1. Ella
Sirius Black no podía dejar de sonreír. Rodeó los hombros de su ahijado en un abrazo afectuoso y se inclinó, casi soplándole en la oreja. Era algo que había hecho muchas veces cuando era joven, para molestar a Lily, y era divertido ver como el efecto era idéntico en su hijo, que se estremeció y pegó un brinquito.
─¡Sirius!
─Vamos, Harry… niño mío, corazón, mi muchachito…
Sus palabras tuvieron el efecto esperado, y el joven estalló en risas, apartándose de su abrazo para encararlo.
─Está bien, está bien… cenaremos el sábado.
─¡Estupendo! ─Sirius se frotó las manos, como un malvado personaje de dibujos animados, haciendo reír de nuevo al veinteañero, que solo podía negar ante el entusiasmo infantil de su padrino─ ¡Noche de parejitas! Maggie y yo, el monstruo y tú. Será genial.
─Por Merlín, Sirius, no lo llames así ─quería parecer molesto, pero dejó escapar otra risa cuando el hombre hizo un puchero. Sabía que, en el fondo, a Sirius le caía bien Draco, pero también le divertía muchísimo meterse con él. Merodeador una vez, merodeador para siempre─ . ¿Seguro que a Margaret le parece bien?
El antiguo gryffindor sonrió, pero Harry vio un destello de duda en sus ojos azules. Había sido tan rápido que podría haberlo pasado por alto si no fuera porque, en los últimos meses, se había acostumbrado a aquellas expresiones fugaces en la mirada de su padrino. No por primera vez, se preguntó qué significaba. Y, no por primera vez, se abstuvo de preguntar.
No quería ver como Sirius lo rehuía… de nuevo.
─El sábado, entonces.
Se llamaba Margaret Smith, y era una mujer muy agradable. Esa era siempre la primera impresión de todo el mundo. Agradable, con una bonita sonrisa, y una dulzura que no podía parecer más auténtica.
Esa había sido también la primera impresión de Sirius cuando la había conocido, seis meses atrás, en las oficinas del Ministerio. Él estaba solucionando todavía sus asuntos legales, las declaraciones de inocencia y los permisos que le permitirían ser de nuevo un ciudadano de pleno derecho, un mago libre, y no un paria con antecedentes injustos. Y eso era un montón de papeleo que rellenar.
Pero allí había estado ella, al otro lado de la pila, sonriéndole y ofreciendo ayuda.
Mentiría si dijera que había sido amor a primera vista.
Pero, se decía, era algo.
Sirius dormitaba en el viejo sofá de la biblioteca de Grimmauld Place cuando Margaret llegó a través de la red flu. Las protecciones de la casa –renovadas para aceptar la presencia de la mujer- se agitaron levemente con su llegada, al igual que el hombre, repentinamente sacado de su sueño. Durante un momento, las miradas de ambos conectaron, azul contra negro, y Sirius hizo un esfuerzo consciente por no temblar.
Una pequeña sonrisa se instaló en los labios de Margaret y el hombre sintió que su acelerado corazón relajaba su ritmo.
─Bienvenida, ¿qué tal el día?
─ Bien ─la sonrisa de ella se ensanchó ligeramente cuando Sirius se apresuró a su encuentro, tomando su abrigo y su cartera─ . ¿Y el tuyo?
─Muy bien.
El animago sintió que el ligero pánico que se había producido con la llegada de la mujer quedó relegado a un segundo plano. Con una sonrisa, dejó las cosas de ella en el dormitorio y bajó a la cocina, donde Maggie ya lo estaba esperando. Aquella, obviamente, sería una buena noche y Sirius solo quería disfrutarla.
─¿Ha venido alguien a casa hoy?
Sirius, sirviendo la cena para ambos, apenas se volvió a mirarla. Estaba haciendo equilibrios con dos platos llenos y no veía la expresión en el rostro de ella. De haberlo hecho, quizás su respuesta hubiera sido otra, pero el hombre estaba de buen humor, de verdadero buen humor. Y, erróneamente, creía que nada podía estropear aquella noche tranquila.
─ Ha venido Harry ─comentó, todavía sin mirarla─. Lo he convencido de tener una cena de parejas este sábado, con él y Draco. Hace tiempo que no…
No llegó a terminar la frase. Y lo siguiente que resonó en la cocina de Grimmauld Place fue la porcelana haciéndose pedazos contra el suelo.
Se había instalado en la vieja casa Black un mes y medio después de su primer encuentro. Lo había hecho con naturalidad, sin armar escándalo, y sin ninguna objeción posible por parte del único habitante del lugar. Sirius solo había sonreído con cierta sorpresa cuando ella se lo había propuesto.
