Capítulo 1
Las campanas de la iglesia suenan a lo lejos, el estómago se me contrae y miro a mi alrededor, el bonito salón decorado para una boda, mi cuerpo está envuelto en el más costoso y exclusivo vestido de novia.
Mi mano vaga por la tela, suave, fina. Solo lo mejor para la mejor dijo mi padre con una sonrisa casi nostálgica.
Me trago el nudo que se atora en mi garganta y suspiro, sus palabras me regresan a la realidad.
—Y por el poder que me fue conferido, yo los declaro marido y mujer. Que lo que hoy acaba de unir el señor, no lo separe el hombre.
Las pocas personas que se encuentran aquí aplauden, tal vez no todos lo saben pero esto no debería celebrarse, por que están acabando con mis sueños mi libertad, mi vida.
Mi padre me mira desde el otro extremo pero no sonríe, sabe que no estoy feliz, sabe que muy en el fondo odio que me haya hecho esto, pero no tenía escapatoria, o aceptaba casarme con un tipo del que apenas sé su nombre o ambos moriamos y ahora que lo pienso, morir siempre fue mejor opción.
—¿Puedes quitar esa cara? –cuestiona cerca de mi oído mientras me toma del brazo de manera suave.
—No me apetece, es mi cara normal así que ya que decidiste que casarte con una desconocida era buen plan, tienes que soportarlo.
—No tienes por qué comportarte de esa manera Dayana. Tu padre dijo que...
—¡Mi padre es un idiota! He trabajado duramente por ambos durante mucho tiempo, ¿y qué obtengo? Un acuerdo prenupcial y un esposo desconocido que pretende que todo está bien.
»Si alguien me hubiese dicho que esto sería que lo obtendría por no dejar a mi padre a la deriva con sus deudas y apuestas, lo hubiera pensado dos veces antes de cometer el error de ayudarlo. Debí huir como mi madre lo hizo.
—Pues era esto o pagar quinientos mil dólares. –espeta y yo quiero ahorcarlo.
—¿De modo que crees que eso es lo que valgo? –cuestiono no queriendo sonar dolida pero si sueño así.
—No, vales mucho más que eso Dayana, créeme. –asegura tratando de tomar mis manos pero me alejo.
No sé si son sus palabras o el tono que utilizó al decirlas lo que me confunde.
—No hables como si te importara Gabriel. Tanto tú como mi padre vieron en mi a un trozo de carne que pueden vender y comprar.
—Sabes que no es verdad.
—¡No sé un carajo de nada! Apenas sé tu jodido nombre y eso es por que mi padre no dejaba de repetir todo el dinero que le debía a Gabriel Walsh.
»¿Por qué elegirme a mi? ¿Por qué no buscar a alguien que si te vaya a amar? O por lo menos hubieses buscado a alguien a quien no le repudie tu sola imagen. –suelto todo el veneno que he estado conteniendo y veo la sorpresa atravesar sus ojos.
—¿Por qué habrías de repudiarme si ni siquiera me conoces?
—Tú mismo me estás dando una razón para hacerlo. No conozco nada de ti, me obligarte a firmar un matrimonio que ambos sabemos que no llegará a ningún lado.
»He tenido que fingir con toda tu familia que estoy feliz y ni siquiera sé si ellos sabes acerca de esta estupidez y fingir frente a ellos solo me hace ver tonta. –murmuro y siento como el llanto aflora de mi garganta.
—Mi familia no sabe nada acerca del trato que tenemos Thomas y yo. Ellos piensan que realmente me amas.
—Ja, menuda sorpresa se llevarían si se dan cuenta de lo que ocurre.
—Nadie debe saberlo, –señala con seriedad–, ni a ti ni a mi nos conviene que se sepa esto.
—Créeme que a estas alturas del partido me da igual. –sentencio antes de dar un par de pasos tratando de huir de ahí, pero su mano alrededor de mi brazo me lo impide.
