CAPÍTULO 1 "SEXY LOCO ZENX"
El sol se cuela por los ventanales altos, iluminando las motas de polvo que bailan sobre los pupitres de madera, repletos de nombres y promesas de amor que al final nadie va a cumplir.
Sully y yo estamos sentadas en la penúltima fila. No somos las marginadas que almuerzan en la biblioteca, pero tampoco formamos parte del círculo de Kenzie y las demás chicas que caminan por los pasillos como si fueran dueñas de este lugar.
Pertenecemos a ese punto medio donde somos lo suficientemente invisibles para los intocables, pero a la vez visibles para que Missy y Sophie nos pasen los chismes de vez en cuando.
—No puedo creer que este sea el final, María, es horrible —susurra Sully, cerrando su libro de bolsillo con un golpe dramático.
—¿Qué esperabas de un libro tan viejo? —le digo con una sonrisa burlona mientras juego con mi bolígrafo—. La protagonista es una exagerada. Yo habría quemado la carta y me hubiera casado con el cuñado guapo. Problema resuelto. No sirve de nada llorar por alguien que no sabe lo que quiere.
Ella me mira como si acabara de confesar un crimen imperdonable y aprieta el ejemplar contra su pecho con una mezcla de horror y ofensa.
—¡Cómo que casarse con el hermano! Es horrible que digas eso. El protagonista se merecía otra oportunidad. Eres una cínica, María.
—Solo soy realista —respondo, apoyando la barbilla en mi mano mientras vigilo la nuca del profesor Dorian—. La esperanza es una pérdida de tiempo si no tienes un plan de escape.
Ella rueda los ojos y deja el volumen a un lado, mientras mira hacia las primeras filas, donde Drew se ríe de algo que uno de sus amigos le dice.
—Hablando de esperanza… ¿viste a Drew hoy en el entrenamiento? —murmura, su voz es apenas un hilo—. Dios, se veía tan bien con el uniforme. Me miró cuando pasé por las gradas. Quizás este año el baile de invierno sea distinto.
Suelto una risa seca, sintiendo una punzada de lástima por ella.
—Sully, por favor. Drew está con Kenzie. ¿Sabes? ¿La chica que tiene su propio código postal y el cabello más perfecto del pueblo? —Le doy un toquecito en la frente—. El chico tiene el coeficiente intelectual de una tostadora. Lo viste "bien" porque estabas lejos. De cerca, solo huele a sudor y a una desesperada necesidad de aprobación. Es una locura que pierdas tu tiempo en él.
—¡No es un idiota! Solo es… incomprendido —insiste ella, aunque baja la vista al ver a Kenzie inclinarse hacia él para susurrarle algo al oído.
—Es un imbécil que no sabe deletrear "química" aunque la tenga escrita en la pizarra frente a su cara —sentencio.
Ella está a punto de rebatir, pero un repentino mareo me golpea la base del cráneo.
Por un segundo, el siseo de la tiza de Dorian se vuelve un estruendo, como si estuviera rascando directamente sobre mi cerebro.
El aula parece estirarse, volviéndose más larga, más fría. Me llevo una mano a la sien, sintiendo un sudor frío.
No entiendo, me he tomado mis pastillas por la mañana, como siempre.
¿Por qué sigue pasándome esto?
Los peores miedos empiezan a invadirme. Tal vez la dosis ya no esté funcionando. Tal vez tengan que aumentarla. Pero si la aumentan, todo va a cambiar...
Las dosis más alta te dejan medio atontada, como si vivieras detrás de un vidrio.
Te conviertes en algo que ya no eres tú. Y lo peor no es solo eso. Lo peor es que ya no podrás asistir a la escuela.
—¿Estás bien? Te pusiste pálida... —la voz de Sully llega hasta mí como si atravesara un muro de agua, interrumpiendo mis pensamientos.
—Sí, solo es un mareo —digo, y al escuchar mi propia voz noto que suena extraña y plana.
Clavo las uñas en la piel de mi antebrazo, ocultando el gesto bajo la mesabanco, buscando un ancla que me devuelva al presente.
Respiro hondo en silencio, contando los segundos hasta que el zumbido cede lo suficiente como para poder sostener la mirada al frente sin que se me note el temblor.
Con cuidado, tomo el lápiz y empiezo a escribir los apuntes de la pizarra, obligando a mi mente a concentrarse en cada número y cada letra.
Unos minutos después, un pequeño trozo de papel aterriza sobre mi escritorio desde una de las filas de atrás.
Miro sobre mi hombro. Missy y Sophie me sonríen con complicidad.
Abro la nota debajo de la libreta.
"Adivinen quién regresó", dice la letra de la rubia.
Sully toma mi bolígrafo y escribe rápidamente en el margen:
"¿Quién? ¿Alguien interesante?".
La respuesta llega segundos después: "Está de regreso nuestro sexy loco Zenx"
Yo solo he visto a Zenx un par de veces por los pasillos, pero nunca cruzamos palabras ni miradas.
Pero los rumores de que fue internado en el psiquiátrico fueron el tema del instituto el ciclo pasado.
Fue acusado de golpear a su padrastro, y el diagnóstico que tengo entendido que le dieron es trastorno de la ira o bipolaridad.
El chirrido de la puerta al abrirse interrumpe al profesor Dorian.
