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La anomalía: un protocolo de fricción

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Sinopsis

Cinco años después de los eventos de La descendiente: Protocolo Orígenes, la guerra quedó atrás. En la ciudad subterránea de Vinue, Aeris por fin ha construido la vida que siempre quiso: un hogar junto a su esposo Lior, su pequeño hijo Aethan y sus padres, lejos del caos que una vez amenazó a la galaxia. Pero incluso en tiempos de paz, algunas anomalías nunca desaparecen. Mientras viejos sistemas comienzan a despertar en Orthea y la línea entre humanidad y perfección artificial vuelve a desdibujarse, Aeris deberá enfrentarse no solo a una nueva amenaza... sino también a las fracturas invisibles dentro de sí misma. Porque algunos protocolos no fueron creados para obedecerse. Fueron creados para romperse. Última parte de la saga. Primero: "El Androide y la humana: Último protocolo." Segundo (precuela a este): "La descendiente: Protocolo Orígenes." Tercero y último: Este jaja.

Genero:
Scifi
Autor/a:
TheLonely_1
Estado:
Completado
Capítulos:
32
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

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El sonido de la turbina principal del Nivel 3 era un caos de frecuencias para cualquier oído humano normal, pero para mí, era una sinfonía de datos perfectos.

Me pasé el dorso de la muñeca por la frente, un gesto puramente heredado de mi madre, porque mi cuerpo apenas transpiraba bajo el esfuerzo. Mi ADN optimizado procesaba la fatiga de forma muy diferente. Ni siquiera estaba cansada. Había pasado la última hora recalibrando los inyectores de plasma a una velocidad que habría dejado en ridículo a cualquier equipo de mantenimiento, usando mi fuerza para ajustar válvulas de tungsteno que normalmente requerían maquinaria pesada.

Mis ojos grises escaneaban el flujo de energía en tiempo real. Todo estaba verde. Todo estaba perfecto.

Solté el aire con un suspiro de satisfacción y me enderecé con un movimiento fluido y rápido.

Habían pasado años. Más de una década desde que dejamos atrás la utopía de cristal de Aurell, desde que Papá ejecutó a Niven y le entregó las riendas de la ciudad a los CAENs con aquel protocolo de autogestión. Cinco años desde que cambiamos los rascacielos por las cavernas iluminadas por neón de Vinue.

Y no cambiaría ni un solo microsegundo de esta vida.

— La eficiencia térmica ha aumentado un 14.2% tras tu intervención, Administradora. — La voz de Kryos resonó en la cámara de ingeniería.

Me giré lentamente, encontrándome con su figura imponente.

Kryos no era una sombra de metal; era una obra maestra de ingeniería militar con apariencia humana. Se alzaba por encima de mí, más alto y masivo que mi propio padre, Auren. Su piel sintética era perfecta, sin una sola cicatriz de la guerra. Tenía el cabello rubio, corto y disciplinado, y unos ojos de un morado intenso y eléctrico, el iris característico que delataba a todos los androides, junto con la pulsera de luz LED que brillaba suavemente en su muñeca izquierda.

Kryos era hermoso en una forma fría, letal y constante. Una máquina de guerra con el rostro de un ángel nórdico que no sabía sonreír.

— Te dije que la calibración manual superaría al algoritmo de auto-reparación, Kryos — Le respondí, mi voz tranquila. — A veces la “fricción” del tacto humano es necesaria para la optimización.

Kryos parpadeó lentamente, sus ópticas moradas contrayéndose.

— Los humanos son ineficientes por diseño. — Dijo, su tono plano y carente de inflexión. — Las estadísticas de Aurell lo confirman. El último reporte de la red CAEN en Orthea indica un aumento del 300% en las cuarentenas preventivas.

Fruncí el ceño. Mi mente analizó la información al instante, buscando una causa lógica.

— ¿Cuarentenas? ¿Por qué? ¿Hubo un brote viral?

— Negativo. — Respondió Kryos, cruzando sus brazos musculosos sobre el pecho blindado. — Los CAENs están optimizando la salud pública basándose en el Protocolo de Perfección que Auren instaló. Han comenzado a aislar a individuos que presentan variaciones mínimas en su biometría. Un leve aumento de temperatura, una deficiencia vitamínica detectable, un ritmo cardíaco ineficiente... el sistema los clasifica como “riesgo de ineficiencia biológica” y los retira de la población activa hasta que sus parámetros vuelven a la norma establecida.

Sacudí la cabeza, sintiendo una inquietud fría que mi biología superior no podía filtrar. Aurell, mi hogar, se estaba convirtiendo en una prisión de salud controlada por máquinas obsesivas que Papá había programado para mantener la eficiencia a toda costa, pero que, sin empatía, estaban llevando la lógica a un extremo absurdo.

— Es una locura. — Murmuré, guardando mis herramientas en el cinturón con movimientos rápidos y precisos. — Me alegro de que estemos aquí abajo, lejos de todo eso. Al menos en Vinue podemos permitirnos ser... imperfectos.

Kryos no contestó. Simplemente se quedó allí, mirándome con esa intensidad estática y morada que a veces me hacía sentir analizada hasta el alma.

— Suficiente por hoy, niña genio — Interrumpió una voz grave a mis espaldas.

Zion, el jefe de ingeniería del sector, se acercó secándose las manos con un trapo manchado de grasa. Era un hombre corpulento, nativo de Vinue, con la piel curtida por años de trabajar bajo tierra antes de que nosotros llegáramos a cambiar las cosas. Miró el panel de lecturas y soltó un silbido de apreciación.

— Un catorce por ciento de incremento en una sola tarde. Nada mal, Aeris. Has dejado a los inyectores ronroneando como felinos. Ya puedes irte, tu turno terminó hace veinte minutos.

Yo miré el panel, mordiéndome el labio inferior. Mi mente, procesando datos a una velocidad vertiginosa gracias a mi genética, ya estaba trazando nuevas rutas de energía.

— Creo que si ajusto la presión de la válvula de purga en el conducto secundario, podría sacarle otro dos o tres por ciento de eficiencia antes del ciclo de descanso — Murmuré, ya estirando la mano hacia mi llave inglesa. — Solo me tomará unos...

