El chico nuevo
Novoa, 1987
Dante, un alegre y carismático chico de 17 años, iba de camino hacia la imprenta del Sr. Wendell. Se había alquilado de repartidor de periódicos y lo hizo más que nada para ayudar al Sr. Wendell puesto que él ya era una persona mayor, la edad le impedía movilidad en su trabajo.
El chico de ojos cafés y cabello negro con bolso cruzado, llegó al humilde establecimiento con el Sr. Wendell empacando los periódicos que Dante se llevaría para repartir.
— Buenos días, Sr. Wendell —dijo Dan guardándose los periódicos en el bolso.
— Hey, Dan. Hoy viniste con más energía que de costumbre.
— Por supuesto. Usted sabe que es un gusto para mí ayudarle en lo que necesite.
— Y por eso te estoy agradecido. Eres un muchacho muy trabajador —ya tenía su bolso listo.
— Ahorita vuelvo.
— Ve con cuidado.
— Lo tendré.
Dante iba de casa en casa, de lugar en lugar, dejando el periódico local de la semana en la pequeña ciudad donde vivía. Trataba de ignorar las groserías que recibía por parte de gente amargada con la vida, él era feliz en lo que hacía. Ganaba un modesto sueldo con tal de apoyar económicamente a su mamá después de que su padre los abandonó y que también dejó de asistir a la escuela, pero eso no lo deprimía, al contrario, lo alentaba a seguir adelante.
Pasó por un vecindario que solía frecuentar en su bicicleta y notó que la casa que siempre había permanecido con un letrero de “Se vende”, hoy estaba siendo habitada por una familia. La mudanza estaba bajando sus pertenencias e introduciéndolas al interior de la morada.
También notó a cierto chico recargado en el auto de sus padres y escuchando música desde un walkman. Quedó impresionado ante el estilo extravagante de aquel chico: vestía un par de pantalones holgados, unos desgastados tenis que ya no eran blancos, una playera con franjas rojas y blancas, y una chaqueta de mezclilla que a simple vista le quedaba grande además de tener el cabello castaño a la altura de los hombros.
Dante no pudo evitar compararse con ese chico ya que, a diferencia de él, él no tenía un estilo propio, a lo mucho vestía una playera de resaque y un short a la altura de las rodillas y sus tenis con años sin cambiarlos. No obstante, mantuvo la mirada fija en ese chico que este volteo a verlo, sus miradas se encontraron, en ese instante solo eran él y el chico. Se impresionó más por los grandes ojos verdes que poseía.
— Hola —dijo el chico con un ademan y una sonrisa, y con eso Dante empezó a fantasear con ser su amigo—. Pensé que sería como en otros lugares a los que me he mudado donde solo hay viejitos criticones pero no. Es un gusto para mí por fin ver a alguien de mi edad.
El chico de los ojos verdes se aproximó a él. Dante entró en pánico y el pulso de su corazón se aceleró amenazando con salirse de su pecho. ¿Qué haría? ¿Qué le diría? No sabía ya que siempre había sido una persona algo tímida y más a la hora de conocer gente nueva. “Tranquilo, Dan. Tú puedes hacerlo. No te pongas nervioso, tú puedes, tú puedes”, se decía así mismo.
— Soy Mathías. Mucho gusto —le estiró una mano. “Mathías, es un bonito nombre”. Dan salió de su trance y estrechó la mano de Maty—. ¿Y tú?
— D-Dante —los nervios le ganaban—. Veo que tú y tu familia se acaban de mudar.
— Sí —se quitó los audífonos—. Es que papá acaba de conseguir trabajo aquí y, pues, lo mejor fue mudarnos para que no le quedara lejos.
— Q-Qué bien. En ese caso, les doy la bienvenida y espero que disfruten su estadía aquí.
— Gracias.
— ¡Mathías, mi amor! ¡Puedes venir un momento a ayudarme! —le gritó su mamá.
— Ya voy, mamá. Fue un gusto conocerte. Espero que nos volvamos a ver —dio media vuelta.
— Aguarda. Si necesitas algo con gusto puedo ayudarte, solo búscame en la imprenta del Sr. Wendell —Dante muy en el fondo no quería dejar de ver esos preciosos ojos verdes.
— Lo tendré en mente —se metió a la casa.
