Alba
Entré en la sala que iban a usar para la convención. Era bastante amplia y luminosa. El único color que sobresalía en toda la estancia era el blanco.
—Parece un hospital —dije en alto. Podía imaginarme el tipo de personas que se iban a reunir allí, estirados empresarios de aspecto gris, vestidos con sus caros y aburridos trajes.
Solo tenía que pintar el cristal que separaba esa sala de la siguiente y que se situaba detrás de un atril, donde un “jefazo” daría una charla.
—Solo tienes que pintar de azul real —me había dicho María, mi amiga y la que había sido mi compañera de piso en la universidad.
Este trabajo lo había cogido ella. Siempre terminaba encontrando trabajos malos para poder pagar su alquiler y subsistir a duras penas, mientras hacía sus proyectos e iba de fracaso en fracaso. Aunque esto nunca la desmotivaba y seguía siempre pensando en su siguiente obra.
Las dos habíamos estudiado bellas artes y, aunque no habíamos perdido el contacto, nuestros caminos habían sido muy distintos. Ella tenía que luchar todos los días, mientras que yo, gracias probablemente a las amistades de mi familia, había podido presentar muchas de mis obras en galerías de arte de renombre y hacerme un hueco. Aunque intentaba que Tony, un marchante amigo mío las expusiera con mi nombre artístico de Pandora.
Esta vez, la pobre María había caído enferma y me había suplicado que fuese yo a pintar la pared. No podía perder ese trabajo. Era fácil, rápido y necesitaba el dinero.
Cerré los ojos e intenté concentrarme.
Pintar el cristal de azul pensé para mí misma… No pienses en nada más… No hay nada… solo azul… todo de azul… uff sobre el cristal… si pinto todo de azul la luz que va a reflejar en él se va a quedar apagada. Di unos pasos hacia atrás.
Aunque las persianas estaban bajadas estudie su posición y como entraría la luz durante la conferencia. Volví a mirar el cristal. No podía ser azul. Salí corriendo de la sala, en dirección al parking donde había dejado aparcado mi coche. Abrí el maletero y saqué un maletín con algunos polvos que usaba para mezclar los colores de mis cuadros. Volví sobre mis pasos y después de pensar el color que daría un efecto más impactante, me decanté por el naranja. Para poder tener un mejor movimiento, desabroché el mono que me había dejado María y até las mangas a mis caderas, dejando que mi torso quedase solo cubierto por un top negro de deporte.
Empecé a pintar. Las imágenes brotaban en mi cabeza como destellos constantes. Pinté durante 5 horas. Trazo a trazo representado un magnífico amanecer sobre distintos tonos naranjas, con un cielo del que emergía un ángel con las alas y los brazos abiertos, posándose en la tierra.
La creación y el resurgimiento de un mundo mejor. Un mundo lleno de libertades para todos. Me aparté del cuadro y lo observé en silencio. Iba a ser impresionante cuando le diera la luz. Silueteé un poco más la figura con las manos y me volví hacia atrás para dar un último retoque. Estaba perfecto. El sonido de alguien tosiendo detrás de mí me hizo volver a la sala. Desaté las mangas del mono y me las puse lentamente sin dejar de mirar el cuadro.