Legado De La Espiral por LuxGod en Inkitt
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Legado de la espiral

Sinopsis

"En un mundo donde la paz es apenas una ilusión, Naruto escapa de su aldea marcado por la oscuridad y una determinación inquebrantable. Entre conspiraciones que desgarran a Konoha desde dentro, alianzas improbables y enemigos que conocen sus puntos más débiles, deberá enfrentar no solo a sus adversarios, sino a la delgada línea que separa al salvador del destructor. En medio de la traición, la guerra y la pérdida, una sola promesa y un vínculo inesperado podrían decidir el destino del mundo... o sellar su ruina definitiva."

Genero:
Action
Autor/a:
LuxGod
Estado:
Completado
Capítulos:
58
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: El Último Clon de la Esperanza

El sol de la tarde se filtraba a través de las hojas de los árboles gigantes del Bosque de la Muerte, creando un juego de luces y sombras que bailaban sobre la figura solitaria de Naruto Uzumaki. No estaba entrenando. No estaba meditando. Simplemente estaba sentado en la rama más alta que pudo encontrar, con la espalda apoyada contra el áspero tronco de un árbol centenario, observando cómo el perfil de Konoha se teñía de naranja y oro.

Desde allí, la aldea parecía perfecta. Pacífica. Un hogar.

Pero Naruto ya no se dejaba engañar por las apariencias.

Ese día había sido el último de una larga y dolorosa cadena. El examen práctico de la Academia. Una prueba simple: ejecutar el Jutsu de Clon de Sombras. Para cualquier otro, una formalidad. Para él, la barrera infranqueable que lo separaba de su sueño, del respeto, de… simplemente ser.

Lo había intentado. Con toda su fuerza, con toda su desesperación, había volcado cada gota de su hasta entonces escaso chakra en el sello. El resultado había sido el de siempre: un único clon patético, tambaleante y semi-transparente que se desvaneció con un puff de humo antes de siquiera poder mantener la forma.

Las carcajadas no se hicieron esperar. No solo de sus compañeros, sino también de algunos de los padres que observaban como invitados a la prueba de sus hijos. Mizuki-sensei, con su sonrisa condescendiente, había puesto una mano en su hombro. "Lo siento, Naruto. Tendrás que intentarlo el próximo año. Quizás entonces lo logres."

Pero fue la mirada de Iruka-sensei la que más le dolió. No había risa en sus ojos, solo una profunda… lástima. Una tristeza resignada que decía, más claro que cualquier palabra: "Yo también creí que esta vez sería diferente."

Esa mirada fue el golpe final.

Ahora, arriba en el árbol, el eco de las risas aún resonaba en sus oídos, mezclándose con el zumbido constante de la aldea a sus pies. Una aldea que lo despreciaba por algo que no había elegido ser. La bestia dentro de él. El monstruo. El Kyūbi.

No era un secreto para él. No desde hacía años. Una conversación escuchada por accidente, cuchicheos ahogados en las calles, miradas que lo atravesaban con más odio del que un niño podía soportar… Todo encajaba. Iruka nunca se lo dijo abiertamente, pero Naruto ya lo sabía: él era el recipiente del Nueve Colas. No necesitaba que nadie se lo confirmara. Lo veía en los ojos de la gente todos los días. "Monstruo", decían sin palabras. "Demonio", murmuraban al pasar. Y, aunque aún no comprendía del todo qué significaba llevar al Kyūbi en su interior, sabía con certeza que esa era la raíz de todo su dolor.

"¿Por qué?" La pregunta, quemante y antigua, surgió de nuevo en su mente. "¿Por qué cargaba yo con el odio de todos? ¿Qué crimen cometí, aparte de nacer?"

"Siempre dije que sería Hokage para que todos me reconocieran…" murmuró para sí, su voz ronca por la emoción contenida. "Pero… ¿realmente quiero el reconocimiento de gente que solo me ve como un monstruo? ¿De gente que se alegra de mi fracaso?"

Por primera vez, la meta que había sido el pilar de su existencia se resquebrajó. ¿Ser Hokage para gobernar sobre aquellos que lo odiaban? ¿Para proteger a quienes le deseaban la muerte en susurros detrás de sus espaldas? La idea, de repente, le pareció vacía, absurda. Un sueño de un niño que se negaba a ver la realidad.

