Una Hibrida Enamorandose De Un Humano

Sinopsis

+18

Genero:
Erotica
Autor/a:
AmirZGamer
Estado:
hace un mes
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prologo

El agua del lago era un caos de espuma y rugidos. La Indominus Rex luchaba con furia mientras las mandíbulas del Mosasaurus se cerraban alrededor de su torso. El impacto la hundió en las profundidades oscuras del lago de Jurassic World. El dolor era cegador. Sus garras rasgaron inútilmente el agua, su sangre se mezclaba con la sal. Todo se volvió negro.

Pero la muerte no llegó.

Horas después, cuando el caos en la isla había terminado y los últimos humanos huían en helicópteros y barcos de emergencia, un viejo carguero de suministros que aún permanecía atracado en el muelle secundario empezó a moverse. Nadie se dio cuenta del enorme bulto que se arrastró por la rampa de carga en la oscuridad. La Indominus, herida, exhausta y sangrando, se escondió entre contenedores y redes. El barco zarpó hacia el continente sin saber que llevaba a bordo a la criatura más peligrosa jamás creada.

Días de agonía. El barco llegó a un puerto remoto en la costa de California. En medio de la noche, la híbrida logró bajar al agua y nadar hasta la orilla. Herida de muerte, con cortes profundos y huesos fracturados, se arrastró hacia el interior, dejando un rastro de sangre que la lluvia borró rápidamente.

Semanas pasaron.

El bosque denso de las montañas de California se convirtió en su nuevo reino. Sus heridas cicatrizaron gracias a la genética acelerada que los científicos le habían dado. Ya no era la misma. Más delgada, más salvaje, con cicatrices blancas que cruzaban su piel escamosa blanca y gris. Cazaba ciervos, jabalíes y osos con una eficiencia brutal. La selva tropical de Isla Nublar había quedado atrás; ahora dominaba pinos altos, niebla constante y un silencio que solo rompían sus propios rugidos bajos.

Una tarde gris, mientras acechaba entre los árboles, lo vio.

Un joven humano. Veintidós años, alto y de complexión atlética, con el cabello oscuro revuelto por el viento. Llevaba uniforme del servicio forestal: chaqueta verde, botas llenas de barro y una mochila con equipo de monitoreo. Javier. Se llamaba Javier. Ella no lo sabía aún, pero lo escuchó cuando hablaba solo por radio, reportando el estado de los senderos.

Era presa fácil. Pequeño. Frágil. Carne tibia.

La Indominus se acercó en silencio absoluto, su cuerpo camaleónico fundiéndose con el follaje. Sus ojos dorados se fijaron en el cuello del chico. Un solo salto y estaría muerto. Pero algo la detuvo

Un olor desconocido. Calor. Sudor fresco mezclado con algo más... algo que despertó un instinto que nunca había sentido en la isla. No era hambre. Era otra cosa. Más profunda. Más urgente. Su cola se movió lentamente. Entre sus patas traseras, sintió un calor húmedo que empezaba a gotear.

En lugar de atacar, se quedó observando.

Javier se detuvo cerca de un arroyo, se quitó la chaqueta y se lavó la cara. El agua corría por su cuello y bajaba por su camiseta, pegándola a su pecho. La Indominus Rex inclinó la cabeza, fascinada. Sus fosas nasales se abrieron. El olor del humano era fuerte, limpio... excitante.

Decidió no matarlo. Todavía no.

Se movió con cuidado, rodeándolo sin que él lo notara. Cuando estuvo a favor del viento, se agachó ligeramente. Su cloaca, hinchada y resbaladiza por el calor que despertaba en ella, se frotó contra el tronco de un árbol bajo y contra las hojas del suelo. Dejó su olor allí: intenso, almizclado, dulce y salvaje. Un olor cargado de feromonas que cualquier criatura con instintos comprendería.

Un mensaje claro.

“Estoy aquí. Te estoy mirando. Y quiero que me sientas.”

Luego se retiró entre las sombras, su enorme silueta desapareciendo como un fantasma.

Javier levantó la cabeza de repente. Frunció el ceño. El aire había cambiado. Un aroma extraño, fuerte y casi... animal, le llegó de golpe. No era como nada que hubiera olido antes. Le erizó la piel de los brazos. Su pulso se aceleró sin razón aparente. Miró alrededor, sintiéndose observado.

