapando a su copia con la manta—. Vámonos.

Iris suspiró a través del pinganillo que Alex llevaba en el oído.

—¿Lo piensas dejar así? —indicó Iris.

—¿Así cómo? No te entiendo, Iris.

Esta resopló.

—Para ser el ser humano más inteligente del planeta, algunas veces eres un poco espeso. Me refiero a que, si tardamos días o semanas, tu copia no va a estar todo el tiempo en la cama. Y, sobre todo, necesitará un mínimo de inteligencia para simular que mea, caga o come.

Alex volvió a pensar.

—¡Ya lo tengo!

Volvió a revisar el pequeño baúl y sacó una esfera más pequeña, del tamaño de una canica. La dirigió hacia la cabeza de su copia y esta se introdujo en ella.

Después sacó una especie de mando y pulsó varios botones.

De pronto, del dispositivo proyectó un holograma que mostraba la esfera en el cerebro del clon. Aparecieron varias letras: Iniciando encendido de la IA SAT-1. Iniciando proceso de memoria estándar en el clon. Memoria elegida: Estándar. El proceso se habrá completado antes de las 8:00 a. m.

—Bien, esto ya está. ¿Nos podemos ir o hay algún otro asunto que resolver? —le preguntó a Iris.

—Negativo —indicó Iris—. Aunque seré sincera: no me gusta dejar a una IA sola y sin control en la Tierra.

Alex se rió.

—Tú eres una IA.

—Ya lo sé, pero... En fin, dejemos esto y sal de la casa. A este paso, cuando queramos salir ya será de día.

Alex suspiró.

—Vamos —dijo.

Abrió la puerta de su cuarto y se dirigió a la salida. Abrió la puerta principal despacio, tratando de hacer el menor ruido posible.

Cuando salió, la cerró tras de sí y comenzó a correr hacia las cuevas cercanas a los Picos de Europa, donde había construido su base secreta.

El viento de las montañas le rozaba la cara. El frío de la noche se le colaba bajo la ropa. «Debí haber cogido la chaqueta», se decía a sí mismo.

Llegó a la zona donde estaba oculta la entrada secreta. Pulsó un botón en el reloj que llevaba en su muñeca izquierda.

Una parte de la pared de la montaña comenzó a iluminarse de un azul brillante hasta que pareció desaparecer.

Alex entró y la puerta volvió a cerrarse, dejando a la vista únicamente la roca desnuda.

Dentro comenzó a caminar por los pasillos. Tardó unos diez minutos en llegar a la gran cueva donde se encontraba la Quimera.

Al llegar, sus ojos se dirigieron hacia la nave. Era una imponente estructura de silueta aerodinámica, pulida, construida con una aleación negra matizada que parecía absorber la luz a su alrededor.

No tenía aristas ni remaches visibles; sus líneas eran continuas, casi orgánicas.

La nave flotaba sobre el abismo de la cueva, unida solo por una rampa con barandilla que conducía a la compuerta de entrada.

Alex caminó por la rampa y, al llegar, la compuerta se abrió de manera automática.

Al entrar, quedó envuelto en la iluminación tenue e indirecta de los paneles led empotrados en las paredes de polímero claro.

El interior respiraba un diseño futurista, minimalista: no había cables ni tuberías expuestas, solo superficies limpias, pantallas holográficas flotantes y un ambiente presurizado con olor a metal fresco y ozono.

En el centro del puente de mando destacaba el sillón del capitán, acolchado, rodeado por una consola de interfaz táctil.

Se sentó en el sillón de mando y comenzó a teclear a toda velocidad.

Los motores de antigravedad comenzaron a funcionar, emitiendo una vibración suave sin generar ruidos molestos.

—Iris, ¿preparada para el despegue?

—Sí, Alex —respondió la IA—. Estoy preparada.

—Bien —respondió Alex—. Allá vamos.

La rampa comenzó a retraerse y a alejarse de la nave. Los motores funcionaban al cien por cien, en completo silencio.

Alex pensó que, a su lado, los propulsores de la NASA o de cualquier otra agencia espacial habrían parecido rudimentarios cañones tronando para poner en órbita una masa de metal susceptible de estallar a la menor falla.

—Iniciando desfase de realidad en cinco segundos.cuatro, tres, dos, uno...

Un zumbido agudo, casi imperceptible para el oído humano, vibró en el aire.

—Quimera desfasada al noventa y ocho por ciento.

—Bien, Iris. Salgamos.

La IA obedeció y los motores impulsaron la nave hacia arriba.

La Quimera ascendió y comenzó a atravesar la masa sólida de la montaña.

En una experiencia irreal, los Picos de Europa —sus vetas de roca caliza, cavidades y raíces de piedra— atravesaron el fuselaje desfasado como si la materia fuera una simple niebla sin densidad.

Cuando la nave emergió por completo en la superficie de la noche cantábrica, Iris desactivó el sistema de fase y activó el de ocultación.

El fuselaje comenzó a refractar la luz nocturna hasta desaparecer por completo.

Si alguien hubiera estado observando el cielo en ese instante, solo habría visto una silueta distorsionarse en el aire hasta difuminarse en la nada.

—Iris —indicó Alex—, salgamos del planeta.

Los motores vibraron con mayor intensidad y la Quimera se lanzó hacia el firmamento.

A través de la pantalla principal del puente, Alex contempló cómo el azul profundo del cielo nocturno se oscurecía hasta convertirse en el negro absoluto del espacio.

Las luces de las ciudades europeas se redujeron a diminutos puntos dorados, mientras la curvatura de la Tierra se recortaba contra el cosmos.

El corazón le latía desbocado ante la inmensidad que se extendía al otro lado del cristal.

La Quimera frenó en seco fuera de la atmósfera. Alex activó el sistema de cartografía y localizó Alfa Centauri, su destino.

—¿Introduzco las coordenadas? —preguntó Iris.

—No —respondió Alex—. Las introduciré yo.

Tecleó con agilidad marcando la secuencia numérica del rumbo.

—Desplegando los anillos warp —indicó Iris.

Los anillos que rodeaban el fuselaje, hasta entonces replegados sobre la estructura, se extendieron y alinearon con precisión geométrica.

Cuando terminaron de acoplarse, Alex tocó la consola para activarlos. Un zumbido de pura energía comenzó a resonar a medida que la potencia fluía hacia los anillos.

—Preparados para el salto. Dos minutos y contando —dijo Iris—. Un minuto y medio...

El sonido aumentó de frecuencia; la energía alimentaba los anillos con una rapidez vertiginosa.

—Cinco, cuatro, tres, dos, uno...

Los anillos liberaron una descarga de energía electromagnética que distorsionó el espacio-tiempo alrededor del barco, contorsionando la luz de las estrellas cercanas y creando una burbuja warp.

Dentro del campo, el espacio por delante de la nave se comprimió drásticamente mientras el de atrás se expandía.

En una fracción de segundo, la onda gravitacional se cerró y la Quimera se disparó hacia adelante, dejando tras de sí un brevísimo destello violeta antes de desaparecer por completo del sistema solar.

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Diálogos potentes

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author

Hello.
wow this is a good story, Do you have a beta reader who gives you feedback on your books before publishing them.

6 meses

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