Introducción 👑
—Señor, hay un problema. —Uno de los guardias reales, entró a las oficinas del rey, soltando un estruendoso sonido, al golpear la puerta, y denotando una extrema preocupación.
El hombre consiguió una mala mirada del mandatario. Era bien sabido por todos, su admiración por la tranquilidad y el silencio, la euforia del soldado sólo había ganado una mínima gota de odio.
Sin embargo, a pesar de todo, no podía culparlo por hacer su trabajo. Claro está, que había maneras más decentes de interferir en la paz del gobernante. Pero, por esta vez, dejaría pasar tal atrevimiento.
—¿Y qué esperas para resolverlo? —El monarca siguió su aburrido trabajo.
Se encontraba revisando unos papeles, que serían los que cerrarían sus próximos negocios. No se inmutó ante la presencia del soldado.
Los problemas siempre aparecían, no le afectaba la idea de tener uno nuevo.
—Es que —pausó con temor—, creo que esto le interesará. —El joven quería salir corriendo de allí, esas no eran formas de hablar con su superior y él, lo sabía perfectamente.
Recibió otra mala mirada del hombre sentado tras su escritorio. El soldado estaba muerto de miedo, el soberano, en cambio, pensó mejor sus palabras, frunció el ceño y levantó una ceja. Jamás le habían dicho una frase así y mucho menos, un soldado.
—¿Y por qué me interesaría? —El tono en su voz se transformó en uno frío y duro, que dejó aún más congelado al mensajero— ¿Qué es tan importante como para interrumpirme y hablarme de esa manera?
—Es que—tragó, en un intento de aliviar el nudo de su garganta— una chica apareció, mencionó que necesitaba hablar con usted con urgencia, que era la princesa de Ardclik, luego se desvaneció en las puertas de la entrada. ¿Qué hacemos con ella, su majestad? —arrastró las palabras, soltándolas todas juntas.
—Lo que me faltaba —bufó, levantándose de su escritorio. —¿Qué han hecho con ella?
—Está en el mismo lugar, estamos esperando sus órdenes, señor.
El hombre se dirigió a la puerta principal del castillo, seguido por el soldado. El cual no volvió a emitir sonido alguno, parecía una sombra caminando detrás de su rey.
Todos inclinaban su cabeza al verlo pasar, él no se fijaba en eso, tenía la atención puesta en aquella supuesta joven. Algo pasaba, eso era evidente, lo que no entendía era si aquello sería bueno o acarrearía más problemas.
Al llegar a las rejas de la entrada, les dio un asentimiento a los guardias de allí, estos inmediatamente abrieron la puerta.
—Joder—murmuró ante la vista que tenía—, busquen al médico.
Se acercó sin poder creer lo que sus ojos veían, no sabía con exactitud si hacerlo era prudente o no.
Allí, en el suelo, se hallaba tendida una muchacha, parecía sumida en un sueño profundo, todo su cuerpo estaba cubierto de tierra y sus ropas eran simples harapos. Era una vista desastrosa.
Se acercó a ella, arrodillándose a su lado. Con la duda plasmada en su rostro, decidió apartarle los cabellos de su cara, puesto que ésta estaba viendo a un lado.
Quiso comprobar si aún estaba con vida, acercó su oído hasta su rostro. Aún respiraba, leve, pero lo hacía.
"¡Qué suerte!" pensó, no quería cargar con la imagen de una chica muerta, en la puerta de su palacio.
No sabía si era factible moverla, no quería que todo empeorará pero, contra todo pronóstico decidió llevársela a un lugar más privado y, sobre todo, lejos de la vista de quien pudiera aparecerse.
Eber, rey de Idront, era conocido por su carácter y no precisamente, por ser uno bueno. Corrían los rumores, más allá de sus tierras, que era un despiadado y sádico rey; sin embargo, todos en su reino sabían que no sólo esas habladurías eran ciertas. Puesto que él, a pesar de ser cruel con quienes lo merecían, sabía cuándo era momento de quitarse su armadura y mostrar su lado más humano.
