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El costo de adoptar. -Editorial versión-

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Sinopsis

Guillermo Ojeda, un contador obsesivo, musculoso y de rutinas inquebrantables, y Oliver Cátan, un enfermero extrovertido, cálido y con conciencia social, llevan dos años de matrimonio. Tras un deseo de Oliver, deciden adoptar un bebé, pero un error burocrático los confronta con Tobías Santos, un adolescente de 14 años con un historial de violencia institucional, fugas y un trauma profundo.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
narciso
Estado:
Completado
Capítulos:
5
Rating
4.7 10 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: El amanecer de las cenizas.

Las 5:57 AM.

Guillermo Ojeda abrió los ojos con la precisión de quien lleva quince años entrenando su cuerpo para no desperdiciar ni un segundo de vigilia. El despertador digital marcaba 5:57 en rojo fosforescente. Tres minutos antes de la alarma. Victoria moral.

Se incorporó sin hacer ruido, con la memoria muscular de un soldado en territorio enemigo. La cama crujió apenas, pero Oliver no se movió. Su esposo dormía boca abajo, un brazo colgando fuera del colchón, la respiración pesada y húmeda, el pelo oscuro formando un nido imposible sobre la almohada blanca. Guillermo sintió ese hormigueo incómodo en el pecho que siempre lo visitaba cuando miraba a Oliver dormir: la mezcla exacta de ternura e irritación. ¿Cómo podía alguien rendirse al sueño con tanta generosidad? Como si el mundo no estuviera esperando.

Se levantó. Pies descalzos sobre la madera fría del piso. El casa de dos ambientes en el centro de Neuquén tenía esa virtud: todo quedaba cerca. La cocina, el baño, el living con el televisor que Oliver dejaba encendido toda la noche. Guillermo apagó el televisor antes de dirigirse al baño. Veintiocho grados de agua, cronometrados. Jabón neutro, sin fragancia. Toalla doble absorción. Desodorante sin aluminio. El ritual perfecto, el que había perfeccionado durante años, aquel que le permitía mirarse al espejo sin encontrar fallas.

A las 6:15 AM ya estaba en la calle, respirando el aire seco de Neuquén, ese viento que venía de la cordillera y traía polvo y paciencia. Corrió cinco kilómetros por la costanera, el río Limay a su izquierda, gris y ancho, y el sol asomando detrás de los cerros como un mal presentimiento. Cronometró cada vuelta. 4:32 el primer kilómetro. 4:28 el segundo. Su cuerpo respondía porque lo había diseñado para responder, para no fallar, para no ser el punto débil en su propia ecuación. A los treinta y cinco años, Guillermo se permitía la vanidad de sentirse mejor que la mayoría de los hombres de su edad. Los abdominales marcados, las piernas fibrosas, la espalda ancha que Oliver acariciaba como si pudiera romperla.

Llegó a las 7:03. Oliver seguía en la cama.

—¿Dormiste? —preguntó Guillermo desde la entrada, mientras se desataba las zapatillas con movimientos precisos.

Un ruido afirmativo, gutural, salió del bulto de sábanas.

—Tostadas francesas —dijo Oliver, la voz todavía rasposa—. Hice tostadas francesas.

Guillermo olió el aire y confirmó: el aroma a manteca quemada se filtraba desde la cocina, mezclado con ese otro olor imposible de definir pero inevitable en Oliver: a sueño, a almíbar, a algo dulce que siempre estaba a punto de desbordarse. Había dejado la sartén en la hornalla apagada, las tostadas en un plato, el jarabe de arce abierto sobre la mesada. Un campo de batalla doméstico.

—Quemaste la manteca otra vez —dijo Guillermo, más para sí mismo que para Oliver.

—Las tostadas están perfectas.

—La manteca, Oliver. La manteca quemada tiene acrilamida. Es cancerígena.

Oliver apareció en el marco de la puerta de la habitación, envuelto en una bata azul marino que le quedaba dos talles más grande. Su pelo era un desastre, los ojos todavía a medio abrir, y sin embargo, Guillermo tuvo que tragar saliva. Ocho años juntos y esa imagen todavía lo desarmaba: Oliver recién levantado, Oliver sin filtros, Oliver siendo exactamente él.

—Diez minutos —dijo Oliver, pasando a su lado y rozándole el brazo—. Dame diez minutos para desayunar antes de que empieces con el informe de productividad del día.

—El informe es semanal.

—Ya sé, amor, ya se. Y hoy es domingo.

Esa palabra. Domingo. Guillermo sintió que algo se aflojaba en su pecho, un engranaje que llevaba días, semanas, tal vez meses girando en falso. Domingo en Neuquén. Podía ser cualquier otro domingo en cualquier otra ciudad, con cualquier otra pareja, con cualquier otra vida. Pero era la suya y estaba ahí, desayunando tostadas francesas demasiado dulces mientras Oliver tarareaba una canción de Luis Miguel y movía la cabeza como si el mundo fuera un lugar sencillo.

—Esta semana —dijo Oliver, mordiendo la tostada con una languidez que Guillermo encontraba irritante—. Esta semana pasó algo.