—¿Qué demonios...? —murmuró, pasando la mano por su nuca.

A lo lejos, entre los árboles, dos ojos dorados brillaron un segundo antes de desaparecer. La Indominus Rex sonrió en la oscuridad, mostrando filas de dientes afilados. La caza acababa de comenzar... pero esta vez, no era de carne.

Era de algo mucho más primitivo.

Javier se quedó quieto junto al arroyo, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Ese olor... era denso, almizclado, casi dulce, como a tierra húmeda mezclada con algo caliente y vivo. Le subió por la nariz y le provocó un escalofrío que le recorrió toda la espalda. Sacudió la cabeza, intentando quitarse la sensación extraña que le apretaba el estómago.

—No es nada... solo un animal —se dijo en voz baja, aunque su voz sonó insegura.

Entonces lo sientó.

Un movimiento lento entre los árboles, a menos de veinte metros. Las ramas se separaron con un crujido suave. Y allí, saliendo de las sombras del bosque como si la niebla misma la hubiera escupido, apareció ella.

La Indominus Rex.

Era enorme. Mucho más grande de lo que cualquier oso o puma podría ser. Su piel blanca y gris, cubierta de cicatrices irregulares, brillaba débilmente bajo la luz filtrada de la tarde. Los músculos se marcaban bajo las escamas como cables de acero. Su cabeza grande, con crestas óseas y dientes que asomaban incluso con la boca cerrada, se inclinó ligeramente hacia un lado, observándolo.

Javier se quedó congelado. No podía gritar. No podía correr. Solo miró.

Los ojos dorados de la criatura lo atravesaron. No había hambre salvaje en esa mirada... había algo más. Curiosidad. Intención. Posesión.

La Indominus dio dos pasos lentos hacia adelante, su cola balanceándose con elegancia peligrosa. Luego, sin apartar la vista de él, se giró un poco de lado. Con una lentitud deliberada, casi provocadora, levantó ligeramente la cola y separó las patas traseras. Allí, entre sus poderosas piernas, quedó expuesta su vagina, hinchada, resbaladiza, de un rosa oscuro que contrastaba brutalmente con el blanco de sus escamas. Brillaba con humedad natural, goteando ligeramente sobre las hojas del suelo. El olor que había dejado antes se intensificó hasta volverse casi abrumador, cargado de feromonas que golpearon a Javier como una ola.

Ella se quedó así varios segundos, completamente expuesta, mirándolo fijamente. No era un accidente. Era una muestra. Un desafío. Una invitación primitiva que ningún humano estaba preparado para entender del todo.

Javier sintió que la sangre le subía al rostro. Su respiración se cortó. Un calor repentino y vergonzoso le bajó por el vientre. Sus ojos no podían apartarse de esa visión imposible: la vagina hinchada y brillante de una criatura que no debería existir, tan cerca, tan real, tan... intencional.

—¿Qué... qué mierda eres tú? —susurró con voz temblorosa, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.

La Indominus Rex soltó un rugido bajo, gutural, que vibró en el pecho de Javier como un trueno lejano. No era de amenaza. Era de satisfacción. Luego, con la misma lentitud con la que se había mostrado, bajó la cola, cubriéndose de nuevo, y dio un paso atrás hacia las sombras.

Sus ojos dorados brillaron una última vez. Y desapareció. Como papá latinoamericano

En un parpadeo, la enorme silueta se fundió con el bosque como si nunca hubiera estado allí. Solo quedó el eco de su olor intenso flotando en el aire y el sonido distante de ramas moviéndose.

Javier se quedó solo en el claro, con las piernas temblando y el pulso retumbándole en los oídos. Su mente daba vueltas. Había visto algo imposible. Algo que no podía ser real. Y lo peor... algo dentro de él había reaccionado. Un calor traicionero que todavía le hormigueaba en la piel y más abajo.

Se pasó una mano por la cara, intentando recuperar el aliento.

—Esto... esto no puede estar pasando —murmuró.

Pero el olor seguía allí. Pegado a su ropa. Metido en su nariz. Y en su cabeza ya no podía borrar la imagen de esos ojos dorados mirándolo mientras ella se exponía deliberadamente.

La Indominus Rex, desde las profundidades del bosque, sonrió con sus dientes afilados. Había visto su reacción. Había visto su reacción. Sabiendo ese joven seria su presa mas preciada

Fin Del Progolo

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