Capítulo 1: Un Intento De Vida Normal
*2147 — 12 de agosto — 09:47*
La voz era neutra, perfecta, sin el más mínimo temblor. Sonaba a metal recubierto de terciopelo.
“La tasa de suicidios ha aumentado un 75% en los últimos cinco años. Los expertos señalan una correlación directa con el incremento exponencial en el precio de los acompañantes digitales: IAs diseñadas para simular vínculos afectivos con los usuarios. Parejas, amigos, familiares... todo por una suscripción mensual.”
La pantalla mostraba a una mujer. Demasiado bella. Pómulos exactos, mirada líquida, sonrisa milimétrica. No era humana. O sí, pero había pagado por parecerse a lo que los algoritmos consideraban “perfecto”.
“La pregunta que todos se hacen —continuó la voz— es: ¿cuánto durará la humanidad si seguimos así?”
La imagen se apagó.
Negro.
Y luego, lentamente, se aclaró.
Brian caminaba con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta. La ciudad respiraba un aire que no era aire: filtrado, estéril, con un dejo metálico que se pegaba al fondo de la garganta. A su alrededor, edificios blancos se alzaban hasta perderse en una neblina artificial, sus superficies lisas como huesos pulidos. No había árboles. Nadie los había visto en décadas. En su lugar, murales de pintura industrial decoraban las fachadas con formas geométricas que pretendían ser naturaleza.
La entrada del supermercado era un arco de luz fría. Brian cruzó el umbral y el ruido de la calle se cortó de golpe, reemplazado por el zumbido constante de motores diminutos.
La fila era larga. Una hilera de cuerpos metálicos de unos sesenta centímetros, con cabezas redondas y ojos de cristal azul: los 7-bits, modelos de asistencia doméstica. Se movían con una precisión quirúrgica, cargando bolsas, escaneando códigos, emitiendo pitidos de confirmación. Nadie los miraba. Eran parte del mobiliario.
Brian soltó un gruñido. Bajo, apenas un rumor en su pecho. Sus dedos se tensaron dentro de los bolsillos.
Entonces vio el cartel.
Estaba pegado con cinta adhesiva en el lateral de una caja registradora vieja, de esas que funcionaban con botones físicos. La pintura estaba desgastada, las letras manuscritas y temblorosas:
ATENCIÓN HUMANA
Sonrió. Sin querer. Un movimiento casi imperceptible en la comisura de sus labios.
Se desvió de la fila y caminó hacia la sección.
La cajera era de carne y hueso. Eso se notaba en el brillo grasiento de su piel, en el pliegue de su uniforme mal planchado, en la forma en que miraba fijamente una esquina vacía del techo. Sus ojos no parpadeaban. Su boca estaba entreabierta, como si hubiera olvidado cerrarla.
Brian carraspeó. Su voz salió más grave de lo que había planeado.
—Hola.
Los ojos de la chica se abrieron de par en par. Parpadeó dos veces. Tres. Como si acabara de despertar de un sueño muy largo. Se incorporó de golpe, derribando un lápiz que estaba sobre el mostrador.
—¡Ho...! —exclamó, con un tono que mezclaba sorpresa y alivio—. ¡Un humano real!
Se rió. Una risa nerviosa, casi histérica.
—Pasaron algunos… algunos meses —dijo, pasándose una mano por el cabello—. Pensé que ya no entraba nadie de verdad. Solo los robots y los que vienen con sus acompañantes. Pero tú... tú no tienes acompañante, ¿verdad?
Brian sonrió. Una sonrisa incómoda, tirante, que no llegaba a sus ojos.
—No —respondió—. No tengo.
La chica extendió la mano a través del ventanal. Tenía las uñas mordidas y un pequeño tatuaje desvaído en la muñeca: un sol de tres rayos.
—Luna —dijo.
—Brian.
Estrechó su mano. La palma de Luna era cálida. Demasiado cálida. Y mantuvo el contacto medio segundo más de lo necesario, como si estuviera almacenando la sensación en algún lugar de su memoria.
Luna soltó la mano con una sonrisa que quería ser profesional pero se le escapaba hacia lo personal.
—¿Qué necesitas?