La realidad era que Konoha nunca sería su hogar.

El sonido de pasos y voces familiares lo arrancó de sus pensamientos. Abajo, en el sendero que serpenteaba por el bosque, aparecieron Sakura, Ino y un grupo de alumnos de la Academia, ya graduados, con sus bandanas recién atadas brillando bajo la luz del atardecer. Caminaban despreocupados, riendo, celebrando su nuevo estatus de genin.

—¡Y entonces Kiba dijo que su equipo sería el mejor, y yo le respondí que con Akamaru seguro que sí! —exclamó Sakura entre carcajadas.

—Shikamaru se quedó dormido durante la asignación de equipos —añadió Ino, con su habitual tono burlón mientras movía su larga melena rubia—. Asuma-sensei tuvo que despertarlo. Qué vago más insoportable.

Sakura sonrió, casi temblando de emoción.

—¿Y sabéis con quién me tocó? ¡Con Sasuke-kun! Estoy tan feliz. Y… también nos asignaron a un chico nuevo, Sai; dicen que entró porque Naruto ni siquiera pudo graduarse.

Ino rió con desdén.

—¿De verdad creen que deberíamos preocuparnos tanto por Naruto? —dijo con un gesto de desdén—. Siempre fue un desastre en clase.

La frase salió más dura de lo que pretendía. Y aunque nadie lo notó en ese momento, en el fondo, a Ino le pinchó la conciencia. Recordó cómo aquel chico rubio se lanzaba una y otra vez a entrenar, tropezando, levantándose, volviendo a intentarlo. Siempre con esa torpeza que la hacía rodar los ojos, sí, pero también con una fuerza obstinada que ella misma nunca había tenido.

“A veces daba hasta lástima... siempre esforzándose tanto para que lo miraran y nunca conseguirlo de verdad”, pensó, apartando la vista con un dejo de incomodidad.

Las palabras le atravesaron el pecho como kunai afilados. Naruto estaba acostumbrado a insultos, sí, pero en ese preciso instante, con la herida aún fresca del examen y el peso de la verdad sobre lo que llevaba dentro, sonaron diferentes. No era solo burla: era sentencia. Una condena dicha con la naturalidad de quien repite una verdad universal. Patético.

Sakura asintió con frialdad.

—Tienes toda la razón. Ojalá se diera por vencido y dejara de avergonzarnos a todos. Konoha estaría mejor sin él.

“Konoha estaría mejor sin él”.

Esa frase se clavó más profundo que cualquier otra. No era rabia lo que sintió. No era tristeza. Era… claridad. Una certeza gélida y serena que apagó el fuego de su entusiasmo infantil. Tenían razón. Konoha estaría mejor sin él. Y él… él estaría mucho mejor sin Konoha.

Los chicos siguieron su camino, sus risas desvaneciéndose en la distancia, hasta que solo quedó el crepúsculo y la decisión que ya ardía en su pecho.

Naruto se puso de pie en la rama. Sus ojos, normalmente llenos de sueños, ahora estaban fríos y firmes. Ya no había lugar para lágrimas. Por primera vez, su mirada no se dirigía a la aldea, sino al vasto mundo que se extendía más allá de sus muros. Un mundo que conocía solo en historias.

Si se quedaba, sería un paria para siempre. Un fracasado. Un recipiente. El cascarón del Kyūbi.

Si se iba… sería lo que él decidiera ser.

La elección era obvia.

Descendió del árbol con la agilidad que siempre había tenido —pero que nadie valoraba— y se encaminó hacia su apartamento con paso firme. Ya no arrastraba los pies.

Su pequeño departamento estaba tan desordenado como siempre, lleno de tazas de ramen instantáneo y ropa desperdigada. Pero esta vez lo vio por lo que realmente era: una celda. Un exilio dentro del exilio.

No necesitaba mucho. Solo lo esencial. Ropa de viaje resistente, sus herramientas ninja (compradas con años de esmero), sus escasos ahorros, algunas barras de nutrición y un pergamino que había tomado de la biblioteca de la academia. Y, por algún impulso extraño, tomó también la vieja tetera abollada que Iruka le había regalado una vez, en un gesto de genuina amabilidad que parecía pertenecer a otra vida.