─ No deberías vivir solo en ese lugar tan oscuro…
Y él se había dejado convencer. Margaret, se había dicho, es buena. Es una luz brillante después de años de oscuridad.
Quizás demasiado brillante.
Harry estiró las piernas bajo el escritorio, incómodo, y maldijo una vez más al inventor de la palabra “informe”. Al otro lado del escritorio su compañero de guardia, Alan, parecía a punto de apuñalar el pergamino que tenía delante y el joven se consoló pensando que, por lo menos, no era el único que odiaba el ridículo papeleo de San Mungo.
─¿No podemos contratar elfos domésticos para esto?
Harry rió entre dientes, pero siguió corrigiendo sus notas sobre el último paciente del día, repasando una vez más el tratamiento asignado y anotando las incidencias de la tarde para los medimagos del turno de noche. Era la peor parte de su trabajo, pero era un trabajo que lo hacía feliz.
Casi tanto como el hombre que cruzó en ese momento la puerta del despacho.
Draco Malfoy no tuvo ningún reparo en quitarle el pergamino de las manos de un tirón, reclamando su atención, y besarlo como si llevaran un mes sin verse. Y no era algo por lo que Harry fuera a protestar tampoco.
─Por el amor de Merlín ─Alan gimoteó, señalándolos acusadoramente con la pluma─, dejad de recordadme que necesito un polvo, par de hipogrifos en celo.
─No
La seca respuesta de Draco le arrancó a Harry una pequeña carcajada. Se recostó en su silla mientras Draco se apoyaba contra el borde de su mesa y ojeaba algunos de los informes que ya había terminado.
─Menudo asco de letra sigues teniendo, Potter.
─Por eso me hice medimago. Es la única profesión en la que es requisito indispensable.
Malfoy puso los ojos en blanco ante su comentario. Con la naturalidad de quien lo hacía a menudo, se impulsó para quedar sentado en el escritorio, con los pies en movimiento, y le pasó de nuevo a Harry el informe en el que había estado trabajando antes de su llegada. Pronto, sus pies estaban sobre el regazo de Harry y en la oficina solo se escuchó el rasgueo de las plumas.
─Entonces ─cortó Alan, sin apartar la mirada del pergamino─ ¿tenéis planes para el fin de semana? A parte de un montón de sexo de recién casados, me refiero.
─Cena en parejas el sábado. ─Harry miró a Draco, que lo observó a su vez con una ceja arqueada en espera de una explicación─. Sé que querías ir a ese restaurante nuevo del Callejón Diagon, y he pensado que, como no tenemos a Teddy este fin de semana, podríamos hacer una escapada. ¿Restaurante y hotel?
Una sonrisa curvó los labios del joven Malfoy.
─Un plan muy bien planteado, Potter.
─A tu servicio, Malfoy.
─Id a echar un polvo. ─Harry le sacó la lengua a Alan, que los miró con expresión enfurruñada, y redirigió una vez más su atención a Draco, cuya sonrisa se había ensanchado aún más si era posible.
─En cuanto mi marido acabe de rellenar esos jodidos papeles, muchas gracias.
Riendo, el moreno se concentró en terminar su último informe bajo la atenta mirada de Draco. Puso el punto y final con una sonrisa y arrojó el pergamino sobre la pila.
─Hasta el lunes ─se despidió de Alan. El medimago de urgencias le bufó, pero estaba sonriendo cuando volvió la vista a sus informes.
─Bueno, ¿a qué hora vamos a ver a Hermione y compañía?
La pregunta de Draco le llegó a Alan casi como un susurro, distraído como estaba intentando descifrar sus propias notas.
─Ah, no. Vamos a cenar con Sirius y Margaret, él…
La puerta se cerró tras la pareja, impidiendo que Alan llegara a escuchar el resto de la conversación. Sin embargo, los ojos del medimago se clavaron en la puerta durante un largo instante antes de volver a desviarse a sus informes, pensativo.
¿Sirius? ¿De qué le sonaba ese nombre?
Al principio todo había estado… bien.
Era tan agradable tener a alguien a su lado. Llenando los pasillos y las habitaciones vacías, esos lugares que solo habían estado ocupados por los recuerdos de su infancia y las pérdidas.
Ella, por supuesto, le estaba haciendo un enorme favor al quedarse. ¿Quién querría estar allí? En aquel zulo lleno de oscuridad, con la única compañía de un ex convicto sin nada que ofrecer, más que a sí mismo.
Y él no era demasiado. Era solo Sirius, el rechazado, el que todavía no sabía si tenía algún lugar en el mundo. Y ella parecía tan preocupada, tan dispuesta a quedarse a su lado pasara lo que pasara…
Si alguien comentó que iban demasiado rápido, que parecía depender demasiado de su constante presencia, él no escuchó.
No quiso escuchar.