Único.
Para Jungkook, Park Jimin era un sueño demasiado alto que no podía alcanzar, por más que lo intentara, tomara algún atajo o incluso si se atrevía a saltar demasiado fuerte. No importaba cuánto, nunca podría llegar a él.
Había sido así siempre, desde los pequeños pasos de una amistad entre dos infantes, hasta la actualidad de dos jóvenes adultos. Crecieron de la mano, viendo cada nuevo cambio en el otro, aprendieron muchas cosas en el mismo salón de clases, en primaria, secundaria, instituto, solo separándose por primera vez en la universidad.
Unidos a la cadera, con una amistad fuerte digna de las mejores anécdotas. Sin embargo, a la caída de las hojas en otoño, los sentimientos fraternales dejaron de serlo poco a poco; a medida que sus cuerpos fueron madurando, la perspectiva y la forma de ver las cosas también lo hicieron. Uno de ellos aprendió a guardar sus propios secretos del otro, protegiéndose, fingiendo y, sobre todo, soportando.
Jeon Jungkook se había enamorado de su mejor amigo de toda la vida. Jimin, por el contrario, era probablemente ajeno a ello.
La pequeña corazonada se convirtió en un pesar difícil de tragar.
Con el pasar de las primaveras desde el segundo año de instituto, cada vez fue más doloroso ver a Jimin pasearse con una novia nueva. Tener que ser amable con ellas y ayudar en favores fue el empuje a la daga en su corazón.
Estaban juntos la mayor parte del tiempo, pero la brecha kilométrica en su amistad se sentía como un vacío imposible de llenar.
Jungkook aprendió a usar un camuflaje, esconder sus verdaderas emociones y ser parte del juego de Jimin no fue difícil. Su mejor amigo fue el primero en salir del nido, buscar amigos nuevos y pasatiempos que no lo incluían. Se sentaban en pupitres continuos desde primaria, hacían equipo en gimnasia y pasaban tardes de liberación de estrés en las salas de videojuegos cerca de la escuela. Fue mucho el tiempo en que vivieron así, siendo nada más que ellos dos contra el mundo.
Lo duró hasta el instituto.
En su primer año fue que Jungkook comenzó a notar sus propias anormalidades, la forma en la que celaba a Jimin y la manía de sus pensamientos en irse muy lejos cada vez que sus ojos captaban los voluptuosos labios de su mejor amigo. Se asustó, sí, huyó por varias semanas de Jimin para no tener que enfrentarse a la realidad, el gusto fue efímero. El castaño estaba allí de nuevo con un rostro enojado pidiéndole explicaciones por ignorarle, y fue cuando Jungkook supo que no podía tratar de alejarse así como así.
Controló sus impulsos, escondió sus celos y dejó de ser una sanguijuela tras de Park Jimin.
Hasta que éste lo besó en una noche de borrachera.
Fue su primer beso, uno robado y con un poco de saliva por la embriaguez, pero Jungkook no lo superó fácilmente. No cuando Jimin comenzó a verle de una manera peculiar y distinta a como estaba acostumbrado. Una señal divina o un sello de advertencia, Jungkook tomó a mitad ambos, pero no desaprovechó la oportunidad.
Después de ese beso le siguieron más, unos donde no fue necesario el alcohol en sus venas para que alguno de ellos se atreviera. Fueron tardes en la azotea de la escuela donde el chasquido quedó grabado; noches en las que los padres de Jimin salían por todo un fin de semana de la ciudad y las caricias dejaron de ser mojigatas; mañanas en las que se desconocían y pareciera ser que ambos corazones latían en sincronía.
Fueron varias veces la primera vez del otro, sin embargo, jamás hubo una palabra al respecto. A excepción de solamente unas cuantas:
—Lo siento, pero deberíamos dejar de hacer esto —el ligero sudor que corría por la nuca de Jimin denotaba el nerviosismo de este, pero se mantuvo firme en seguir con la condena—. Somos buenos amigos, ¿verdad? No hay que hacerlo raro después. Lo entiendes, ¿no?
