El Cigarro
Una tarde lluviosa normalmente no me daría ganas de fumar, pero esa tarde, sin duda, era obligación hacerlo. Me encontraba en medio de la calle, tú me entiendes, con el cielo nublado, la suave brisa, las casas, la acera medio lodosa y, en el asfalto, un río interminable de agua café. Una corriente que sin duda parecía no tener fin y que amenazaba con empapar conforme los carros pasaban encima de ella a toda velocidad.
Un perro negro sobre la acera, a medio dormir; el vagabundo de siempre, pidiendo monedas; y el crujido del aire frío que golpetea una ventana a medio abrir de aquella casa en la que, sin duda, pasé buenos momentos.
Y es así que caminaba y caminaba, contemplando cada detalle de mi entorno: el ladrido del perro, el ruido del tráfico, la gente paseándose por la calle a toda prisa para evitar mojarse, una parejita que iba a la tienda a comprar algo... Un día normal.
Ahí estaba, en soledad, con mis pensamientos sobre la vida misma.
Sí, sí tengo todo lo necesario para seguir adelante: casa, apoyo familiar, estoy en proceso de estudiar una carrera, amigos, algún que otro lujo... Pero había algo más allá de mi contexto inmediato que me hacía falta... algo intangible que me hacía sufrir de insomnio durante las largas noches en que, preso del mar de la consciencia, las lágrimas brotaban solas de mis ojos y se deslizaban con el más amplio dolor sobre mis mejillas para terminar en las sábanas, casi todas las noches desde que entré a la universidad.
Me paré en un parque cercano para abrir la mochila. Saqué mi cajetilla y la abrí.
Mierda... El último cigarro de Sandía, el de la suerte, el que siempre se voltea para el final, ahí estaba como yo: solitario y arropado en un contenedor oscuro.
Tomé delicadamente el cigarro entre mi dedo índice y medio y me lo dirigí a la boca. Lo encendí y le di la primera calada.
Pensé en mi madre, mi padre, mi futuro, mi existencia en sí misma, pero, como te lo estoy platicando, ¿Qué puedes pedir o qué más necesitas para ser feliz cuando aparentemente tienes todo?
No, no quiero que salgas con mierdas positivas ni mierdas sobre el suicidio. La vida es hermosa, claro que sí, pero no soporto este sentimiento, mi amigo; ese sentimiento de saber que poco a poco la vida se nos está yendo y que no hay nada que podamos hacer para retardarlo.
Las gotas de lluvia me empapan a la vez que el humo sale de mi boca lentamente.
Aquel vagabundo se ve más cuerdo ocultándose bajo un puente peatonal cercano al parque, y sé que se está burlando porque él es feliz con menos cosas que yo. Pero yo te digo, amigo mío, ¿Qué otra cosa nos falta para ser feliz cuando tienes una vida aparentemente estable?
Me terminé el cigarro y tiré la colilla al suelo.
Mierda, debería dejar de fumar, amigo. Me está matando lentamente y cada paso me cuesta más respirar, ¿sabes?
Antes de volver a mi casa, entré a la tienda con la ropa como si hubiese andado en el río y los zapatos llenos de lodo. Miré a los ojos al tendero. El tendero ya me conocía.
-Buenas tardes, ¿me da un cigarro de Sandía, por favor?
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