El amo de las palabras

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Summary

Andrea se muda a casa de su hermana, a una nueva ciudad. Detrás de la casa de Maddie, con su esposa y cuatro hijos, vive un famoso escritor: Boyd Coleman, un hombre maduro que llama la atención de Andy y despierta una parte que ni siquiera ella conocía. La obsesión que desarrolla por él se vuelve crítica en poco tiempo, evidenciando los problemas que crepitan en la psique de Andy, los cuales se ven alebrestados por la sutil influencia del escritor y sus palabras.

Status
Complete
Chapters
22
Rating
5.0 5 reviews
Age Rating
18+

I

Me siento enferma como no me había sentido en mucho tiempo, probablemente desde que era niña. El cáustico sabor del vómito me araña la garganta y cierro los ojos mientras lo dejo salir, mi cabeza prácticamente dentro del retrete y mis manos arañando su superficie lisa y helada. Si hubiera estado teniendo sexo me preocuparía por esto, pero no he sido íntima con nadie en seis meses, desde que mi relación con Ryan terminó, cuando me llamó una demente por aferrarme a lo que he querido desde que era una niña, por perseverar cuando él es mediocre. Bailar es mi vida, ¿Qué más puedo hacer? Es mi motivación más fuerte, mi razón de vivir, mi manera de tomar el control en un mundo lleno de caos… ¿Y esperaba que “lo tomara con calma”?

—¡Andy! ¿Estás bien? —los pasos de mi hermana se aproximan aprisa y me sujeta el cabello antes de otra arcada, una especialmente dolorosa que hace que me encoja y solloce después de vomitar lo poco que desayuné.

Abro los ojos llenos de lágrimas para ver el contenido amarillento del retrete y Maddie tira de mí hacia atrás, acunándome en sus brazos mientras me da un trozo de papel higiénico y me acaricia el cabello. Sollozo suavemente mientras me limpio la boca, tratando de estabilizar mi respiración al mismo tiempo que dejo que mi hermana se haga cargo de mí y me ayude a levantarme, observándome con ojos verdes llenos de consternación. Le sonrío en cuanto apenas y ella resuella.

—Te estás exigiendo demasiado —me regaña. Es mayor que yo por cuatro años nada más pero siempre hizo más por mí que nuestros padres y ahora, es mi único apoyo en la vida—. Haces demasiado esfuerzo físico y comes poco, te estás agotando…

—Tengo que vivir de algo, Maddie —exclamo, separándome de ella para comenzar a caminar por mi cuenta, salir del baño y alejarme de su potente luz blanquecina. Ella me sigue.

—Te dije que eso no es un problema —recalca por enésima vez desde que llegué, hace unos días.

Pensé que sería más difícil, todo el asunto de la mudanza. Son sólo seis horas de camino pero una vida completamente nueva y debo admitir que me sentía aterrada una vez que me di cuenta de que no podía seguir viviendo sola. Conseguí una buena escuela de danza en Cleveland y sólo me tomó presentarme a The Eden para que me contrataran, incluso cuando nunca he bailado en un tubo. Debido a mi condición física por mis quince años de entrenamiento en ballet no me ha costado adaptarme y Zayra, mi trainer, dice que tengo un futuro brillante como bailarina exótica.

Me imagino que hubiera dicho mamá de eso.

—No quiero tomar tu dinero —insisto y Maddie suspira con resignación, deteniéndose mientras que yo me dirijo a las escaleras.

Su casa es bonita, dos pisos amplios y decoración escasa, porque nunca se le dio eso de ver más allá de lo que hay en su propia cabeza. Es contadora en una importante firma de abogados y su hogar refleja su personalidad inclinada hacia los números y la lógica. Es de estética fría, minimalista. Las paredes son blancas y el piso de madera, como estaban cuando compró la casa. Los muebles de la sala son de un feo color gris rata y el único toque de color es la maleta que no he subido, de un rosa brillante. Sobre la chimenea apagada hay una menorá que solía pertenecerle a nuestro bisabuelo y en un marco grande y plateado, una fotografía de nosotras dos cuando teníamos cinco y nueve años de edad, tomada en el descuidado jardín de nuestra casa de la infancia.

