La indicada

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Summary

Un contrato une a Frederick Müller, un alemán de carácter serio, con Valeria Harper, una joven alegre y llena de vida. Él le pide que mienta para hacer feliz a Eda, su pequeña hija. Ella odia las mentiras, pero esta dispuesta a todo por ayudar a su familia. Ambos se unen en una desastrosa convivencia, ambos con dos objetivos claros. Mientras ella intenta entender al gruñon de su jefe, él se repite una y otra vez que debe mantenerla lejos suyo. Solo que un abrazo lo cambia todo, despierta sentimientos que se creían perdidos, un sentimiento que lo reta a volver a amar. Pero confiar no es fácil, mucho menos si las traiciones del pasado vuelven para recordarte el dolor.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
4.7 3 reviews
Age Rating
18+

CAPÍTULO UNO

Odio mentir.


No tolero las mentiras de ningún tipo, mucho menos cuando mienten a quien dicen querer, eso es aún peor.


Esa es la principal razón por la que rechace el trabajo que un tipo con pinta de guardaespaldas me ofreció.


Mis padres estan pasando por una terrible situación económica, aunque ellos lo negarán y plantearán todo con arcoíris y colores pastel. Supe que algo iba mal cuando hace unas noches oí llorar a mi madre, ella es una mujer fuerte y no tengo muchos, de echo ninguno, recuerdos de ella llorando que no sean porque sus hijos ya no son unos bebés.


Tienen una gran deuda por un préstamo y un mes para pagar una cantidad excesiva con la que no cuentan. Solo les quedan dos opciones; Venden la casa o la empresa.


No lo puedo permitir.


Y esa es la principal y única razón por la que acepte un trabajo en el que me pagarían descaradamente bien, aunque para ello deba fingir ser la madre de una pequeña de cinco años.


Cuando el tipo con pinta de guardaespaldas se presento en mi trabajo dijo ser Walter, la mano derecha del señor Müller. Por su cara supe que esperaba algún tipo de reacción de mi parte, la cual no obtuvo. Continuó ofreciendome un trabajo al cual me negué al instante, él pareció sorprendido ante mí negativa incluso después de decirme la exagerada suma de dinero que me darían. Aún desconcertado pero sin rendirse me dio una tarjeta, pidiéndome amablemente que lo pensara y, si cambiaba de opinión, me comunicará.


La noche anterior había hablado con Walter, quien sorprendido, ahora por mi cambió de decisión, me indicó que un auto pasaría por mi a primera hora. Al llegar a la casa la sorprendida fui yo, debido a cuánto seria mi salario deduje sin mucho esfuerzo que eran una familia adinerada, solo no imaginé que fueran tan adinerados.


Walter me indicó que me ponga cómoda y que pronto bajaría el señor Müller, con quien debía tener una charla y firmar unos papeles.


La sala de esta mansión es, sin exagerar, más grande que mi departamento. Todo parece tan caro y frágil que, por miedo a romper algo, me limite a observar  desde mi lugar en el gran sofa. Todo esta reluciente, casi brillando y justamente eso es lo que me hizo fruncir el seño ¿No se supone que en esta casa vive una niñita de cinco años? ¿Donde estan los juguetes tirados y los retratos familiares? No digo que no sea linda, todo lo contrario, es una casa muy elegante, aunque un poco aburrida.


Un ruido me hizo salir de mi burbuja criticona y darme la vuelta hacia las escaleras. Me había preparado mentalmente  para encontrarme a un señor mayor, feliz de que haya aceptado su retorcido plan o, tal vez, triste por lo que estaba por hacer. A decir verdad eso da igual, el punto acá es que esperaba encontrarme con el señor Müller, fuese como fuese, no con una niña.


La pequeña rubia, quien era seguida desde atrás por Walter, me veía de una forma que se me hizo indescifrable. Llegué a las escaleras justo cuando ella acababa de bajarlas, nos quedamos viendo  desde nuestras alturas como estudiandonos; la verdad es que no sé que decir.


La pequeña observaba el suelo cuando la oí preguntar—¿Es verdad que eres mi mamá?


Me paralice ¿Que se supone que debía decir? "¡Si, esa soy yo! ¿Cómo estás?" No, no puedo ¿Como se supone que voy a mirar a los ojos a esa pequeña y decirle que soy su madre?, ¿en que carajo pensaba cuando acepte este trabajo? ¡Yo no sé mentir!