Bastó una oración para que Jungkook cayera de lleno a la realidad. Jimin no lo amaba. No de la misma manera que él, no sentía revoluciones y estallidos dentro suyo cada vez que le oía llamar. No había nada, por más que días y noches enteras demostraran lo contrario. Por más que sus emociones maquillaron la verdad a su conveniencia.
—Bien.
Jungkook se cerró, comenzó a buscar su propio camino al no desear seguir detrás de Jimin. Su graduación del instituto a la vuelta de la esquina fue el detonante y la aceptación por parte de una universidad fuera de Busan la gota que finalmente derramó el vaso.
La luna en el atardecer del verano fue un testigo oculto en la oscuridad.
Por primera vez en diez años, el dúo se separó.
(...)
Fue relativamente fácil seguir adelante, para Jungkook comenzar desde cero en una ciudad nueva por descubrir fue lo que más necesitaba para despejar su mente de su terco corazón. Tuvo que enfrentarse a inmensos reclamos y críticas hasta llegar a la aceptación, pero los únicos ojos que podían hacer surgir una tormenta en medio del desierto siempre fueron unos de color miel.
Los mismo que tuvo que hallar en el mar de gente en un club nocturno a las afueras de la ciudad, tres años después.
Hubo ira, reproche, rencor, apreciación y el ligero brillo desenfocado de la lujuria como el epítome de todo ello. Jungkook quedó sin aliento, Jimin un poco peor.
—Te fuiste sin siquiera avisar a dónde ibas, tuve que enterarme después de vacaciones por tu padre que habías decidido mudarte a Seúl —el sonido leve de la música tras suyo le hacía perder la concentración en las palabras, pero el frío angustioso de noviembre le hizo prestar atención al hombre frente a él—. ¿Sabes lo mal que me hizo sentir eso? Desapareciste tan pronto nos graduamos y viniste aquí. Esperé a que te contactaras, pero nunca llegó tu mensaje.
Jeon apartó la mirada al sentir taladrando su rostro la contraria, hubo un poco de remordimiento en su interior, pero no supo asociarlo si estaba allí por el alcohol en su sistema o el aroma de la colonia masculina de Jimin tan cerca de sí.
—¿No dirás nada? —la pizca de indignación en la voz melosa casi le sacó una carcajada, Jimin era así, un poco exagerado todo el maldito tiempo, justo como lo recordaba.
—¿Qué quieres que diga? Han pasado casi tres años, lo siento, sí, pero aún después de todo este tiempo seguirías esperando un mensaje que nunca va a llegar.
Escuchó un resoplido, luego el calor corporal más cerca en los límites de su espacio personal advirtió que alguien no estaba muy conforme con sus palabras. Dejó caer su cabeza en la pared fría del callejón de clubes en Itaewon, la hora sobrepasaba la adecuada para salir a tomar un paseo, el descenso de temperaturas afectaba su movilidad en la oscuridad, así que se quedó quieto y sin respirar.
—Jungkook.
El suspiro resignado que salió de su ser le hizo sentirse miserable, pero vio de frente al hombre más bajo que él.
—Jimin... —el ardor en sus pulmones le advirtió, pero asintió sin humor a la mirada retadora del otro—. Lo lamento, mucho, como no tienes idea. Pero necesitaba poner una distancia entre nosotros, ¿lo entendemos, no? Hemos crecido juntos tomados de las manos, hacía falta un momento en el que nos separamos y después tomáramos caminos para cada uno, no es tan necesario seguir juntos todo el maldito tiempo.
—Ponías excusas mejores para rechazar citas dobles en el instituto, Jungkook. No esperes que me crea esa mierda.
Sus ojos rodaron, exhausto y con el alcohol nublando su mente junto con el frío de finales del otoño. Pensó rápidamente en posibilidades, pero no se le ocurrió ninguna buena y aceptable para como lo era Jimin.
