Mi vecino favorito de odiar.
Nunca te ha pasado que odias tanto a alguien que terminas deseándolo. ¿No? A mí sí. Me pasa con mi vecino, Esteban.
Lo detesto desde que tengo memoria. Cuando éramos pequeños siempre se la pasaba molestándome y ahora, solo me ignora, o peor aún ni siquiera existo. Supongo que es normal. ¿Cómo me va a ver? Si es el favorito de Dios. Y de muchas chicas. ¿Quizás también por eso lo odio tanto? De su casa han salido más chicas que de un salón de belleza, y ninguna de ellas he sido yo.
—Sofía, baja, que se te hace tarde — grita mi madre desde la cocina.
—Ya voy…
Sí, por culpa del idiota con abdominales olvidé contarles que hoy comienzo la universidad. Mis intenciones son muy claras: sacar buenas notas y divertirme como cualquier universitaria.
—Déjame adivinar —suspira mi madre—: no has desayunado.
—¡Mira! —le muestro una manzana que acabo de agarrar del frutero.
Mi madre cierra los ojos y niega con la cabeza.
—No tienes remedio, ¿verdad?
—¡No! —le planto un beso en el cachete.
Voy al garaje en busca de mi auto. En mi cómodo asiento de piloto giro la llave y comienzo mi trayecto. No he puesto mi canción cuando…
—Maldición —mascullo pegándole al volante.
—Cariño —mi madre, que aún estaba afuera, se acerca—, ¿qué pasó?
Salgo del auto y tiro la puerta.
—No sé. No puedo creer que esto me vaya a pasar hoy.
—¿Todo bien?
En ese preciso instante siento un frío en el estómago y un cosquilleo recorre mi espalda hasta la nuca.
—No. ¿O eres ciego? —alcanzo a decir.
—Vaya, no has cambiado nada. Yo que quería ser un buen chico y ayudarte —dijo girando para entrar en su auto.
Mi madre me mira y siento el peso de su mirada.
—Muy bien comienzo Sofía. Muy buen comienzo.
Me apresuro a alcanzarlo.
—Tú, idiota —suelto, abriendo la puerta del copiloto —. ¿Me puedes llevar a la universidad?
—¿Cómo acabas de llamarme?
—Hmm. También eres sordo.
Esteban se humedece y muerde el labio.«Por Dios, ¿por qué está tan bueno?»
—No. Aquí solo entran chicas cariñosas y tú…
Me señala con su dedo, con desdén . Lo interrumpo.
—Por favor, ¿me puedes llevar a la universidad?—pongo los ojos en blanco con evidente fastidio.
Finge pensarlo.
—Casi…
—Suficiente —abro la puerta y me siento. No quiero llegar tarde a mi primer día.
—Ni siquiera me has dicho cuál es tu universidad.
—La misma tuya.
Nos quedamos en silencio. Un instante después comenzamos a movernos. El trayecto fue tranquilo. Como siempre, el favorito de Dios volvió a ignorarme. «Lo detesto».
—Bueno, ya llegamos señorita mal humor.
—Al fin…
Salgo del vehículo y cierro la puerta.
—¡Se dice Gracias! —me grita a través de la ventanilla.
—Ni lo sueñes—digo por encima del hombro.
El día se fue volando. Me reuní a la salida con mi mejor amiga. Ella estaba en otra carrera, pero en la misma universidad.
—¿Qué? —Mi amiga no puede cerrar la boca—. Te trajo tu amor platónico. Tu odioso y tentador vecino.
—No es mi amor platónico. Y sí, me trajo. Pero no le des vueltas—aclaro porque la conozco y deja volar muy rápido su imaginación.
—Igual. ¿Cómo dejas perder semejante oportunidad?
Niego con la mano restándole importancia.
—Sofía… —Vuelvo a sentir el escalofrío tortuoso.
Mi amiga finge una salida y me abandona.
—¿Qué?
—¿Siempre eres tan odiosa?
—No creo que hayas venido hasta aquí solo para preguntarme eso.
Sonríe. «Cuánto odio esa sonrisa».
—Tienes razón. Vine a preguntar si vas a casa.
—No, gracias. Tengo un bus.
—Ese —dice señalando mi autobús mientras se aleja.
—Mierda —dejo caer mi mano sobre mi frente.
—Entonces, te llevo —dice con una sonrisa de medio lado.
—¿No que solo llevabas chicas cariñosas? —Entro y cierro la puerta.
—Siempre hay una primera vez —dice, mientras enciende el vehículo.
—Segunda. Esta es la segunda vez.