De repente la pequeña alzó su mirada para verme fijamente, encontrar lágrimas en sus preciosos ojos verdes me rompió el corazón. Esto va contra todos mis ideales, va en contra de todo lo que defendí a lo largo de mi vida... pero en este momento no me importaría mandar todo al carajo con tal de que ella dejara de verme así.


Cuando pensé que no podía ser peor, ella volvió a hablar— ¿Tampoco me querés?


Salió corriendo hacía arriba antes de que pudiera reaccionar, entre en una especie de trance mientras intentaba entender lo que había sucedido y una pregunta comenzó a golpearme con fuerza. Miré a Walter quién, al igual que yo, tenía la mirada perdida.


A los pocos segundos él reaccionó y me hizo una seña para que lo siguiera—El señor Frederick la espera.


¡Genial! Él debía darme varias explicaciones.


Llegamos a lo que parecía una oficina, Walter me indicó nuevamente que me sentara y dijo que iba a ver como se encontraba la pequeña.


La habitación es bastante grande, hay un escritorio, una pared llena de libros y sillones acomodados en una esquina frente una pequeña mesa de té. Detras del escritorio un gran ventanal, una pena que sus persianas estén cerradas, de seguro tiene una gran vista.


Pasados unos minutos la puerta se abrió de golpe, estaba a punto de levantarme y exigir respuestas cuando lo oí hablar, su tono enfadado pero tranquilo me mantuvo en mi lugar, sin siquiera girarme a verlo.


—Tenia un solo trabajo, Harper, y ya lo acaba de arruinar—paso junto a mi, se sentó frente al escritorio y continuó en el mismo tono—.¿Querría explicarme porque no le respondió lo que debía y solo se quedo callada?


Vi como sus manos se entrelazaban por encima del escritorio, más no me atreví a verlo a la cara.


—No pude mentirle—mi voz salio como un susurro casi inaudible, eso creí hasta que volvió a hablar


—Ahora resulta que no puede mentir ¡increíble! En cambió ayer se encontraba muy segura ¿Que fue lo que cambió?


Si, ayer tuve un ataque de valentía pero, ¿él como sabia eso? Yo jamás había hablado con aquel tipo. Abrí mi boca para responder cuando él se me adelanto.


—Si su problema es la paga, no se preocupe, el precio lo puede poner usted.


—¡Eso no es lo que me importa!—le explique... aunque sono más a un reproche


Él se rió de forma sarcástica—¡Claro que le importa! Usted aceptó un trabajo ¡No esta haciendo una obra de caridad!


Tiene razón. Y eso es lo que más me jodio, aún así, quiero explicarle mis razones.


—¡Usted no sabe nada!—grite poniéndome de pié.


Bien, eso tampoco sonó como una explicación.


Él volvió a interrumpirme.


—¿¡Quien se cree que es para hablarme de esa manera!?—replicó, también poniéndose de pié


Su tono prepotente y no poderme sacar a la pequeña de la cabeza me está poniendo nerviosa.


—¡Soy Valeria Harper y usted tiene que explicarme un par de cosas!—volví a gritar apoyando mis palmas en el escritorio y mirandolo a los ojos


Él se sorprendió por mi acto pero rápidamente recobró la compostura y sus oscuros ojos se clavaron en mí.


Nos quedamos allí como en un duelo de miradas, lo que me permitió detallarlo por primera vez desde que entro; Debe tener alrededor de treinta años, rubio claro y ojos negros, mandíbula marcada, hombros anchos, debe medir como mínimo 1,80 y viste un traje negro muy elegante.


En definitiva no era lo que me esperaba, en absoluto.


Volví a concentrarme al ver que me observaba de la misma forma que yo a él, examinandome. Puedo resumir lo que él observa; veinticinco años, pelirroja, mis ojos son entre azulados y grises y pecas adornan mi cara, no sé cuánto mido pero puedo decir que debo llegar hasta por debajo de su mentón. Visto un jeans roto en las rodillas y una camiseta con el estampado de una flor.


Creo que él intimida un poquito más que yo. Por supuesto que eso no hace que quite mi vista de él, esta guerra de miradas la gano porque la gano.


Unos segundos después negó con la cabeza y volvió a sentarse ¡Te gané!


—Lo siento, usted no es lo que estoy buscando. Puede retirarse, Walter le dará un cheque por el tiempo malgastado y el chofer puede llevarla hasta donde quiera.


Me reí, no fue una risa graciosa—¿Que es lo que piensa hacer? ¿Va a traer a distintas mujeres y le va a decir a esa pequeña que todas son sus madres hasta que crea encontrar a la correcta? ¡¿Usted no piensa ni un poco en esa niña?! ¡No le puede mentir de esa forma!