—Quiero que estés bien —me dice al pie de la escalera y yo me detengo cuando estoy en el cuarto escalón, volteando a verla porque mi corazón se apachurra al escuchar su tono de preocupación—. Te invité aquí para cuidar de ti, ¿Ok? Es mi deber…

—Ya no soy una niña, Mads —contesto, bajando hasta casi estar a su altura. Soy más pequeña que ella por ocho centímetros, por lo que con un escalón de ventaja parecemos iguales—. Y nunca fue tu deber…

—No me importa —exclama con una sonrisa que correspondo, porque sólo ella tiene el poder de derrumbar mis defensas. Tomo su rostro entre mis manos y junto nuestras frentes, suspirando.

Apenas me doy cuenta de cuánta falta me hizo en los dos años que estuve con Ryan, y no puedo culparla por querer protegerme del mundo. Siempre lo hizo y uno no puede deshacerse de los viejos hábitos con facilidad, aun cuando llega el momento de hacerlo.

—Debo descansar un poco —enuncio al soltarla, dándome media vuelta para comenzar a subir las escaleras de nuevo.

—Andy…

—Tomaré una siesta —digo, dando por terminada la conversación cuando subo el último tramo corriendo.

Odio dejarla así, pero a esta altura de la vida debería de saber que no cambiaré de opinión. Le pongo el seguro a la puerta por si acaso se le ocurre intentar seguir sermoneándome y procedo a soltarme el cabello, puesto que lo he llevado en un apretado moño por más de tres horas y ya me duele la cabeza. Me observo en el gran espejo mientras me quito la sudadera rosa y a continuación la camiseta blanca. Mis senos pequeños quedan expuestos y los observo mientras quito los zapatos deportivos y me deshago de las mallas negras, quedando únicamente en los calzoncillos de motas lilas que me puse después del entrenamiento. Mi cuerpo es delgado y firme pero me ha costado demasiado llegar aquí. Mis costillas se marcan lo suficiente para alarmar a cualquiera pero este es el aspecto que he visto en incontables ocasiones, en las mejores bailarinas del mundo. No puedo estar gorda si quiero conquistar al mundo bailando, ¿Cierto? No es un sacrificio vano, es parte de mi trabajo.

Mi habitación tiene lo necesario. La casa de Maddie no es un palacio pero las tres habitaciones son espaciosas, tengo una cama matrimonial de edredón blanco, sus dos burós de madera negra y un escritorio a juego, en el cual están desperdigadas mis cosas de maquillaje e higiene personal, porque me he sentido tan cansada que he relegado arreglar aquí. El armario está abierto y veo mis pocas prendas colgadas en perchas mientras camino hacia el escritorio, quitando de en medio las ropas y otras cosas que he dejado en el piso y en busca de los cigarrillos que dejé ahí ayer, aunque tal vez no debería fumar. Quizás debería dormir. Todavía me siento un poco mareada y estoy segura de que vomité gracias al cansancio, pero me cuesta demasiado dormir de día.

La ventana está abierta y entra un viento cálido, el sol inunda la habitación debido a que las cortinas están corridas. Opto por dejar la cajetilla de cigarrillos donde la encontré y voy hacia la ventana con la intención de cerrar las cortinas y así intentar dormir, cuando escucho una escandalosa risa masculina muy cerca. Me detengo antes de acercarme demasiado, ya que estoy semidesnuda, y escucho con atención aquella voz que se entrelaza con las de niños. Están muy cerca, por lo que intuyo deben ser los vecinos de la casa de atrás en su patio, habiendo llegado ya de sus vacaciones de verano. Si algo no me gusta de aquí es que hay poca privacidad; la casa está rodeada por una pequeña valla de madera que separa su patio del de los vecinos y hay un estrecho pasillo que cruza de una calle a otra, lo cual significa que incluso extraños pueden pasar por este para acortar distancias.

—No, espera, espera… Arya—dice aquella voz entre risas. Es dulce de cierta manera, con un ligero acento sureño, y enseguida llama mi atención—. Mierda… No, ¡No! —se carcajea y un niño lo sigue, imitando su “Mierda” mientras que él trata de hacerlo callar.

Estiro el brazo para tomar la cadenilla que cerrará la cortina y tiro de esta. Las cortinas rosadas se cierran y entonces me acerco, abriendo apenas un pequeño espacio entre ambas para mirar hacia afuera.

