1: Exilio
Igual que un eco, sus lamentos atravesaron sin piedad los prados del Olimpo. Su mirada y las lágrimas que caían de esta se coloreaban con una ira tan desmedida como su tristeza. Amenazaba, sin necesidad de palabras, con destrozar todo lo que alguna vez hubiese existido en el cielo o en la tierra.
Se le conocía de muchas maneras. Los dioses lo llamaban Hímero; los hombres, Deseo. Y la realidad era que, para tratarse de una de las cinco divinidades del amor, era una sorpresa que nunca antes hubiese experimentado el pesar que ahora envenenaba su ser desde dentro, enviando oleadas de invierno tras el paso letal de lo único que demostró ser capaz de derrumbar mortales, deidades e imperios por igual: un corazón roto.
De habérselo pedido, y lo hicieron, Hímero habría sido incapaz de describir el dolor que lo aquejaba. Las heridas que recibió en la guerra, no mucho tiempo atrás, pero que ahora se sentían provenientes de una vida ajena, de pronto daban la impresión de nunca haber ardido con una ferocidad similar. Al menos no si las comparaba con lo que sentía en ese momento, con el duelo de emociones contradictorias que, en su combate las unas con las otras, amenazaban con acabar también con él.
Entre la traición y la pérdida, ambas sucedidas tan pronto, las dos colaborando en el destrozo paulatino de su corazón, no estaba seguro de cuál era peor. Un susurro en su oído demandaba sangre, pues tenía la impresión de que solo esta podría ayudarle a supurar esa tristeza que se volvía líquida en sus ojos y se le desbordaba por las mejillas, con una transparencia poco acorde a la rabia turbada de su interior.
Hímero, que tiempo atrás se jactó desbordado de cinismo el nunca haber derramado una sola lágrima, se deshacía en llanto. Eso fue antes de tener entre sus brazos el cuerpo de su amante, con la piel blancuzca y los labios purpúreos por la enfermedad, dando su última exhalación de vida entre las sílabas descompuestas de una promesa. En ese instante el mundo y él habían cambiado para siempre, lo supo con una certeza desconocida hasta ese momento. Y ahora, cuando antes había perdonado, ya no sentía que quedase una gota de benevolencia en sí mismo como para dar vuelta a la página y olvidar los trucos de aquellos que, con una insinceridad que no vio venir, decían amarlo de forma incondicional.
Y para su desgracia, no podía experimentar su pena en soledad.
En el Olimpo las cosas no eran distintas a las del mundo al que tanto cariño le tuvo alguna vez. Como los hombres, los dioses también se convocaban ante la curiosidad, y lo hacían con incluso más descaro. No sintieron pena, no sintieron nada.
Entre esa multitud de rostros de estatua, uno se distinguía de todos los demás al ser, por mucho, el más precioso. Dioses y hombres la llamaban Afrodita; Hímero, madre. Ni siquiera ella, a pesar de los lazos que la ataban al mayor de sus ojos, se atrevió a dar un paso en su dirección para consolarlo. Más o menos fue el mismo destino el que le dio su padre, el dios de la guerra. Deseo no se sorprendió ante la absoluta carencia de sensibilidad por su parte. De ninguno de los dos. Eran, igual que los demás, tan fríos como hermosos.
Si hubo un solo rayo de calidez atravesando aquel océano de hielo e indiferencia, ese fue el de Harmonía, la hermana más joven del dios agonizante. Ella, desbordada de la misma empatía de la que los demás carecían, se sentó junto a su hermano en la hierba y deslizó los dedos sobre la piel de sus nudillos en un gesto vago, pero genuino, de brindarle aunque fuera una pizca de calma. De contención.
La joven diosa recostó su cabeza en su hombro, y los cabellos se le deslizaron igual que hilos de miel sobre la piel. ¿Qué podía decirle? ¿Cómo hallar las palabras adecuadas para resanar grietas de ese tamaño? Lo pensó un momento y se dio cuenta de que no existía una frase mágica capaz de deshacerse del sufrimiento. Le hubiese gustado inventar una para él.