—Me duele la cabeza, Min. Hablemos mañana con más calma, ¿sí? Necesito volver a casa y tomar algún analgésico, no creo que quieras acompañarme allá.
La mirada borrosa del castaño le dijo todo lo contrario. Sin nada más que hacer, Jungkook asintió. Ambos hicieron el amago de caminar por el callejón hasta la calle, pero el fuerte ruido de la puerta metálica al abrirse les paró en seco.
—¡Jiminie! Oh por dios, estuve buscándote por todo el bar, ¿a dónde ibas, cariño? —la melena azabache de la mujer era bastante reconocible, junto con el rostro femenino y delicado. La borrachera dentro suyo bajó en un santiamén, su mano dolió por la fuerza ejercida al apretarla en puño.
—Hyemi. —el nombre salió como terciopelo de la boca llamativa de Jimin, su voz incluso se endulzó.
Kwon Hyemi, la joven chica que fue el mayor rival para el corazón de Jungkook. La única que, probablemente, se ganó el de Jimin.
Verla a los ojos luego de un par de años le hizo cuestionarse lo que iba a ser capaz de hacer cuando Jimin traspasara el umbral de su puerta. Aquello que podría excusar con la embriaguez de un fin de semana, pero que recordaría con lujo de detalle. Jungkook retrocedió por impulso, con el amargo sabor del remordimiento carcomiendo su boca, no podía creer que después de tanto, el sentimiento por su mejor amigo siguera tan latente y tan tonto, demasiado peligroso para la mente madura de un adulto.
—Oh, ¿Jungkook? —la voz carismática de Hyemi le hizo voltear a verle, con cansancio o ansiedad, la fémina sonrió feliz—. ¡Jungkook! Han pasado unos años, estás tan cambiado que casi no te reconocí. ¿Tú y Jimin estaban poniéndose al día? Eso es un gran alivio, Minnie no para de hablar de ti cada vez que tiene oportunidad.
Por inercia su mirada volvió al hombre, quien con cinismo se la devolvió. El nudo en su garganta se sentía como púas al bajar, el engranaje de sus pensamientos volviendo el espacio entre las paredes del callejón demasiado pequeño.
—Es un gusto verte de nuevo, Hyemi. —Hubo un ligero roce de la melancolía en sus palabras, pero la sonrisa acorazonada de la menor le permitió seguir hablando—. ¿Están de viaje por la ciudad?
—En realidad, Jimin vino a visitarme. Estoy estudiando aquí en la universidad desde el periodo pasado. Nos hemos tenido que separar, pero ese no ha sido un gran problema.
—Comprendo.
Un carraspeo les hizo ver hacia Jimin, quien se dirigió hasta el costado de Hyemi.
—Bueno, en realidad estábamos pensando en invitarte a cenar. Aprovechar mi estancia en la ciudad y devolver el tiempo perdido, ¿te parece bien? —Todo rastro de la altanería previo a la llegada de la mujer desapareció, Jimin incluso le obsequió una sonrisa sin mucho esfuerzo.
Habían pasado años, años en los cuales parte de su día se repetía como un mantra personal el soportar estar cerca de Jimin y su pareja, estaba acostumbrado; sin embargo, en aquel momento no era una situación de costumbres. Era el juego final para un corazón débil que todavía no sanaba, Jungkook no se había convertido en un hombre estúpido, pero seguía siendo indefenso ante el monstruo de sus emociones.
—Me parece perfecto, denme día y hora y estaré puntual allí.
¿Qué diablos estoy haciendo?
(...)
Tener a una persona nueva agregada en su rutina fue un equilibrio entre lo molesto y lo necesario; tener a tu mejor amigo de toda la vida del que estás enamorado desde secundaria fue absolutamente lo peor que pudo pasarle a Jungkook.
No por el hecho de verle y reprocharse consigo mismo de lo mucho que le seguía atrayendo, o por el lado en que al convivir con Jimin también significaba hacerlo con su novia. Fue más en el punto de que dudaba un poco demasiado del otro, no comprendía qué era lo que trataba de hacer Jimin. Se sentía como estar con una bomba a punto de estallar en cada ocasión que sólo quedaban ellos en una habitación.