—Tienes razón —se muerde el labio y mira el retrovisor.
—Siempre.
—De eso no estoy tan seguro.
El trayecto transcurre en absoluto silencio, roto solo por el ocasional sonido de sus dedos tamborileando el volante.
—Gracias —le digo al salir.
Esteban rodea el auto y se acerca.
—Te ves más linda cuando eres amable.
—No te ilusiones.
Se acerca peligrosamente, acelerándome el corazón. Me agarra por la cintura y me acerca a él, presionando mi pecho contra su muro de músculos. Me encuentro jadeando cerca de su boca.
—Ahora sí te ves más deliciosa —pronuncia, mordiendo mi labio inferior —. Y qué rico sabes.
No pude contenerme y lo besé. Un beso urgente y apasionado al que él respondió de la misma manera. Apretándome hasta sentir su dura erección.
—¿Vamos a seguir aquí? —Murmura mirándome—. Mira como me tienes.
—Seguro te sobra quien te ayude —me giro para entrar con la poca cordura que aún me queda. Pero su mano me detiene. Se pega a mi espalda, apoyando en mi culo su gran verga.
—Pero yo quiero que seas tú —dice en mi oído, y yo me derrito.
He tenido fantasías con el. ¡Sí! Muchas, pero en ninguna pasaba así. Yo quería esto, de hecho, lo he deseado siempre. Así que no me juzguen. Si vieran a este hombre desearían ser yo. No sé qué pasará mañana pero hoy, este dios es mío.
—Ven —lo tomo del brazo y lo hago entrar.
Podía ver el deseo en su mirada. «Uf, creo que ya estoy mojada».
Apenas sonó el seguro de la puerta me atrajo y me besó. Tomándome de las nalgas y cargándome. Envuelvo mis pies alrededor de su cintura y mis manos van hacia su cuello. Como si siempre hubiera estado ahí …subió a mi habitación. «Sí, todo este tiempo he estado en sus brazos. Y me puedo quedar aquí para siempre».
Me dejó caer en el suave colchón. ¿Y fue a cerrar la ventana?
Para cuando lo tuve enfrente ya se había quitado el polo. Sus ojos azules me recorren, aprovecho el momento para quitarme los Jeans y lucir mis bragas.
Abrí mis muslos para él, invitándolo a tomar lo que quisiera.
—Así me gusta —se le dibujó una sonrisa maliciosa—. Tócate para mi.
Lamí mis deseos antes de masajear mi coño, llevando mis bragas a las rodillas. Comienzo a gemir al verlo sacar su verga y darse placer mientras me mira. Separo los pies de la cama y pego mis rodillas al pecho quedando completamente expuesta. Lo escucho gruñir.
—Que hinchada y mojada estás.
—Todo esto es para ti—provoco lanzándole mis bragas. Él las alcanza con facilidad y las lleva a su nariz.
—Um, hueles a vainilla. Mi sabor favorito.
Mi humedad es evidente. Veo su gran y venosa verga y la quiero tener dentro de mí. Acelero los movimientos contra mi clítoris. Mis caderas se mueven solas al compás de mi creciente orgasmo.
—Eso, nena…vente para mí.
Ya no lo veo estoy perdida en mi orgasmo.
—Oh, por favor, fóllame—chillo mientras tiemblo en el colchón.
Encuentro su cabeza entre mis muslos. Presiona su nariz sobre mis pliegues. Su boca cayó sobre mi sexo. Empujó su lengua saboreando y provocándome. Cuando tocó mi clítoris, mis caderas se elevaron de la cama hacía él.
—Joder —siseé mientras seguía avanzando.
—Sabía que ibas a saber así —gruñó.
—Te gusta —contoneo mi coño sobre su cara.
Asiente con la cabeza.
—Ahora te voy a follar.
El solo hecho de oírlo hizo que convulsionara y llegara al orgasmo.
—Esto es increíble. Te corres sin que te toque.
Se fue acercando. Manoteándome toda. Mi piel bajo sus grandes manos temblaban. Él tenía el control de mi cuerpo y lo sabía. Sus manos se detuvieron en mis rígidos pezones. Su cabeza se movía de uno a otro mordiendo para luego chupar. Gimoteaba con cada uno de sus roces.
—¿Quieres mi verga en tu boca? —gruñó trepándose en mi pecho.
Me escupió esparciendo su saliva en mí, cacheteando mis tetas. Sacó su venosa y gorda verga, trazó con ella mi puente nasal poniendo sus huevos en mi boca los cuales chupé con cuidado. Pude sentir cómo se contrajeron sus músculos.