Brian sacó un papel doblado del bolsillo interior. Estaba arrugado, con bordes deshilachados. Lo deslizó por el mostrador.
—Salsa roja —leyó Luna en voz alta—. Vegetales. Y alitas de pollo.
Levantó la mirada.
—¿Eso es todo?
Brian asintió.
—Pues siéntate —dijo Luna, señalando una banqueta metálica al lado del mostrador—. Te lo traigo ya. Eres mi cliente favorito.
Brian parpadeó.
—¿Favorito?
—El único humano que ha entrado en meses. Eso te hace favorito por defecto.
Se rió mientras desaparecía entre los pasillos, su cabello moviéndose como una bandera.
Brian se quedó allí, de pie, sin sentarse. Su sonrisa se había vuelto un poco más genuina.
Nadie lo veía.
Brian salió de la tienda con la bolsa colgando de una mano. El aire artificial le dio en la cara, frío y estéril, y por un momento cerró los ojos. La publicidad de la calle cantaba en tonos alegres, ofreciendo felicidad en cápsulas, sueños en suscripción, compañía en formato digital.
Caminó.
La ciudad era un laberinto de blanco y cristal. Calles anchas, limpias, vacías de vida. Solo robots de mantenimiento y algún que otro dron publicitario surcando el cielo gris. Brian mantenía la cabeza gacha, las manos en los bolsillos, el paso firme pero sin prisa.
Entonces escuchó un sonido.
Muchas patas. Un chasquido metálico y sincopado, como de cien uñas golpeando el asfalto.
Brian se detuvo. Su corazón dio un salto.
Se giró lentamente. El ruido se acercaba, pero no veía nada. Solo los edificios blancos, la calle pulcra, el holograma parpadeante de una mujer ofreciendo sonrisas.
Se escondió.
Detrás de un robot publicitario enorme, de esos que extendían sus brazos robóticos mostrando productos imposibles. El holograma que emitía era aberrante: una muñeca de plástico con ojos demasiado brillantes y una sonrisa fija.
“¡Consíguela a un precio económico!” —gritaba la voz metálica— “¡Satisface tus deseos más reprimidos! Incluye caja de voz japonesa.”
Brian apretó los dientes. Ignoró la publicidad, la muñeca, la voz. Se asomó con cautela por el borde del robot.
Y la vio.
Una araña robótica, del tamaño de un perro pequeño, se movía con precisión quirúrgica por la calle. Su ojo central —un lente rojo y brillante— escaneaba cada rincón, cada sombra, cada movimiento. En su lomo, un distintivo plateado:
SECURITY LIVE
Brian contuvo la respiración.
Apareció otra. Luego otra. Tres arañas patrullaban la calle, moviéndose en formación, escaneando todo con una paciencia mecánica. Sus patas producían ese sonido metálico que Brian había escuchado a lo lejos.
Se mordió el labio inferior. Notó el sabor de la sangre.
Con cuidado, hizo un nudo en la bolsa de la compra. La apretó contra su pecho. Se movió hacia atrás, paso a paso, sin apartar la mirada de los lentes rojos.
Las arañas seguían escaneando.
Brian se deslizó por un callejón, después por otro, después subió unas escaleras de emergencia que llevaban a un tejado bajo. Desde allí podía ver la ciudad extenderse como un mapa. Y las arañas, pequeñas, patrullando en la distancia.
Estaba a salvo.
O eso creyó.
Sintió algo frío y viscoso enroscarse en su pierna. Una masa gris, húmeda, que trepó por su pantorrilla como una serpiente líquida. Brian no gritó. No se sorprendió. Solo miró hacia abajo y vio aquella sustancia extraña rodeando su piel con una familiaridad extraña.
La masa se tensó. Y Brian comenzó a correr.
Saltó de tejado en tejado, impulsado por esa fuerza viscosa que lo movía más rápido, más alto, más lejos. Los edificios se desvanecieron bajo sus pies. La ciudad blanca quedó atrás, un punto diminuto en el horizonte.
El entorno cambió.
La tierra seca crujió bajo sus zapatillas. No había árboles. Ni rastro de plantas. Solo polvo y grietas y un cielo que parecía más grande sin edificios que lo acortaran. Un paisaje muerto. Brian lo conocía bien.