La tensión sexual se disparaba a oleadas y Jungkook dudaba de que la estuviera imaginando. Jimin estaba jugando. Y probablemente él era la pieza esencial para dar inicio a su juego.
Hubo una noche específica en la que todo explotó sin más, el trío había decidido salir a tomar unas copas sin una razón en especial, solo para quitar el estrés de los finales y convivir con rostros conocidos. Por premio o castigo, Hyemi le sugirió a Jimin quedarse en casa de Jungkook para que no viajara tarde de regreso a Busan; por el alcohol en sus venas Jungkook aceptó sin importancia, se separaron para tomar respectivamente un taxi y en cuestión de minutos llegaron a su vivienda.
Jungkook era el más borracho de los dos, eso era seguro, Jimin contaba con una asombrosa resistencia al alcohol que después de años no dejaba de sorprenderlo, así que el hecho de que se dejara caer a su costado para que Jeon lo sostuviera fue un gesto sucio que decidió ignorar. Subieron los primeros cinco pisos en el ascensor antes de bajarse en la planta correspondiente y caminar casi a rastras, los vecinos solían ser demasiado quisquillosos con los ruidos fuertes de madrugada y Jungkook ya había sido víctima de las quejas en recepción.
—Joder, Min, pesas demasiado. Si sigues recargandote así no dudaré en tirarte al suelo —reprochó con la lengua enredada, sin embargo no cumplió con la promesa, abrió la puerta de su departamento y entró con Jimin a base de su máximo esfuerzo. Lo primero que hizo fue aventarlo en el único sofá de su sala, cuidando no golpear la mesita de té. Jimin ni siquiera reaccionó, lo que significó una torrente de alivio para él.
Sin Jimin despierto será más fácil fingir que no está aquí.
Con el leve pensamiento perdiéndose en las nubes de su mente se dirigió a su habitación, quitándose la chaqueta en el proceso. Un límite más sobrepasado por Jimin: entrar en el lugar seguro de Jungkook.
El sueño pronto se evaporó de su ser, así que se cambió por ropa más cómoda para dormir y fue por un par de mantas para la fría madrugada otoñal. Tener que ponerlas sobre Jimin fue un impulso más inconsciente que otra cosa, su amistad probablemente no había cambiado mucho, sus sentimientos tampoco.
—Fuiste un deseo que me perforó la piel, ahora no puedo alejarte. ¿Por qué me haces esto, Jimin? —le susurró, en cuclillas y con su mano acomodando mechones de cabello claro, su voz fue un eco en el vacío de la habitación.
Después de dejar caer su mano con pesadez, sus orbes oscuros también lo hicieron; Jimin no había cambiado demasiado, de manera física tal vez sí, pero en su personalidad muchas cosas seguían igual.
Es como si me quisieras, pero aún así no puedes soltarme, me quieres pero no lo haces al igual que yo, la forma en que me alejas son como cadenas que nunca me dejan ir.
Suspiró alejándose, enderezarse y caminar a su pieza no era difícil, así que se puso en ello. Salvo por el agarre en su brazo que lo paró a medio camino, volteó por inercia, justo en el momento exacto para que unos labios carnosos conectaran con los suyos.
Jimin lo estaba besando.
Fue así, vino y se fue, pero en la oscuridad de la sala lo único que podía distinguir era el brillo indiscutible del deseo en los orbes ajenos.
Jungkook era de corazón débil y Jimin la fibra sensible que lo hacía dudar.
El chasquido fuerte inundó las paredes, las lenguas y los cuerpos frotándose liberó de a poco la bestia de la lujuria contenida en sus seres. Se besaron a tientas mientras se movían para alcanzar la cama y al cerrarse la puerta de la habitación no hubo manera de devolver el tiempo atrás.
(...)