Sabía que no podía salir por la puerta principal. Los ANBU no lo vigilaban constantemente, pero notarían su ausencia. Tenía que ser astuto. Tenía que ser un fantasma.

Se concentró. No en el Jutsu de Clon de Sombras, sino en el único jutsu que siempre le había salido a la perfección: el Jutsu de Transformación. Su figura se encogió, su ropa se volvió harapos, y su rostro se transformó en el de un anciano harapiento. No era un engaño perfecto, pero bastaba para pasar desapercibido.

Esperó hasta la madrugada, cuando la luna era la única testigo. La aldea dormía, confiada en sus muros. Naruto se deslizó entre sombras, evitando rutas de patrulla que había aprendido de memoria en años de travesuras. Su objetivo no era la puerta principal, sino una sección del muro donde un viejo desagüe ofrecía un pasaje estrecho y sucio hacia la libertad.

Pero justo cuando estaba a punto de atravesarlo, una voz lo detuvo.

—¿Naruto?

El corazón le dio un vuelco. Iruka estaba allí, iluminado por la luz tenue de una farola, con el rostro lleno de confusión. Naruto comprendió al instante: su transformación no engañaría a alguien que lo conocía tan bien.

—¿Qué haces aquí a esta hora? Y… ¿con esa apariencia? —preguntó Iruka, acercándose con cautela.

La ilusión se deshizo. Bajo la luz, quedó el verdadero Naruto: cansado, con la mochila colgando de un hombro, pero con una calma implacable en los ojos.

—Iruka-sensei —dijo sin emoción.

Iruka lo miró, y al notar la determinación en su alumno, comprendió de inmediato lo que planeaba. El pánico lo invadió.

—Naruto, no… no lo hagas. ¡Por favor! Es desertar… es traición.

—¿Traición? —repitió Naruto con amargura—. ¿Traicionar a qué? ¿A una aldea que me odia desde que nací? ¿A un lugar que se alegra cada vez que fracaso? ¿A gente que susurra que deberían haberme matado junto con mis padres?

Las palabras cayeron como piedras. Iruka palideció.

—Naruto… no es así… yo… yo no…

—Tú no, Iruka-sensei —lo interrumpió Naruto, suavizando apenas su voz—. Tú fuiste el único que alguna vez me vio como una persona. Y por eso, te lo ruego… no me detengas. No me obligues a luchar contra ti.

El chūnin tembló. Su deber lo empujaba a arrestarlo en ese mismo instante. Pero su corazón, marcado por la misma soledad que había sufrido en la infancia, le impidió mover un músculo. Lo vio entonces: la herida abierta en el alma de Naruto, una que Konoha misma había infligido. Y supo que ninguna palabra podía cerrarla esa noche.

—¿A dónde irás? —preguntó finalmente, en un susurro dolido.

—No lo sé —respondió Naruto, mirando hacia la oscuridad más allá del muro—. A cualquier lugar donde pueda ser fuerte. Donde mi nombre no sea un sinónimo de monstruo. Donde pueda ser… yo.

El silencio se volvió insoportable. El mundo pareció contener el aliento.

Iruka cerró los ojos, y una lágrima solitaria recorrió su mejilla. Luego se dio la vuelta con brusquedad.

—No vi nada. Estuve aquí toda la noche. No pasó nada. ¿Entendido?

Un nudo enorme apretó la garganta de Naruto. Era el último y más grande acto de bondad que alguien le ofrecía. Asintió, aunque Iruka no pudiera verlo.

—Gracias, Iruka-sensei —susurró.

Sin mirar atrás, Naruto se deslizó por la reja oxidada y se internó en la oscuridad del bosque. No corrió. Caminó con paso firme, cada paso alejándolo del niño que fue, acercándolo a la incertidumbre del hombre que tendría que ser.

La silueta de Konoha desapareció entre los árboles, y en su mente solo quedó un pensamiento, frío y claro como acero:

Volvería. No como el fracasado que todos despreciaban. Volvería como alguien que había abrazado la verdad de lo que era. Jinchūriki. Niño demonio. O algo mucho más grande.

Y así, bajo un manto de estrellas indiferentes, Naruto Uzumaki desapareció en la noche, rumbo a su destino.

Capítulos
1. Capítulo 1: El Último Clon de la Esperanza
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