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Un fuego de almas perdidas

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Summary

Noventa y cuatro años atrás, Mira negoció con un ángel para salvar a su padre de la horca. Desde entonces ha servido a Rahel, el portador de Luz, un ser tan amado como terrible. Por su causa, Mira ha perdido todo lo que amó alguna vez: su familia, casa, amigos, apariencia e incluso su mortalidad. Por lo que, cuando Rahel le ofrece un último trato a cambio de morir por fin Mira acepta gustosa. Sin embargo, no es fácil cumplir lo prometido cuando debe perder lo único que le queda: su corazón.

Status
3yrs ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Los ángeles

El ángel cayó en la nieve,

herido, aletargado, furioso.

Miró al cielo y juró volver

luego observó sus venas y las encontró vacías..



Mira escuchaba cada latido de su corazón con temor. Tenía la boca seca, como si su madre desde lo profundo de la muerte le estuviera impidiendo cometer semejante acto de locura, tal y como le había inculcado toda su vida.



La sangre riska que heredó de su madre no le permitió olvidarse de los dioses de sus ancestros, incluso cuando en el pueblo se levantó una cruz que amenazaba a cualquiera que incurriera en actos paganos con purificarlo en la hoguera. A escondidas de su esposo, la madre de Mir le había enseñado todo sobre los viejos dioses.



Los dioses son volubles, tercos y orgullosos. No se les hace enojar. Tampoco son tus amigos. Ellos negocian con almas, Mirhima. Recuerdo que los antiguos seis siempre cumplen sus tratos y siempre cobran.



Los Seis no eran benévolos, sino comerciantes de almas y de no ser por la desesperación, Mirhima jamás se atrevería a rezar a uno, mucho menos al que estaba a punto de invocar: Rahel.



El gran señor del fuego celestial era el peor por una razón pero, de todos los mitos arcanos, era el más poderoso. Y su padre no tenía tiempo. Estaba a punto de ser colgado injustamente. A menos de que el ángel de piedra frente a ella se convirtiera en carne, en sangre, en la magia antigua que veneraban sus ancestros. Ahí, de pie frente al verdor del bosque y con la brizna mañanera humedeciendo su rostro Mira no era capaz de sentirse común.



En los viejos tiempos, la gente levantaba una hoguera y danzaba alrededor mientras una chica virgen era ungida con perfume. A medianoche se le degollaba como ofrenda para comprar el favor de los Seis. La única diferencia entre ese momento y ahora era que el cuchillo que abriría su garganta sería empujado por su propia mano.



—Igual arriba que abajo—dejó salir de sus labios—. Tanto en el Principio como ahora y en el Final, que lo que fluye en el río fluya en mi sangre.



Abrió su palma con el extraño diseño de la Constelación. La estrella de seis puntas era un símbolo directo de herejía, aunque Mirhima no se preocupó con el futuro incierto que le esperaba en caso de ser descubierta. La culpa estaba comiendo sus entrañas, igual que los gusanos corroían la carne muerta. Mañana era una palabra temeraria para alguien que estaba a nada de abrirse el cuello. Decidida, colocó la herida directo sobre el pecho del ángel de piedra, justo donde estaría su corazón.



—Mi nombre es Mirhima Sacres. La última descendiente de la familia Vahi. Vengo de forma libre, dispuesta a negociar.



El calor pronto manó de la roca y cauterizó el daño infringido a la vez que la estatua perdía su cáscara exterior rompiéndose como un huevo. Tenía el aliento atascado, sorprendida de su propio poder, aunque su madre le había advertido desde la tierna infancia las habilidades de una bruja Vahi.



Trescientos años atrás, una Vahi logró encadenar a los Seis y transformarlos en piedra. Los templos cayeron y las estrellas de seis puntas fueron prohibidas por los nuevos dioses. Sin embargo, en la sangre Vahi se había conservado tanto el mito como el deseo ardiente de jamás dejarlos salir. Ni su madre, en los peores días de su enfermedad, había sucumbido a negociar con Rahel.



—Si negociara por una cosa que amo, el ángel se aseguraría de arrebatarme todo lo demás—repetía con cansancio su madre—. Nunca ofrezcas, Mira, sobre todo si lo que quieres es valioso.



Palmo a palmo, la piedra se desprendió dejando a la vista los ojos violáceos de Rahel, quienes la observaron con dureza mientras la armadura impuesta caía. Contrario a sus pensamientos, el Ángel parecía joven, acaso un par de años mayor a ella. Sin embargo ahí estaban las náuseas deseosas de salir y revertir la magia.



Rahel se desperezó con tranquilidad. Extendió las alas negras y tupidas como para asegurarse de que seguían ahí, disponibles para volar. Mira no se impresionó con la apariencia de la deidad. Lo había conocido en sus sueños mucho antes de verle, sin embargo, sí se sintió nerviosa por la intensa atmósfera del aire. Rahel era el señor del caos, el eterno embaucador, por supuesto que había poder a su alrededor.



