#1 (Pyx)
El amuleto contra la fertilidad que Ori había fabricado para mí me golpeaba las caderas al caminar. Su toque helado contra mi piel me molestaba, pero más lo habría hecho cargar un bebé. Por esa razón prefería mis citas con chicas; sin embargo, la conquista de aquella tarde había caído del cielo, así que opté por no quejarme y pedirle a mi hermano que renovara su magia para no tener que lidiar con ninguna consecuencia indeseable. A él no le molestaba hacer talismanes para mí y jamás me pedía nada a cambio excepto hacer sus entregas por él. A Ori no le gustaba demasiado la gente, no tanto por timidez sino por torpeza social y si podía ahorrarse una visita al pueblo llenando mi bolso con sus sortilegios, no dudaría en hacerlo.
La cola de mi falda casi tocaba el suelo sobre el cual repiqueteaban mis plataformas. Mis joyas, sencillas pero numerosas, brillaban bajo el sol de la tarde. Sintiéndome más hermosa que nunca llevando mi conjunto de ropa interior favorito, perfumada y con la piel cubierta de destellos, me hice un hueco entre la multitud que poblaba la avenida como cada viernes, cuando el mercado se tomaba las calles principales y las familias salían a hacer la compra antes de encerrarse en sus casas para protegerse de las tormentas que acechaban el pueblo una noche sí y la otra también.
Fui entregando mi carga caseta por caseta. Los puestos estaban repletos de artesanías, textiles, comida y otras curiosidades. El mercado expelía diferentes aromas, algunos mejores que otros, y el resultado podría haber sido apabullante para alguien que no estuviese acostumbrado a la mezcla de especias picantes, melaza, sales minerales y leña recién cortada, sin embargo, habiendo pasado toda mi vida en el pueblo, la mezcolanza de estímulos era como el abrazo reconfortante de un familiar. Las personas que compraban los talismanes de mi hermano generalmente no poseían magia, o si lo hacían, tenían muy poca de ella o no sabían manejarla bien, existían incluso algunos brujos que eran capaces de grandes cosas, pero cuyos hijos no poseían una pizca de poder. No todo el mundo tenía la habilidad necesaria para canalizar magia a objetos, pero casi todos tenían la necesidad de protegerse contra las criaturas del bosque, la mala suerte, o los asuntos del corazón.
Ori no era el único brujo que vendía amuletos, pero era uno de los pocos que entregaba algo que realmente servía; había que ser bastante poderoso para poder otorgar magia a otras personas sin estar en contacto con ellas, y por esta razón, la mayor parte de quienes poseíamos poderes nos los guardábamos para nosotros mismos. Mi hermano, por el contrario, creía que todo el mundo tenía derecho a una pizca de ayuda, y había convertido la magia portable en una cruzada personal. De hecho, la única razón por la cual cobraba por su trabajo era que el dinero no sobraba en casa, y si había algo que Ori odiaba más que las injusticias, era que nuestros padres tuvieran que esforzarse demasiado para sostener nuestro hogar. Especialmente nuestra mamá.
—¡Pyx! Qué preciosa te ves —me saludó alegre Flora. Su puesto era el favorito de mi hermano y la mujer le encargaba amuletos de protección cada semana, puesto que su esposa era un imán de mala suerte y desgracias—. ¿Tienes una cita?
—Y una buena—dije sacando una botellita de mi bolso—. Ten, Ori me pidió que te dijera que está mejorando la fórmula, por lo que debería durar un poco más.
—Siempre tan atento —se alegró ella. A la mayoría de las mujeres mayores les encantaba Ori, por eso no me sorprendió cuando la vendedora me entregó una bolsa con tabletas de chocolate junto con el dinero—. Yo también estoy probando fórmulas nuevas, aunque todavía no están listos para la venta. Dile que venga él mismo la próxima vez y le daré más. Si le gustan, claro.
—No creo que sea posible que no le gusten —reí—. Trataré de arrastrarlo hasta acá, pero no prometo nada.