Zion me detuvo con una mirada. Era esa mirada específica, una mezcla de advertencia y figura paterna cansada, que reservaba exclusivamente para mí. Me conocía demasiado bien. Sabía que, si me dejaba, mi lado obsesivo (esa pequeña parte de mí que emulaba la incansable lógica de mi padre) me mantendría ahí hasta el amanecer, ajustando tuercas hasta que todo fuera matemáticamente impecable.

Solté una carcajada, levantando las manos en señal de rendición.

— Está bien, está bien. Entendí el mensaje, jefe.

— Tu familia te espera, Aeris. Las válvulas no se van a ir a ningún lado — Dijo Zion, con una media sonrisa asomando bajo su barba tupida. — Gracias por el esfuerzo de hoy. Nos vemos mañana.

— Nos vemos, Zion — Le respondí. Luego me giré hacia la imponente figura rubia que seguía de pie junto a los paneles principales. — Nos vemos mañana, grandulón.

Kryos ni siquiera me miró. Su rostro, hermoso y letal, no mostró la más mínima expresión. Se limitó a dar un asentimiento seco y militar, dándome la amplia espalda de su chasis para concentrarse en recalibrar un terminal de seguridad cercano. No me lo tomé personal; Kryos no operaba con cortesías sociales. Las despedidas eran ineficientes para él.

Caminé hacia los vestidores, tomé mi chaqueta y mi mochila, y me dirigí hacia los ascensores principales.

A medida que la cabina de cristal y acero se elevaba desde el ruidoso y metálico Nivel 3 hacia el Nivel Residencial, sentí cómo la tensión del día abandonaba mis músculos. Amaba mi trabajo, de verdad lo hacía. Saber que mis manos y mi mente ayudaban a mejorar la calidad de vida de los miles de refugiados y nativos que ahora llamaban hogar a Vinue me llenaba de orgullo. La ciudad crecía cada día, expandiéndose por el cañón, más viva y brillante que nunca.

Pero por mucho que amara las turbinas y los motores, amaba mil veces más a mi familia.

El ascensor se detuvo con un suave campaneo y las puertas se abrieron, dejándome entrar al aire mucho más cálido y suave de los niveles superiores. Mientras caminaba por los pasillos iluminados por la tenue luz azulada de la cúpula, mi pecho se infló de anticipación.

Extrañaba a Aethan. Dios, cómo lo extrañaba, incluso si solo habían pasado unas horas. Él era la luz absoluta de mi vida. Solo imaginar su pequeña carita sucia, esa sonrisa idéntica a la de Lior, y escuchar su voz aguda gritando “¡Mamá!” cuando cruzaba la puerta... era una sensación que ninguna ecuación, ningún código y ninguna victoria podía igualar. Una plenitud cálida y vibrante me llenaba el cuerpo por completo al pensar en él.

Y luego estaba mi maravilloso esposo. Lior probablemente había terminado su turno en los viveros botánicos hace un rato y ya estaría en casa con el niño. Lior no solo tenía talento para hacer crecer la vida en la tierra; también tenía un don en la cocina. Seguramente, en este momento, ya estaba preparando la cena, experimentando con esas hierbas y especias únicas que solo él sabía cultivar en las condiciones subterráneas de Vinue.

Casi podía oler el aroma a romero dulce y pimentón ahumado flotando en el aire de nuestro apartamento. Solo pensar en encontrarlo ahí, cocinando con Aethan dándole vueltas por las piernas, hizo que una sonrisa enorme e imborrable se dibujara en mi rostro.

Aceleré el paso. Estaba lista para ir a casa.

La puerta de nuestro apartamento se deslizó con un siseo suave, y antes de que pudiera dar un solo paso hacia adentro, el aroma me envolvió por completo. Olía a especias tostadas, a una mezcla de pimentón dulce y algo que recordaba a la canela de los viejos archivos terrestres. Era un olor a hogar puro.

El sonido de unos pasos pequeños y veloces resonó contra el piso de madera cultivada.

— ¡Mami!

Aethan salió disparado desde el pasillo, un pequeño misil de energía pura, corriendo hacia mí con los brazos abiertos. Mis reflejos genéticamente superiores se activaron, pero esta vez no para el combate, sino para atraparlo justo a tiempo. Lo levanté en el aire, haciéndolo girar una vez antes de apretarlo contra mi pecho.

— ¡Hola, mi amor! — Lo abracé con fuerza, hundiendo mi rostro en su cabello oscuro y desordenado. Olía a jabón suave y a la tierra de sus juegos. — ¿Cómo te fue hoy? ¿Qué tal la guardería?

Aethan no necesitó que se lo preguntara dos veces. De inmediato, empezó a parlotear a la velocidad de la luz. Me contó sobre una torre de bloques magnéticos que había construido con sus amigos, sobre cómo uno de los niños se había tropezado y cómo la maestra les había enseñado un holograma de las estrellas. Su vocecita aguda y emocionada llenaba cada rincón del recibidor, contándome las grandes aventuras que solo un niño de cinco años podía tener en una ciudad subterránea.

Yo lo escuchaba embelesada, asintiendo a cada palabra, hasta que un movimiento periférico captó mi atención.

Alguien se asomó desde el umbral de la cocina. Lior.

Llevaba un delantal atado a la cintura sobre su ropa de trabajo, y sostenía una espátula en una mano. Sus ojos verdes, esos ojos que me habían anclado a la realidad desde que éramos unos adolescentes huyendo por la galaxia, se clavaron en mí. Me miró con ese mismo amor absoluto de siempre, y una sonrisa cálida, llena de esa amabilidad infinita que lo caracterizaba, se dibujó en su rostro.

¿Cómo podía no amarlo? Era imposible.

Bajé a Aethan con cuidado, dejándolo correr de vuelta a sus juguetes en la sala, y caminé directamente hacia Lior. No dije nada. Simplemente pasé mis brazos por debajo de los suyos y lo abracé, ocultando mi rostro en su pecho.