— Yo también espero que nos volvamos a ver…
Cuando Mathías desapareció de su vista, Dante dio brinquitos emocionado y eufórico por aquel chico nuevo. Terminó de repartir los periódicos restantes y volvió al negocio del Sr. Wendell con su alegría a flor de piel. Atrajo la atención del anciano.
— ¿Qué pasó? —dijo el Sr. Wendell entre risas.
— Un sueño, fue lo que pasó —dijo Dan con una mano sobre el pecho.
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Posterior a que todas sus pertenencias se encontraran en su casa y la mudanza se marchara, Mathías se fue en búsqueda de Dante y de paso conocer su nueva ciudad. Iba escuchando música desde su inseparable walkman, más específico, un casete con canciones de “Queen” que su padre le regaló.
Estaba entusiasmado por conocer gente nueva y tener nuevas vivencias, quizás, a lado de su nuevo amigo. Se detuvo a esperar el semáforo en verde para peatones y justamente enfrente de él se hallaba la imprenta del Sr. Wendell. Cruzó la calle al cambiar el semáforo y entró al negocio en su encuentro con Dante.
El Sr. Wendell estaba en el mostrador haciendo algunas anotaciones en su agenda. Mathías se quitó los audífonos y pausó su música.
— Buenos días, jovencito, ¿En qué puedo ayudarte? —le dijo el Sr. Wendell.
— Buenos días. De casualidad, ¿Se encontrará Dante a aquí? Es que me acabo de mudar y lo conocí mientras repartía periódicos. Me dijo que aquí podría encontrarlo.
— Sí. Aquí trabaja. Déjame le hablo —el Sr. Wendell entró a la bodega donde Dante estaba amarrando un fajo de periódicos para repartir—. Oye Dante, hay un jovencito aquí afuera que te está buscando.
— ¿Enserio? ¿Quién? —Dante dio un rápido vistazo al mostrador y al darse cuenta que era Mathías se inquietó y se negó a salir—. No puede ser. No creí que fuera a seguirme.
— ¿Ocurre algo malo?
— Es que… usted ya sabe que soy algo tímido al tratar con gente nueva y siento que lo voy a arruinar, y que Mathías ya no va a querer hablarme.
— Tranquilo, Dan. No lo vas a arruinar, eres el chico más simpático que conozco y creo que ese chico pensará lo mismo si te abres con él. Es más, no lo hagas esperar más. Ve allá.
— Tiene razón. Debo dejar de ser tan pesimista. Iré allá. Deséeme suerte.
Dante se expuso ante Mathías con su mejor actitud y demostrarle seguridad. Maty se ilusionó más por volver a ver a su nuevo amigo.
— Hola, de nuevo. Me alegra encontrarnos una vez más —Maty le dio un rápido abrazo a Dan.
— A mí también… —dijo Dan con una risita forzada y sin saber cómo continuar la plática.
— ¿Te gustaría dar una vuelta por la ciudad conmigo?
— Eh… ¡Sí! Me encantaría —volteó a ver al Sr. Wendell como para recibir su aprobación y este lo alentó a que fuera a divertirse. Era joven todavía y necesitaba socializar con chicos de su edad para despejar su mente.
— Entonces vamos.
Mathías se guardó el walkman en su bolsillo con los audífonos en el cuello y dio media vuelta hacia la salida. Dante lo siguió aún impresionado por tan peculiar chico de ojos verdes. Ambos deambularon por esa pequeña ciudad buscando qué hacer, algunos ancianos hacían ademanes o gestos de desaprobación hacia Mathías, pero él los ignoraba. Estaba más ocupado en querer conocer a Dante.
Dante lo tomó por los hombros y le dijo antes de que perdiera el interés:
— Ya sé a dónde podemos ir.
— ¿De verdad?
— Sí. Vamos —Dante lo jaló del brazo.
— Está bien —dijo Mathías entre risas y dejándose guiar por Dante
Dante lo llevó a una muy visitada cafetería por los adolescentes del pueblo, aquí dentro abundaban jóvenes con ropas coloridas y entalladas que la palabra extravagancia les quedaría pequeña. Ambos chicos se sentaron en una mesa cerca de una ventana quedando frente a frente. El corazón de Dan se aceleró aún más y no iba a calmarse por ahora.
— Aquí venden buenísima comida, por eso siempre que puedo vengo —una mesera les proporcionó el menú.
— Dante, qué gusto verte —dijo ella—. Pensé que ya no volverías.