Mira se quedó quieta mientras el dios observaba curioso al resto de las estatuas. Los cinco alados permanecían atrapados en el mármol, aunque el dolor horrendo de cabeza que comenzaba a sufrir le hizo entender que eran conscientes de todo y no estaban contentos. Entre los Seis la discordia no era un pan extraño. La mitad de los mitos riska hablaban sobre como Siro encadenó a Rahel a un peñasco para que lo devoraran los buitres; sobre Anish envenenando a sus pares por juegos insignificantes o sobre Rahel lanzando a un volcán a tres de sus hermanos. Vidas intensas sin duda.



Rahel sonrío con suficiencia cuando vio que era el único libre, aunque rápidamente clavó la vista en Mirhima y su palma sangrante.



—Cuando un árbol enferma, uno debe podar las ramas y quemar el tronco para que la enfermedad no se extienda. Debería quemarte viva, niña Vahi.

Mira apretó el puño deteniendo el flujo que manchaba la tierra sagrada con su sangre mestiza.

—Ofrezco un trato.

Los ojos negros del ángel brillaban de un modo particular, como si en sus pupilas se escondieran cientos de constelaciones solo visibles cuando la noche era profunda. Ella recordaba ignorar esos ojos en el sendero que conducía a los ancestros.


—Por supuesto, Vahi—señaló el dios con desprecio sosteniendo su mirada.—. ¿Qué puedo hacer por vos?



—Mi padre será colgado. Justo ahora. Quiero que lo impida—la voz de Mira no salió para nada autoritaria, algo que el ángel notó al instante.



Apretó los dientes furiosa por su debilidad. En su sangre corría la magia de Esma Vahi, tener miedo a un ángel era indigno, aunque él tuviera la habilidad de romper sus huesos, beber su sangre y quemar su corazón aquí mismo.



—¿Y qué ofreces a cambio, habidi?



—Libertad—respondió confiada en que aceptaría—. Siempre y cuando no lastimes a mis seres queridos, podría irse del Páramo.



Debería bastar con eso. Era un trato seguro, con limitantes y reglas donde ninguno de los dos salía perjudicado pero, con un solo vistazo Mir supo que el ángel no lo aceptaría.



—No—respondió solemne.



—¿Quieres volver a la piedra?



Él arrugó el ceño hasta que se echó a reír.



—No estoy negándome. Solo necesito conocer todas las cláusulas. ¿Qué ama ésta joven Vahi?



Rahel era engañoso. Darle una verdad, por mínima que fuese, era otorgar ventajas. Algo que podía quemar para crear un incendio mayor.



—Estoy dispuesta a hacer un sacrificio.



Él suspiró con aburrimiento.



—Los sacrificios no sirven en absoluto. Querer comprarnos con almas otorgadas a la fuerza no da satisfacción alguna, aunque admito que eran muy divertidos de ver.



—Yo estoy dispuesta.



Mira levantó el cuchillo a la altura de su cuello y presionó ligeramente, algo que el ángel encontró encantador.



—¿Vuestra vida sería el pago?



Mira asintió, incapaz de bajar el cuchillo. No sabría si tendría la fuerza de voluntad para subirlo otra vez.



—Sí, siempre y cuando su parte sea cumplida. Mi padre está preso, acusado injustamente de un robo. Mi padre no morirá hoy en el cadalso.



El ángel lo meditó un instante guiando la mirada por todo el panteón.



—El trato se establece así: Yo Rahel, portador del fuego celestial, me comprometo a evitar la muerte de vuestro padre programada para el día de hoy. A cambio, tú Mirhima Vahi Sacres, comprometes tu servicio hasta el momento de tu muerte. Tenemos un acuerdo, Vahi.



Suspiró aliviada. Independiente al horrible destino que le aguardaba su padre se salvaría. Las palabras eran vinculantes para los ángeles, una vez pronunciadas, era un pacto.



El ángel caminó hacia ella y le quitó con suavidad el cuchillo. Mira contrajo los nervios pensando de que a un dios tan asiduo a la sangre le gustaría repartir su propia violencia. Cerró los ojos esperando que el filo abriera su cuello, torciera el rumbo de sus intestinos o partiera su corazón pero no ocurrió. En cambio, el ángel hizo algo mucho más infame.



La besó.



Y la caricia de sus labios quemó su carne haciendo que Mira abriera los ojos ante la invasión y el dolor. Era como quemarse viva, no podía respirar. El grito se quedó atrapado en su garganta mientras trataba de empujarle sin éxito. Sólo hasta que se atrevió a morderle, Rahel se apartó satisfecho dejando entrever que eso era lo que buscaba.



La sangre ataba destinos, después de todo.



—Ay, querida Vahi. Si al menos me hubieras preguntado cuántos años dura una vida...


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