―Hay amores que tienen un destino doloroso, tú ya lo sabías.
Hímero supo que con eso ella trataba de ser reconfortante, ¿qué más resignación que poner lo inevitable en manos de lo inamovible, lo ya escrito? Sin embargo, ni eso fue capaz de apaciguar las aguas en su pecho.
―Este no lo estaba… tenía que ser diferente ―aseguró, sin un solo timbre de duda en la voz―. Sé lo que es el amor, sé cómo arde. Y si algo sé mejor que eso, es que no duele, no el de verdad. Si ella no hubiera… aún los tendría a los dos, de no ser por ella.
Él, su amante perdido. Muerto en la guerra en vísperas del retorno a casa.
Ella, esa hija de Hades a la que podría haberle dado el mundo entero si no hubiera decidido tomarlo por cuenta propia. Ellos dos tenían más asuntos pendientes de los que nadie ahí conocía, más de los que podía confesar sin sentirse morir de la vergüenza. Pero si Belerofistes estaba muerto, era culpa de Aikaterine. Y de su propia confianza ciega depositada en una persona que nunca probó su lealtad.
Desvió la mirada, escondió el rostro de los presentes. De pronto se supo abochornado de bajar tanto la guardia que no vio las señales obvias que estuvieron siempre ahí, frente a su nariz. Cuando le convencieron de ser querido y estar seguro mientras todo era un juego de espejos y sombras. No. La hija de Hades nunca lo amó a él, sino a algo que podía darle. Y se lo habría entregado por propia voluntad, si no se hubiera adelantado por los medios más bajos.
La voz que interrumpió sus sollozos se elevó con una autoridad inaudita en los temas del corazón, mientras su portador se abría paso de a poco entre la multitud para llegar a su hermano.
―Te guste o no, lo que sentiste fue amor de verdad. Eso no lo cambia el desenlace. ―Eros, pensó Hímero, siempre conseguía la manera de ser inoportuno―. No molestan los engaños de los que no nos importan, ¿o sí? De nuestros enemigos tú y yo sabemos esperar lo peor, eso no nos rompe el corazón. Te duele porque la amaste, no dudaría que porque, quizá, incluso después de todo todavía lo haces.
El dios del amor reposó la mano sobre el hombro de Hímero con un consuelo de gusto casi paternal; no obstante, contrario a lo sucedido con Harmonía, el contacto se rompió a la brevedad. Tan pronto sintió su tacto, se lo sacudió de encima en una oleada repentina de ira. ¿Cómo se atrevía a incrementar así su sufrimiento?
―Es tu culpa ―acusó en un siseo parecido al de las serpientes, escupiendo veneno en cada sílaba punzante.
―Las decisiones de tu mujer no son mi culpa, ¿cómo podrían serlo?
―Tú sabes lo que pasa con los humanos ambiciosos, siempre son iguales. Sé que conocías la oscuridad de su alma y no te importó flecharme, de todos modos. ―En sus iris brilló por su ausencia la hermandad, solo quedaba lo que deja detrás de sí la furia y la traición.
―Su alma no podría decirme sus intenciones. No soy un oráculo, no veo el futuro; yo no hubiera permitido nunca que algo malo te pasara…
―Cállate.
―Necesito que esta vez me escuches… ―insistió Eros, antes de ser interrumpido una vez más.
―¡He dicho que cierres la boca!
Harmonía, que aún acompañaba a su hermano y optó por no intervenir en ese instante, dio un respingo. Hímero se puso en pie, era claro que nadie ahí, por más que lo intentara, sería capaz de entenderlo. No era solo la traición de Aikaterine, o el daño recibido, era la muerte inevitable y precipitada. La culpa. El saber que, de haber tenido los ojos más abiertos, de no dejarse engatusar bajo los efectos del enamoramiento, las cosas hubieran sido muy distintas.