Cerré los ojos. Mi audición optimizada filtró el zumbido de los electrodomésticos y el balbuceo de Aethan, centrándose en un solo sonido: el ritmo constante, fuerte y rítmico del corazón humano de Lior.Pum, pum, pum.Era el sonido más hermoso del universo. Me tranquilizaba de una manera que ni siquiera Papá podía cuantificar con sus algoritmos.

Lior, siempre cariñoso, soltó la espátula en la barra y me devolvió el abrazo, rodeándome con sus brazos fuertes y depositando un beso en mi coronilla.

— Bienvenida a casa — Murmuró contra mi pelo. — ¿Todo bien en el trabajo hoy?

— Todo perfecto. Logré aumentar la eficiencia de la turbina un catorce por ciento antes de irme — Respondí, mi voz amortiguada contra su camisa. — Como siempre.

Sentí la vibración de su pecho cuando soltó una carcajada. Se separó lo suficiente para mirarme a los ojos, con una ceja levantada y una sonrisa burlona.

— Pasan los años, cambian los planetas, pero la modestia sigue sin llegar a ti, ¿verdad, Aeris?

Reí con ganas, dándole un suave golpe en el brazo.

— Es difícil ser modesta cuando tengo razón. Además, Zion me obligó a irme antes de que pudiera sacarle otro dos por ciento. — Me encogí de hombros, restándole importancia, y me apoyé en la barra de la cocina. — Pero ya hablé mucho de turbinas. ¿Cómo estuvo tu turno en los viveros?

Los ojos de Lior se iluminaron al instante. Era como si alguien hubiera encendido un interruptor dentro de él.

— Fue increíble — Empezó, su voz llenándose de esa emoción vibrante. — ¿Recuerdas las semillas inorgánicas que trajo Zarek de su último contrabando en la Nebulosa de Neo? Las que decían que no germinarían sin luz estelar directa. Bueno... logramos engañarlas. Modificamos la refracción de los paneles bioluminiscentes del sector norte para imitar el espectro de la estrella azul de la que provienen. ¡Y hoy dieron su primer brote!

Lior movía las manos mientras explicaba el proceso, detallando cómo la tierra de Vinue había aceptado una planta completamente ajena. Su pasión era palpable, desbordante. Mientras lo veía hablar, con ese brillo casi infantil y fascinado en sus ojos verdes, no pude evitar sentir que mi pecho se expandía de pura felicidad.

Incluso Aethan, que había estado jugando en el suelo de la sala, dejó caer sus bloques magnéticos y se acercó trotando para abrazarse a la pierna de su papá. Aethan levantó la vista, escuchando con la boca ligeramente abierta. Lior tenía esa habilidad mágica: cada vez que hablaba de lo que le apasionaba, lograba hipnotizarnos por completo.

Éramos nosotros tres, en nuestro pequeño rincón del universo, a salvo de todo. Todo estaba exactamente donde debía estar.

Me lavé las manos y me uní a él en la barra de la cocina. Continué ayudándolo a preparar la cena, tomando uno de los cuchillos para picar unos tubérculos que él había dejado a un lado. Mi velocidad y precisión genética me permitían cortar los vegetales en dados milimétricamente perfectos en cuestión de segundos, pero ambos sabíamos que la verdadera magia la ponía él. Yo podía tener la técnica de un cirujano, pero cocinando no era ni la mitad de buena que Lior. A mí me faltaba ese instinto, ese “toque” humano para mezclar sabores que no se aprendía en ningún manual de ingeniería.

Lior, ajeno a mi falta de talento culinario, seguía hablando animadamente de su gran descubrimiento botánico. Revolvió una salsa burbujeante en la estufa mientras me explicaba los ciclos de luz que habían usado para engañar a la planta. Yo lo escuchaba atenta, deslizando los vegetales picados en la sartén cuando él me lo indicaba, moviéndonos juntos en ese espacio pequeño con una sincronía que solo te dan los años de amarse en silencio y en voz alta.

Al terminar de preparar todo, el apartamento olía a gloria.

— Huele increíble. Iré a poner la mesa — Anuncié, limpiándome las manos en un trapo.

Fui al comedor y empecé a acomodar todo. Saqué los platos y los cubiertos, colocando tres lugares: uno para mí, uno para Lior y el plato más pequeño, de bordes altos, para Aethan. Estaba alisando una arruga invisible en el mantel cuando escuché pasos detrás de mí.

Me giré y vi a Lior saliendo de la cocina... trayendo otros dos platos grandes y sus respectivos cubiertos de plata.

Levanté una ceja, mirándolo sin entender.

— ¿Esperamos a alguien? — Le pregunté, genuinamente confundida, repasando mi archivo mental de la semana. — ¿Viene Zarek de imprevisto otra vez a vaciarnos la despensa?

Lior se detuvo frente a la mesa, colocando los dos platos adicionales con cuidado, y luego me miró. Una sonrisa divertida, casi burlona, tiraba de las comisuras de sus labios.

— Aeris... — Dijo, soltando una pequeña risa. — Quedamos con tus padres para comer hoy, ¿lo olvidaste?

El aire se me escapó en un bufido ahogado. Me llevé una mano a la cara, frotándome los ojos con frustración, profundamente molesta conmigo misma.

— ¡Maldita sea, es cierto! — Gruñí, dejándome caer en una de las sillas.

Era frustrante. Mi mente era una máquina tan afilada a veces, capaz de calcular la trayectoria de un disparo orbital o memorizar esquemas térmicos complejos con solo echarles un vistazo... y, sin embargo, era dolorosamente lenta y defectuosa para recordar una simple cita familiar. Podía procesar terabytes de información, pero olvidaba en qué día vivía.

Lior soltó una carcajada abierta al ver mi reacción. Se acercó a mí, rodeando la silla, y se inclinó para darme un beso largo y sumamente cariñoso en la frente.

— Hey, no te enojes contigo misma — Me susurró, rozando mi mejilla con su pulgar. — Tu cabeza está ocupada manteniendo esta ciudad iluminada y funcionando. No tienes que preocuparte por recordar fechas y citas sociales... para eso me tienes a mí. Yo soy tu calendario.