—También hay una de cacao amargo para ti —me indicó, pero algo me distrajo y no pude responderle.
Alguien me había tomado por la cintura y apoyado su mentón en mi hombro. Por el fuerte olor a perfume supe en seguida quien se trataba, aunque lo habría reconocido también por los anillos coronados con emblemas que decoraban sus dedos largos y delgados. Había pasado más tiempo de lo que me habría gustado admitir admirando sus manos. Y, bueno, otras partes de su cuerpo también.
—Corvus —lo saludé.
—Pyxidis —dijo él. Me molestaba que me llamaran por mi nombre completo, pero desde que habíamos comenzado a coquetearnos, no había dejado de hacerlo. Según decía, le parecía sexy, así que no me quejé.
Me acerqué a besar su rostro, apuntando más a la comisura de su boca que a su mejilla, pero me detuvo, poniendo su dedo sobre mi clavícula y me apartó un poco. Habíamos acordado estrictamente dejar todo el asunto en privado, pero ¿qué era un saludo amistoso? Me eché ligeramente hacia atrás para disimular el desencuentro y Corvus aprovechó de quitarme de la mano el paquete de chocolates, sosteniéndolo burlonamente frente a mí.
—¿Y esto? —preguntó riéndose.
—Devuélvemelos —pedí. Corvus era un poco bruto, y se veía que Flora se había esforzado mucho con el envoltorio.
—No sabía que te gustaban tanto los dulces —siguió—. Si no tienes cuidado terminarás como tu hermano.
Sentí como la rabia subía por mi estómago. Le habría dicho un par de cosas en ese momento, pero no me convenía enfadarlo, no cuando mi padre trabajaba para el suyo. Flora, sin embargo, no tenía nada que temer, así que saltó de inmediato.
—¿Y eso sería cómo? —preguntó. Su esposa también tenía algunos kilos extra y no le aguantaba a nadie ese tipo de burlas.
—Ya sabe, rellenito —explicó Corvus con su sonrisa más encantadora. No era una palabra particularmente ofensiva, pero la forma en la que la dijo hizo que a ambas nos hirviera la sangre—. Algunas chicas lo necesitan, pero tú ya tienes suficiente de dónde agarrar.
Puaj. No se me escapó la mirada lasciva que le lanzó a mi pecho. Hasta hacía un momento, eso me habría derretido; sabía lo que tenía y le sacaba partido, pero ya no estaba tan segura de querer acostarme con él. ¿Hasta dónde podría llegar sin que me pesaran las consecuencias? Corvus era tan enigmático que me costaba leerlo, y no sabía si sería mejor detener todo en ese momento o dejarlo avanzar un poco más antes de salir corriendo, para que no fuese tan evidente que la mera visión de su rostro había empezado a molestarme.
—No son para mí —dije quitándoselos—. ¿Nos vamos?
Parecía que Corvus quería agregar algo más, así que me apresuré a guardar las golosinas en mi bolso y me alejé del puesto de Flora, dedicándole una imperceptible sonrisa de agradecimiento. La vendedora me hizo una mueca, aparentemente no del todo convencida de que irme con Corvus fuera una buena idea. La ignoré como pude y seguí caminando, asegurándome de que mis caderas se movieran lo suficiente como para que nada más pudiera pasar por la cabeza del hijo del mandamás.
Como hechizado, me siguió lentamente por la calle del mercado y cuando llegamos al final, dobló por una calle mientras yo lo hacía por otra. Generalmente no era tan reservada en relación a mis conquistas, pero los Borealis le tenían terminantemente prohibido a sus tres hijos salir con nadie que no fuese aprobado por el padre de familia. Esto se había traducido en que todos ellos se las rebuscaban para pasar un buen rato con personas fuera del radar del patriarca; aquellos que no teníamos conexiones y cuya palabra no pesaría contra la suya. En realidad, no tenía ninguna intención de delatarlo, pero me divertía la forma en la que se tomaba eso del secretismo tan en serio. Incluso se había disfrazado, cambiando sus ropas elegantes por algo más sencillo, dejando que el cabello le cayera sobre el rostro disimulando sus brillantes ojos dorados. A mí, que me lo había topado un millón de veces en sus terrenos, sus esfuerzos me parecían ridículos, pero parecían funcionar bien para la gente del pueblo, así que le seguí el juego.
