Capítulo 1
Despierto.
Bilis subiendo por la garganta.
Es ansiedad.
Es miedo.
Es cansancio.
El techo...
se ve igual todos los días.
No tiene nada nuevo que decir.
Yo tampoco.
Solo esto:
Estoy cansado.
Cansado de estar cansado.
Grito.
Después me levanto.
O me levanto
y después grito.
Da lo mismo.
Hay que levantarse.
Porque ellos
todavía creen
que puedo con todo.
Miro mis manos.
Después el espejo.
Queda poco de mí.
Hace tiempo
dejé de encontrarme.
Ahora
solo veo
el reflejo
de aquello
que intento cuidar.
El cuerpo pesa distinto
cuando no descansa.
Los pensamientos
dan vueltas.
Dan vueltas.
Dan vueltas.
Como un disco rayado
que nadie viene
a cambiar.
A veces lloro
sin una razón clara.
O con demasiadas razones juntas.
A veces lloro temprano.
Como para sacar esa tarea
de la lista.
Quizás es debilidad.
Quizás...
es que ya no me queda
dónde guardar tanto.
Sonrío
cuando toca.
Respondo
cuando preguntan.
Y sigo.
Porque seguir
no es una opción.
Es obligación.
Cierro los ojos.
Respiro.
Y me ordeno:
Actúa.
No pienses.
Muévete.
Solo hazlo.
No te detengas.
Porque detenerse
es caer.
Como quien camina
sobre la cuerda floja.
No existe el equilibrio
cuando dejas de avanzar.
Y en esta...
si caigo...
no hay nadie
que venga
a levantarme.
Así aprendí
a sostenerme.
Por dentro...
hay un ruido
que no se apaga.
Un pánico
que no se cura.
Lo escondo.
Lo empujo
hasta el rincón más hondo.
Y mantenerlo ahí...
también cansa.
También desgasta.
Ellos siguen creyendo
que puedo con todo.
Yo sigo
sin decirles
que ya no.
No busco lástima.
Busco decirlo
en voz alta.
Aunque sea acá.
Aunque sea así.
Porque callarlo...
también pesa.