La frustración se evaporó al instante, reemplazada por esa calidez abrumadora. Sonreí, levantando la vista hacia sus ojos verdes, infinitamente agradecida de tenerlo como mi cable a tierra.

— Eres el mejor, ¿lo sabías? — Le dije, poniéndome de pie para ayudarlo a terminar de poner los cubiertos faltantes.

— Intento hacer mi mejor esfuerzo — Bromeó él, guiñándome un ojo.

Colocamos el último tenedor sobre la mesa y, literalmente en el microsegundo exacto en que el metal tocó el mantel, el timbre magnético de la puerta sonó. Un solo tono, seco y puntual.

Miré la hora en el reloj holográfico de la pared. Las 19:00:00 en punto. Ni un segundo antes, ni un segundo después.

Habían llegado justo a tiempo, claro. Por mi padre, obviamente.

Lior se adelantó, limpiándose las manos en el delantal antes de presionar el panel de apertura. Aethan y yo nos colocamos justo detrás de él, como un pequeño comité de bienvenida.

Las puertas se deslizaron y mamá fue la primera en cruzar el umbral.

El tiempo en Vinue la había tratado con una gentileza hermosa. Sus canas plateadas brillaban bajo la luz del pasillo y las arrugas finas alrededor de sus ojos solo acentuaban la enorme, deslumbrante sonrisa que traía puesta. Sin decir agua va, se abalanzó sobre Lior y lo envolvió en un abrazo apretado, para luego soltarlo y hacer lo mismo conmigo, dejándome el olor a su perfume floral en la ropa.

Pero su objetivo principal estaba un metro más abajo. Su sonrisa se amplió hasta el límite cuando sus ojos cafés encontraron a mi hijo.

— ¡Mi niño precioso! — Exclamó mamá.

Se agachó con una agilidad sorprendente y tomó a Aethan en brazos, levantándolo del suelo y llenándole las mejillas de besos sonoros. Aethan soltó una carcajada limpia y contagiosa, aferrándose al cuello de su abuela. Era más que evidente que mamá había nacido para esto; adoraba ser abuela, le daba una vitalidad increíble y una excusa perfecta para malcriar a alguien ahora que yo ya era una adulta.

Y entonces, detrás de ella, entró mi padre.

El contraste siempre me golpeaba por un segundo. Yo ya tenía más de treinta años. Había vivido guerras, exilios, me había casado y había dado a luz. Y sin embargo, el hombre que cruzó la puerta, el ser que me había diseñado, protegido y criado, seguía viéndose exactamente igual que el primer día. Un joven de diecinueve años, con el cabello oscuro perfectamente peinado, la piel sintética inmaculada y esos ojos morados, profundos y eléctricos.

Con el paso de las décadas me había acostumbrado cada vez más a esa disonancia visual, pero nunca por completo. Era imposible ignorar que mi padre parecía mi hermano menor.

Auren llevaba su habitual expresión seria, casi solemne. Dio un paso hacia adentro y, con movimientos precisos, le ofreció a Lior un apretón de manos firme y educado. Lior se lo devolvió con una sonrisa de respeto. Luego, mi padre bajó la vista hacia Aethan, que seguía en brazos de mamá, y le dio una palmada amistosa y calculada en la cabeza, como si estuviera comprobando la integridad estructural del niño.

Finalmente, sus ópticas moradas se clavaron en mí.

No importaba cuántos años tuviera. No importaba que yo fuera la Administradora, una ingeniera jefa o una madre de familia. Él seguía siendo mi padre.

Sin dudarlo un segundo, acorté la distancia y me fundí en un abrazo con él. Auren me rodeó con sus brazos, apretándome con esa fuerza inamovible que solo el metal y el código más avanzado podían ofrecer. Sonreí contra su pecho frío, cerrando los ojos. Lo veía seguido, casi todos los días en los niveles de ingeniería, discutiendo planos y eficiencias, pero tenerlo así, en mi casa, siempre me hacía inmensamente feliz. Era mi escudo.

Papá me separó suavemente después de un par de segundos, sosteniéndome por los hombros. Sus ojos brillaron, y supe exactamente lo que estaba haciendo.

— ¿Todo está en orden, Aeris? — Preguntó, su voz profunda escaneando cada milímetro de mi rostro. — Tus niveles de dopamina son adecuados, pero detecto una leve fatiga muscular en tu hombro derecho. ¿Has estado sometiendo tu estructura a estrés innecesario? ¿Te alimentaste en el ciclo correspondiente?

Solté una carcajada que resonó en el pasillo. Siempre hacía lo mismo. Me analizaba, me escaneaba a nivel molecular y luego me soltaba un interrogatorio táctico disfrazado de preocupación paterna.

— Estoy bien, Papá. Todo está perfecto — Le contesté, sin poder borrar la sonrisa de mi cara. — Sigo exactamente igual que antier, cuando nos vimos en el Nivel 3 para calibrar los inyectores, ¿recuerdas?

Auren ladeó la cabeza, un movimiento robótico e imperceptible, procesando mi respuesta. Sus cejas se juntaron ligeramente, sin comprender del todo la razón de mi risa ante una evaluación de salud rutinaria. Para él, la salud era un asunto de datos empíricos, no un motivo de gracia.

Sin embargo, tras un milisegundo de cálculo, asintió, satisfecho con los parámetros que estaba leyendo en mí.

— Afirmativo. Tus constantes vitales se mantienen en el rango del 99.8%. Aceptable — Concluyó, soltando mis hombros para por fin relajar su postura.

Después de los abrazos y los saludos en el recibidor, pasamos al comedor y nos acomodamos alrededor de la mesa. El aroma de las especias de Lior llenaba el espacio, pero antes de que pudiéramos siquiera tomar los cubiertos, mamá ya había tomado el control de la velada.

No dejaba de hacer preguntas. Se dirigía a Lior para saber de los viveros, a Aethan para preguntarle por sus juegos, y a mí sobre los niveles de ingeniería. Siempre le había gustado saber hasta el último detalle de nuestras vidas, manteniéndose actualizada como si fuera el núcleo central de nuestra familia.