Me atrae a su cuerpo y jadeo por la cencania en la que mi cuerpo se encuentra con el suyo. Su agarre es firme y mis nervios aumentan. Me niego a mirarlo por que tengo miedo de hacerlo.
—No quiero estar mal con esto Dayana. Por favor no me lo hagas difícil
—¿Difícil para ti? Si, claro. Tú solo chasqueas los dedos y tienes al puto mundo a tus pies. –aseguro levantando la mirada–, tú no sabes lo que la palabra "difícil" significa.
Me suelto de su agarre de manera brusca pero ya no trata de detenerme.
—La maleta que trajiste no será necesaria, tu ropa nueva ya está en Grecia. –suelta de pronto y me congelo en mi lugar.
—¿Grecia? –cuestiono en un murmuro mirándolo de nuevo.
Veo un atisbo de sonrisa en sus labios y asiente.
—En cuanto se termine la fiesta, tú y yo nos iremos a Grecia. –confiesa pasando a mi lado.
Esta vez son yo quien enreda mis dedos en su brazo, notando ciertas cosas que a simple vista no se ven. Retiro mis dedos de él cuando sus ojos ensombrecidos me miran.
—¿Mi padre irá a Grecia con nosotros? –le pregunto rezando internamente para que diga que si.
—No, tu padre se queda aquí.
—No por favor, él está enfermo, necesita que lo atienda, su enfermedad no le permite estar solo.
—Aquí tendrá quien lo atienda y lo cuide. El trato es que tú te vayas conmigo, no él. Además no estás en condiciones de exigir nada. Ahora, señora Walsh, vamos a terminar con esto de una vez, nuestro primer baile nos espera. –asegura tomándome del brazo y arrastrandome con él hacia donde todos se encuentran.
Cuando nos ven entrar todos aplauden y yo me hago chiquita, todo esto jamás estuvo en mis planes, el casarme, el irme a Grecia, el conocerlo a él. Yo solo quería salir de la maldita inmundicia en la que mi padre cada vez más nos metía, pero no así, no casandome a la fuerza con un hombre que ni siquiera conozco y lo único que sé de él es que está pudriéndose en dinero.
Mi nombre es Dayana Prince, tengo veinticinco años y acabo de firmar un contrato tentador para mi padre, pero no para mí. En el que estipula que seré la esposa de Gabriel Walsh, hasta que él decida que la deuda que tiene mi padre con él ha Sido saldada.
No tengo derecho de exigir, refutar, negarme o siquiera pelear para que mi palabra sea escuchada. Pasé de ser Dayana Prince, la chica con la integridad intacta a ser la señora Walsh, la que vale quinientos mil dólares.
***
Observo las maletas en la entrada de la que fue mi habitación desde hace cinco días, los peores cinco días de mi existencia.
El recuerdo de esa mañana llega flotando hasta mi, recibí una llamada de mi padre casi sin voz, pidiéndome que fuera a buscarlo por qué estaba muriendo.
No me importó dejar mi trabajo y a mi jefe muriendo de rabia por abandonar mi puesto, mi padre estaba muriendo y lo demás no importaba.
Todos los escenarios posibles pasaron por mi mente. ¿Un asalto? ¿Un coche?¿Un infarto? Pero la verdad estaba tan alejada de mis posibilidades.
Cuando llegué al lugar que me señaló, me di cuenta que no era verdad, que posiblemente era una trampa, me di la media vuelta y caminé algunos pasos pero cuando quise escapar, dos hombres me interceptaron y me llevaron adentro. Mi blusa sufrió los daños.
Mi padre no estaba muriendo, estaba bebiendo alcohol y no del barato, junto a un imponente hombre de ojos grises y traje fino.
—Mi niña hermosa, llegaste. ¿Tuviste problemas para encontrar la mansión? –cuestiona con una jodida sonrisa en sus labios.
—No, digo los gorilas de allá afuera me trajeron hasta acá, sin delicadeza alguna debo aclarar. –señalo y sus ojos se fijan en mi mientras tensa su mandíbula.
