Dos Corazones

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Summary

Indira nunca creyó que su vida se vería dividida entre dos corazones. El primero: un caballero, el novio de ensueños que te llevaría al cielo si tan solo se lo insinúas; y el segundo: un rebelde pasional que no teme voltearle el mundo a la chica de sus fantasías. ¿Qué hará Indira cuándo se enamore de quien no debe, pero otro salvaje hombre la domine sin ella darse cuenta, con tan solo hablarle? No te quedes con la duda y adéntrate a Dos Corazones.

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Complete
Chapters
21
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n/a
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18+

1*****- El primer día de la rubia -*****

El suelo emanaba calor de tantas pisadas que lo hacían más plano, el resoplido de la gente nublaba el aire de ese vaporcito humano lleno de café y mal aliento mañanero, y aun así, la rubia se arrebujaba en su grueso abrigo de algodón que le había obsequiado su hermana mayor. Caminó hasta una estación de metro y a empujones logró ingresar a un apretado vagón. Ese cajón metálico iba repleto de personas apuradas y emperifolladas con sus uniformes y ropas casuales para ir a trabajar, pero la pequeña muchacha no tenía el mismo destino. Ella iba a su primer día de universidad.

La chica viajó desde su pequeña isla Nueva Esparta hacia la capital de Venezuela, Caracas, a estudiar arquitectura en una prestigiosa universidad privada, en la que había ganado una beca gracias al inconmensurable esfuerzo que realizó en sus últimos años escolares; y, no siendo suficiente, logró aplicar para un trabajo dentro de la universidad, en una moderna cafetería de las tantas que había en el campus.

La chiquilla se aferró muy fuerte al tibio y resbaladizo tubo y allí permaneció, rígida y nerviosa, esperando que la vocecita robótica del sistema Metro le avisara de su estación, pero lo que había olvidado es que era la última, y así como entró, así la bajaron, a empujones.

Una vez en el andén, siguió a la muchedumbre para tomar su siguiente tren, que la acercaría un poco más a su soñada universidad. Y al salir de ese laberinto subterráneo, tomó una gran bocanada de aire y se acomodó los cabellos dorados detrás de sus orejas, mientras observaba cuán rápido iban todos. Trató de apurar su paso para acoplarse al resto y esperó el transporte privado de la institución que la llevaría, por fin, a la universidad.

El autobús identificado con un enorme rotulado con el emblema de la universidad se acercó vacío hasta su parada y el chófer abrió sus puertas para que subiera parte del futuro de la nación, futuros abogados, comunicadores sociales, economistas, y arquitectos.

Aquella universidad elitista estaba un poco retirada del poblado urbanismo capitalino. En el paisaje arbolado que se mostraba por la ventana, la muchacha percibía el bus subiendo la cúspide del cerro, y cuando no hubo más por ver, un enorme y robusto arco de ladrillos describía el nombre de la institución en macizas letras doradas.

Al bajarse con el resto de los estudiantes, vio a sus compañeros andando hacia las edificaciones tan rápido como los latidos le golpeaban en el pecho, y observó con alegre emoción aquellos edificios con años de sabiduría, risas y estrés, que serían su hogar por los siguientes cinco años. Y fue imposible que pasaran desapercibidos aquellos autos de lujo último modelo que iban entrando y acomodándose en los puestos libres del parqueadero. La rubia pensó «Esa gente tiene mucho dinero» y se limitó a mirar a aquel muchacho que bajaba de un brillante auto convertible rojo, vestido como lo haría un famoso modelo de revista y que seguramente llevaba una vida similar. Y más adelante, de una camioneta de tono blanco perlado, bajaba una chica también rubia, «la típica rubia plástica», pensó la joven. Le fue imposible obviar los tacones aguja, el vestidito ceñido y los enormes pechos queriendo escapar del escote. La chica resopló, pues no era ese tipo de persona que vestía con ropa de marca y se veía elegante. Nada de eso. Ella era bastante sencilla, no vestía harapos, pero su ropa, que alguna vez fue cara y muy bonita, ahora lucía desteñida y pasada de moda, pero a ella le gustaba verla como vintage y hasta algo hippie.

La chica anduvo con una sonrisa nerviosa en su rostro y con los grandes ojos castaños muy abiertos, mirando y detallando todo, y observó que muchos estudiantes se veían tan comunes y grises como ella, con su mochila al hombro y la sencillez brillando en sus caras lavadas.