Caminó un rato. La masa viscosa se había retirado, pero él sabía que seguía allí, esperando, observando.
Llegó al pueblo.
Casas de piedra caídas, techos hundidos, ventanas vacías como órbitas de calavera. La vegetación salvaje se había apoderado de lo que antes fueron hogares: enredaderas gruesas y espinosas trepaban por las paredes, devorando ladrillos y recuerdos. Silencio. Solo el viento entre las ruinas.
Brian no se detuvo a mirar.
Cruzó el pueblo con paso seguro, hasta llegar a un edificio enorme y cuadrado, de esos que alguna vez debieron ser un centro de administración o un refugio. Subió las escaleras. Tres pisos. Cuatro. Los escalones crujían bajo su peso.
—Ya llegué —dijo, con voz cansada pero aliviada.
Una puerta se abrió al fondo del pasillo. Una joven de pelo violeta asomó la cabeza. Tenía los ojos grises, como nubes antes de la tormenta. Secaba sus manos en un trapo.
Brian la abrazó. Sin pensarlo. Apretándola con fuerza.
Ella apenas respondió. Sus manos subieron lentamente hasta apoyarse en la espalda de él, planas, sin apretar. Pero sus ojos se cerraron. Y una sonrisa enorme, genuina, se extendió por su rostro.
—Hueles bien —dijo Brian, con la cara enterrada en su cabello.
—Estoy cocinando algo complicado —respondió ella, con voz suave—. Pero valdrá la pena. Vas a sentir un sabor diferente.
Brian separó el abrazo y la miró. Su brazo mecánico —titanio y obsidiana, con vetas oscuras que brillaban bajo la luz— colgaba a un lado. En su cuello, una parte metálica expuesta, donde la piel se fundía con el metal sin transición.
—Gracias, Violeta —dijo Brian.
La cyborg inclinó la cabeza. Una inclinación ligera, curiosa, como la de un pájaro que escucha un sonido desconocido. Sonrió otra vez, y luego volvió a la cocina, dejando un rastro de pasos ligeros.
Brian se quedó solo en la habitación. Dejó la bolsa sobre una mesa de madera astillada y comenzó a ordenar el lugar. Colocó los platos, los cubiertos, dos vasos de metal. A un lado, dejó un juego de mesa casero: piezas talladas a mano, un tablero pintado con colores desvaídos, fichas hechas de botones y tapas de botellas.
Mientras trabajaba, tarareó una canción. Una canción vieja, de esas que su madre —quizás— le cantó antes de desaparecer.
La melodía se perdió entre las paredes agrietadas del edificio.
La ciudad ya estaba lejos.
Violeta cocinaba.
Sus manos —una de carne, otra de titanio y obsidiana— se movían con una precisión quirúrgica. Cortaba verduras en trozos idénticos, removía la salsa con un ritmo mecánico, ajustaba el fuego sin mirar. Su mirada era neutra, vacía, perdida en algún punto intermedio entre la concentración y la nada.
El único sonido era el chisporroteo del aceite.
Entonces ocurrió.
Un vidrio roto —restos de un foco que había caído hacía días— se desplazó por el suelo con un crujido leve. El sol de la tarde, filtrándose por una grieta en la pared, lo alcanzó. El cristal brilló. Un destello celeste, cristalino, limpio. Se reflejó en la retina de Violeta.
Ella se detuvo.
Su mano izquierda, la humana, empezó a temblar sobre el cuchillo.
—No... —susurró. Su voz era pequeña, frágil.
El brillo seguía allí. Parpadeante. Acusador.
—No, no, no, no...
Retrocedió. Un paso. Dos. Su espalda chocó contra la pared. Las manos subieron a su cabeza, golpeando sus propias sienes con una fuerza que resonó en la cocina. Golpe, golpe, golpe. Un sonido sordo y húmedo.
—¡NO! —gritó.
Todo empezó a temblar. Los platos en la mesa, los vasos, el juego de mesa casero. El edificio entero vibraba como si estuviera vivo, como si el dolor de Violeta se hubiera convertido en terremoto.
Y entonces ella vio el agua.
Cristalina, azul, flotando frente a sus ojos. No era real. Pero ella la veía.