—¿Te hicieron daño? –cuestiona él.
—¿Acaso no estás viendo? ¡Mi blusa está hecha mierda! –vocifero y veo a mi padre palidecer.
—¡Dayana!–me reprende.
—Lamento el inconveniente Dayana, puedes subir a la habitación y elegir algo del clóset, todo es tuyo. –suelta tan tranquilo, como si me estuviese diciendo toma un dulce, es gratis.
—¿Qué demonios? ¿Puedes explicarme qué carajo está pasando papá? Por qué no pareces muy muerto que digamos.
La mirada gélida del hombre que tengo enfrente se fija en mi padre con molestia.
—Creo que tienes mucho que hablar con tu hija, Thomas. Pueden ir a la habitación que te enseñé, tendrán privacidad.
—¡Quiero irme a casa! –grito y detiene su caminar. Se gira y me observa.
—Lo harás Dayana, ahora sube a cambiarte. –ordena antes de perderse de mi vista.
Miro a mi padre quien mantiene su mirada en el suelo.
—Vamos a esa maldita habitación y necesito que me digas que carajos te pasa por la mente y de que se trata todo esto. –le exijo y camina sin mirarme.
Mis zapatillas van haciendo ruido por todo el lugar, es demasiado grande o demasiado silencioso para que el eco de mis pasos resuene tan fuerte.
Mi padre sube las escaleras y yo detrás de él, estoy muy molesta, decepcionada y asustada.
Nadie me había ordenado tan sutilmente como ese hombre y tampoco nadie me había engañado con algo tan importante como mi padre.
Abre la puerta frente a nosotros y entra, yo entro furiosa a punto de soltar toda la furia pero me silencio de pronto al ver una enorme pintura de mi, colgada en la pared.
Toda la rabia sale de mi cuerpo y la incertidumbre llega a reemplazarla.
—¿Qué diablos es esto? ¿Qué hago yo ahí? –cuestiono apenas salgo del shock.
—Hija escúchame, Gabriel Walsh es un hombre muy poderoso, y yo...sabes que no puedo detenerme, es algo con lo que traté de luchar pero desde que se fue tu madre yo...
—¡No culpes a mi madre de tu maldita adicción a las apuestas! Se fue por eso, pero no lo provocó. Nos dejaste en la calle, al borde de todo solo por que no pudiste parar. ¿Ahora vas a cuparla? ¡Que estupidez!
—Hija por favor no seas tan dura conmigo.
—Dime que hacemos aquí. ¿Por qué esto está aquí? –señalo la pintura con mi rostro.
—Es una historia curiosa, un día apareció esa pintura en casa, estaba envuelta y creí que alguien la había olvidado. La tomé y...–hace una pausa y solloza–, necesitábamos dinero y ni siquiera me detuve a ver de quien era, la vendí al señor Walsh.
»Yo no sabia que era tu rostro el que estaba ahí y mucho menos que tu madre lo hubiese mandado por tu cumpleaños. Cuando él la vio, ya no había vuelta atrás, ya la había pagado y los tratos con Walsh se respetan.
—¿Cuánto es? –cuestiono y él me mira sin entender o por lo menos actúa–, ¿cuánto le debes a ese hombre?
—Quinientos mil dólares. –murmura y casi me voy de espaldas con su declaración.
Casi medio millón de dólares en apuestas y alcohol, no puedo creerlo.
—Tienes que ayudarme, o va a matarme. Sabes que con mi enfermedad no puedo trabajar, aunque pensándolo bien, muerto estaré mejor.
Me abstengo de poner los ojos en blanco. Manipulador y dramático, cualidades únicas de Thomas Prince.
—¿Cómo pretendes pagarle esta vez? ¿Vas a venderme? –bromeo pero al ver sus ojos llenarse de lágrimas, el miedo me recorre entera.
—Perdóname Dayana.
—¿Qué hiciste? –grito colerica a punto del llanto.