Los edificios se abrían paso ante la calzada, con sus grandes ventanales, las sólidas columnas y el característico y verdoso césped en derredor que parecía salirse de las fotografías por Internet. La chiquilla, con su smartphone en mano, revisó una vez más su horario y buscó el bloque de su facultad, Arquitectura, y caminó con pavor al sentirse desorientada en ese nuevo mundo. Sus pies tremularon cuando siguió el sendero de cemento, pero no le costó mucho dar con el edificio de su carrera y pronto ubicó su respectiva aula, donde ya estaban algunos estudiantes ocupando los puestos del medio del salón.

Se sentó en el primer escritorio junto a la ventana, lo que le permitía observar a todo aquel que entrara por la puerta del salón; y acomodó su bolso a un lado de su asiento, sacó un cuaderno y una lapicera y esperó atenta a que llegara alguna figura de autoridad. Un muchacho tomó asiento junto a ella y la saludó con alegría, con una soltura que ella envidió, pues era tan penosa que no se creía capaz de comenzar una conversación con cualquiera, ni siquiera con su hermana que la conocía de toda la vida.

—¿No ha llegado el profesor? —preguntó el joven mientras se giraba sobre la silla y veía al resto del alumnado.

—C-creo que no —musitó y cubrió su boca con las manos, apenada por la burbuja de saliva que había explotado en cuanto habló. Al chico le hizo gracia y sonrió.

Ella observó la calmada sonrisa del muchacho y comenzó a relajarse, dejó que los ojos azules del joven, que la miraba con curiosidad, le transmitieran sosiego y confianza.

—¿Una foto? —burló el atrevido joven y ella se sonrojó y negó muy rápido con la cabeza, con mucha vergüenza.

El joven rió con gracia y con más atrevimiento, le colocó con suavidad una mano sobre su delgado hombro, cubierto por el suave abrigo y ella reaccionó con un saltito infantil que la hizo ver como un tembloroso conejillo de laboratorio.

—Tranquila, te vas a morir de un infarto —largó relajado y sonrió. Se bajó el zipper de la chaqueta y casi se acostó sobre la silla.

—E-es que… Esto es tan diferente a lo que yo conozco.

—Lo peor que podría suceder es que repitas el semestre.

La muchacha negó de nuevo de manera apresurada y con sus ojos muy abiertos, nerviosa, y pensando que sería inaceptable para ella que le sucediera algo así luego de todo su esfuerzo.

—No puedo darme ese lujo —musitó ella.

—Entonces éxito en estos meses.

La chiquilla rubia asintió y musitó un «gracias» con su dulce vocecita, y aquel joven de ojos azules asintió.

—Bueno, creo que ya es la hora —comentó el muchacho, mirando la pantalla de su smartphone y se levantó. Dejó su bandolera de cuero marrón sobre el escritorio con descuido, estrujó sus dedos con el afán de tronarlos y se situó dándole la espalda a la pizarra acrílica, mirando a todos en una línea recta—. Buenos días —entonó seguro—, soy Viktor Franco, su profesor de matemáticas.

La rubiecilla palideció y ahogó un gritito de sorpresa al darse cuenta que todo ese rato charló con su profesor y no se había dado cuenta de ello. Y casi se desmaya sobre el escritorio cuando aquel extrovertido muchacho le guiñó un ojo mientras les daba la bienvenida a su clase. Se quedó cohibida y lo miraba por educación porque sus modales no le permitían mirar a otra parte mientras alguien hablaba de manera cordial y persuasiva.

A los minutos, el profesor Viktor le entregó un grueso paquete de hojas impresas. Cogió una hoja y pasó el resto a su compañero de atrás; leyó el encabezado y se encontró con una prueba de diagnóstico. Siguiendo las instrucciones de su profesor, leyó y respondió los ejercicios que pudo resolver, y al cabo de una hora, ya había entregado su prueba finalizada.

Tan pronto terminó la clase, cogió su mochila y salió disparada del salón, evitando ver la cara del curioso profesor que se dio cuenta de su rápida huida; y se fue a la siguiente aula, donde le esperaba una de las tantas materias prácticas que le emocionaba de su carrera.

Por la tarde, la muchacha llevaba un ridículo sombrerito como el que usaban los marineros, su carné estudiantil como prendedor en el pecho, una camisa negra con el emblema de la universidad y debajo la palabra cafetería y un delantal también negro, pues comenzó su horario laboral y además, otra memoria más para sus recuerdos de primeras veces.