—No se te ocurra decir eso frente a mamá…

Es la primera vez que lo veo, al hombre que vive en la casa de atrás. Veo su perfil de nariz respingona, su mandíbula cuadrada llena de barba de días. Su piel es pálida y porta una hermosa sonrisa. Sé que no es ajeno al ejercicio debido a que está mojado de pies a cabeza y su camiseta gris se pega a su cuerpo de anchos hombros y fuerte cuello, sus brazos se ven ejercitados, los antebrazos llenos de vello. Usa gafas, las cuales intenta limpiar en vano mientras sigue riendo, rodeado por tres niñas rubias que se mojan con la manguera que lo mojaron a él. No sé de qué color son sus ojos pero asumo que azules como los del infante que observa todo desde un cochecito, cerca de los columpios y lejos de la actividad.

No es el tipo de hombre del que me enamoraría. Tengo veintitrés años y siempre salí con chicos de mi edad, pero hay algo respecto a este hombre de familia que atrapa mi atención de inmediato. Es guapo, pero no convencional. Puede que se quede calvo o no, ya que a pesar de que su frente se extiende un poco más de lo común, tiene abundante cabello oscuro. Tiene algunos vellos plateados en la barba, que aun poco crecidos brillan debajo del sol. Se ríe hasta sentirse débil, lo sé por cómo se agarra la barriga al carcajearse cuando las niñas más pequeñas unen fuerzas para atacar a la mayor. Tiene dientes de conejo y es muy alto. Mayor también, aunque hay algo jovial en la manera en la que sonríe, totalmente ignorante ante el hecho de que lo espío y me lleno la cabeza de pensamientos indecentes respecto a su persona.

—Ok, ya fue suficiente —dice entre risitas, dándome una vista de su gran espalda y yendo a coger al niño de la carriola, levantándolo y manteniéndolo separado de su cuerpo mojado mientras camina a la casa, con las niñas siguiéndolo después de cerrar la manguera.

Me he sentido así otras veces, pero nunca de esta manera. Son los Daddy Issues que el abandono de papá dejó en mí, las cicatrices que parecen curarse al ver a un hombre que sí ama a sus hijas. Es raro, lo sé. Es patético pero no estoy haciendo nada malo. Lo observé como alguien que crea fantasías recónditas y jamás se atreve a actuar para volverlas en una realidad. Él no sabe que existo y mientras tanto yo decido contemplarlo a escondidas desde la ventana de mi habitación, cada que tenga la oportunidad de hacerlo. Es un plan que nació en segundos, que desde ahora marca mi vida. Y cuando me acuesto en la cama y cierro los ojos, no puedo dejar de repasar las imágenes que acabo de procesar, hasta que inevitablemente me veo vencida por el cansancio.


Mostrar mi lado sensual frente a un grupo de extraños jamás había sido tan fácil.

No es tan degradante como Maddie piensa. No lo dice pero puedo verlo en su mueca desaprobatoria, y me gustaría que algún día viniera a verme para que se diera cuenta de que yo soy quien tiene el poder aquí. La provocación que ejerzo sobre ellos me eleva sobre su estatus. Los hombres se vuelven bestias bajo la influencia correcta y no hay nada mejor que las curvas femeninas para hacerlos perder la noción de sí mismos. Tengo una sonrisa taimada mientras me contoneo frente a ellos, unos chiquillos apenas legales a los que me asignaron puesto que no soy la más hábil. Aprendo rápido y soy capaz de hacer varios trucos pero más que nada uso el frío tubo de metal como apoyo mientras me muevo de la manera más provocativa que puedo.

Los veo perder la cabeza, dejar de pensar y convertirse en algo que no es humano. Me paso al patriarcado entre las piernas porque mientras esté semidesnuda, soy superior en todo sentido.

Y no puedo dejar de pensar en él, el vecino. No puedo dejar de recordar los pequeños detalles de su persona y eso hace mi trabajo más fácil. No es el tipo de hombre que me enamoraría usualmente, no es el típico galán por el que he caído una y otra vez, por el que todas caen. Debe tener cuarenta años, más o menos. Es muy alto, uno ochenta y cinco o un poco más. Tiene el cabello muy oscuro y piel paliducha, lo cual tiene sentido si trabaja desde casa; Maddie dice que es escritor. Si cierro los ojos, puedo verlo a la perfección. Los brazos fuertes que dejan ver que no es ajeno al ejercicio, su mandíbula cuadrada cubierta de vello de unos cuantos días, su bonita nariz. Existe la posibilidad de se quede calvo en un futuro pero aun así es increíblemente atractivo. No sé de qué color son sus ojos pero sí sé que con intensos y oscuros, enmarcados por cejas ligeramente arqueadas. Sé que es un hombre en toda la extensión de la palabra: Fuerte, masculino y hermoso.