—Te tienes que casar con Gabriel Walsh, en una semana, de lo contrario, no sólo yo moriré, tú también te irás conmigo y yo no puedo permitir que...
Mi padre se silencia y veo sus ojos abrirse de más. Cae de rodillas al suelo yo solo puedo gritar por ayuda.
Fin del recuerdo.
—¿Estás lista para partir? –cuestiona Gabriel desde el marco de la puerta.
Aún tengo el vestido puesto, ni siquiera tengo ganas de quitarmelo pero tampoco voy a salir de aquí con esto.
—En el armario hay ropa para que uses, toda esta hecha para ti.
—¿Pusiste a los esclavos de tu casa a confeccionarla? –suelto con veneno pero a él parece divertirle.
—No, tu padre me ayudó con las tallas y mandé a que te trajeran ropa linda. Alguna la elegí yo. –asegura acariciando la tela de un vestido nude–, puedes usar lo que quieras, te espero abajo.
Gabriel toma las maletas y camina hasta la puerta pero mi berrinche no está completo.
—No quiero irme de aquí. Estoy cansada. –le digo y él se limita a suspirar. Deja las maletas en el suelo y se gira hacia mi.
—Puedes dormir en el avión Dayana. –asegura en tono tranquilo.
—Pero no quiero irme de aquí y menos contigo. –grito y de dos zancadas llega hasta mi y me gira quedando contra la pared.
Pone su mano al inicio de mi espalda mientras me somete con la otra mano. Siento como baja el cierre del maldito vestido y afloja su agarre.
—Date prisa Dayana, o vendré y te llevaré en mi hombro tal como estés. –susurra en mi oído.
Siento que se aleja de mi y escucho como cierra la puerta, me quito el vestido a tirones y en el proceso se rasga un poco. Me quedo solo en ropa interior mientras lloro. Tomo las prendas del closet y me visto, limpio mis ojos y trato de componer el maquillaje arruinado. No queremos que la esposa del señor Walsh aparezca así frente a la familia.
Me dejo las zapatillas y quito la ridícula corona de boda. Tomo el pequeño bolso que Gabriel dejó en la mesita de noche y observo su contenido. Un labial y un espejo.
—Idiota. –murmuro y me giro hasta el enorme espejo, retoco mis labios y me observo en el espejo–, si quieres jugar conmigo Gabriel, por lo menos me voy a divertir.
Salgo decidida de esa habitación y al bajar las escaleras todos los ojos están puestos en mi, Gabriel me mira perplejo al verme bajar con el vestido más precioso y mi maquillaje recuperado.
Mi padre no se ve por ningún lado y eso me preocupa pero no dejo que él lo vea. Llego hasta donde se encuentra él y me tiende su mano para ayudarme a bajar los últimos escalones.
—Te ves preciosa Dayana. –asegura su madre y yo sonrío de la mejor manera. Él aún me observa perplejo.
—Muchas gracias señora Walsh, pero no es para menos. Haberme casado con su hijo me hace verme así. –aseguro y coloco mi mano sobre su pecho.
Gabriel aún sigue en shock y no lo culpo, lo último que vio fue a una ilusa llorona rogándole mentalmente para que acabará con su vida de una vez.
—No cabe duda que él supo elegir muy bien.
—La que eligió bien fui yo, imagínese con tantos hombres falsos y ruines que andan por el mundo, metidos en tantas cosas extrañas, haberlo encontrado a él fue una maravilla, dios estaba conmigo ese día casi puedo apostarlo. ¿No es así mi amor? Cuéntales por favor cómo fue que nos conocimos, aquella tarde de lluvia bajo un gran árbol.
Todos le piden a Gabriel que les cuente la ridícula historia de cómo nos conocimos pero obviamente la historia es otra, más corta y más simple, mi padre me vendió él me compró y me obligó a casarme con él o de lo contrario mataría a mi padre. Sin duda una historia romántica. Que alguien me haga una maldita película.