A la joven le temblaban las manos cuando colocaba las tazas de café bajo la salida de espresso de la máquina, y se desesperaba un poco cuando ésta tardaba en llenarse, pero controló su nerviosismo y atendió a todos los estudiantes y profesores con amabilidad y una sonrisa.

—Un moca grande y una torta de zanahoria, por fa —pidió una voz que a la muchacha se le hizo familiar.

Al voltear, sus ojos se toparon con ese joven profesor de matemáticas, que al parecer quería causarle serios problemas de incomodidad a la jovencita. La chica abrió sus ojos con asombro y pretendió huir, pero se dio de frente con una de sus compañeras y le hizo derramar la taza de café espumoso que llevaba.

—¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! —exclamó la rubia, con el pánico calándole veloz por el cuerpo y ante su prisa y sus erráticas piernas, pisó aquel charco pegajoso y resbaló sobre la cerámica, limpiando así ese desastre con su espalda y su cabello.

—¿Estás… Bien? —curioseó el joven profesor, que se asomó sobre el mostrador y sonrió divertido y a su vez, avergonzado con la escena.

—¿Mi amor, estás bien? —preguntó la compañera de barra, que también estaba bañada de café, pero que no dudó en hacer a un lado la taza vacía y darle una mano a la pequeña rubia.

—Lo siento tanto —murmuró la chica y aceptó la ayuda. Pero estaba tan apenada y se sentía tan torpe que se quebró en lágrimas silenciosas y se retiró hacia el baño, donde podía arrinconarse y llorar sin que la miraran.

Humedeció su cabello hasta liberarlo del pegostoso líquido, y con toallas húmedas trató de limpiar su sencillo uniforme. Agradeció no ser una adicta al maquillaje, porque lavó su cara sin preocupaciones estéticas y luego de una charla consigo misma, salió de nuevo al salón que suponía un gran reto para ella.

Al cabo de unos minutos donde mermaron los vestigios de la vergüenza, la chiquilla volvió al frente de la barra y vio de nuevo al profesor, que estaba estirando su porción de torta de zanahoria hasta la última migajita. Se acercó y pasó el paño húmedo por la superficie de granito, mientras el muchacho jugueteaba con un trozo de torta.

—¿Estás bien? Te caíste como una caricatura.

Ella asintió con una sonrisa cortés, de esas que se dan por compromiso, con los labios apretados y con el pensamiento de trágame tierra.

—Estoy bien, gracias.

—Qué bueno… ¿Hasta qué hora estás aquí?

Ella dejó de fregar el mesón y miró al profesor con cautela.

—Hasta las seis —respondió con dudas.

—Ya no falta nada —comentó él y le dio un trago a su café casi frío—. Trata de irte rápido, porque la ciudad colapsa a esa hora —aconsejó.

—Gracias. —Acompañó la palabra con una media sonrisa y continuó en su labor.

—¿De dónde eres? Porque ese acento que tienes no es de aquí —objetó, con la mirada entrecerrada y una sonrisa torcida y pícara.

—De Nueva Esparta, de la Isla de Margarita.

—¡Guau! Margarita, la Perla del Caribe —exclamó Viktor con admiración—. Me gusta mucho Margarita, ¿a quién no?

—Es un lugar muy bello y mágico —murmuró la muchacha, extrañando las playas de su hogar.

—Los atardeceres en Juan Griego… —añadió Viktor, con un halo de nostalgia.

—¿Los ha visto? —preguntó con emoción la muchacha e hizo a un lado el trapo húmedo, centrando su atención al dueño de los ojos azules.

—Trato de ir todos los años, pero no siempre se puede.

—Y la Isla de Cubagua también es preciosa.

—No he ido.

—En su próximo viaje no deje de ir, mi familia tiene… —comenzó y un pedacito de su interior se resquebrajó al recordar a sus padres—. Mi hermana tiene una empresa de turismo, ella programa viajes a esa isla.

—Entonces me tienes que dar el contacto —agradeció Viktor con entusiasmo y la rubia asintió—. Indira Hernández —leyó sobre el pecho de la muchacha y la susodicha miró su pecho y al joven repetidas veces, dudando de si le miraba el busto o realmente se interesó en su nombre.