Owen es el primero en cruzar el umbral con su cabello castaño ligeramente revuelto y esa mirada desafiante que de inmediato silencia el murmullo del fondo.
Pero no viene solo. Detrás, con una chamarra colgada descuidadamente en un hombro y unos ojos grises que escanean el aula como si estuviera midiendo a su próxima presa, aparece Zenx.
—Llegan tarde, jóvenes, tomen asiento a la de ya —dice Dorian, tronando los dedos con fastidio antes de seguir con la clase.
Caminan hacia la última fila donde nosotras estamos, y conforme avanzan, se alcanzan a escuchar los cuchicheos y suspiros de algunas chicas, sobre todo de las más populares.
Al pasar por mi lado, Owen sin querer genera una ligera corriente de aire que hace que el papelito se resbale de mi mesa hasta caer justo en la punta de las botas de Zenx.
Mierda...Mierda...Mierda...
Él se inclina hacia abajo y toma la nota con cuidado, y mientras lo hace puedo sentir cómo el aliento empieza a faltarme.
El rubio alza una ceja y dibuja una mueca de asco al leer las palabras que están escritas, después en un movimiento rápido la arruga y avienta directo sobre mi cuaderno.
Siento un calor pulsante en el rostro, no es de vergüenza, es de rabia.
"Lo único que me faltaba era que este crea que yo estoy enamorada de él"
Bufo molesta y me obligo a tragarme mi orgullo, miro al frente, concentrándome en lo que hay en la pizarra.
La clase transcurre con total normalidad, hasta que un susurro áspero y apenas audible flota desde la parte de atrás.
—Algunas chicas rellenenan sus huecos con chismes —murmura Zenx, con una voz que es como una lija fría—. Y otras lo hacen con pasteles.
Las palabras me azotan como un latigazo; no se necesita ser muy inteligente para saber que ese comentario va dirigido a mí, la chica pelinegra y robusta.
La sangre se me sube a las mejillas con una furia candente y aprieto los puños con fuerza hasta que mis nudillos se vuelven blancos.
—Así son, ratas de biblioteca —agrega Owen junto a una risita burlona.
Sully suelta un quejido de indignación.
Yo, por mi parte, me mantengo rígida un segundo, sintiendo cómo las secuelas del mareo se mezclan con la adrenalina.
"No voy a dejar que estos idiotas nos pisoten"
Me giro en el asiento con una lentitud gélida, ignorando el pellizco de advertencia que Sully me da en el brazo.
Clavo mis ojos marrones en los suyos y, al hacerlo, lo primero que siento es una especie de hipnosis helada que me atrapa, un abismo oscuro que amenaza con descolocarme si no reacciono a tiempo.
Así que aparto la mirada con desdén y la fijo ahora en el castaño, quien me mira con superioridad.
—Preferimos mil veces pasar tiempo en la biblioteca antes que cargar con un historial como el tuyo —le suelto con desprecio a Owen.
—Y tú —añado, señalando a Zenx—, eres un idiota si crees que yo escribí esa nota. Yo nunca me fijaría en un loco como tú.
Antes de que puedan responder, levanto la mano y les enseño el dedo corazón con una firmeza que oculta el temblor de mis dedos.
Siento un escalofrío recorrerme el cuerpo. Mis palabras se sienten como ceniza en la boca.
¿"Loco"? ¿De verdad lo había llamado así?
Es la hipocresía más grande del mundo; yo, que paso las mañanas tragando cápsulas para no perder la cabeza.
—¿Qué está pasando allá atrás, jóvenes? —la voz de Dorian resuena en el aula en un tono seco.
Doy un respingo y me giro hacia él; nos observa con el ceño fruncido.
Trato de articular algo, moviendo los labios con el pulso acelerado, pero ninguna palabra logra salir.
—Nada importante —dice Zenx con un hilo de malicia —Es solo que Maria se ha ofrecido ayudarme a ponerme al corriente con la clases.
Me quedo pasmada, con la boca ligeramente abierta, procesando la tremenda estupidez que acaba de inventar en mi cara.
El ambiente cambia de golpe. Las miradas a nuestro alrededor caen sobre mí como plomo: pesadas, curiosas, cargadas de juicio.
Siento el peso de los cuchicheos de las chicas que suspiran por él, de su exnovia lanzándome dagas con los ojos desde el otro extremo, y sobre todo, la mirada helada y penetrante de Isaac clavada en mi.
No puedo ni levantar la vista para sostenérsela, lo cual es de lo más absurdo, porque se supone que la que debería estar enojada soy yo, no él.
—Me parece bien —responde Dorian con total indiferencia, ajustándose los lentes antes de volver la vista al pizarrón—. Pero háganlo en la hora del almuerzo, no durante mi clase.
—Está bien, profesor. Así lo haremos, ¿verdad, María? —responde Zenx, adoptando un tono de alumno modelo que nadie le cree ni por un segundo.
Asiento fingiendo una sonrisa tensa mientras la sangre me hierve en las sienes, retumbando con la fuerza de un tambor.
Aprieto los dientes con tanta fuerza que la mandíbula me duele, y mis uñas se hunden con saña en la madera de la mesabanco.
Voy a matarlo.
La idea me cruza la mente con una claridad aterradora, tan fría como real.
Juro que voy a matar a este maldito imbécil.

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