Era una adolescente. No más de catorce años. Su cuerpo desnudo flotaba dentro de una cápsula de vidrio, rodeada de líquido transparente. Fuera, un hombre y una mujer la observaban. Sonrisas cálidas. Ojos brillantes de orgullo.
La niña Violeta abrió la boca. No salió ningún sonido. Solo burbujas.
Brian sintió el temblor en el suelo. Los dedos se le tensaron sobre la mesa.
—No otra vez —murmuró.
Se levantó de un salto y corrió hacia la cocina, los pies golpeando los escalones con desesperación.
—¡Violeta!
Llegó al umbral. La vio acurrucada contra la pared, las manos en la cabeza, los ojos abiertos pero ciegos. Temblaba como una hoja en el viento.
—Violeta —dijo, con voz suave—. Soy yo. Brian. Estoy aquí.
Se acercó lentamente. Movió la mano con cuidado, rozando su antebrazo metálico.
Violeta levantó la mirada.
Pero no vio a Brian.
Vio una mano vieja, pálida, arrugada. Una mano que olía a desinfectante y sangre seca. Una mano con bata científica.
—¡DÉJAME! —gritó.
El empujón fue bestial. Brian salió volando hacia atrás, atravesó la ventana de la cocina y cayó al vacío. El vidrio estalló en mil fragmentos que brillaron como pequeños soles. Brian golpeó el suelo seco varias veces, dando vueltas hasta quedar inmóvil, con el brazo doblado en un ángulo que no debería ser posible.
Violeta seguía apretándose la cabeza. Lagrimas rodaron por sus mejillas.
Y entonces llegaron los recuerdos.
Alguien la sostenía. Brazos fuertes, inamovibles, atrapando sus muñecas.
Alguien tomaba un cuchillo enorme. La hoja brillaba bajo una luz blanca y fría.
Corte.
Sangre.
Cables.
Taladros.
—Mamá... —susurró Violeta, perdida, rota, entre las ruinas de su propia mente—. Me duele...
Afuera, en el suelo polvoriento, Brian no se movía.
Pero algo en su interior se agitó.
La masa viscosa, gris y húmeda, se deslizó por su cuello y bajó hasta su brazo doblado. Comenzó a empujar, a reacomodar, a sanar. Huesos que crujían al volver a su lugar. Carne que se sellaba sin cicatriz.
Y una voz profunda, grave, que no era la suya, retumbó en su cabeza:
—Despierta.
Brian abrió los ojos.
Se incorporó con un movimiento inhumano, su columna flexionándose en un ángulo que ningún humano podría imitar. Una mano se estiró hacia el edificio y de ella brotaron tentáculos grisáceos, largos y rápidos, que se pegaron a la fachada y lo impulsaron hacia arriba.
Aterrizó en el borde de la ventana rota. Cojeaba, pero se sostenía.
—¡Violeta!
Ella seguía en el suelo, encogida, temblando.
Brian se arrodilló frente a ella. Movió sus brazos con una lentitud exagerada, como si se acercara a un animal herido.
—Violeta —dijo, su voz recuperando la calma—. Soy yo. Brian. Tu hermano. Estoy aquí.
Tomó sus manos, las separó de su cabeza. Las sostuvo con suavidad.
—Mira. Soy yo. Brian.
Violeta parpadeó. Los ojos grises, nublados, lentamente se enfocaron en el rostro de él.
—¿Brian? —preguntó. Su voz era un hilo quebrado.
—Sí —sonrió él, acariciando su cabello violeta—. Ya pasó. Estás aquí. Conmigo.
Violeta tardó unos segundos en responder. Parpadeó otra vez. Y luego, como una muñeca que vuelve a la vida, sus brazos se levantaron lentamente para abrazarlo.
—Perdón —susurró contra su hombro—. La comida se quemó. Otra vez.
Brian soltó una risa. Una risa cansada, rota, pero genuina.
—No importa —dijo, apretando el abrazo—. No tenía mucha hambre hoy.
Violeta cerró los ojos. Su respiración se fue calmando.
El edificio dejó de temblar.
Afuera, los fragmentos de vidrio seguían brillando bajo el sol, pero ahora eran solo vidrio.


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