Donde nadie tiene permiso de leer
Mi madre me compró un diario.
Así, sin previo aviso. Entramos a la librería por una carpeta para mi hermana y salimos con esto: cuaderno de espiral metálica, pastas duras color mostaza. Hablando en serio, ¿quién elige color mostaza para un diario? Hojas rayadas. Olor a nuevo. Lo puso en mis manos como si me entregara un reto, no un regalo.
—Escribías mucho de niño — me dijo.
Y yo me quedé callado porque sí, escribía, pero no en diarios. Escribía en paquetes de notas adhesivas que me robaba del trabajo de mi tío. Garabateaba mapas. Inventaba criaturas. Me declaraba emperador de cosas que no existían.
Recuerdo que una vez llené casi cien papelitos amarillos con los nombres de todos los habitantes de un país imaginario. Mi mamá los encontró en una caja de zapatos y los tiró a la basura.
“Parecían basura”, dijo.
Y bueno, tenía razón. Objetivamente eran basura.
Pero yo lloré igual, como si hubiera tirado a los habitantes reales de un país real.
No sé por qué recuerdo esto ahora. Supongo que es su culpa, por mencionar al niño que fui.
Acepté el diario. Lo puse en mi escritorio, junto a la computadora. Ahí lleva tres semanas acumulando polvo. Hoy mi mamá me preguntó si había escrito. Le dije que sí, que ya casi iba a la mitad y que seguramente necesitaría uno nuevo pronto, pero ella me miró fijamente y dijo:
—Está completamente en blanco, Andrés.
¿CÓMO SABE ESO?
O sea, la respuesta obvia es que lo revisó. Lo abrió, pasó las páginas, inspeccionó el vacío. Pero también es posible que simplemente lo haya visto ahí, intacto, y haya deducido la verdad: su hijo no escribe, su hijo no le cuenta nada, y un diario en blanco es la prueba.
Me molesté. Todavía me molesta un poco. Pero también recordé otra cosa.
Cuando tenía como nueve o diez años, mi mamá me llevó a una psicóloga. Creo que tenía que ver con mi carácter explosivo cuando era niño. La psicóloga era una señora de lentes redondos y voz suave y en una sesión me dijo algo que nunca se me olvidó.
Me dijo: “Tu mente es como un reino, Andrés. Tú decides quién entra y quién no”.
¿Un reino entero? ¡¿En mi cabeza?!
Me pasé semanas dándole vueltas. Si mi mente era un reino, y yo decidía quién entraba, ¿en qué me convertía? ¿En rey? No me sentía como un rey. Los reyes de las películas tenían como diez mil años y barbas hasta el suelo. Yo apenas llegaba a la mesa sin mancharme la camisa.
Pero un príncipe...
Un príncipe me gustaba más. Los príncipes de los cuentos están aprendiendo. Cometen errores. A veces los engañan. A veces se pierden en el bosque. Pero eventualmente encuentran el camino.
Aunque eso también me provoca un problema, porque nunca me he sentido como el príncipe que mata dragones o que escala la torre, desde niño yo era el que estaba en la torre o el que la bruja hechizaba para...
No sé por qué escribí eso, lo borraría si no estuviera usando pluma.
Nunca le conté a nadie eso. Ni a la psicóloga, ni a mi mamá, ni a los amigos que no tenía. Me daba vergüenza.
Un chico al que le gustan los cuentos de hadas.
Qué raro, ¿no?
Lo pensaba en silencio. Lo pensé por años. Y luego, no sé en qué momento, dejé de pensarlo.
Hasta que me dieron este diario que ya se llenó de polvo. Porque “querido diario” me suena ridículo. Porque lo que tengo en la cabeza no son confesiones ordenadas en renglones. Son otra cosa.
Son restos de un reino que no visito desde niño.
Habitantes que ya no sé nombrar.
Un príncipe que se quedó dormido en algún rincón y no sabe si despertar. Mi mamá dice que escribir me hará bien. La psicóloga de hace siete años probablemente estaría de acuerdo. Yo no sé si este diario va a servir para algo.
Pero si la mente es un reino, supongo que un cuaderno puede ser un mapa. O al menos un borrador de mapa.
Voy a intentarlo. No por mi mamá. No por la psicóloga. Sino porque hay cosas allá adentro que ya no caben. Y si no les hago espacio aquí, van a seguir explotando en la mesa del comedor o en el pasillo de la escuela o en el momento más estúpido posible.
Así que aquí estoy.
Sin “querido diario”.
Sin introducción formal.
Solo un chico de dieciséis años con un cuaderno mostaza que nadie, absolutamente nadie, tiene permiso de leer.