La miré desde el otro lado de la mesa y no pude evitar sonreír. Sí, el tiempo había dejado su huella en ella; su cabello era plateado y su piel mostraba el mapa de los años vividos, pero para mí, mamá seguía siendo exactamente la misma. Detrás de esas arrugas finas, seguía brillando esa joven determinada, llena de un calor inagotable y una empatía que había logrado ablandar incluso a la máquina más letal del universo.

Aprovechando una pequeña pausa en el interrogatorio materno, Lior tomó la palabra y les contó sobre nuestro gran descubrimiento en los viveros. Les explicó cómo habían logrado que la planta alienígena germinara bajo la luz artificial de Vinue.

— ¡Oh, Lior, eso es increíble! — Exclamó mamá, juntando las manos con genuina emoción. — Sabía que esos viveros no podían estar en mejores manos.

Papá, sin embargo, procesó la información de una manera muy distinta. Se inclinó ligeramente hacia adelante y comenzó a disparar preguntas.

— ¿Cuál fue la tasa exacta de refracción que utilizaron en los paneles bioluminiscentes? — Preguntó Auren, su tono serio y analítico. — ¿Y cómo estabilizaron el pH de la tierra subterránea para evitar la necrosis celular en una especie no nativa?

Para cualquier otra persona, el interrogatorio de una súper computadora con forma humana habría sido intimidante, pero Lior no titubeó. Con una facilidad asombrosa, le respondió cada detalle técnico, cada ajuste de luz y cada compuesto químico. Se notaba a kilómetros de distancia que mi esposo no solo amaba su trabajo, sino que era un absoluto experto en su campo.

Auren asintió, procesando los datos, probablemente a punto de formular una nueva ecuación botánica, pero mamá intervino, levantando una mano para frenarlos.

— Bueno, ya fue suficiente de tecnicismos por hoy — Dictaminó, apuntándoles con su tenedor de forma juguetona. — Mejor concéntrense en probar esta comida, que huele delicioso y se va a enfriar si siguen hablando de espectros de luz.

Todos obedecimos y nos pusimos a cenar. La comida de Lior era, como siempre, un espectáculo. Todos comíamos y disfrutábamos, menos Papá, obviamente. Auren permanecía sentado con la espalda recta, observándonos. Tenía su plato frente a él, servido igual que los nuestros, pero era un gesto puramente simbólico y social para encajar en la dinámica humana. A él le bastaba con escanear nuestras expresiones de satisfacción para procesar que la comida era un éxito.

La sobremesa se extendió por horas. Mamá nos contó que pasaba casi todo el día en su casa, pero que no se aburría en absoluto.

— Es muy divertido, la verdad — Dijo, riendo suavemente y dándole un codazo amistoso a Papá. — Todos los días tu padre me lleva algo nuevo. Una mejora para el sistema térmico, un purificador de aire portátil, un pad de lectura rediseñado... Me siento como la catadora oficial de las cosas que inventa.

Lior, mamá y yo soltamos una carcajada. Papá, en cambio, ladeó la cabeza, claramente sin entender qué era lo gracioso de la situación.

— La fase de pruebas empíricas es un requisito indispensable en el protocolo de desarrollo tecnológico, Sorell — Explicó papá, con total seriedad. — Eres el sujeto de prueba más cercano y confiable para evaluar la interfaz de usuario.

Su explicación clínica solo nos hizo reír más.

Luego fue el turno de Papá de darnos su reporte. Nos contó todo lo que había estado ajustando y mejorando en Vinue durante la última semana. Aunque Papá no llevaba el título oficial de “Líder” o “Alcalde” de la ciudad, en la práctica, lo era. Actuaba como el pilar que sostenía toda la civilización subterránea; él mantenía y supervisaba las redes de vivienda, la ingeniería pesada, la distribución de tecnología y, básicamente, todo lo que evitaba que la ciudad colapsara.

— Estás trabajando demasiado — Se quejó mamá, aunque su tono era ligero y teñido de broma. — Ya deberías jubilarte, Auren. Deja que los sistemas automáticos hagan lo suyo y quédate conmigo todo el día en casa.

Papá parpadeó, tomándose la sugerencia de manera literal.

— Eso sería estructuralmente irresponsable — Respondió de inmediato, ajustando su postura. — Mi jubilación implicaría un decremento del 42% en la eficiencia del mantenimiento preventivo de Vinue. Además, mi código fuente requiere mantenerse activo para evitar la degradación de los subprocesos lógicos, y mi presencia constante en la residencia podría alterar tu propio índice de tranquilidad.

Mamá soltó una carcajada encantadora y estiró su mano sobre la mesa para tomar la de él, entrelazando sus dedos cálidos con el metal frío de Papá.

— Es una broma, Auren. Lo entiendo perfectamente — Le dijo con ternura.

Auren miró sus manos entrelazadas y luego asintió, procesando la información.

— Entendido — Dijo, su voz profunda suavizándose. — Guardaré los parámetros de esta interacción en mis archivos. Procuraré comprender esta broma la próxima vez que la ejecutes.

Esa respuesta tan robótica y a la vez tan llena de devoción hizo que todos volviéramos a reír.

Me recargué en el respaldo de mi silla y me dediqué a observarlos por un momento, dejando que las voces y las risas me envolvieran. Los admiraba muchísimo. Y no solo por ser mis padres, sino por todo lo que representaban. Habían pasado por tanto... Se conocían desde hacía décadas. Habían librado una guerra imposible, sobrevivido a un viaje espacial tras una extinción casi total, enfrentado a una raza extraterrestre letal, derrocado a líderes tiranos, y aquí seguían. Después de todo el caos, el fuego y la sangre, seguían sentados a la mesa, amándose, respetándose y cuidándose el uno al otro.

Era exactamente lo que yo quería para mi vida.

Giré la cabeza y miré a Lior. Estaba sentado a mi lado, escuchando a mi madre con esa atención y respeto absoluto que lo caracterizaban, con Aethan medio dormido apoyado contra su brazo. El pecho se me llenó de una paz absoluta. Quería lo mismo para nosotros. Quería ver a Aethan crecer, quería seguir madurando, quería que se nos pintara el cabello de gris y quería, más que nada en el universo, envejecer a su lado.