Zigzagueamos por algunas calles hasta perdernos de vista y unos minutos después volvimos a encontrarnos frente a un edificio de pocos pisos cuya entrada daba a una calle tan angosta que no la habría visto de no haberla estado buscando. Corvus empujó el portón de madera y entró, un par de minutos después lo seguí, tal y como habíamos acordado. Las escaleras de caracol esperaban al fondo de un patio interior sin nada de vegetación y mucho de sombras y aparatos descartados olvidados a la intemperie. Ciertamente no era un lugar donde esperarías ver a alguien del clan Borealis, pero tampoco importaba mucho: no había nadie alrededor. Quien quiera que le hubiese alquilado el cuarto a Corvus se tomaba en serio el derecho a la privacidad del futuro terrateniente. Un momento después me encontré frente a la puerta de la habitación, medio nerviosa, medio asqueada ante la idea de pasar el rato con él. Por un lado, no había sido una conquista fácil, pero según los rumores, era una que bien valía la pena. Por otro lado, no me gustaba nada lo que había dicho de mi hermano y aunque no quería pensar en eso, mi instinto protector amenazaba con arruinarlo todo.
No me permití seguir pensando y abrí la puerta con seguridad; al final del día, para mi el sexo no era más que una forma de distraerme y pasar un buen rato, no me permitiría enfocarme en nada más que en cómo aquel otro cuerpo me hacía sentir. Corvus me estaba esperando tendido sobre la cama, completamente desnudo y expuesto. No había nada del nerviosismo común en otros encuentros, nada del pudor esperable al entrar la luz por la ventana. Su confianza y su leve pedantería llenaban la habitación, así que, decidida a no ser menos, comencé a liberarme de mi ropa poco a poco, dejando en claro que yo tampoco me acobardaba fácilmente.
Sus ojos dorados me recorrían sin disimulo, mientras mis manos tatuadas se tomaban su tiempo con tal de dejarlo esperando tan sólo un poco más. Me dejé la ropa interior puesta. Si bien la tela era lo suficientemente transparente como para que no importase y si la llevaba o no, me gustaba la idea de estar adornada; no sólo el conjunto se quedaba, sino también los pendientes, los brazaletes, colgantes y, por supuesto, el amuleto contra la fertilidad. Corvus me ojeó una última vez antes de llamarme con la mano, no parecía querer hablar, cosa que agradecía. En realidad, no teníamos nada en común, en el fondo ni siquiera nos agradábamos, así que mantener la boca cerrada era nuestra mejor opción.
La calma fingida que habíamos mantenido se disipó tan pronto comenzó a besarme. Al igual que en su postura, no había nada de timidez en la forma en la que su boca se movía y cuando dejó mis labios para concentrarse en mi cuello, supe que tenía que seguirle el ritmo, pues era sabido que no era un chico paciente. Por suerte, no tenía problema con mantenerme a la altura; mientras sus dientes jugueteaban con mi sujetador, mi mano exploraba sus oblicuos y mi boca se deslizaba sobre sus clavículas. No era el mejor cuerpo con el que había estado, pero la forma en que me tocaba era superior: me recorría como si conociera de memoria cada recoveco de mi figura, como si supiera perfectamente cuáles eran mis zonas más sensibles. Seguimos así por un momento, el tiempo pasaba a toda velocidad mientras nuestros dedos se movían más y más a prisa; el broche de mi sujetador había sido abierto con un único movimiento experto, y esperaba que el resto de mi conjunto siguiera el mismo camino más pronto que tarde, pero lo que se soltó no fue únicamente el nudo de mi ropa interior.