Guillermo levantó la vista de su cuaderno de gastos. Había estado anotando los números del supermercado, el incremento del 12% en la carne, el ajuste de la cuota del gimnasio, la luz que iba a subir otra vez. Cada número era una pequeña victoria sobre el caos.

—¿Qué pasó? —preguntó, sin dejar el lápiz.

Oliver dejó la tostada sobre el plato. Se limpió los dedos con la servilleta de tela que Guillermo había planchado la noche anterior. Había algo en sus ojos, una luz que no era exactamente felicidad, sino más bien la promesa de algo que estaba por romperse. Metió la mano en el bolsillo de su bata y sacó un folleto doblado. Lo desplegó sobre la mesa con el cuidado de quien presenta una prueba en un juicio.

—Quiero adoptar —dijo.

El silencio cayó sobre la cocina como un peso. Guillermo sintió que el tiempo se estiraba, que cada segundo se volvía un objeto sólido que podía tocar. El tic-tac del reloj de pared, el murmullo del termotanque, el ruido de los autos en la calle Belgrano. Todo se detuvo para dejar espacio a esas dos palabras.

Miró el folleto. "Secretaría de Niñez y Familia. Programa de Adopción en la Provincia de Neuquén." Una foto de un niño sonriente, la sonrisa perfecta de los folletos, la que no existe en la vida real.

—Oliver —dijo, y su voz sonó más fría de lo que pretendía—. Es un compromiso enorme.

—Sí—No sé si sabes. No sé si tienes idea de lo que implica. La logística, los trámites, la evaluación psicológica, el...

—Guillermo.

—...espacio, porque la casa tiene dos ambientes y el segundo ambiente es tu estudio y no sé dónde...

—Guillermo.

—...el dinero, Oliver, el dinero. Los gastos no son lineales, son exponenciales, y con la inflación...

—Guillermo, por favor.—dijo Oliver, y su voz se quebró apenas, apenas, lo suficiente para que Guillermo callara—. Por favor, siéntate.

Guillermo obedeció. Se sentó frente a Oliver, las manos sobre la mesa, los dedos entrelazados en una posición que usaba en las reuniones de trabajo para no mostrar nerviosismo. Oliver hizo lo mismo, pero sus manos estaban abiertas, ofrecidas.

—No he ido a la Secretaría —dijo Oliver.

Guillermo parpadeó.

—¿Qué?

—No he ido. El folleto me lo dio una compañera del hospital. Pero no he ido. No podía ir sin hablar contigo primero.

—¿Entonces por qué dices que pasó algo?

—Porque encontré esto. —Oliver señaló el folleto con la punta de los dedos, como si fuera un objeto sagrado—. Y porque no pude dejar de pensar en ello. En nosotros. En lo que podríamos ser.

Guillermo sintió que el aire volvía a sus pulmones. No había ido. No había hecho nada sin consultarlo. La sensación de control, esa delgada cuerda que lo mantenía a flote, volvía a tensarse.

—Me duele que lo digas así —dijo Oliver, y su voz era más suave ahora, como si también estuviera recuperando el equilibrio—. Como si yo no hubiera pensado en todas esas cosas. Como si no las hubiera estado pensando durante meses.

—No me dijiste nada.

—Porque sabía que ibas a reaccionar así. Con números. Con presupuestos. Con fechas posibles y plazos y...

—Es un hijo, Oliver. No se puede improvisar un hijo.

—¿Y si no es improvisación? ¿Y si es algo que he estado esperando desde que tengo memoria? ¿Desde antes de saber que podría tener una familia con otro hombre?

Guillermo apartó la mirada. Miró la ventana, el cielo azul pálido de Neuquén, las palomas en el alero del edificio de enfrente. Quería calcular algo, cualquier cosa que le diera control, un margen de error, una variable que pudiera manipular para que la ecuación cerrara. Pero Oliver seguía hablando.

—Cuando entré a enfermería, elegí pediatría. Estuve en el hospital de niños, ¿te acordás? Y cada vez que veía a esos chicos que no tenían a nadie, que se iban solos del hospital porque sus padres no aparecían, pensaba... pensaba que algún día podría ser yo. Que podría darles algo.

—No puedes salvar a todos los niños del mundo, Oliver.

—No quiero salvar a todos. Quiero salvar a uno, o dos, o tres.

Guillermo se levantó de la mesa. El movimiento fue brusco, la silla raspando contra el piso. Oliver no se movió. Se quedó mirándolo desde abajo, el cuello estirado, los ojos húmedos, la boca manchada de jarabe de arce que Guillermo quería limpiar con la servilleta, como hacía siempre, como si limpiara la mancha pudiera limpiar también el desorden.

—Necesito pensar —dijo Guillermo.

—Seguro.

—Necesito hacer los cálculos.

—Ya los hice. —Oliver abrió el cajón de la mesada y sacó una carpeta roja. La abrió sobre la mesa. Hojas, muchas hojas. Tablas de costos de guarderías, escuelas, planes de salud, subsidios del gobierno, listados de agencias de adopción, números que Guillermo no había pedido pero que Oliver había escrito con su letra redonda y llena de bucles—. Los cálculos están hechos.