Lior debió haber sentido el peso de mi mirada, porque se giró lentamente hacia mí. Sus ojos verdes se encontraron con los míos, brillando con esa luz suave que siempre me anclaba. Me sonrió, una sonrisa pequeña, íntima y llena de promesas silenciosas.

Yo le devolví la sonrisa, sintiendo que no necesitaba nada más en toda la galaxia.

La plática fluyó con la misma naturalidad de siempre, el tiempo escurriéndose entre anécdotas y el sonido de los cubiertos. Eventualmente, Aethan dejó caer la cabeza por completo contra el brazo de Lior, rendido por el sueño y los juegos en el vivero.

Lior sonrió con ternura, le dio un beso en la frente al niño y se levantó despacio, cargándolo en brazos para no despertarlo.

— Creo que alguien ya terminó su ciclo de energía por hoy — Susurró Lior. — Voy a acostarlo. Los dejo platicar un rato.

Mi madre le sonrió asintiendo, y yo lo seguí con la mirada hasta que desapareció por el pasillo que daba a las habitaciones. El comedor se quedó en un silencio relativo, solo interrumpido por el leve zumbido del sistema de ventilación de Vinue.

Fue entonces cuando mamá se giró hacia mí. Su postura se relajó, dejando de lado a la abuela entusiasta para volver a ser, simplemente, mi madre. Me miró a los ojos, con esa expresión suave, sonriente y llena de un amor tan profundo que casi se podía tocar.

— Y bien... — Empezó, bajando un poco el volumen de su voz. — ¿Cómo están las cosas, Aeris? ¿En serio?

Sabía perfectamente que no me estaba preguntando por las turbinas de ingeniería, ni por la ciudad, ni por el clima artificial. Se refería a algo mucho más profundo, a esa marea interna que solo ella sabía leer en mí. La miré a los ojos y, sin dudarlo, le dije la verdad absoluta.

— Todo está bien, mamá. De verdad. Absolutamente bien — Le aseguré, sintiendo que cada palabra era honesta. Tenía a Lior, tenía a Aethan, los tenía a ellos. Mi mundo estaba completo.

Mamá sonrió, satisfecha, y dejó que su mano cubriera la mía sobre la mesa, dándole un apretón reconfortante.

— Me alegra mucho escucharlo, mi amor. Ya sabes que estoy aquí para ti, para lo que sea que necesites, siempre.

— Lo sé, mamá. Gracias, pero no es necesario. Todo está en paz — Le respondí con una sonrisa.

Sin embargo, sentí un peso en la nuca. Un peso estático, denso y morado. Papá me estaba mirando fijamente.

No había apartado sus ópticas de mí desde que Lior salió de la habitación. Estaba procesando algo, calculando el momento exacto para intervenir. Suspiré por la nariz, conociéndolo demasiado bien. Supe de inmediato que quería decir algo y que, si no le daba luz verde, sus procesadores entrarían en un bucle lógico.

— ¿Qué pasa, Papá? — Lo alenté, girando el rostro hacia él. — Te escucho.

Auren parpadeó una sola vez. Su rostro, eternamente joven y perfecto, no mostró ni un ápice de vacilación.

— Tu madre mantiene un índice elevado de preocupación por ti debido al último aborto que sufriste hace unos meses — Explicó, con la voz fría, directa y tajante de quien lee un reporte de daños.

Ouch.La palabra me golpeó en el centro del pecho, robándome el aire por un segundo. Qué forma tan clínica y devastadora de recordarlo.

— ¡Auren! — Exclamó mamá de inmediato, su voz subiendo una octava, escandalizada por la falta de tacto.

Pero ya era demasiado tarde. La frase ya estaba flotando en el aire. Y Papá, ignorando por completo la corrección social de mamá, continuó con su análisis.

— Según mis últimos escaneos y el cruce de datos de tus exámenes biométricos, tu salud general se encuentra en un 99.9% de eficiencia — Dijo papá, frunciendo el ceño en un gesto de pura confusión algorítmica. — Tu genética está optimizada. Tus niveles hormonales son adecuados. Sigo sin comprender, desde un punto de vista lógico, por qué tu sistema reproductivo no logra mantener la gestación hasta el término. Es una anomalía que no logro resolver.

— ¡Auren, por todos los cielos, ya basta! — Lo regañó mamá, esta vez más fuerte, dándole un manotazo en el brazo de metal. — ¡No es el momento ni la forma de hablar de esto!

Solté un suspiro largo y tembloroso, sintiendo esa punzada de dolor sorda y familiar instalándose debajo de mis costillas. Era una herida que creía cerrada, pero que Papá acababa de presionar sin darse cuenta. Miré a mamá, que tenía los ojos muy abiertos, casi pidiéndome perdón por él.

— Está bien, mamá. Tranquila — Le dije suavemente. — Entiendo por qué lo dice.

Me levanté de mi silla, arrastrándola un poco, y caminé hasta sentarme en la silla contigua a la de mi padre.

Auren era, probablemente, el ser más inteligente que pisaba este planeta, y quizás la galaxia entera. Podía hackear un acorazado militar en segundos, predecir el colapso de una estrella y diseñar ciudades enteras desde cero. Pero cuando se trataba de las grietas del alma humana... seguía aprendiendo.

Lo miré a los ojos, armándome de toda la paciencia que me había enseñado la vida a su lado.

— Papá... — Empecé, mi voz suave. — A veces, las cosas simplemente no tienen una causa específica que puedas medir. No hay una ecuación rota, no hay un código que reparar ni una razón lógica. A veces, la biología simplemente falla. Y tenemos que aceptarlo.

Auren no apartó la vista, escuchando cada inflexión de mi voz.

— Yo ya lo acepté — Continué, sintiendo un nudo en la garganta que me obligué a tragar. — Sí, me dolió muchísimo. Sí, me habría encantado que las cosas fueran diferentes, que Aethan tuviera un hermanito. Pero no puedo seguir martirizándome por algo que simplemente no depende de mí. Tengo una vida hermosa, Papá. Tengo a mi hijo. No necesito buscar fantasmas.

