I
El sol apenas comenzaba a asomarse sobre los campos dorados del reino de Ambstar cuando el sonido de campanas anunció la llegada de un nuevo miembro a la familia real.
Era el año 1820 y el invierno aún se aferraba a los campos, cubriendo los árboles con escarcha y un silencio que parecía contener la respiración del mundo.
En el ala más protegida del palacio, nació un niño de cabellos dorados como trigo maduro y ojos tan azules que parecían robarle al cielo su mejor día.
Lo llamaron Katsuki, Katsuki Ambstar. El único hijo del rey Edmund y la reina Celeste, fue recibido con orgullo y temor: desde la cuna, el destino ya lo miraba con interés.
Creció entre mármol frío, retratos de ancestros que jamás sonreían y estrictas lecciones sobre liderazgo, gloria y obediencia.
Su padre, el rey, era una sombra constante que enseñaba con voz firme y mirada de hielo. Pero no estaba solo. A su lado, siempre, Víctor, Víctor Jones Harrison.
Víctor llegó al palacio cuando aún era un niño flaco y serio, dos años mayor que el príncipe, fue críado para seguir toda orden del príncipe, lo entrenaron para ser su escolta, su sombra y algunas veces su guía. Pero el destino no supo de límites. Aquel chico, que un día le ofreció una manzana robada del jardín real, terminó por ocupar un lugar más íntimo: el de la única persona con la que Katsuki podía ser él mismo, el destino le dio un lugar que no pidió además de ser solamente su sirviente, darle un lugar en el corazón de quien algún día solamente escogería lo que el protocolo pedía.
Compartieron juegos, secretos y largas cabalgatas por los bosques prohibidos. En el silencio de la noche, tendidos sobre la hierba húmeda, Victor le señalaba las constelaciones. Y Katsuki no miraba el cielo, lo miraba a él. Supo entonces que lo que sentía no era amistad. Pero no lo dijo. En Ambstar, el amor entre hombres se castigaba con algo peor que la muerte: la vergüenza y ganarse el odio de las personas además de ser visto como un criminal.
Solo una persona conocía la verdad: su madre. La reina escuchaba sus confesiones con los labios sellados y los ojos húmedos. Nunca lo juzgó. Solo le tomaba la mano, y en su silencio había un escudo.
Con los años, lo inevitable ocurrió. El roce de las manos dejó de ser accidental. Las miradas duraban más de lo debido. Y en algún rincón del alma, Victor empezó a comprender lo que el príncipe no se atrevía a decir... y lo compartía.
Pero en el reino de su padre, el amor era una batalla perdida, el amor no era la certeza del poder, en el reino de su padre, era la desgracia misma y más si era entre dos hombres.
Una mañana helada, el palacio despertó distinto. El aire pesaba más. Katsuki sintió que algo andaba mal incluso antes de abrir los ojos. Victor no estaba en sus aposentos, ni en los establos, ni en su sitio junto a la puerta.
Los sirvientes evitaban su mirada. Los guardias murmuraban entre sí.
Y luego lo escuchó: ruido en la plaza. Gritos. El zumbido de una multitud agitada.
Montó su caballo sin preguntar nada, sin avisar, sin mirar atrás.
El galope resonaba con el mismo ritmo de su corazón.
Lo que encontró lo dejó inmóvil.
Victor, su Víctor atado de pies y manos, sangraba en el centro de la plaza. El pueblo, enceguecido por una ley cruel, lo insultaba mientras llovían piedras sobre él. La orden había venido de lo alto. De su padre.
Katsuki no sintió miedo. Sintió rabia. Un fuego tan puro que quemaba desde dentro. Saltó del caballo. La espada en su mano.
Se abrió paso entre la gente.
—¡Libéralo! -gritó—. ¡O serás historia, padre!
El murmullo se congeló. El rey lo miró, desconcertado.
—¿Qué estás haciendo, Katsuki? Baja esa espada.
—No. No esta vez.
El príncipe avanzó un paso más, hasta quedar lo suficientemente cerca del rey. El filo de su hoja brilló como una amenaza divina.
—Estoy harto de tus leyes, de tí y de tu reino podrido. Si no sueltas a Victor ahora, te juro que te haré caer.
El silencio era denso. Nadie respiraba. El rey tragó saliva. Por primera vez, pareció dudar.
—No lo mataré -cedió—. Pero pagará por su pecado. Al calabozo.
—No -dijo Katsuki, con voz firme—. Ni un día más. O lo liberas, o me iré con él. Y puedes quedarte con tu corona vacía.
—¿Estás dispuesto a perderlo todo? ¿Tu nombre? ¿Tu derecho al trono?
Katsuki sostuvo la mirada.
—
Quiero perderlo todo, solo quiero quedarme con él.
El rey bajó la vista. Y entre murmullos de horror, el príncipe Katsuki Ambstar, abdicó.
Katsuki corrió hacia Victor. Lo abrazó. Sostenía más sangre que carne, pero seguía vivo.
—Nos vamos -susurró—. A donde sea. Pero contigo.
Montaron en el caballo y huyeron hacia el bosque, donde una vieja cabaña junto al lago los esperaba. Lejos del poder. Lejos del odio.
Allí, al fin, fueron libres.
Y aunque el mundo los llamara traidores, ellos sabían la verdad: habían elegido el amor, la libertad, y eso... era su única pero mejor victoria.