—Nena, eso estuvo bien —masculló poniendo su verga entre mis pechos y apretándola. Su cabeza entraba y salía de mi boca.
—Hmm —saboreé.
—Eres una putita —soltó con una risa torcida.
—Soy tu putita…papi.
—Mierda.
Comenzó a follar mi boca mientras su mano sostenía mi cuello haciéndome tragar más de él. Mis uñas se clavaron en su espalda baja, siseó. Una lágrima rodó por mi mejilla. Pero él no se detuvo, siguió follando mis tetas y boca hasta que se corrió, dejando su rastro en mi cara y pechos. Tragué lo que quedó en mi boca. Limpié con mi pulgar la comisura de mis labios. Obviando que mi cara estaba cubierta de su semen.
Se acostó jadeante a mi lado.
—Eso fue intenso —me atrajo en un abrazo y besó mi frente —.¿Estás bien?
—Sí —logré decir—. Voy a lavarme —dije, señalando mi pegajoso rostro.
—¡No! Por favor. Aún no he terminado contigo.
Se me escapa una sonrisa.«Sí, todavía lo deseaba, y mucho». Siento cómo el calor vuelve a mis piernas. Mi odiosa tentación me mira y parece saber lo que quiero.
—Ven aquí, quiero comer tu rico coño otra vez.
Ya estaba duro. «Y qué duro».
—Oh, Dios —susurro, pero el me escucha.
—Es toda tuya nena.
Me monto sobre su cara y él comienza a hacer malabares con mi punto.
—Oh —gimo con su verga en la boca.
Es tan grande que no sé si pueda meterla por completo sin ahogarme en el intento. Pero se ve tan jugosa, que no imagino mejor forma de morir. Sacudo mi cabeza en su punta mientras mis manos acarician el resto. Él cachetea mis nalgas hasta que solo siento un ardor excitante. Hunde dos de sus dedos en mi carne y yo profundizo mi mamada. Mi baba se escurre por su tronco pero no puedo parar. Sus dedos y lengua me tienen en la cima. Ya me voy a correr.
—Te quiero dentro de mí. Ahora —ordeno y él obedece.
Abro bien mis piernas y me dejo caer suavemente por toda su longitud. Lo escucho gruñir.
—Qué apretada y caliente estás.
—¿Sí? —me muevo en círculos acostumbrando mi cuerpo a su anchura.
—Mierda —aprieta la mandíbula y tira de mi espalda, apoyando mis manos en su pecho. —Estás muy rica. Creo que me voy a volver adicto.
Sacudo mi culo contra su verga una y otra, y otra vez. Mi dios me devora con la mirada. Nalgueándome cada vez más duro. Aparto mis manos y comienzo a tocarme, mostrándole nuestra unión.
—Eso, nena —ladra apretando mis caderas para hundirme más en él.
—Qué duro estás. Me encanta tu verga —provoco. Puedo ver el efecto de mis palabras. Me aprieta contra su pecho y nos levanta en sus talones, solo para taladrarme hasta hacerme gritar.
—Joder… No pares.
—Ese coño es mío —asegura.
—Sí, toda . Soy tuya. —lloriqueo mordiendo su boca.
—Joder, qué bien… Te voy a llenar de mi.
Gimoteo al sentir su caliente semen. Al mismo tiempo, mi torrente sale explosivo, haciéndome temblar sobre su palpitante verga. Me quedo ahí hasta recuperar parcialmente el control de mi respiración. Me dejo caer a su lado entrelazando nuestras piernas.
—¿Viste cómo lo podemos pasar cuando nos llenamos bien? —Pasa su mano por detrás de mi cuello y me arrastra hacia él.
—¿Cuándo dije que nos llevábamos bien? —Su cuerpo se sacude en una carcajada.
Pero se queda en silencio unos minutos.
—¿Por qué siempre mueves tu espejo?
—¿Que? Espera… ¿Tú eres el que mueve mi espejo?
Volvió a sonreír.
—Es que ese lado de la habitación, no se ve desde mi ventana.
—¿Sabes que eso podría ser acoso?
—Podría, pero tú y yo sabemos que te encanta.
No dije nada. No sabía que todo este tiempo él también me estaba viendo. Pero siempre adoré la idea de que pudiera verme, de que de alguna forma, llamara su atención
—¿Cómo estás tan seguro de eso?
—Solo lo estoy. Pero… en el caso de que me equivoque —Me pega a su verga dura—, te follaré hasta que así sea.
Fin.