Guillermo se quedó mirando la carpeta. Sintió que el piso se movía bajo sus pies, pero no era el piso, era el centro de gravedad de su propia vida, desplazándose sin permiso.

—Voy a correr otra vuelta —dijo.

—Acabas de correr.

—Otra vuelta.

Salió del departamento sin mirar atrás. Bajó las escaleras de dos en dos, sintió el aire frío de la mañana golpeándole la cara, y corrió. Corrió más rápido que antes, sin cronómetro, sin control, solo el ruido de sus pies contra el asfalto y el viento en sus oídos y ese vacío enorme en el pecho que no podía llenar con números.

Volvió a las diez. Oliver ya no estaba en la cocina. El departamento olía a limpio, a la lejía que Guillermo usaba para fregar los azulejos, a la cera del piso de madera, a nada de tostadas quemadas. La carpeta roja seguía sobre la mesa, intacta.

Guillermo se sentó frente a ella. Abrió la primera página y comenzó a leer. Cada número, cada costo, cada proyección era un clavo que Oliver había martillado con paciencia, con amor, con esa obstinación que Guillermo a veces confundía con desorden.

A las once, Oliver volvió del supermercado. Llevaba una bolsa de verduras y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Guillermo seguía sentado frente a la carpeta.

—¿Leíste todo? —preguntó Oliver.

—Sí.

—¿Y?

Guillermo cerró la carpeta. La alisó con la palma de la mano.

—El margen de error es del 15% —dijo—. Si la inflación sube más del 12% anual, el plan de ahorro no alcanza. Necesitaríamos ajustar los gastos variables. Podríamos dejar de ir al cine, cambiar el plan de cable, reducir las salidas a restaurantes. Pero el gimnasio no puede tocarse. Es mi salud. Mi salud es un gasto fijo.

Oliver lo miró. Su sonrisa se había borrado.

—¿Estás diciendo que sí?

—Estoy diciendo que los números cierran, con márgenes de maniobra. —Guillermo se levantó, caminó hacia la ventana, miró la ciudad que se extendía más allá del vidrio—. Estoy diciendo que es posible. No que sea correcto. No que sea fácil. No que sea lo que quiero.

Oliver se acercó por detrás. Apoyó la frente en la espalda de Guillermo, sobre la tela del buzo que aún olía a sudor.

—¿Y qué quieres, Guillermo?

La pregunta quedó suspendida en el aire. Guillermo sintió el calor del cuerpo de Oliver contra el suyo, el peso de la cabeza, la respiración que empañaba su ropa. Quería decir algo, cualquier cosa que no fuera un número, un análisis, una proyección. Quería ser el hombre que Oliver creía que era, el que se dejaba llevar, el que sentía sin calcular.

—No sé —dijo, y su voz sonó extraña, como si no fuera suya—. No sé, Oliver.

Esa noche, Guillermo se acostó temprano. Oliver se quedó en el living, viendo una película que no le interesaba a nadie. Guillermo apagó la luz y se quedó despierto en la oscuridad, los ojos abiertos hacia el techo, sintiendo los latidos de su corazón, contándolos como si pudiera medir el amor.

Calculó presupuestos en la oscuridad. Cuánto costaría un cuarto extra, cuánto costaría cambiar el auto, cuánto costaría la terapia que seguramente necesitarían, cuánto costaría no sentirse suficiente, cuánto costaría ser padre, cuánto costaría fallar, cuánto costaría que Oliver lo mirara como lo miraba ahora, como si él fuera la respuesta a una pregunta que Guillermo no entendía.

Las 2:33 AM.

Las 3:17 AM.

Las 4:02 AM.

El reloj marcaba las 5:57 cuando Guillermo volvió a abrir los ojos. Tres minutos antes de la alarma. Victoria moral.

Se levantó y fue a la cocina. Sobre la mesada, la carpeta roja seguía abierta. Oliver había escrito en la última página, con su letra temblorosa:

"Te amo. No necesito que digas que sí. Necesito que digas algo."

Guillermo cerró la carpeta y la guardó en el cajón del escritorio, junto a los informes de la empresa, los balances del trimestre, las facturas de los servicios que pagaba puntualmente. Luego se puso las zapatillas y salió a correr.

El domingo en Neuquén seguía siendo domingo. El viento seguía trayendo polvo desde la cordillera. El río seguía ancho y gris. Y Guillermo siguió corriendo, sin cronómetro, sin control, sintiendo el vacío en el pecho que no se llenaba con nada, mientras en el departamento Oliver dormía con los brazos abiertos, esperando que alguien decidiera quedarse.

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Bien escrito

4

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Trama absorbente

4

Trama absorbente

Buenos personajes

5

Buenos personajes

Diálogos potentes

6

Diálogos potentes

author

volviste a empezar la historia. creí que había segunda parte.

5 meses
1
author

ja y yo esperando la 2da parte😭😭😭

13 días
1
author

igualmente es hermosa la historia 😊

13 días
1

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