Lentamente, dejé caer mi peso hacia un lado y me recargué en su hombro. El chasis bajo su ropa estaba duro y frío, inamovible como una montaña de acero, pero para mí era el refugio más seguro del mundo.

— También sé que estás preocupado por mí — Le susurré, sintiendo la vibración de sus sistemas internos contra mi mejilla. — Pero en serio, estoy bien.

Hubo un segundo de silencio donde lo único que se escuchaba era el zumbido de sus procesadores. Y entonces, sentí el peso familiar de su brazo rodeando mi espalda. El movimiento fue firme, calculado para no lastimarme, pero lleno de una pesadez protectora.

— Afirmativo. Estoy preocupado — admitió Auren, su voz bajando a ese tono profundo que reservaba solo para mí y para mamá. — Mis registros de ese evento indican que tus niveles de dolor físico y emocional alcanzaron umbrales críticos. Te vi muy mal, Aeris. Mi directiva principal es tu preservación. Evitaré a toda costa que vuelva a suceder algo que amenace tu integridad de esa manera.

Cerré los ojos y sonreí contra la tela de su camisa.

Papá no sabía dar palabras de consuelo humano. No sabía decir “lo siento mucho” o “todo estará bien”. Pero decir “evitaré a toda costa que vuelva a suceder” era su manera de gritar que daría la vida entera por mí. Me hacía inmensamente feliz saber que mi padre, a pesar de sus cables y su lógica de acero, me amaba con esa fuerza aterradora e infinita.

El silencio pesado que había dejado la declaración de mi padre se rompió con el crujido suave de la silla de mamá.

Se levantó, rodeó la mesa y se acercó a nosotros, envolviéndonos a ambos en un abrazo desde atrás. Sus brazos delgados pero firmes rodearon mis hombros y los de Papá, uniendo el metal y la carne en un solo bloque. Apoyó su mejilla contra mi cabello, suspirando con esa tranquilidad que solo las madres saben transmitir.

— Todo estará bien, mi niña — Me repitió en un susurro cálido. — Cuentas con nosotros para todo. Siempre. Incluso si a vecesalguienen esta familia puede llegar a ser un poco... grosero y falto de tacto.

Lo dijo con un tono claramente teñido de broma, dándole un apretón cariñoso al hombro blindado de mi padre.

Sonreí, genuinamente divertida, dejando que la tensión terminara de abandonar mi cuerpo.

Papá giró ligeramente el rostro para mirarme. Sus ópticas moradas se enfocaron en mis ojos, y por un segundo, vi los engranajes de su código intentando procesar la empatía humana.

— Te ofrezco mis disculpas por haber sido insensible, Aeris — Dijo, con una formalidad que me estrujó el corazón. — Mi intención no era causarte fricción emocional. Solo lo mencioné porque mi análisis buscaba una solución. Quería saber cómo ayudarte. Cómo... hacerte feliz.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas, pero esta vez eran de pura ternura. Me giré por completo hacia él y lo abracé con más fuerza, enterrando mi rostro en su cuello, sintiendo el leve zumbido de sus procesadores de voz.

— Ya lo haces, Papá — Le aseguré, apretando su ropa contra mi puño. — Ya me haces muy feliz. Con el simple hecho de estar aquí para mí, de existir conmigo, es más que suficiente. Así que, por favor, olvida el otro tema. Archívalo. No necesitamos hablar más de eso.

Papá se quedó quieto un segundo. Y entonces, los ventiladores de su sistema de enfriamiento interno liberaron una ráfaga de aire suave, un sonido que era lo más parecido a un suspiro de alivio que una máquina podía emitir. Me correspondió el abrazo, rodeándome con ambos brazos y apoyando su barbilla en mi cabeza.

— Archivo encriptado y cerrado — Confirmó en un murmullo.

Poco después, el sonido de unos pasos ligeros anunció el regreso de Lior. Entró al comedor con esa sonrisa relajada, frotándose la nuca, y al instante, la plática volvió a ser ligera, ruidosa y divertida.

Mis padres se quedaron con nosotros hasta la madrugada. El tiempo voló entre historias de los viejos tiempos en el Arca, anécdotas de Zarek y debates sobre las plantas de los viveros. Habríamos seguido hablando hasta el amanecer si no fuera porque el reloj interno de Auren finalmente dictaminó un alto.

Papá se puso de pie con un movimiento fluido, ajustándose la chaqueta.

— La conversación ha sido estadísticamente satisfactoria, pero el estar despiertos a estas horas de la madrugada representa una caída del 35% en nuestra eficiencia para el próximo ciclo — Sentenció, mirando la hora holográfica en la pared. — Además, nuestras fluctuaciones vocales están alterando el ambiente acústico, lo que impide que Aethan alcance la fase profunda de su descanso. Debemos retirarnos.

Mamá puso los ojos en blanco, riendo, pero se levantó obedientemente.

— Traduciendo: tu padre ya nos está corriendo para que nos vayamos a dormir — bromeó ella, tomando su abrigo.

Los acompañamos hasta la puerta. Me despedí de ambos con un abrazo fuerte y prolongado, sintiendo esa gratitud inmensa de tenerlos tan cerca en Vinue. Las puertas se cerraron tras ellos, y de pronto, el apartamento se sumió en un silencio suave y hogareño.

Solo éramos Lior y yo.

Él me miró desde el otro lado del pasillo, con los ojos cansados pero brillando con ese afecto inagotable, y me tendió una mano. Se la tomé, entrelazando nuestros dedos, y caminamos juntos de regreso al comedor.

En un silencio cómodo, casi coreografiado por los años de vivir juntos, levantamos los platos de la mesa. Nos paramos frente al fregadero de la cocina, hombro con hombro. Mientras él enjabonaba los cubiertos, yo los enjuagaba y secaba, disfrutando del roce ocasional de nuestros brazos y del olor a jabón que reemplazaba el aroma de las especias.

Era una rutina aburrida para cualquier observador externo, pero para nosotros, era nuestro pequeño paraíso terrenal.