Indira vio la estancia y notó que solo quedaban los empleados y el profesor en la barra. Se despidió de sus compañeras mientras desamarraba el delantal de su cintura y fue en busca de sus cosas para marcharse a su residencia estudiantil. Al salir de detrás de la barra, Viktor estaba de pie con su bandolero al hombro. Indira lo miró con sorpresa, y le pudo detallar los brazos, que estaban adornados de tatuajes. ¡Que inusual! ¡Un profesor tatuado! Indira recorrió el cuerpo de Viktor con la mirada, detallando su altura varonil, sus brazos trabajados en algún caro gimnasio y su sonrisa pícara. Y ese cabello algo despeinado, castaño y corto, que le daba cierto aire de niño travieso, aunque era un hombre, uno joven y que aparte, también era su profesor.

Indira acortó la distancia para despedirse de él, pero se sorprendió al escuchar la propuesta de Viktor.

—¿Te puedo llevar a alguna parte?

Su interior estalló en minigritos infantiles de nervios, de miedo y unos muy pequeñitos de alegría. Con temor, le respondió:

—V-voy al metro.

—Bueno, pero te puedo acercar más a tu casa —propuso.

Indira comenzó a andar y esto obligó a Viktor a seguirla, muy de cerca, pero aún así algo distante.

—Es que creo que no está bien que me lleve, profesor, siento que abusaría de su amabilidad. Y le puede traer problemas.

—Bueno, como sea mejor para ti ¿sí?

—Sí —afirmó la chica, y sintió como el nudo de emociones se desvaneció hacia su estómago.

Viktor la guió hacia el estacionamiento de la universidad y caminaron hasta llegar a un bonito auto plateado, cuya carrocería relucía de limpia. El jovial profesor invitó a Indira a subir al asiento de copiloto y luego subió él, no demoró en conducir hacia el enorme arco de ladrillos para tomar la carretera de regreso a la civilización.

Minutos más tarde, Indira se despidió con un amistoso movimiento de su mano en el aire y le agradeció por la cola a su profesor Viktor. Mientras caminaba hacia la residencia estudiantil, se recriminaba por haber aceptado ese aventón.

—¡Pudo haberte pasado algo! —se decía. Y con palmadas en su frente se reprochaba esa tonta decisión.

Pero en el fondo se admiraba, pues había tenido un día diferente y no había pensado en su exnovio.

Al llegar a su habitación, Indira sacó sus tenis gastados de sus pies y revisó su WhatsApp, chequeando la foto de perfil de ese muchacho que tanto amaba y que extrañaba en demasía.

—No debíamos terminar… podíamos seguir siendo novios a la distancia —musitó con los ojos aguados, y mirando la fotografía de perfil del muchacho.

Pensó en llamarlo para decirle que lo extrañaba, para contarle como le había ido y que él le contara su primer día universitario, y compartir anécdotas y reírse, como lo hacían antes. Pero Indira se regañó y desechó la idea, pues aunque acordaron seguirse tratando como amigos, sabía que era una mentira más para evitar la sincera y cruel verdad del rompimiento y la ausencia. Así que se limitó a rememorar todo su día, y no pudo evitar sonreír en esos momentos en los que aparecía su interesante profesor de matemáticas, con su sonrisa blanquita y su cabello despeinado.

Y luego se vio, de nuevo, tendida en el suelo, con la espalda empapada de café caliente y la particular mirada vivaz de Viktor sobre su pequeña figura. La vergüenza le volvió al rostro como si aún estuviese llena del dulce brebaje y se revolcó sobre su cama, con una inusitada emoción de felicidad que tenía tiempo sin experimentar. Pero su mente no tardó en jugarle una mala pasada, y le reprendió su espontánea alegría.

«No deberías estar pensando en ese muchacho, ¡es tu profesor!».

—Pero fue muy amable conmigo —murmuró Indira para sí.

«¿Y dónde dejas a Maicol? ¿No lo amas?».

—Por supuesto que lo amo. Pero él terminó conmigo —musitó con tristeza, y su alegría terminó por apagarse como una vela soplada con fuerza—. Pero él lo prefirió así y yo no puedo hacer mucho para cambiarlo —chilló acongojada y comenzó a llorar sobre su cama.

Apretó la almohada con ambas manos y la batuqueó sobre el colchón, con mucha violencia, como si esta fuese Maicol y ella quisiera hacerlo entrar en razón. Pero pronto se dio por vencida y el bulto de tela volvió a cumplir su cometido, estar debajo de la cabeza de Indira para que ella pudiese descansar.

Porque estando sola en esa nueva ciudad, no contaba con nadie más que ella misma.