RELATO # 1 RISAS DE UN BEBÉ
En un pueblito alejado del bullicio de la ciudad, donde no hay grandes pavimentos ni centros comerciales, hay un lugar tranquilo donde el aire parece oler a flores silvestres y fresas.
De ese pueblito soy yo: Aina, una estudiante de 14 años, muy querida por mis amigas Mari y Lore.
En un día cualquiera, después del colegio, ¿qué podíamos hacer para entretenernos en un pueblo?
Jugar fútbol o a la casita con muñecas y Barbies.
Pero ese día jugamos en la casa de Mari, porque sus padres le habían comprado juguetes nuevos.
Entre ellos, un muñeco bebé bastante bonito —eso dijo Lore—.
A mí me pareció un poco raro... incluso escalofriante.
Pero no le di importancia. Solo jugamos.
Al día siguiente, en la escuela, Mari nos contó a Lore y a mí que no había podido dormir bien.
Decía que el muñeco bebé no paraba de reírse y burlarse de ella.
Que caminaba.
Que le sonreía.
Obviamente no le creímos...
hasta que una mañana apareció toda arañada, como si hubiera peleado con un gato.
Nos miramos, asombradas.
—Vamos a hacer una pijamada.
La noche de la pijamada, efectivamente, el muñeco no paraba de reírse.
Decía:
—Por favor... jueguen conmigo...
con una voz grave y burlona.
Y no dejaba de moverse.
No dormimos en toda la noche.
Cuando amaneció y bajamos a desayunar, la mamá de Mari nos vio pálidas, con ojeras y marcas extrañas.
Nos preguntó si nos habíamos peleado.
Al mismo tiempo respondimos:
—No señora... solo jugábamos.
Después del desayuno fuimos al cuarto de Mari.
Ella estaba estresada y asustada.
Decía que tal vez el muñeco podría matarnos.
Pero había algo raro:
durante el día, el muñeco no se movía.
Entonces se me ocurrió una idea:
tirarlo.
Y así lo hicimos.
Al día siguiente, Mari nos dijo que por fin había podido dormir bien.
La felicité. Me alegré por ella.
Pero luego dije:
—Tengo algo muy grave que contarles.
Ayer por la tarde quise jugar con mi hermana a la casita...
y el muñeco bebé apareció en mi cesto de juguetes.
Esta vez no se movía.
No se reía.
Lore me miró pálida, con terror en los ojos, y me preguntó:
—Entonces... ¿qué te hizo?
Le conté que solo se sentó en mi cama...
y me dijo que jugara con él.
Que debía decidir...
irme con él.
Esa fue la última vez que vimos a Aina