Ninguno de los presentes podría haber predicho su siguiente movimiento, y fue por eso que todas las miradas parecieron entornar con intriga. ¿De qué sería capaz un ser como él experimentando por primera vez el incendio del desamor en su pecho? Cada uno llevaba a su espalda una lista inmensa de locuras cometidas en nombre de la tristeza.
Hímero, que en un inicio pareció dispuesto a decir algo, se dio la vuelta antes de que de su boca saliera una maldición precedida por mil improperios dirigidos todos al nombre intachable de su hermano. Se echó a andar con el apuro mordiéndole los talones, se alejó con prisa de la multitud que continuaba tratando su dolor como entretenimiento.
Lo invadió la necesidad de huir, de apaciguarse. De buscar soledad. De pronto, se le adhería a la piel una desesperación aturdidora por abandonar el Prado. El Olimpo. Esquivar incluso el inframundo. Estar lejos de todo lo sagrado, recluirse en el único sitio donde nadie conocía su rostro y aún menos su corazón; y podría intuir nunca su sufrimiento.
Si en un lugar era posible comenzar de cero, ese era la tierra de los humanos. Sin importar cuánto este sitio le hubiese herido, era el único que no tenía memoria.
Detrás escuchó su nombre ser llamado por Eros, quien iba tras él. No se detuvo, aunque este suplicaba que lo oyera por un segundo―: Esas cosas pasan, Hímero. No eximen dioses ni hombres, y sé que duele, pero sangrar nos fortalece. Equivocarnos nos enseña a evitar trampas, ofrecer más, amar mejor.
Fue la última frase la que provocó que Hímero detuviera en seco su andar con el ceño fruncido, más confundido que nunca antes. Su garganta, en cambio, profirió una risa amarga que asimiló más al sonido de un gruñido. Se volteó para encararlo, intentando discernir si estaba bromeando, pero no hubo nada que se lo asegurara.
Teniendo en sus manos el pleno conocimiento de que algo tan incierto, como lo era el amor, podría quebrarlo igual que una ramita de olivo entre sus dedos, Hímero comprendió menos que nunca por qué se adoraba tanto a ese sentimiento. De dónde el frenesí. Su enamoramiento le hizo feliz, dichoso como no había conocido jamás, más esa dicha no compensaba todo lo demás. Le bastaron sus años en la tierra para estar seguro de que nunca le pasaría de nuevo.
Sabía que no podría soportar el peso de dos corazones rotos en una misma vida.
―¿Amar mejor? ―cuestionó con una clara indignación en los tintes de su voz. Los ojos rojos e hinchados de tanto llorar daban una imagen muy rota para un ser eterno―. No soy tan estúpido, no soy devoto al sufrimiento. Lo rechazo, no lo quiero.
Pese a nacer del vientre de Afrodita en el mismo parto, no resultaba complicado darse cuenta de que nunca estuvieron ni cerca de ser iguales. Hímero sospechaba que incluso hasta opuestos. Y aunque sus ojos eran del color de la leña al fuego, mientras que los de Eros portaban el tono de la plata más pura; o aunque su piel llevara el tueste de los rayos del sol cuando la de su hermano fuera suave y blanquecina como la cera moldeada o el mármol tallado… sus diferencias físicas eran pocas, nada, comparadas con el contraste mortal del carácter.
No estaba seguro de si Eros era inocente, noble, al punto de rayar la estupidez o si, por el contrario, solo disfrutaba sufrir y gozaba cuando el resto tenía el mismo destino.
―No me voy a enamorar otra vez, y espero que lo tomes como lo que es: una advertencia. ―Si alguien era capaz de forzar el azar de la locura o la soledad, ese era su hermano, y no iba a dejar que quedase duda alguna de ello. Su voz llevaba la tensión de la cuerda de un arco, la amenaza implícita en su mirada fue el vistazo a la flecha envenenada y dispuesta a tirar a matar.
―Deseo, el eros. Eres tan yo como yo mismo soy, nuestra naturaleza nos arrastra al amor, no puedes negarle al agua que baje por los ríos.
Si no fue un reto, Hímero lo tomó como tal.
―Mírame hacerlo, entonces.