— Lo mismo dijo. Últimamente ya no te dejas ver, creí que tus padres ya te habían prohibido trabajar aquí.
— ¡Ash! Ya sabes cómo son, nada más se alocan si me ven hablando con un chico, ¿Recuerdas cómo se pusieron contigo?
— Que si lo recuerdo ¡Puf! Todavía recibo amenazas de tu padre de que no me acerque a ti, Anya.
— Qué fastidio. No le hagas caso. Solo quiere asustarte.
— Pues lo está logrando —Dante recordó a su invitado—. Ah, por cierto. Anya, él es Mathías. Es nuevo en el pueblo—lo presentó ante la chica de coleta alta y castaña.
— Mucho gusto —saludó ella.
— Igualmente —a Mathías le llamó la atención lo que Anya mencionó sobre su padre y Dante, ¿Qué habría pasado? ¿Acaso habría intentado cortejarla y por eso el deprecio de aquel hombre? Sea lo que sea la curiosidad lo mataba por dentro.
— Dejando a un lado eso, ¿Qué les voy a servir?
— Un par de malteadas de fresa, por favor y sería todo.
— Vienen en camino —lo anotó en su libreta y se marchó a la cocina.
— Antes trabajaba aquí —dijo Dan al notar la expresión de curiosidad en Maty—. Anya fue mi compañera de trabajo, pero lo dejé por su padre. Él pensaba y piensa que tengo otra clase de intenciones con su hija a pesar de que ya le aclaré que no es así. Evito encontrármelo por seguridad.
— Quizás solo lo hace por protegerla, es un padre celoso de que le arrebaten a su pequeña.
— O quizás es un hombre posesivo que odia todo lo que se mueve.
— Es un psicópata que sale por las noches, a matar con una máscara y lo que tenga a la mano.
— Con una musiquita tétrica de fondo.
— Y muerte y destrucción a su paso —se quedaron viendo por ambos entender las referencias—. Creo que nos llevaremos bien.
— ¿Tú crees? —Dante se ilusionó.
— Por supuesto, ¿Por qué no?
Anya volvió con el par de malteadas que colocó sobre la mesa con cuidado.
— Un par de malteadas para Dante y su amigo. Que las disfruten.
— Gracias, Anya.
— De nada —se fue dejándolos a solas.
Mathías se aproximó el popote a la boca para empezar a beberse la malteada rosada con crema batida y una fresa encima causando ternura en Dante. Él no tocó su malteada por estar contemplando a Maty lo que extrañó a este mencionado.
— ¿No te la vas a tomar?
— ¡Ah, sí! Sí. Disculpa—Dante se la bebió de golpe que casi se ahogaba por querer quedar bien.
Sintió tanta pena ajena y asumió lo peor, al contrario de lo que creía, Mathías se preocupó por él.
— ¿Estás bien?
— Sí, estoy bien. Gracias por preguntar —se compuso y trató de cambiar de tema—. ¿Qué te trajo a aquí, bellos ojos verdes? Quiero decir, Mathías.
— Como te lo dije en mi casa, mi padre consiguió un puesto en el ámbito político por lo que decidió que nos mudáramos cerca de su trabajo para evitar contratiempos.
— E-Es grandioso. No te arrepentirás y menos… conmigo a tu lado…
— Dante, agradezco tú interés en mí y en apoyarme en esta nueva etapa de mi vida. Es muy amable de tu parte.
— Claro. Puedes contar conmigo —Dante le sacó el popote a su vaso y se la bebió de manera directa.
— Tú también puedes contar conmigo —Mathías imitó a Dante. Se terminaron las malteadas al mismo tiempo.
Al final de la tarde, Dante pagó las bebidas con el dinero ganado en su trabajo en la imprenta. Se la invito a su nuevo amigo y ahora se encontraban afuera de la cafetería despidiéndose.
— ¿Volveré a verte? —dijo un ansioso Dante.
— Sí —se colocó los audífonos—. Si me necesitas, ya sabes dónde encontrarme. Nos vemos luego, Dan—se fue escuchando música desde su walkman.
— Adiós… Maty… —Dante dio un largo suspiro, soñando despierto con el chico de los ojos verdes que no lo dejaría tranquilo.
Esto era el comienzo de algo hermoso y fantástico que ambos estaban por descubrir. Un camino que iban a recorrer juntos.