No hablaron al respecto, ni al día siguiente, ni a la semana que le siguió, ni al mes después. Fue un secreto de una noche pasada de copas que quedó entre ambos sin más y sin discusiones. Sin importancia. Jungkook fue el único con la culpa carcomiendo su estómago en cada ocasión que cruzaba miradas con Hyemi, pero Jimin ni se inmutaba, no demostraba preocupación por algo que no le causaba verdadero ruido.
Las noches pasaron rápido, los sentimientos se encendieron también y el conocimiento de ello solo fue una ventaja, Jimin supo aprovechar las oportunidades. Incluso fue capaz de compartir sus planes primero con él antes que con su novia sobre solicitar un cambio a la misma universidad a la cual asistía Jungkook.
Jimin no lo quería, pero actuaba como si Jungkook fuera suyo.
Un hecho con el que Jeon pronto se acostumbró, aceptando sobras. Aún cuando la solución vino a él en bandeja de plata, no supo cómo aceptarla, la rechazó. Rechazó buenos partidos solo porque en ninguno de ellos había una pizca genuina de Park Jimin. Porque en ninguno de ellos podría tener al verdadero.
¿Enamorado? Lo estaba, ¿Tonto? Tal vez, ¿Estúpido? Sin duda.
Así como muchas veces antes, Jungkook no supo valorar, no supo superar. ¿No pudo o no quería? ¿Cuál era la verdadera pregunta aquí?
La realidad de todo era que ni él ni Jimin estaban dispuestos a expresar en voz alta lo que sucedía al cerrar la puerta, uno por temor y el otro por mera ignorancia. Jungkook decidió arriesgarse y “ser feliz”, al menos el tiempo en que el viento se llevara una a una de las letras. Una vez más, por engaños y cuestiones propias, se ilusionó, su mente hizo viajar mucho a su corazón lleno de posibilidades, y el mero hecho de no saber aceptar una verdad le hizo sufrir un triple más de lo que fue su primer corazón roto. Cada uno de ellos roto por una misma persona: Jimin.
El paso del tiempo fue lento, pero Jungkook fue terco en no abrir sus ojos más allá de su burbuja. Hubo cientos de palabras atascadas en sus labios en cada ocasión que se repetía, cientos de veces en las que deseó tener la fuerza de voluntad suficiente para decirle: detente. Pero no fue capaz de hacerlo, se aferró, vivió contento de las migajas e ignoró por completo su propia hambre de luchar. Su propia hambre de seguir adelante.
—¿Podrías acompañarme mañana a la plaza comercial? —Jimin preguntó tras salir de la ducha, sin nada más que una toalla colgando de sus caderas y otra más pequeña de su cuello, Jungkook todavía seguía en la cama con la culpa arañando su conciencia al recibir mensajes de Hyemi, como en cada ocasión, la chica lo amaba más que su mejor amigo, lo tenía claro. Mucho.
—¿Para?
Jimin siguió su camino hasta el espejo de su habitación, comenzando a secar su cabello mojado con la toalla. Hubo una sonrisa burlona en su rostro que perdió toda gracia al verle de regreso.
—Mi aniversario con Hye es en dos semanas, tengo planeado proponerle matrimonio después de acabar la universidad. Qué mejor manera de celebrarlo que darle un anillo de promesa, ¿o me equivoco? —con la audacia de preguntar algo así después de engañar a su pareja, Jimin le hizo un guiño para después salir por la puerta.
Ni siquiera tuvo que contestar si podría o no acompañarle, el otro había asumido desde el primer momento que estaría de acuerdo. Jungkook miró una parte específica de la repisa frente a su cama, aquella donde un par de marcos con fotografías actuaban como una pequeña colección privada, en medio de todos ellos y de manera principal, se hacía notar uno de Jimin y Jungkook en secundaria, con uniformes desalineados y grandes sonrisas desiguales.
Jungkook suspiró, con la oportunidad latente de cambiar su destino por uno mejor o hundirse en la miseria que le arrebataba una sonrisa luego de varias caídas.
Una sonrisa infeliz tiró de su cara.
La respuesta siempre había estado ahí.
(...)