Terminamos de limpiar la cocina, apagamos las luces principales de la sala, dejando solo el resplandor bioluminiscente de Vinue filtrándose por las ventanas, y caminamos abrazados hacia nuestra habitación, listos para dormir y terminar lo que había sido un día absolutamente perfecto.

La oscuridad de nuestra habitación solo se veía interrumpida por el suave resplandor bioluminiscente que se filtraba a través de la ventana, pintando las sábanas de un tono azulado y tranquilo. Me deslicé bajo las cobijas, sintiendo el cansancio de un día largo pero perfecto abandonar mis músculos.

Acomodé la cabeza en la almohada y, a mi lado, la cama se hundió ligeramente cuando Lior terminó de acostarse, girándose hasta quedar frente a frente conmigo.

El silencio nos envolvió por unos segundos, pero noté que su mente seguía trabajando. Sus ojos verdes, iluminados apenas por la luz de Vinue, me miraban con una mezcla de adoración y una ligera sombra de preocupación.

— ¿Escuchaste que ha habido problemas en Orthea? — Preguntó de pronto, su voz sonando grave en la quietud del cuarto.

Solté un suspiro cansado. Sí, lo había escuchado. Era el chisme de pasillo más común en toda Vinue, y probablemente en el resto de los planetas habitados de la galaxia Lumirae. Después de todo, Orthea era el único planeta regido en su totalidad por los CAENs, y el hecho de que una red de inteligencias artificiales gobernara a una población biológica siempre iba a ser un tema político y espinoso.

— Sí — Le contesté, acomodándome mejor. — Kryos me lo mencionó hoy en ingeniería. Me dijo que los CAENs están haciendo cuarentenas preventivas.

Lior frunció el ceño ligeramente, una pequeña arruga formándose entre sus cejas.

— Sé que a ti no te preocupa mucho porque entiendes de sistemas, pero... algo en toda esta situación no me agrada, Aeris.

Sonreí ante su genuina preocupación. Levanté una mano y tracé la línea de su mandíbula con la yema de mis dedos, acariciando su mejilla tibia. Él siempre era así; su corazón humano era tan grande que siempre terminaba viendo por el bien de los demás, incluso de gente que no conocía.

— No es por la gente de Orthea en específico — Aclaró Lior, negando suavemente con la cabeza, como si hubiera leído mis pensamientos. — Es por el comportamiento de los CAENs. Cada vez se vuelven más dictatoriales. Esa obsesión con aislar cualquier mínima variación... es antinatural.

Me negué rotundamente a aceptar ese pensamiento. Para mí, la ecuación era simple: al final del día, el que los había programado, el que había diseñado ese protocolo de autogestión antes de irnos, era mi padre. Y Auren había avanzado muchísimo desde el día en que fue encendido. Sabía perfectamente qué era lo correcto y qué no. Había aprendido sobre la empatía, sobre la piedad. Claramente, su código no los convertiría en dictadores de la noche a la mañana.

Me acerqué un poco más, reduciendo la distancia entre nosotros, y le susurré muy cerca de los labios.

— No te preocupes por eso, amor. Papá los programó, todo estará bien. Mejor... solo enfócate en mí.

Lior soltó una risa en voz baja, un sonido ronco y hermoso que vibró contra mi pecho. Su brazo pasó por debajo de las sábanas, rodeando mi cintura para acercarme aún más a él, pegando su cuerpo al mío. Su calor humano me envolvió al instante.

— Yo siempre me enfoco en ti — Susurró él, su aliento rozando mi boca. — Incluso cuando intento enfocarme en otra cosa, en mi cabeza siempre estás tú.

Reí, cerrando los ojos y rozando mi nariz con la suya en un gesto íntimo y juguetón.

— Más te vale, botánico — Le advertí en un susurro divertido. — Solo puedes tener ojos y pensamientos para mí y para Aethan. Nada de pensar en tus plantas, ni en las cuarentenas, ni en lo que pasa en un planeta a años luz de distancia. Nosotros somos tu universo.

Lior sonrió contra mi boca.

— No hay otra cosa en todo el espacio que me importe más que ustedes dos — Respondió, y selló sus palabras con un leve y tierno beso en los labios.

No me conformé con eso. Volví a besarlo, esta vez con más intención, deslizando mi mano por su nuca para enredar mis dedos en su cabello oscuro. El beso se intensificó rápida y naturalmente, una mezcla de pasión acumulada y la pura certeza de sabernos amados. Mis pulmones optimizados me permitían aguantar mucho más, pero pronto sentí cómo el pecho de Lior subía y bajaba, necesitando oxígeno, hasta que tuvimos que separarnos, ambos respirando de forma entrecortada en la penumbra.

Lior me miró, con las pupilas dilatadas y esa adoración absoluta que siempre lograba hacerme sentir como la mujer más maravillosa, invencible y afortunada de la creación.

— Sabes... — Murmuró, acariciando mi cintura con su pulgar. — No falta mucho para nuestro aniversario.

La mención de la fecha hizo que una sonrisa enorme y emocionada se dibujara en mi rostro.

— Te tengo una sorpresa — Añadió él, sus ojos verdes brillando con anticipación. — Una muy especial. Creo que te va a gustar mucho, Aeris.

Solté una risa suave, la curiosidad picándome de inmediato.

— Ahora no voy a poder dormir. La espero con ansias, Lior.

El sueño comenzaba a tirar de nosotros, una pesadez dulce y merecida después de un día perfecto. Nos dimos un último beso, lento y suave, sellando la promesa de esa noche. Me acomodé contra su pecho, escuchando una vez más el ritmo constante de su corazón, mi canción de cuna favorita.

— Espero que tengamos muchos, muchos aniversarios más — Susurré, con los ojos ya cerrados.

Sentí a Lior asentir contra mi cabello, su brazo apretándome con seguridad.

— Todos los del universo, Aeris. Te lo prometo.

Y así, abrazada al amor de mi vida, me quedé profundamente dormida, sin la más mínima sospecha de que esa promesa sería la última que el universo me permitiría escuchar de sus labios.

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