Maddie dice que tiene finta de asesino serial y bueno, yo correría el riesgo sin problema.

Salgo de The Eden a la una y media, y compro papas fritas de un restaurante de comida rápida para acallar los reclamos de mi estómago. Me como unas cuentas en el camino y al llegar a casa, Maddie me recibe con un abrazo y un beso en la mejilla. Le entrego la comida que llevé para ella, incluyendo la mitad de mis patatas y ella se dirige a la cocina, mascullando un agradecimiento mientras se atiborra con estas. La envidio porque jamás en la vida tuvo problemas de peso, mientras que yo siempre fui la niña gorda. Bueno, hasta que aprendí a controlar mis instintos más básicos.

—¿No deberías estar dormida ya? —le pregunto, acercándome a la mesa circular. Ya se ha sentado y procede a darle un mordisco a su hamburguesa, mientras que yo me muerdo la parte interna de la mejilla.

—Estaré bien, con que duerma cinco horas puedo funcionar a la perfección —me dice la mujer que me ha gruñido constantemente por las mañanas “porque no durmió bien”.

—No tienes que esperarme —le digo, dejando mi mochila en una silla y yendo a la alacena por un vaso para tomar agua—. De verdad, Maddie. Me haces sentir culpable por alterar tu vida así.

—¿Soy yo o esta hamburguesa es increíble? —me ignora y yo sonrío para mí misma, mientras lleno el vaso de litro—. Espera, ¿Dónde está la tuya?

—Me la comí en el camino, moría de hambre —miento, procediendo a beber el agua mientras me aproximo de nuevo a ella. Me siento cuando me señala la silla a su lado, sin poder hablar debido a que tiene la boca llena.

—¿Por qué me preguntaste en la tarde…? —inquiere y pausa para darle un trago a su soda de naranja—. ¿Por qué me preguntaste por el señor Coleman en la tarde?

—¿El señor Coleman? —inquiero, porque hasta ahora sólo me ha dicho que “el vecino es escritor”.

—Sí, Boyd Coleman, ¿El vecino? ¿El escritor? —exclama—. De hecho, ahora que lo recuerdo, hay un libro suyo en el librero. No es mi tipo de lectura pero quizás a ti te guste, es un poco… Oscuro —se queda pensativa mientras le da otra mordida a la hamburguesa y yo sigo bebiendo mi agua—. ¿Por qué…?

—Lo vi en la tarde, jugando son sus hijas —respondo y ella suelta un pequeño “Ah” mientras sigue masticando. Me siento llena con el agua pero sigo bebiendo hasta terminar con el contenido del vaso—… No lo había visto, por eso pregunté.

—Estaban de vacaciones. Son buena gente, callados y amables —dice Maddie—. Él está en casa casi todo el tiempo, es su esposa la que trabaja fuera. Es profesora o algo así, se llama Giselle —comparte, terminando con la hamburguesa por fin y mientras mastica el último bocado, su mirada hacia mi adquiere un destello de suspicacia burlona que no me gusta nada.

—¿Qué?

—Te gusta —me acusa y yo río, aunque sé que no puedo mentirle a Maddie. Nunca pude—. Dios, ¡Andy! —se carcajea y yo me encojo un poco, sintiendo las mejillas calientes.

—¿Qué hay de malo en ello? —intento defenderme, dándole un manotazo porque no deja de reír—. Es un tipo bastante atractivo, Mads.

—¿En serio? —pregunta ella, su risa se vuelve más queda mientras me mira con ojos llorosos.

—Es muy alto, está en forma… Es un bien espécimen, hasta yo puedo verlo —digo atropelladamente y Maddie asiente, poniéndose pensativa de nuevo aunque no por eso deja de reír quedo.

—Debo admitir que sí tiene algo, pero aun así. Es tan diferente a tus novios, tan diferente a Ryan…

Siempre me han gustado los sujetos flacos, es casi una regla. Hombres jóvenes con ese aspecto rockero que encuentro tan irresistible, un poco desgarbados y rubios, definitivamente rubios. Boyd Coleman es todo lo contrario y sí, yo también lo encuentro tan extraño como gracioso. Debe significar algo, que a pesar de ser tan diferente haya llamado mi atención de tal manera. Posee un magnetismo que no entiendo y que no puedo dejar de alabar en secreto.

