Prólogo.
Se sentía muy bien. Caminaba relajado, con pasos suaves y sin emitir ni un sonido.
Aspiró el aroma del aire, captó el olor a tierra mojada y el perfume de flores silvestres. Sonrió. Sintió el fresco aire en el rostro, le acariciaba al pasar. Escuchó el coro de los grillos y escuchó esos silbidos: lo invitaban a andar. Una parte de él se preguntó por qué hacía aquello, pero algo mandó a callar a esa vocecita, diciendo que solo importaba seguir, llegaría pronto a la tierra de la paz.
Podría aparecer un animal sediento de sangre y él solo le sonreiría, podría dirigirse hacia un matorral de espinas sin que él hiciera ni el más mínimo esfuerzo en defenderse. Pareciera haber consumido alguno de esos hongos que hacen sentir placer, pero era mentira. Este hombre conocía las plantas del monte y no cometería tal error. La causa de su estado de placer estaba en el aire.
Se miró a sí mismo. Llevaba esas cosas en los pies y se preguntó porqué, frunció el ceño, ¿cómo podía negarles aire a sus pies? No eran prisioneros. Se detuvo y los liberó de su encierro. Lanzó cada bota detrás de sí. Entonces sintió algo pesado en su hombro, sin siquiera mirar, se despojó de sus cosas, sin importarle la posibilidad de herirse con sus propias flechas. Palpó su chaleco especial para cazar y se deshizo de ella como si de una camisa de fuerza se tratara. ¿Cómo había vivido con esos trapos? Estuvo a punto de quitarse la camisa, botarla, librarse de ella, pero lo detuvo una voz que al principio solo parecían ser ecos.
—Papá. —Escuchó con más claridad—. Papá, espera.
Frunció el ceño. Esa voz se le hizo tan conocida, le hacía querer parar, como si la voz contuviera un poder mayor al de los silbidos.
—Espera, papá.
El hombre se giró, bajó la vista hasta toparse con un niño que rogaba porque lo esperara. Una sensación fría se apoderó de él, toda paz se esfumó. Solo quedó preocupación y miedo. Ahí estaba su hijo, luchando por alcanzarlo con sus pasos de infante, intentando librarse de las raíces que hacían de obstáculo. Se detuvo de inmediato.
—Pedro. Hijito.
—Papá, se te cayó tu botita. Púm, lo hiciste. —Imitó la acción de su padre—. ¿Ya no lo quieres? ¿Puedo usarlo cuando sea grande?
El hombre se miró los pies descalzos, la camisa a medio quitar y se palmó el hombro. Se le contrajo el estómago al recordar lo que había hecho con su carcaj. Se acercó a inspeccionar a su hijo de inmediato. El aire volvió a él solo hasta que no vió ninguna herida.
—¿Y mi carcaj?
—Allá. —Señaló—. También lo hiciste Púm, pero no lo atrapé.
El hombre alcanzó a ver el carcaj no lejos de ellos. Sacudió la cabeza sin comprender qué le había ocurrido. Al agudizar el oído no captó ningún silbido, como si nunca hubiera existido. Volvió a mirar a su hijo, sin escuchar realmente todo lo que él le decía, solo se aseguró de que en verdad estuviera bien.
—¿Dónde está don Isaac?
—Está allá atrás —dijo el niño, arrugó el entrecejo—. Recuerda, dijo que no tardes, quiere volver temprano a su casita por su bebé.
El hombre asintió, se levantó con pies temblorosos, como si de pronto no quisieran sostenerlo.
—Tenemos que ir con él.
El niño asintió. Se entretuvo con jueguitos mientras su padre se alistaba de nuevo. El hombre miró otra vez a su alrededor y a su hijo, no podía permitir que le sucediera algo. Lo tomó en sus brazos y se alejaron del lugar. Sostuvo al niño, protegiéndolo del aire como si de una bestia se tratara.
—¿Ya viste el bebé de don Isaac? —Preguntó el niño, inocente.
—No, pero no importa —respondió con rapidez—. Te llevaré de regreso con tu mamá. Vamos a casa.