—¡Es mi hija!—gruño poniéndose de pié nuevamente—¡Usted no es nadie para opinar sobre como manejo mis asuntos, no la quiero ni un minuto más en mi casa, usted  jamás podría ocupar ese papel!


—¡Ni pensaba aceptarlo! Usted esta completamente desquiciado y lo único que lamento es que esa pequeña tenga que soportalo ¡Vivir con usted seria una tortura que ni yo ni ninguna otra mujer toleraria jamás!


Algo cruzó su mirada, no sabría decir que fue, lo que si puedo asegurar es que si Walter no hubiera interrumpido en la oficina en aquel instante, el gruñón me hubiera congelado sin dudas con sus fríos ojos.


—Señor, Eda no esta.


Él gruñón rodeó el escritorio en cuestión de segundos dirigiéndose hacía la puerta pero antes de cruzarla se giró hacía atrás casi haciendo que choque mi cara con su pecho.


Agachando la cabeza me miro a los ojos y murmuro, lentamente y conteniendo la irá para no gritar—Todo esto es su culpa, la quiero fuera de mi casa y lejos de mi hija.


No respondí, sé que no fue mi culpa, al menos no del todo. Pero recordar su pregunta me estrujo el corazón ¿Quien más se suponía que no la quería?


Seguí a Walter, no me voy hasta saber que la pequeña esta bien. Él me explicó que hace unas semanas Eda desapareció, durante horas enteras nadie pudo encontrarla. Aún no saben si la pequeña estaba escondida en algún lugar o había logrado salirse de la casa. Finalmente la pequeña apareció recostada en su cama casi al atardecer, como si nunca se hubiera ido.


Seguí a los dos hombres por toda la casa, ambos gritaban el nombre de la pequeña y le pedían que saliera, no había ningún rastro de ella en la planta baja. Subimos y revisamos habitación por habitación hasta llegar a la suya.


El señor Müller se adentró en ella y abrió el armario con fuerza mientras gritaba en tono severo—¡Eda Müller, es mejor que salgas ya mismo de donde estes o...!


—¡Ya callese!—alce la voz desde la puerta y continúe hablando mientras me adentre en la habitación—.La va a asustar.


Él me dio otra mirada que, casi seguró, me congelaria si pudiera. Su expresión cambió a una de desconcierto al ver que me recostaba en el suelo junto a la cama


—¿Que esta...?—lo interrumpi


—Solo guarde silencio, por favor—recoste mi mejilla izquierda en el suelo y observe a la pequeña debajo de la cama—.Hola.


—Hola—respondió en un hilo de voz


—¿Querés salir para que hablemos?—la pequeña negó y me dio la espalda—Bien... ¿Queres que te cuente un secreto?—volvió a verme y asintió varias veces. Yo baje un poco la voz fingiendo que le decía un gran secreto—Cuando era pequeña también me escondía debajo de mi cama.


La pequeña agrando los ojos—¿De verdad?


—De verdad, aunque yo lo hacía cuando cometía alguna travesura—confesé arrugando la nariz. Ella se rió—¿Segura que no querés salir?


Negó nuevamente y me susurro—Papá se enoja, ya no quiero que grite—sonreí, su manera de susurrar no es muy baja.


Miré al padre de la pequeña quien miraba la cama con culpabilidad, volví a mirar a Eda con una sonrisa—Papá no se enoja, solo se preocupa y es un poco gruñón pero te quiere y no va a gritar. Te lo prometo, ahora acercate.


—No—volvió a mirarme como lo hizo abajo y hablo con tono duro—.Yo tampoco te quiero.


Digna hija de su padre.


—Bien, lo entiendo. Me voy a ir para que puedas dejar de ocultarte.


Ella se encogió de hombros y yo me puse de pié, el gruñón sin despegar la vista del suelo se corrió a un costado para dejarme pasar, estaba a punto de cruzar la puerta cuando sentí la necesidad de hacerle saber algo a la pequeña.


—Y yo si te quiero, nadie podría no querer a una pequeña tan linda como vos.


Sabiendo que no había dicho ninguna mentira me dispuse a retirarme cuando sentí que alguien se aferró a mis piernas. Baje mi mirada encontrándome con unos brillantes ojos verdes.


—¿De verdad?—preguntó la pequeña, me límite a asentir sin dejar de verla sonreír. Eda se giró hacia los hombres que seguían observando en silencio y les informó con alegría—.Mamá me quiere.