Un marinero enamorado

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Summary

¡Que dicha la de luchar contra una enorme ola que parece no querer ser domada! Para Gian, el mar era una bella mujer que necesitaba ser amada, pero nunca dejaría domarse. El mar siempre sería de él y él del mar.

Genre
Romance/Drama
Author
Mabel
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

I.

—Yo siempre he dicho que soy un hombre de valores, honesto, valiente, sobre todo. No le tengo miedo a nada, ni a la muerte. Tengo mi modesta Sirena Dorada, está allá en el muelle —dijo antes de darle un gran sorbo a su tarro a medio terminar de cerveza. Algunas gotas se le escurrieron por la espesa y desaliñada barba negra—. ¿Te gustaría navegar conmigo, preciosa? —añadió, soltando su caliente y alcohólico aliento sobre el rostro de aquella mujer, sentada sobre sus piernas bien tonificadas.

Ella, paciente y gentil, con hermosos rulos color del cobre cayéndole por la espalda, le miraba el rostro sudoroso y bronceado. Las huellas del tiempo acompañaban cicatrices de batalla en ese rostro maduro y muy varonil. Los ojos de aquel marinero delataban su cansancio, su ropa estaba sucia y maloliente. Entre sudor y alcohol, Guirnalda trato de no hacer ningún gesto desagradable. A pesar de la imagen tan grotesca que él presumía en ese momento, tanta mugre y malas vivencias debían proteger un atractivo, Guirnalda no lo dudaba.

—No me has contestado —dijo él y se echó a reír al acomodarle un pedazo de cabello que le caía en la cara. Lo coloco dulcemente tras su oreja y la miro. Sus ojos oscuros parecían brillar—. ¡Oh, Guirnalda! Tierna Guirnalda, eres aún muy joven para comprender de lo que te estoy hablando.

—Te lo parezco porque has bebido demasiado —sonrió amablemente—. Dame eso, y vuelve con la Sirenita —ella le quito el tarro y se retiró de sus piernas. Ambos se sonrieron agradeciéndose la compañía. Él estiro su cuerpo alto y fornido, y se colocó su sombrero antes de hacerse un complicado paso entre todas las mesas.

—Nos vemos, bella Guirnalda —se despidió y atravesó el umbral.

—Nos vemos, Gian —susurro ella y volvió a su labor de limpiar tarros.

Gian se burló de sí mismo al no poder seguir una línea recta hacía su barco. Tropezó con sus propios pies y azotó en la madera húmeda y fría. Era difícil saber si en sus manos llenas de callos habría una marca más. Sintió la sangre caliente en las palmas, confirmando que estaba herido. Reviso la causa y se encontró con pequeños trozos de cristal esparcidos justo debajo de él.

—Lo siento, hermano, se me cayó a mí —dijo una voz débil y excesivamente ebria. Gian miro a aquel perdido y solo pudo negar con la cabeza, antes de ver que el cuerpo se dejaba ir hacia atrás y de inmediato escuchó unos graves y profundos ronquidos.

Se levantó y siguió su camino de vuelta al Sirena Dorada. Volvió a tropezar y esta vez se dejó vencer por esa cómoda postura en la que su cuerpo quedó tendido sobre un montón de basura. No se molestó en moverse porque el sueño lo estaba venciendo, pero sintió delirar a su cordura al ver como una hermosa doncella se acercaba hasta él y se ponía sobre sus rodillas para revisarle el rostro.

—¿Estás bien? —le pregunto y sacó un pañuelo para limpiarle el rostro. Gian no pudo formular ninguna palabra ni emitir algún sonido—. Parece que te has metido en una pelea y te han ganado.

—Nadie me gana —defendió su orgullo.

—Bien, bien. Ayúdame y levántate —sintió como su cuerpo fue levantado sin mucho esfuerzo.

—Dulzura, eres más fuerte de lo que pareces —dijo y escuchó una risotada que lo perturbo y lo hizo abrir bien los ojos.

—Capitán, ¿cuánto bebió? —el rostro de la noble doncella se desfiguro a uno muy feo. Gian casi grita, pero reconoció que se encontraba frente a su fiel compañero de viajes, y su nada atractiva cara.

Tristán era chistoso, ante los ojos de Gian. No era guapo, pero si te quedaban ganas de volver a verlo, después de que te hizo reír toda la noche con sus ocurrencias. A Gian le gustaba salir con él porque lo hacía parecer mejor prospecto; sin embargo, Tristán ganaba puntos por carisma y atenciones que a las mujeres les gustaban. Tristán tenía agradables ojos azules que contrastaban demasiado con los negros de Gian. Ambos tenían mucha fuerza en su apariencia, pero la disimulada musculatura de Tristán lo hacía verse más accesible ante las damas. Gian a menudo luchaba porque sus enormes músculos y espalda algo ancha no asfixiara los pequeños cuerpos de sus amantes.

Gian era, por mucho, más atractivo que Tristán, pero solía creer que eso era todo para tener el amor por seguro. Tristán se escondía para leer y con frecuencia se paseaba por el pueblo para recitar algunos versos a las jovencitas que alentaban su interés. Él sentía seguridad en su piel dorada y sus facciones simples. Casi no se dejaba crecer la barba, pero cuando lo hacía le crecía salvaje y de un tono más oscuro que su cabello castaño. Eran tan distintos, pero tenían una cosa en común: ninguno daba suficiente constancia a sus encuentros, aunque tuvieran la posibilidad de volver mil veces a un sitio.

El amor no era para ellos, ni ellos para el amor. Así se animaban cuando sentían que la soledad estaba por mucho tiempo con ellos. El mar, eso sí era para ellos. El mar, la aventura, lo incierto. ¡Que dicha la de luchar contra una enorme ola que parece no querer ser domada! Para Gian, el mar era una bella mujer que necesitaba ser amada, pero nunca dejaría domarse. El mar siempre sería de él y él del mar.

Dejo que Tristán lo llevara hasta su camarote y expulsó un largo y pesado suspiro antes de dormir.