𝐏𝐑𝐄𝐋𝐔𝐃𝐈𝐎
La reina observaba desde la distancia cómo su esposo se entregaba al galanteo con una de las damas de la corte. No era que ella careciera de gracia —todo lo contrario—: su belleza había sido celebrada como la más excelsa que el reino hubiera conocido desde sus albores. Sin embargo, el rey jamás se había conformado con poseer a una sola mujer. Su naturaleza lo impulsaba a reclamar cuanto deseaba, y en aquel momento, su deseo tenía nombre y rostro entre las filas de la corte.
Hastiada de aquel espectáculo, la reina se retiró al interior del palacio. Al cruzar el umbral de sus aposentos, no pudo evitar que una sonrisa, tenue pero sincera, aflorara en sus labios al descubrir la silueta que aguardaba de pie junto a la ventana, contemplando el mundo exterior.
—No sabía que estabas aquí —murmuró.
El sonido de su voz hizo que el desconocido se volviera hacia ella.
—No podía esperar más.
Acortó la distancia que los separaba, tomó su rostro entre sus manos y reclamó sus labios en un beso breve, cargado de anhelo. La reina apoyó las manos sobre el pecho del hombre, como si intentara contener tanto el gesto como el sentimiento que lo impulsaba.
—No deben vernos.
—Estamos solos —respondió él, acariciando su mejilla con infinita delicadeza mientras la miraba con devoción—. No hay nada que temer.
Ella se apartó suavemente y caminó hacia la ventana.
—En este palacio nunca se está completamente solo —dijo, con voz baja—. Él tiene ojos y oídos en cada rincón.
A través del cristal vio al rey pasear por los extensos jardines, aún acompañado por la dama. Un estremecimiento la recorrió.
—Tarde o temprano lo sabrá —añadió, volviéndose para mirar a su acompañante.
El hombre jugueteó con el anillo que adornaba uno de sus dedos antes de responder.
—Entonces también sabrá que no soportas permanecer a su lado —afirmó—. Deberá aceptar que su reina ya no le pertenece.
—¿Y provocar una guerra? —preguntó ella, con un atisbo de inquietud.
Al verla así, él se acercó, tomó sus manos entre las suyas y la miró con firme ternura.
—Si la guerra llega, te aseguro que la ganaré —dijo con convicción—. Su ejército no es rival para el mío. Mi reino es más vasto, y mi poder no le es inferior. Navra necesita una reina… y nada me impedirá concedérsela.