Y, aquel momento, era justo uno de ellos.
Tomó el cuerpo, como si de un pedazo de porcelana se tratase, como si se iba a romper en cualquier momento. Los guardias volvieron a abrir las puertas mientras él entraba cargándola. A toda la servidumbre que se encontraba le parecía raro aquello, no obstante, todos giraban su rostro, no debían meterse en los asuntos de él.
Llegado al segundo piso del palacio, el cuerpo ya comenzaba a pesar de más, por lo que decidió dejarla en la habitación de huéspedes más cercana.
Una vez concluida su tarea, se alejó de la cama en donde la había depositado, fijó su vista en su ropa, había quedado con rastros de tierra por todos lados. Hizo una mueca, su camisa había dejado de ser blanca, tendría que cambiársela enseguida.
Salió de la habitación, ahí vio como el mismo guardia de antes, se acercaba velozmente con el doctor Krug, siguiéndolo.
Eber hizo una seña, advirtiéndole que ella se encontraba allí. El médico entró en la habitación, mientras que el guardia retomó a sus trabajos y el rey, quedó a la expectativa de la situación.
Veinte minutos, fue el tiempo que Eber contó en el antiguo reloj de pared. Veinte minutos, y recién el doctor había aparecido.
—Puede pasar, su majestad. —El rey entró a la habitación, quedando parado a un lado de Krug.
Había aprovechado el tiempo de revisión para ir a cambiarse la ropa, al regresar, el doctor aún estaba dentro con ella. Eber estaba sumergido en las dudas, desde que la vio, su mente comenzó a sacar teorías o más bien, preguntas al azar.
¿Cómo había llegado hasta allí, la princesa de Ardclik?
¿Por qué tenía ese aspecto?
Pero, lo más importante, ¿por qué quería verlo?
Ambos estaban a una distancia muy considerable, admirando como la joven seguía en el mismo estado.
—¿Cuándo despertará? —rompió el silencio el varón.
—Con suerte, en algunos días. Ya le suministré algunas medicinas y, toma esto—rebuscó en su maletín. —Dáselo a alguien que se encargue de colocársela en sus heridas.
Krug, era una de las pocas personas que tenían permitido hablarle de esa manera, siendo que éste, había sido un íntimo amigo de su ya fallecido padre. Eber había escuchado con cautela cada palabra, y una fue la que sembró su duda:
—¿Con suerte? —cuestionó sin entender pero, tomando el bálsamo entre sus manos.
—Sí, no tengo idea de cuando despertará o de si, verdaderamente lo hará. —Las palabras descolocaron al rey, provocando que lo mirara sorprendido, en cambio, el doctor, parecía el ser más pacífico del mundo, con la expresión que cargaba. —Es más, te recomiendo que te deshagas de ella o que la mantengas oculta.
Aquello sorprendió a un más a Eber. Lo miró como si una cabeza más le hubiese crecido.
—¿Por qué? —preguntó, consiguiendo una mirada incrédula del doctor.
—Mi querido señor. Su ignorancia le costará muy caro algún día. —Eber no respondió, conocía desde su niñez a Krug, sabía que todo aquello que le dijera no sería mal intencionado, sino al contrario.
—Explíquese. —Fue lo único que logró articular.
—Esa joven —señaló con el dedo a la muchacha— es una asesina. Viene de Ardclik, es la princesa de ese reino. Se dice que asesinó al rey, fue condenada a las peores torturas por traición pero, antes de su ejecución, se escapó. Me sorprende que haya sobrevivido sola tanto tiempo.
El doctor se despidió dejando a un rey helado, una de sus cuestiones fue resuelta pero, otra duda más grande aún, creció en él.
Una asesina lo buscaba, "¿para qué?" se preguntó.
Sin embargo, una sonrisa sádica cruzó su rostro, porque donde hay oscuridad, hay esperanza.