—… Si te refieres a que no es un imbécil, ciertamente no parece uno —replico y ella asiente con una sonrisa compasiva, mientras me pellizca suavemente la mejilla. Nunca le hablé de lo horrible que fue mi relación con Ryan hacia el final, pero debe intuirlo—. Aparte sólo lo veo, no es como si fuera a destruir su matrimonio, ¿Sabes?

Las palabras abandonan mi boca sin que las pueda pensar. La verdad es que no me importa. Que sea casado o que tenga hijos no tiene ningún peso para mí, pero todavía no me hundo completamente en el súbito enamoramiento como para llegar a pensar en hacer algo al respecto.

Me despido de Maddie con un beso en la mejilla y salgo de la cocina para llegar a la sala y más concretamente al librero, donde buscó el nombre y no tardo en encontrarlo. Observo los detalles del libro mientras subo las oscuras escaleras, tan cansada que no puedo dejar de bostezar. La portada tiene las puertas de un cementerio abiertas, invitantes y tétricas, y detrás de estas un atardecer hermoso. En la parte trasera hay un resumen de la trama de “Tardes lóbregas”, un thriller psicológico que tiene como protagonista a un detective de homicidios.

Me desplomo en la cama todavía vestida y con el libro en las manos, después de haberme asomado por la ventana para ver las luces de la casa de atrás apagadas. En la solapa llaman a Coleman “El amo de las palabras” y eso sólo me da más ganas de leer su trabajo. Hay una fotografía a blanco y negro del guapo señor Coleman y la observo por más tiempo del necesario para aprenderme sus facciones. Mi dedo índice roza delicadamente su rostro y ahí se queda mientras leo la pequeña biografía. Nació en Kentucky en el año 1979, lo cual lo hace tener cuarenta ahora. Ha sido reconocido como escritor desde los veintiséis años, ya que su obra “La silla rota” fue aclamada por la crítica, y ahora que recuerdo, creo que sí escuché su nombre antes. Le gusta el té frío y su momento preferido para escribir es en otoño. Tiene una irresistible media sonrisa y ojos claros que gracias a la colorimetría de su fotografía, sigo sin saber de qué color son con exactitud.

Me dispongo a comenzar la lectura cuando escucho algo, un sonido inconfundible que hace que mi corazón se alebreste de golpe. Es un gemido, de mujer. Un gemido suave detrás del cual vienen unos más, cada vez más insistentes y llenos de un placer que sólo así puede ser liberado. Me quedo paralizada en la cama, con el libro fuertemente asido entre mis manos, escuchando sin poder hacer nada al respecto, sintiendo como de manera inevitable mi cuerpo comienza a llenarse de un pecaminoso gozo voyeur. Son ellos, los vecinos. Es Boyd Coleman con su esposa, haciéndole algo que en medio de la madrugada la reduce a gemidos que poco a poco se convierten en gritos.

¿Qué le está haciendo? No puedo evitar preguntármelo. ¿Estará sobre ella, embistiéndola duro? ¿La tiene con las piernas abiertas o dándole la espalda? ¿Acaso tiene la cara entre sus muslos? Mi cuerpo se llena de calor, deliciosas cosquillas se esparcen en todo mi vientre bajo y alcanzan mi clítoris, el cual me aprieto ligeramente al cerrar las piernas. Por dios, ¿Qué le está haciendo? Parece imparable, así como mi imaginación. Cierro los ojos cuando pienso en lo que vi de él, en la poca información visual que espiarlo por unos minutos me dio. Llevo un par de dedos a mis labios mientras que mi otra mano se desliza debajo de mi pantalón y mis bragas hasta que la punta de mi dedo medio roza mi clítoris.

Y entonces, todo termina tan rápido como comenzó. La mujer suelta un último grito extasiado, el más pasional de todos, y después sólo hay silencio y los sonidos de la noche que envuelven nuestras casas. Abro los ojos de nuevo mientras retiro la mano de mi entrepierna, a pesar de que me siento mojada y mi clítoris palpita, exigiendo atención. ¿Qué le estaba haciendo? No puedo dejar de preguntármelo y desde ahora sé que es una duda que tardará mucho en dejar mi mente. Observo el techo blanco por los segundos que me toma apaciguar mi respiración y después busco el libro que dejé caer a un lado.

Pero no puedo dejar de pensar en lo que acabo de escuchar.