—¿Qué haces? —pregunté, parando en seco.
Corvus había deshecho el nudo que sujetaba el amuleto a mi cadera, pensando que no notaría el truco. Su mano se dirigió hacia mi espalda baja, pero yo me había enfriado por completo. No sólo era un idiota, puesto que el talismán nos cuidaría a ambos de cualquier contagio además de prevenir un bebé, sino que el muy tonto no sabía que el efecto de la magia todavía duraría un rato aunque me quitara el colgante. Me aparté bruscamente, logrando que me soltara, y comencé a ponerme rápidamente el sujetador ante su mirada anonadada.
—Pyx —me llamó—. No seas inmadura. Tan sólo quiero disfrutarlo tanto como tú…
—Es necesario ser bastante bruto —dije con rabia—, para creerse esas tonterías sobre que los amuletos adormecen los genitales.
Sus ojos se abrieron de par en par, claramente sorprendido de que me hubiese atrevido a hablarle así. Era evidente que no estaba acostumbrado a que lo rechazaran y mucho menos a ser puesto en su lugar. Sí, quizás era la simple hija de una curandera y un guardia en los amplios terrenos de su familia, pero nadie me faltaría el respeto de esa manera, mucho menos un imbécil como él, que era capaz de creer en ese tipo de rumores estúpidos.
—¿Estás segura de que quieres hablarme de esa forma? —no era una pregunta.
—No, la verdad es que lo único que quiero hacer —dije mientras volvía a ponerme la ropa—, es apartarte de mi vista tan pronto como pueda.
—Te estás pasando —dijo poniéndose de pie, tapándose la entrepierna en una súbita muestra de incomodidad—. No creo que sea necesario recordarte quien es mi padre… y quien es el tuyo.
—Me niego a hablar del padre de nadie mientras estoy desnuda —contesté, aunque ya estaba vestida a medias—. Y, además, ¿qué vas a hacer? Sabes perfectamente que no te conviene decir nada. Pero no te preocupes, te haré el favor de mantener la boca cerrada.
—¿El favor? —preguntó indignado—. ¡Yo te estaba haciendo un favor! Nadie quiere acostarse con alguien que lleva una de esas porquerías.
—A mí me va bien —le aseguré—. La chica con la que me acosté hace unos días no se quejó, y al del fin de semana tampoco pareció importarle.
—Eres una zorra —soltó, apretando los dientes de rabia. La palabra entró por mis oídos sin ningún efecto; ya la había oído tantas veces que carecía de significado.
—¿Acaso creías que me estaba guardando para ti? —solté una carcajada—. Eres más tonto de lo que pensaba, Corvus. Es una suerte que seas el menor, o llevarías los negocios de tu padre a la banca rota tan pronto como tuvieras algún poder sobre ellos.
Eso último me lo podría haber ahorrado, pero en mi opinión, no había nada más satisfactorio que desinflar el ego de los tipos como él. Su rostro se contorsionó de la rabia y a pesar de que no tenía fama de ser violento, me apresuré a salir de allí tan rápido como pude. Como había supuesto, no me siguió, no le convenía en absoluto que nos vieran salir de allí juntos y confiaba en que no lo olvidara cuando estuviera encerrado en su habitación caminando en círculos para disipar el enojo. A pesar del mal rato, sonreí; no importaba si la cita había salido mal, finalmente había podido tacharlo de mi lista y, con eso, sacármelo de la cabeza. Como si eso no fuera suficiente para hacerme sentir satisfecha, sabía que el tardaría mucho en sacarme de la suya. Era un destino inevitable para la mayoría de quienes decidían pasar una tarde conmigo, pero yo pocas veces me repetía el plato, y Corvus no sacaría el número ganador en ese sentido. Es más, apestaba a expirado.
Abandoné la callejuela sin mirar atrás, pero no pasaría mucho antes de que me arrepintiera de aquello.